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martes, 24 de marzo de 2020

P. Antonio Rivero: “¡Sal del sepulcro del pecado, que es el coronavirus del alma!” 24032020

Coronavirus © Pixabay

P. Antonio Rivero: “¡Sal del sepulcro del pecado, que es el coronavirus del alma!”

V Domingo de Cuaresma
QUINTO DOMINGO DE CUARESMA
Ciclo A
Textos:  Ezequiel 37, 12-14; Romanos 8, 8-11; Juan 11, 1-45
Idea principal: ¡Sal del sepulcro del pecado!
Resumen del mensaje: Cristo, además de ser Agua viva (tercer domingo) y Luz (cuarto domingo), también es Vida y Resurrección (quinto domingo). El Cristo Pascual ha venido para sacarnos y resucitarnos de nuestro sepulcro del pecado (primera lectura y evangelio), y darnos una vida nueva de resucitados, para no vivir ya según la carne sino según el Espíritu (segunda lectura). Cristo no quiere que nuestra vida yazca en el sepulcro de nuestro pecado y se pudra. Quiere que muramos a nuestro hombre viejo para después resucitarnos y hacernos hombres nuevos, según el Espíritu.
Puntos de la idea principal:
En primer lugar, la resurrección de Lázaro del sepulcro signa el punto culminante de la actividad de Jesús. Es el más grande de sus milagros. Mediante este extraordinario milagro, el Señor trata de vencer la incredulidad de los judíos. En la batalla entre la fe y la incredulidad, Jesús ofrece el don de un testimonio mayor. Pero el corazón de los judíos se cierra, y ello los lleva a tomar la decisión oficial de matar al Cordero inocente, y también a Lázaro, que era testimonio vivo del poder divino de Cristo. El camino de la cruz está ya trazado, pero en el plan de Dios la cruz será el umbral de la exaltación y glorificación del Padre en su Hijo. El complot de los hombres, en el plan de la Providencia, sirve a los designios de Dios. Este evangelio de hoy de la resurrección de Lázaro, ¿da luz a nuestra situación del coronavirus? ¿Cuándo nos vendrá la resurrección y podremos caminar y salir y abrazar a los seres queridos? Encontremos el porqué Dios ha permitido esta oportunidad para elevar nuestro pensamiento al cielo. ¿No sacaremos un bien de este mal? ¡Dios ya lo está sacando, pues el mundo, la Iglesia, las familias, los gobiernos, los médicos, los ángeles que cuidan a los ancianos en las residencias…están despertando y se están desviviendo unos por otros!
En segundo lugar, si Lázaro es amigo íntimo de Jesús y el Señor de la vida, ¿por qué éste permite que muera y lo pongan en el sepulcro? Jesús permite un mal para que se manifieste la gloria de Dios. Y esto también para hoy con el coronavirus: Dios sacará un bien de este mal que ha permitido, tal vez para despertarnos y así mirar más para arriba con la oración y la unión familiar. Jesús no utiliza su poder divino para evitar la muerte ignominiosa de la cruz. Por eso, irá al encuentro de su propia muerte por decisión personal. Irá en busca de su “Hora”, esa hora que tanto lo angustiaba pero que al mismo tiempo anhelaba con ardor, porque sería la hora de la glorificación de su Padre y de nuestra salvación mediante el Misterio de su muerte y resurrección. Tal es la razón por la que no impidió la muerte de su amigo Lázaro, para que resplandeciese la gloria de su Padre, así como no evitaría su propia muerte, para que el Padre fuese plenamente glorificado en el Hijo. Sólo así nos sacaría del sepulcro y nos daría una vida nueva. La muerte y resurrección de Lázaro constituyen un preludio de su propia muerte y resurrección. Viendo esta resurrección, los apóstoles consolidarán su fe y se prepararán para la gran prueba de la Pasión. Vengamos de nuevo a lo que estamos viviendo: ¿tenemos miedo a la muerte? ¿Por qué? ¿Todo se acaba con la muerte? Pensemos esto hoy y mientras dura esta prueba del coronavirus. Cristo es el Señor de la vida y de la muerte. Y Él sabe cuándo nos vendrá a llamar. Mientras tanto, oremos, vigilemos y tengamos el corazón limpio y en paz con Él y con nuestros hermanos.
Finalmente, Jesús también quiere hoy gritar a cada uno de nosotros, como entonces a Lázaro: “Lázaro, sal fuera”.  Sal del pecado. Sal de la incredulidad. Sal de la pereza. Sal del desaliento. Sal del egoísmo. Cristo no quiere que nos pudramos en el sepulcro del pecado, pues “la gloria de Dios es el hombre que vive”, decía san Ireneo. Salgamos y veremos la luz, la vida y la resurrección de Cristo. En el sepulcro sólo hay gusanos, oscuridad, descomposición y muerte. Y Cristo es el Señor de la vida, y quiere hacernos partícipes de su vida divina e inmortal. Y en estos momentos del coronavirus, ayuda a tus hermanos y dales una palabra de esperanza y paz.
Para reflexionar: ¿estoy en el sepulcro del pecado, coronavirus del alma, o ya estoy experimentando durante la Cuaresma la vida nueva en Cristo Jesús en los sacramentos, la mejor vacuna contra este terrible mal del coronavirus del alma que es el pecado? Cada vez que peco, ¿escucho la voz de Cristo: “Sal fuera del coronavirus del alma”? ¿Creo que Cristo es Vida y Resurrección para todos los que le siguen y quieren curarse de este mal?
Para rezar: Señor, quiero en esta Cuaresma escuchar fuerte tu voz a salir del sepulcro del coronavirus de mi pecado, para poder encontrarme contigo que eres la Vida auténtica y recomenzar una nueva vida de resucitado. Amén.

