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jueves, 10 de octubre de 2019

Santo Tomás de Villanueva, religioso y obispo (10 de octubre)


Santo Tomás de Villanueva, religioso y obispo
fecha: 10 de octubre
fecha en el calendario anterior: 22 de septiembre
n.: 1488 - †: 1555 - país: España
canonización: 
B: Pablo V 7 oct 1618 - C: Alejandro VII 1 nov 1658
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Elogio: Santo Tomás de Villanueva, obispo, que, siendo religioso de la Orden de Ermitaños de San Agustín, aceptó por obediencia el episcopado, donde sobresalió, entre otras virtudes pastorales, por un encendido amor hacia los pobres hasta entregarles todos los bienes, incluida la propia cama. Falleció en Valencia, ciudad de España, el 8 de septiembre
refieren a este santo: San Alonso de Orozco

Oración: Oh Dios, que quisiste asociar a santo Tomás de Villanueva, insigne por su doctrina y caridad, al número de los santos pastores de tu Iglesia, concédenos, por su intercesión, la gracia de permanecer continuamente entre los miembros de tu familia santa. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).
Tomas fue otra de las glorias que España dio a la Iglesia. Vino al mundo en la localidad de Fuentellana, en Castilla, a principios de 1488, y su sobrenombre le vino de Villanueva de los Infantes, la ciudad donde creció y se educó. Sus padres eran también originarios de Villanueva. El amo de la casa era dueño de un molino y, desde luego, su fortuna no era digna de tomarse en cuenta, pero no fue esa la herencia más importante que dejó a su hijo, sino su profundo amor por Dios y por los hombres, que se traducía en una inagotable caridad. A la edad de quince años, Tomás fue enviado a la Universidad de Alcalá, donde continuó sus estudios con mucho éxito; llegó a obtener su título de maestro de artes y, al cabo de diez años en la casa de estudios de Alcalá cuando tenía veintiséis de edad, ya era profesor de filosofía y, entre los alumnos que asistían a sus clases, se hallaba el famoso Domingo Soto.
En 1516, Tomás se unió a los frailes agustinos en Salamanca y, a juzgar por su ejemplar comportamiento en el noviciado, ya había tenido una larga experiencia en lo que se refiere a austeridades, renuncias a los deseos de su voluntad y el ejercicio de la contemplación. En 1518, fue elevado al sacerdocio y se le mandó predicar y hacerse cargo de un curso de Teología en su convento. Sus libros de texto eran los de Pedro Lombardo y Tomás de Aquino y, apenas iniciado el curso, los estudiantes de la universidad solicitaron permiso para asistir a sus clases. Poseía una inteligencia excepcionalmente lúcida, y su extraordinario sentido común le hacía emitir juicios concretos y firmes, pero siempre tuvo que luchar contra sus distracciones y su falta de memoria. Poco después, fue prior en varias de las casas de agustinos y, mientras desempeñaba aquellos cargos, dispensó particular solicitud por los frailes enfermos. A menudo decía a sus religiosos que la enfermería era como la zarza de Moisés, donde el que se dedica a cuidar a los enfermos encontrará seguramente a Dios entre las espinas que le rodean y le cubren hasta esconderle. En 1533, cuando era el provincial para Castilla, envió a tierras de América al primer grupo de agustinos que establecieron en México su orden, como misioneros. Con frecuencia caía Tomás en arrebatos y éxtasis cuando se entregaba a la oración, y sobre todo durante la misa; no obstante que se esforzaba por ocultar aquellas gracias, no lo conseguía del todo: a menudo, después de celebrar el santo sacrificio, le relucía el rostro con tanta fuerza, que parecía deslumbrar a los que le contemplaban. Cierta vez, cuando predicaba en la catedral de Burgos para reprobar los vicios y la ingratitud de los pecadores, levantó en alto un crucifijo y clamó con voz emocionada: «¡Cristianos, miradle..!» Pero no pudo agregar nada más, porque así como estaba, con el brazo en alto y los ojos fijos en la cruz, había sido arrebatado en éxtasis. En otra ocasión, cuando se dirigía a una congregación que asistía a la ceremonia de la toma de hábito de un novicio, cayó en un rapto y quedó mudo e inmóvil durante un cuarto de hora. Al volver en sí, dijo a la asamblea que aguardaba expectante: «Hermanos: os pido perdón. Tengo el corazón débil y me apena sentirme perdido en ocasiones como ésta. Trataré de reparar mi falta».