martes, 12 de julio de 2016

Comentario a la liturgia dominical 12072016

Comentario a la liturgia dominical

Décimo sexto domingo Tiempo común Ciclo C Textos: Gn 18, 1-10a; Col 1, 24-28; Lc 10, 38-42
How to pray?
Pixabay CC0 - Celiosilveira
(ZENIT – México).- Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor de Humanidades Clásicas en el Centro de Noviciado y Humanidades y Ciencias de la Legión de Cristo en Monterrey (México).
Idea principal: La hospitalidad es virtud fruto de un corazón caritativo y misericordioso, y al practicarla, entramos en contacto con Dios.
Síntesis del mensaje: “No olvidéis la hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles” (Hebreos 13, 2). Así pues, la hospitalidad no siempre es sólo para los de la familia de la fe, sino también para aquellos que no lo son. Es fácil ser hospitalario con aquellos que conocemos –familiares y amigos-, pero Jesús dijo: “Si amáis a los que os aman. ¿No hacen también lo mismo los publicanos” (Mt 5, 46). Debemos brindar hospitalidad como un feliz privilegio, no como una carga (1 Pe 4, 9). ¿Dios nos hospedará? El salmo pregunta: “Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda?”. Y da la respuesta: el que practica la justicia, el que no calumnia, el que no hace mal a nadie, el que no practica la usura.
Puntos de la idea principal:
En primer lugar, Abraham es ejemplo de hospitalidad (1ª lectura). En los hogares orientales se requería la hospitalidad, aun para forasteros desconocidos. El huésped podía gozar de esta hospitalidad sin la más mínima obligación de pago. La Biblia está llena de ejemplos de hospitalidad. En su defensa, Job alegó que siempre había estado atento a las necesidades de los viajeros (Job 31, 31- 32). Lot acogió a dos de ellos, sin saber, al principio, que eran ángeles (19, 1-3). Tan seriamente consideraba su obligación hacia sus huéspedes, que para protegerlos estuvo dispuesto a sacrificar la pureza de sus hijas (Gn 19, 4-8). Los israelitas recibieron la orden de proteger a los extranjeros y ser hospitalarios con ellos (Lv 19, 33, 34). San Pablo habría tenido estos incidentes en mente cuando aconsejó a los cristianos a ser hospitalarios, porque al serlo, sin saber algunos habían hospedado a ángeles (He 13, 2). Eliseo y su criado eran huéspedes frecuentes de una mujer sunamita, que finalmente hizo construir una habitación para él (2 R 4,8-10, 13). Y hoy nos sale el ejemplo de hospitalidad de Abraham. Es la escena que inmortalizó el pintor ruso Andréi Rublev con su ícono trinitario, junto a la encina de Mambré. Abraham tiene con ellos todos los cuidados que una hospitalidad oriental puede pensar: agua para los pies, descanso a la sombra, un pan recién amasado, un buen plato de carne, leche cuajada…Los visitantes le agradecen la hospitalidad prometiendo al anciano matrimonio que van a tener un hijo. Dios se muestra generoso con quien es hospitalario.
En segundo lugar, la familia de Betania es también ejemplo de hospitalidad (evangelio). La vida apostólica de Jesús es agotadora. Por eso sabe tomarse un descanso y tocar en la puerta de amigos, gozar de la sana amistad y de la hospitalidad de esta familia de Betania. Cada una de las hermanas le regala cosas distintas y complementarias. Marta, buena ama de casa, es más activa, preocupada por ofrecer a su huésped una comida digna. ¿Quién no hubiera hecho esto? María prefiere estar sentada a los pies del Señor, escuchando sus palabras. Sabemos lo que pasó: Marta se queja y Jesús deja bien claro el primado de la oración y de la escucha, pero sin despreciar la acción hospitalaria de Marta. Hay dos modos muy distintos de acoger a Jesús como huésped: está el modo activo de Marta, que se preocupa de hacer un montón de cosas por Él; y está el modo sereno de María, que le acoge poniéndose a sus pies para escucharle. Jesús nos dice que esta segunda manera es más importante. A un huésped se le honra mejor escuchándole atentamente. Y Jesús no es cualquier huésped. Él es la Palabra del Padre. Palabra que instruye y anima. Palabra que fortalece y sostiene. Palabra que interpela y corrige. Importante, pues, darnos tiempo todos los días en la oración para acoger en el corazón a este Huésped-Palabra, escucharle, dialogar con Él. Pero, y es curioso, Jesús entra como huésped y termina como anfitrión, habiéndonos llenado el alma de ánimo para comunicarlo a nuestros hermanos, invitándoles a acoger a tan digno huésped divino. Actividad, sí; no activismo y ajetreo loco. Contemplación, sí; no ensimismamiento ni huida de la realidad. El ejemplo nos lo da el mismo Cristo. ¿Su horario? Oración en la mañana y en la noche; y durante el día, dedicación apostólica.
Finalmente, nosotros debemos también ser ejemplos de hospitalidad con nuestros hermanos. En un mundo tan inhóspito y que facilita tan poco la comunicación cara a cara, por varias causas, una de las cuales son los instrumentos que llevamos en el bolsillo: teléfono, whatsapp, etc., nos urge reconquistar este valor. ¿A quién debemos ofrecer hospitalidad? A todos los que pasen a nuestro lado y que vengan con buenas intenciones. ¿Por qué debemos ser hospitalarios? Porque es a Cristo a quien acogemos en la persona de nuestro hermano.¿Para qué debemos ser hospitalarios? Para imitar a Cristo, para recibir toda clase de bendiciones de arriba y, sobre todo, recibir de Él su abrazo en el cielo, cuando nos hospede al final de nuestra vida terrena. ¿Cómo debe ser nuestra hospitalidad? Gratuita, respetuosa, atenta, generosa, sincera. ¿Cuáles serían algunos detalles de hospitalidad para nosotros? Nos responde el salmo de este domingo: practicar la justicia, no calumniar ni difamar, no hacer mal a nadie, no practicar la usura. Las lista de detalles puede prolongarse: estar abierto a la escucha de ese hermano que nos habla, darle un pedazo de nuestra conversación positiva y motivadora, saber comprender los defectos evidentes, echarle una mano en algo que necesita, acoger con bondad a quien toca la puerta de nuestra casa. El encuentro con el hermano es un encuentro con Dios. Es como una “teofanía”: el Señor se nos apareció. Tal vez llevaremos una sorpresa cuando el Juez, Cristo Jesús, nos diga al final: “a Mí me lo hicisteis”.
Para reflexionar: ¿Tenemos un espíritu acogedor, hospitalario? ¿O tenemos bien trancada la puerta de nuestra casa y de nuestro corazón? ¿Tengo la escucha de la Palabra como prioridad en mi vida, antes de toda actividad doméstica, acción caritativa o de promoción humana? ¿Sé compaginar las dos cosas: la acción caritativa y la oración contemplativa?
Para rezar: Jesús, cuántas veces he dejado a un lado mi oración para darle vuelo a mi imaginación: programando, planeando los grandes proyectos que podría llevar a cabo, pero olvidando que lo único que puede garantizar el éxito apostólico es que Tú seas la parte central de cualquier esfuerzo. Permite que nunca olvide que mi misión proviene de tu inspiración, que inicia y se sostiene sólo con tu gracia, que desde el principio y hasta el final todo debe ser por Ti y para Ti.
Cualquier sugerencia o duda pueden comunicarse con el padre Antonio a este email: arivero@legionaries.org.