Tomás realizaba la periódica visita a sus conventos cuando el emperador Carlos V lo llamó para que ocupase la sede arzobispal de Granada y se presentase ante él en Toledo. El santo emprendió el viaje, pero con el único objeto de rehusar ante el emperador la dignidad que le había concedido; tanta energía puso en su demanda, que consiguió lo que quería. Algunos años más tarde, Jorge de Austria renunció al arzobispado de Valencia, y el emperador volvió a pensar en Tomás, pero inmediatamente se arrepintió porque estaba seguro de que volvería a rechazar el puesto; en consecuencia, ordenó a su secretario que escribiese un nombramiento en favor de cierto religioso de la orden de San Jerónimo. Al disponerse a firmar la carta, advirtió el emperador que su secretario había escrito el nombre del hermano Tomás de Villanueva y preguntó la razón. Confuso, el secretario respondió que le parecía haber oído aquel apelativo, pero que en un momento repararía el error. «De ninguna manera -dijo Carlos V-, esto ha sucedido por un especial designio de Dios. Hagamos Su voluntad». De modo que firmó el nombramiento tal como estaba y lo envió en seguida a Valladolid, donde Tomás era el prior en el convento agustino. Éste recurrió a todos los medios imaginables para librarse del cargo, pero, a fin de cuentas, se vio obligado a aceptar y fue consagrado en Valladolid. Al otro día, muy de mañana, partió hacia Valencia. La madre del santo, que ya para entonces había transformado su casa en un hospital para los pobres, le había pedido que, en su jornada, pasase por Villanueva; sin embargo, Tomás quería obedecer literalmente las palabras del Evangelio acerca de dejar padre, madre, esposa, por Cristo y por el Evangelio (Lc 14,26), así que apresuró la marcha y se fue directamente hacia la sede que ahora era suya, con el convencimiento de que su nueva dignidad le obligaba a postergar toda otra consideración ante la de llegar a servir al rebaño que había sido puesto a su cuidado (algún tiempo después, pasó un mes de vacaciones con su madre en Lliria). Siempre viajaba a pie por los caminos de su diócesis y no usaba otra vestidura que su raído hábito de monje y el sombrero que le habían dado el día en que hizo su profesión. En sus caminatas le acompañaban un religioso y dos criados. Cuando llegó a hacerse cargo de su sede, hizo varios días de retiro en un convento de agustinos de Valencia, entregado a la penitencia y la plegaria a fin de implorar la gracia de Dios para desempeñar debidamente sus funciones.
Tomó posesión de su catedral el primer día del año 1545, en medio de gran regocijo popular. En consideración a su pobreza, el capítulo le ofreció cuatro mil coronas para que acondicionara su casa; él aceptó el donativo en forma por demás humilde y dio las gracias, conmovido, pero inmediatamente envió todo el dinero a un hospital con una recomendación para que lo utilizaran en la reparación del edificio y la atención a los enfermos. Después quiso dar explicaciones a los canónigos y les dijo: «A Nuestro Señor se le puede servir y glorificar mejor si damos vuestros dineros a los pobres del hospital que tanto lo necesitan, en vez de usarlo yo. ¿Para qué quiere muebles y adornos un pobre fraile como yo?» Con frecuencia se dice que los honores y el poder cambian las costumbres más arraigadas, pero no fue ese el caso de santo Tomás que, en su calidad de arzobispo, no sólo conservó la misma humildad de corazón sino todos los signos exteriores del desprecio por sí mismo. Usó durante varios años, el mismo hábito con que salió de su monasterio y, muchas veces, se le sorprendió mientras lo remendaba. Uno de los canónigos le manifestó su extrañeza al verlo perder el tiempo en coser un parche a su hábito, tarea que cualquier sastrecillo haría con gusto por un maravedí. Pero el arzobispo le replicó que él no había dejado de ser fraile y que era mejor ahorrarse aquel maravedí con el que podía darse algo de comer a un mendigo. Por regla general vestía tan pobremente, que sus canónigos y familiares se avergonzaban de mostrarse junto a él y, cuando éstos le instaban a que usase ropas más de acuerdo con su dignidad, respondía invariablemente: «Os estoy muy agradecido, caballeros, por los cuidados que os tomáis por mi persona, pero verdaderamente no puedo comprender de qué manera mis ropas de religioso lleguen a menguar mi dignidad de arzobispo. Bien