martes, 3 de mayo de 2016

Comentario a la liturgia dominical – Séptimo domingo de Pascua Solemnidad de la Ascensión del Señor 03052016

Comentario a la liturgia dominical – Séptimo domingo de Pascua Solemnidad de la Ascensión del Señor

Ciclo C Textos: Hech 1, 1-11; Heb 9, 24-28; 10, 19-23; Lc 24, 46-53
Mosaico con una representación de Jesús de Nazaret, existente en la antigua Iglesia de Santa Sofía (Estambul), fechada cerca de 1280.
Mosaico En La Antigua Iglesia De Santa Sofía (Estambul).
(ZENIT – Monterrey).- Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, director espiritual y profesor en el Centro de Humanidades Clásicas de la Legión de Cristo, en Monterrey (México).
Idea principal: La Ascensión del Señor nos invita a “volar” al cielo con la mente y con el corazón.
Síntesis del mensaje: Este misterio glorioso de la vida del Señor se resume así: Jesús, después de su vida en la tierra, de haber dejado instituida su Iglesia y habernos regalado su presencia resucitada y perpetua en los sacramentos, volvió al cielo, de donde había bajado para realizar la salvación de la humanidad, para sentarse a la diestra del Padre y ser nuestro intercesor. Y desde allá nos enviaría el Espíritu Santo que guiaría a la Iglesia y nos guiaría a cada uno a ese cielo prometido y anhelado por todo corazón humano.
 Puntos de la idea principal:
En primer lugar, en este día el hombre debería anhelar “volar” al cielo. Cuenta la mitología que el primer hombre que realizó el sueño inmortal de todos los mortales, volar, fue Ícaro, hijo de Dédalo, el ingeniero constructor del laberinto de Creta. Gracias a unas alas de pluma y mimbre, que le construyó su padre y se las pegó con cera a las espaldas, Ícaro despegó un día de la isla de Creta rumbo al Olimpo, que era el cielo de los dioses paganos. Pero, al sobrevolar el mar Egeo, atravesó las nubes, le pegó el sol, le derritió la cera, le despegó las alas y, ¡todo su gozo en un pozo!, el pobre Ícaro cayó al mar entre las islas de Samos, patria chica del teorema de Pitágoras, y la de Patmos, destierro del evangelista san Juan. Pero con el fracaso de Ícaro no se les acabaron a los hombres las ganas de despegar de la tierra y subir al cielo. El 12 de abril de 1961, el cosmonauta ruso Juri A. Gagarin despegó de la base siberiana de Baikonur a las 9.07 a.m. y, a bordo de su cápsula espacial Wostok, en 89 minutos trazó una elipse de 175 y 327 kms de altura alrededor de la tierra. Y aunque este ruso se burló de Dios diciendo: “Estuve por el cielo y no he encontrado a Dios”, sin embargo, el hombre sigue anhelando el cielo. Y es una verdad de fe que el cielo existe. Y que allí está Dios. Y que Jesús, un día como hoy subió al cielo por la vertical del Olivete.
En segundo lugar, Jesús no es ni un Ícaro ni otro Gagarin. Pero esta gran noticia de la Ascensión del Señor es de un evento teológico de primera magnitud, que desvió el curso de la historia humana, trastornó los planes de los hombres y hoy nos tiene a nosotros de testigos. Enseña lo siguiente: han terminado las páginas de la historia en que algunos hombres y mujeres privilegiados vivieron la cercanía inmediata y sensible de Jesús resucitado, y ahora hay que pasar página. Ya nunca más ningún mortal volverá a verle, oírle, tocarle, sentirle…de carne y hueso. Pasemos página. Y ahora comienza la historia de la presencia resucitada, mística, pero real de Cristo que dijo: “Yo estaré con vosotros hasta la consumación del mundo” (Mt 28, 19-20). Comenzó la era de la Iglesia de Jesús, que dijo:“Seréis mis testigos…hasta los últimos confines de la tierra” (Hech 1, 8), y lo somos. Ésta es la era del Espíritu de Jesús, que dijo: “Seréis bautizados con el Espíritu Santo” (Hech 1, 5), y lo fuimos. Cuando Jesús les habló por última vez, no volvieron a verle más con los ojos del cuerpo, pero comenzaron a sentir su presencia con los ojos de la fe y pensaron: realmente subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre. Esto es la Ascensión.
Finalmente, y los hombres de hoy, ¿será que sienten esta presencia de Cristo y anhelan el cielo? Algunos tienen ojos que miman y ceban y no hartan. Y por eso, no miran al cielo. Otros entre tantas diversiones hacen pesado el corazón y no se elevan a las alturas celestiales. Viven el consejo del poeta Horacio: “Carpe diem”, disfruta el día, y lo estrujan como a un limón, hasta la última gota; y después experimentan la resaca, la soledad, el hastío y el asco. ¿Y el cielo? Nada. No obstante, hay cosas todavía que levantan el ánimo y nos invitan a mirar hacia arriba: la sonrisa limpia de un niño, un poco de belleza en un atardecer, un “te quiero” pero bien dicho, un adiós con sincera nostalgia, una llamada de un amigo, el espectáculo del mar sereno, un minuto de libertad, un rato de oración íntima en una capilla donde está prendida la vela del Santísimo. Todo esto nos invita a mirar y a “volar” al cielo, al menos por momentos. Y alegrar y dar sentido a nuestra existencia, a nuestros dolores y fatigas, a nuestros actos de generosidad y bondad. No, la vida no acaba acá. Después de nuestra pasión y muerte, vendrá la resurrección y la ascensión. Como con Jesús. Ascendemos para entrar en Dios, encontrarnos con Él y disfrutar de su presencia amorosa. Y Él nos está esperando. Y Cristo, ya nos preparó una morada. En este día se acaban las nostalgias y las penas, pues hemos llegado a nuestro cielo natal. Allí todo es alegría y júbilo y amor. Pero con Dios y los amigos de Dios.
Para reflexionar: ¿Cuántas veces pienso diariamente en el cielo? ¿Qué es lo que más me gusta del cielo? ¿Qué hago para poder llegar un día a ese cielo que Cristo nos abrió con su Ascensión? ¿La certeza del cielo me hacen llevaderos el sufrimiento y la cruz en mi vida? ¿Qué hago para llevar a todos mis seres queridos al cielo?
 Para rezar: recemos con Fray Luis de León en su Oda en la Ascensión:
¿Y dejas, Pastor santo,
tu grey en este valle hondo, obscuro,
con soledad y llanto;
y tú, rompiendo el puro
aire, te vas al inmortal seguro?…
¿Qué mirarán los ojos
que vieron de tu rostro la hermosura,
que no les sea enojos?
Quien oyó tu dulzura,
¿qué no tendrá por sordo y desventura?…
Dulce Señor y amigo,
dulce padre y hermano, dulce esposo,
en pos de ti yo sigo:
o puesto en tenebroso
o puesto en lugar claro y glorioso.

Cualquier sugerencia o duda pueden comunicarse con el padre Antonio a este email:arivero@legionaries.org