sabéis que mi posición y mis deberes son completamente independientes de mis vestiduras y consisten en cuidar las almas que me han sido confiadas». A fuerza de insistir, los canónigos llegaron a convencerle para que cambiase su viejísimo sombrero de fieltro por otro de seda, nuevo y reluciente el cual, a partir de entonces, solía mostrar cuando venía al caso, al tiempo que decía socarronamente: «¡He aquí mi dignidad episcopal!» A veces, agregaba: «Los señores canónigos juzgan necesario que yo use este sombrero de seda si quiero agregarme al número de los arzobispos». Pero sin sombrero o con él, santo Tomás desempeñó a maravilla las obligaciones del pastor de almas y de continuo visitaba una u otra de las iglesias de su diócesis y, lo mismo en ciudades y aldeas, predicaba y ejercía su ministerio con celo infatigable y afecto irresistible. Sus sermones producían cambios y reformas visibles en la vida diaria de las gentes a tal extremo, que por doquier se decía que era un nuevo apóstol o un profeta elegido por Dios para guiar al pueblo por los caminos del bien. A poco de ocupar la sede, convocó a una asamblea provincial (la primera en muchos años) en la que con la ayuda de sus obispos, redactó y puso en efecto una serie de ordenanzas para acabar con todos los desórdenes y malos usos que hubiese observado entre su clero durante sus visitas. Las reformas a sus propios capitulares le costaron muchas dificultades y mucho tiempo. En todo momento, acudía al altar y se postraba ante el tabernáculo para conocer la voluntad de Dios; a menudo pasaba horas enteras en su oratorio y, como advirtiese que los criados no se atrevían a perturbarle en sus devociones cuando alguien llegaba a consultarle, dio órdenes estrictas a fin de que, tan pronto como cualquier persona preguntase por él, a cualquier hora, le llamasen sin hacer aguardar al visitante.
A diario acudían a la casa del arzobispo centenares de mendigos y nececesitados que jamás se iban sin haber recibido limosna, que generalmente consistía en una comida con su correspondiente copa de vino y una moneda. El prelado dispensaba particulares cuidados a los niños huérfanos y, durante los once años de su episcopado, no hubo una sola doncella pobre en su diócesis que llegase al matrimonio sin haber recibido la generosa ayuda de su caridad. A fin de alentar a sus criados en la tarea de descubrir a los niños expósitos o abandonados por sus padres, les daba una corona por cada criatura desamparada que encontrasen. En 1550, los piratas saquearon y asolaron una ciudad en las costas de su diócesis y, en seguida, el arzobispo mandó cuatro mil ducados, ropas, provisiones y medicamentos por un valor igual, para socorro de los necesitados y rescate de los cautivos. Como siempre ha sucedido, santo Tomás fue víctima de las críticas porque muchas de las gentes a quienes ayudaba eran flojos, vagabundos y aun delincuentes que abusaban de su bondad. «Si acaso -respondía el prelado a aquellas críticas- hay vagabundos y gentes que no viven de su trabajo en estas comarcas, corresponde al gobernador y al prefecto de la policía ocuparse de ellos: ése es su deber. El mío es dar ayuda y consuelo a todos los que llegan hasta mi puerta a solicitármelos». Y no se limitaba a socorrer a los pobres con sus propios medios, sino que continuamente alentaba y recomendaba a los grandes señores y a los ricos que demostrasen su poder y su importancia, no en el lujo y el despliegue de la opulencia, sino en la protección hacia sus servidores y vasallos y en su generosidad hacia los necesitados. Con frecuencia los exhortaba a enriquecerse más en actos de caridad y misericordia que en bienes terrenales. «Respóndeme, pecador -solía decir-: ¿Puedes comprar con todas tus riquezas algo de mayor valor y más precioso que la redención de tus culpas?» También decía: «Si quieres que Dios oiga tus oraciones, escucha tú el clamor de los pobres. Si deseas que Dios alivie tus necesidades, alivia tú las miserias de los indigentes, sin esperar a que te lo pidan. Anticípate a satisfacer las necesidades, especialmente de los que no se atreven a pedir: obligarlos a pedir una limosna equivale a forzarlos a que la compren».
Santo Tomás se opuso siempre con energía a que la Iglesia usara métodos coercitivos o presiones para hacer entrar en razón a los pecadores, pero recomendaba en cambio el sistema de llamarlos y acogerlos con solicitud, tratar de convencerlos con afecto y agotar todos los medios del amor, sin recurrir jamás a los de la fuerza. En cierta ocasión, un teólogo y canonista se lamentaba de que el arzobispo no se decidiese a lanzar amenazas y a tomar medidas severas para acabar con el concubinato, y el prelado, al referirse a su crítico, decía: «No hay duda de que es un buen hombre, pero es de esos fieles fervorosos que a menudo menciona san Pablo y los califica de celosos sin objeto y sin conocimiento de causa. ¿Sabe acaso ese buen caballero los trabajos que he pasado para corregir esos errores que él desearía arrancar de raíz? ... Sería bueno hacerle saber que ni san Agustín, ni san Juan Crisóstomo usaron jamás anatemas ni excomuniones para combatir los vicios de la embriaguez y la blasfemia que tanto practicaban las gentes que estaban a su cuidado. No; nunca lo hicieron porque eran lo suficientemente sabios y prudentes y no les parecía justo cambiar un poco de bien por un gran mal, si usaban de su autoridad sin consideraciones y, de esta manera, excitaban la aversión de aquellos cuya buena voluntad querían ganar a fin de guiarlos hacia el bien». Durante largo tiempo, el arzobispo había tratado en vano de enmendar la vida que llevaba uno de sus canónigos, hasta que decidió invitarlo a pasar una temporada en su casa, con el pretexto de prepararle a desempeñar una importante misión ante la Santa Sede en Roma. Como parte esencial de aquellos supuestos preparativos, figuraba una buena confesión para estar bien con Dios. Pasaron uno, dos, tres meses, y el asunto de Roma sin arreglar, pero en aquel período, el canónigo recibía diariamente lecciones y ejemplos sobre todas las gracias que podía aportar la penitencia. Al cabo de seis meses, abandonó la casa del arzobispo transformado en un hombre nuevo, mientras que todos los amigos y conocidos del canónigo suponían que acababa de regresar de Roma y le felicitaron por el desempeño de su misión. Otro sacerdote que llevaba una vida irregular fue amonestado por Tomás, recibió de mala manera las represiones y, luego de insultar al arzobispo en su cara, partió hecho una furia. «No lo detengan -ordenó el prelado a sus capellanes y servidores-. La culpa fue mía. Fueron demasiado duras mis reprimendas».
El santo trató de imponer los mismos métodos que usaba para gobernar a sus clérigos y a sus fieles, al campo de los nuevos cristianos o moriscos, es decir, los moros que se habían convertido al cristianismo, pero cuya fe era inestable a tal extremo, que muchos de ellos caían en la apostasía y, en consecuencia, eran llevados ante el tribunal de la Inquisición y, a menudo, sometidos a torturas. Pero, no obstante su buena voluntad y la tenacidad de sus esfuerzos, fue muy poco lo que el arzobispo pudo hacer en favor de los moriscos en su extensa diócesis, aparte de obtener del emperador un fondo especial destinado a sostener a los sacerdotes especialmente capacitados para trabajar entre los moros convertidos. También consiguió fundar el santo prelado un colegio para los hijos de los moriscos. Se las arregló asimismo, para poner en funciones una escuela para niños pobres, dependiente de la universidad de Alcalá, donde él había estudiado y, después, al sentir ciertos escrúpulos por haber gastado dinero fuera de su diócesis, fundó otra escuela igual en Valencia. Su generosidad material igualaba a la caridad de su espíritu. Aborrecía las murmuraciones y, siempre que oía hablar mal de alguien, defendía al ausente. «Caballeros -decía en esas ocasiones-: juzgáis el asunto desde un punto de vista equivocado. Si ese hombre ha obrado mal, pudo haber tenido una buena intención, con lo cual basta para que haya obrado bien. Por mi parte, creo que así fue». Se registraron muchos ejemplos sobre los dones sobrenaturales que poseía santo Tomás, como su poder para curar las enfermedades y multiplicar las provisiones, así como de numerosos milagros que obró o que se atribuyen a su intercesión, antes y después de su muerte.
No se sabe con certeza la razón que impidió al santo arzobispo asistir al Concilio de Trento. En representación suya fue el obispo de Huesca, y la mayoría de los obispos de Castilla le hicieron consultas antes de partir hacia la magna asamblea. Se sabe que a todos les rogó que luchasen para conseguir que el Concilio decretara una reforma interna de la Iglesia, que era tan necesaria como la batalla contra la herejía del luteranismo. Sugirió además dos proposiciones muy interesantes que, desgraciadamente, no fueron tenidas en cuenta. Una de ellas consistía en que todos los trabajos para el bien de las almas fuesen desempeñados por los sacerdotes o religiosos nativos del país, siempre y cuando estuviesen calificados para ello, especialmente en los distritos rurales; en la segunda propuesta, se pedía que fuera reforzada y actualizada la antigua ley canónica que prohibía el traslado del obispo de una sede a otra. Aquella idea de la unión indisoluble del obispo con su sede, corno con una esposa, siempre estuvo presente en la mente del santo que vivió consagrado al cabal desempeño de sus deberes episcopales. «Nunca sentí tanto miedo -confesó en cierta ocasión- de quedar excluido del número de los elegidos, como en aquel momento en que fui consagrado obispo». En diversas oportunidades solicitó en vano la autorización para renunciar, hasta que, a la larga, Dios tuvo a bien escuchar sus ruegos y lo llamó a Su seno. En el pies de agosto de 1555, fue atacado por una angina de pecho. Al sentirse enfermo, ordenó que fuese distribuido entre los pobres todo el dinero que estuviera en su posesión; el resto de sus bienes, a excepción del lecho en que yacía, fueron a parar a manos del rector de su amada escuela; su cama fue la herencia del carcelero para que la diera a los presos, pero con la condición de que su futuro dueño se la prestara hasta que ya no tuviese necesidad de ella. El 8 de septiembre, su fin parecía inminente. Mandó que se oficiase una misa en su presencia; después de la consagración, comenzó a recitar en voz alta, firme y pausada, el salmo «In te, Domine, speravi»; terminada la comunión del sacerdote, dijo el versículo: «En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu» y con estas palabras entregó el alma a Dios, cuando había cumplido los sesenta y seis años de edad. De acuerdo con sus deseos, fue sepultado en la iglesia de los frailes agustinos en Valencia. Se le canonizó en 1658. En vida se llamó a santo Tomás «prototipo de obispos», el «generoso», el «padre de los pobres» y por cierto que era todo eso y mucho más, porque estaba inflamado por un gran amor a Dios, que se pone de manifiesto en su apasionada y tierna exhortación: «¡Oh, maravillosa bendición! ¡Dios nos promete el Cielo como recompensa por amarlo! ¿No es acaso Su amor mismo, la mayor, la más deseable, la más preciosa de las recompensas y la más dulce de las bendiciones? Sin embargo, hay todavía otra recompensa, un premio inmenso para agregar al de Su amor. ¡Maravillosa bondad! Tú nos diste tu amor y por causa de ese amor nos entregas el Paraíso».
Al redactar la historia de santo Tomás de Villanueva (Acta Sanctorum, sept. vol. V), los bolandistas tradujeron del español la biografía escrita por Miguel Salón, un contemporáneo que, tras de publicar una primera biografía en 1588, utilizó los datos proporcionados por el proceso de canonización para publicar un trabajo más completo en 1620. Los bolandistas publicaron también las memorias de un agustino, amigo personal del santo, el obispo Juan de Mili-latones. Esas memorias aparecieron originalmente como prefacio en un volumen con la colección de los sermones y cartas de santo Tomás que el obispo Muñatones editó en 1581. Entre las otras fuentes de información hay un sumario de los detalles del proceso de canonización que se recogieron en Valencia y en Castilla, resumen éste que también usaron los bolandistas para su prefacio y sus anotaciones. Este sumario está complementado con notas sobre los milagros y las reliquias del santo. Desde que los bolandistas publicaron su historia, en 1755, no se ha agregado nada digno de consideración al material biográfico. Hay un breve estudio de Quevedo y Villegas, así como una biografía en alemán escrita por Poesl (1860) y otra en francés por Dabert (1878). Los escritos de santo Tomás de Villanueva han sido coleccionados, cuidadosamente editados y traducidos a otras lenguas.
Cuadro: Murillo: Tomás de Villanueva distribuyendo limosna, 1668, Alte Pinakothek, Munich.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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ingreso o última modificación relevante: ant 2012
Estas biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: https://www.eltestigofiel.org/index.php?idu=sn_4872

Santo Tomás de Villanueva. Fraile y predicador. El Arzobispo de los pobres (10 de octubre)

Santo Tomás de Villanueva. Fraile y predicador. El Arzobispo de los pobres

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Tomás García Martínez, mejor conocido como Santo Tomás de Villanueva, fue un gran predicador, escritor ascético, místico y religioso agustino español

  
Santo Tomás de Villanueva fue un fraile español de la Orden de San Agustín, que era un predicador notable, escritor ascético y religioso de su día. Se convirtió en un arzobispo que fue famoso por la extensión de su atención a los pobres de su sede.

Fiesta: 10 de Octubre

Martirologio Romano: En Valencia, de España, santo Tomás de Villanueva, obispo, que, siendo religioso de la Orden de Ermitaños de San Agustín, aceptó por obediencia el episcopado, sobresaliendo, entre otras virtudes pastorales, por un encendido amor hacia los pobres hasta entregarles todos los bienes, incluyendo su propia cama (1488-1555)

Biografía de Santo Tomás de Villanueva

Santo Tomás nació, creció y fue educado en Villanueva de los Infantes, en la provincia de Ciudad Real, España, donde sus padres eran propietarios de una finca muy próspera; y de allí le viene el nombre de Tomás de Villanueva.
Parte de la casa original sigue en pie, con un escudo de armas en la esquina, junto a una capilla de la familia. A pesar de la riqueza de su familia, cuando aún era un muchacho, a menudo llegaba desnudo a su casa porque había dado su ropa a los pobres.
A pesar de que estudió Artes y Teología en la Universidad de Alcalá de Henares y se había convertido en un profesor, decidió unirse a los frailes agustinos en Salamanca en 1516, y en 1518 fue ordenado sacerdote.
Dentro de la Orden, Santo Tomás de Villanueva ocupó sucesivamente los cargos de prior de su monasterio local, Visitador General, y Prior Provincial de Andalucía y Castilla. También fue profesor en la universidad y consejero y confesor del emperador Carlos V de España.

Vida austera y caritativa

Santo Tomás de Villanueva era bien conocido por su gran austeridad personal (vendió el colchón de paja en la que dormía con el fin de dar dinero a los pobres) y por sus esfuerzos caritativos continuos e incansables, sobre todo hacia los huérfanos, las mujeres pobres y con los enfermos.
Santo Tomás de Villanueva, además poseía, un concepto inteligente de la caridad, de modo que mientras él era muy caritativo, trató de obtener soluciones definitivas y estructurales al problema de la pobreza; por ejemplo, dando trabajo a los pobres, haciendo fructificar sus limosnas.
"La caridad no sólo es dar, sino sacar de la necesidad al que la padece y librarla de ella cuando fuere posible"
En 1533, Tomás envió los primeros frailes agustinos quienes llegaron a México. Comenzó a experimentar éxtasis místicos durante la Santa Misa y al leer los salmos. Carlos V le ofreció el cargo de arzobispo de Granada, pero no lo aceptó debido a la gran humildad que poseía.
En 1544 fue nombrado arzobispo de Valencia, pero él siguió negándose el cargo hasta la orden se la dio su superior y tuvo que aceptar. Allí, ayudado por su obispo auxiliar, Juan Segriá, puso el orden en una arquidiócesis que durante un siglo no había tenido gobierno pastoral.
Santo Tomás de Villanueva organizó un colegio especial para los moriscos conversos y en particular, organizó un plan efectivo para la asistencia social, el bienestar y la caridad.

Sus talentos

Santo Tomás de Villanueva compuso hermosos sermones, entre los que se destaca el Sermón del Amor de Dios, uno de los grandes ejemplos de oratoria sagrada del siglo 16.
Gozó de gran fama como predicador, con un estilo simple y sobrio. Carlos V, al oírle en una de sus prédicas, exclamó: "Este monseñor puede mover incluso las piedras!". Tomás provocó muchas conversiones públicas.
Algunos de sus sermones atacaron la crueldad de las corridas de toros. También tuvo una gran devoción a la Virgen María, cuyo corazón los comparó con la zarza ardiente de Moisés que no se consumía.
En 1547, Santo Tomás de Villanueva ordenó sacerdote el futuro San Luis Beltrán, OP, un destacado misionero de América del Sur.
Santo Tomas murió en 1555 de la angina de pecho a la edad de 67 años. Fue canonizado por el Papa Alejandro VII el 1 de noviembre de 1658. Su fiesta se celebra el 10 de octubre
Tomás es el autor de varios Tratados, entre los que se incluye el Soliloquio entre Dios y el alma, sobre el tema de la comunión. Francisco de Quevedo escribió su biografía. Sus obras completas fueron publicadas en seis volúmenes como Opera omnia, en Manila en 1881.
Santo Tomás de Villanueva es el patrono de la Universidad de Villanueva, cerca de Filadelfia en los Estados Unidos, que fue fundada y es administrada por los frailes de su Orden, la Universidad Católica de Santo Tomás de Villanueva en La Habana, Cuba, la Universidad de Santo Tomás en Miami Gardens , Florida, EE.UU. y el Colegio Villanueva, una escuela católica para los niños ubicados en Brisbane, Australia.

Oración a Santo Tomás de Villanueva

Oh Dios, que quisiste asociar a santo Tomás de Villanueva, insigne por su doctrina y caridad, al número de los santos pastores de tu Iglesia, concédenos, por su intercesión, la gracia de permanecer continuamente entre los miembros de tu familia santa.
Por nuestro Señor Jesucristo.
Amén