YO SOY
Hola, Dios. Soy tu hijo
Hola, Dios,
soy yo, tu hijo.
Te quiero decir
Que eres un tanto difícil de seguir.
Que a veces me dan ganas de hacerme ateo,
sólo para fastidiarte
y para vengarme un poco,
por rabia.
Era más fácil antes
con lo de la Ley:
cumplías y listo,
o no cumplías y te arrepentías.
Pero ahora con la libertad del corazón
es que no hay escape;
no hay forma de hacer trampa,
de autoengañarse.
Ya sé que lo perdonas todo,
pero yo quería quedar bien,
sobre todo delante de mí.
Ahora es imposible.
Me pones delante mi pecado,
me reconozco débil y cobarde.
Ya sé que no te importa,
pero me importa a mí.
¿Qué queda de mi orgullo?
¿Y de mi autoestima?
Si tú lo haces todo,
no me puedo lucir.
Sólo me pides que ame
y esto es muy difícil.
Yo prefiero odiar,
que es más retorcido.
Pero, en fin…
Me has seducido y me has enamorado.
Estoy perdido y en tus manos.
No tengo remedio, gracias a Dios.
Carla Buendía Hervás
Nada más para esta larga presentación. A continuación se encuentran los dos comentarios del Evangelio para este domingo 26 de abril.
Carmelo Bueno Heras
Comentario primero:
Domingo 4º de Pascua. Ciclo A (26.04.2026): Juan 10,1-10.
YO SOY puerta, pastor, luz, pan, agua, palabra... Así lo escribo CONTIGO,
Cada vez comprendo menos las decisiones de la autoridad que selecciona los textos del Evangelio para las celebraciones litúrgicas de los domingos. Sé que esto no dejo de decirlo una y otra vez, pero hay ocasiones en las que este ‘desorden’ grita tanto que ensordece. Para este primer domingo del mes de mayo se nos presenta la oportunidad de leer los diez primeros versículos del capítulo décimo del cuarto Evangelio. ¿Recordarán los oyentes qué cuenta este Evangelista inmediatamente antes e inmediatamente después de estos versículos? Lo dudo.
Comienzo por recordar qué cuenta este narrador en Jn 10,1-10: “Yo soy la puerta’. Esta es la síntesis o semilla de todo el texto que se nos propone. El Jesús de Nazaret en quien cree este Evangelista es ‘una puerta’. Después de contextualizarlo, nos lo ampliamos.
A esta primera parte del capítulo décimo, le sigue el texto de Juan 10,11-21 y en todo el desarrollo sólo se habla de esto: “Yo soy el buen pastor”. Cuando estas dos expresiones que comienzan con el ‘Yo soy’ se las desvincula de su contexto dejan de ser peligrosamente provocativas y se convierten en un desleimiento casi insulso de bla, bla, bla. Este texto no se nos leerá este año en ninguno de sus domingos.
El texto de Juan 10,1-21 es el punto final de la inmensa narración de todo cuanto acontece en Jerusalén en la celebración de la fiesta de las Tiendas, que comienza a contarse en Juan 7,1. El desencuentro y hasta el enfrentamiento de Jesús de Nazaret con todo cuanto constituye la realidad del Templo, de los Sacerdotes y de la Religión judía adquiere dimensiones trágicas.
Este Evangelista se atreve a poner en boca de su Jesús estas palabras: “Todos los que han venido delante de mí son ladrones y salteadores... El ladrón sólo viene a robar, matar y destruir... En cambio, yo he venido para que tengan vida” (Jn 10,8-10). ¿Puede expresarse con mayor claridad la denuncia de este Jesús de Juan a todo cuanto representa la Religión de Israel en aquellos tiempos del siglo primero de nuestra historia?
En esta fecha del tres de mayo, siga o no el confitamiento, me regalaré un tiempo ni corto ni largo para releerme Ezequiel 34. Aquel profeta nos dejó testimonio del actuar de los tenidos como pastores del pueblo de Israel. Pastores y rebaños. Pero ¿quién sirve a quién?, me preguntaré. ¿Por qué están tan presentes en la literatura de las religiones institucionalizadas estas imágenes de los pastores y los rebaños? Por eso no hablo de pastoral.
En el texto de Juan 10,1-10 el Evangelista nos regala otra imagen muy propia también de este contexto de rebaños y pastores: la puerta, por la que entran y salen tanto los pastores como las ovejas. Los sacerdotes de Israel eran la puerta de entrada para comunicarse con el Yavé Dios del Templo y de la Religión judía. Para este Evangelista, esta puerta es su Jesús de Nazaret al que ya le ha calificado en este Evangelio reiteradamente con el mismo nombre del Dios-Yavé: Yo soy, según se expresa en Éxodo 3,14. En Juan 8,12.24.28 el propio Jesús se llama ‘Yo soy’, una blasfemia para los judíos.
Carmelo Bueno Heras. En Madrid, 03.05.2020. Y también en Madrid, 26.04.2026.
Comentario segundo:
“Todo cuanto deseas que te hagan, házselo a los demás” (Mt 7,12)
CINCO MINUTOS para compartir el comentario de la 22ª página del Evangelio de Mateo 12,46-50.
Comento un pequeño manojo de versículos del Evangelio de Mateo. Se trata de los cinco últimos del capítulo duodécimo de su Evangelio (12,46-50). En este momento se nos da cuenta de qué sucede entre los familiares de Jesús de Nazaret mientras éste evangeliza en su tierra y entre sus gentes de Galilea. Este mismo asunto de la presencia de Jesús entre las gentes de su familia y de su poblado lo volverá a tener presente el Evangelista Mt en 13,53-58. Este par de breves relatos constituyen los dos apartados de una preciosa palindromía, literaria y teológica al mismo tiempo. En el centro de esta palindromía podremos leer el tercer gran discurso que este narrador colocó en boca de su Jesús de Nazaret. Se trata del precioso discurso de las siete parábolas (Mt 13,1-52).
En el próximo comentario hablaremos de este discurso. Ahora nos detenemos en 12,46-50 y dejamos que resuene, como una inacabada melodía, la pregunta que coloca Mateo en boca de su Jesús de Nazaret: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos” (12,48)? Tanto el Evangelista Marcos (3,20-35) como Lucas (8,19-21) presentan esta misma secuencia de la vida de Jesús de Nazaret, pero en los tres narradores las diferencias literarias son notables y los contextos en los que suceden estos hechos son aún más dispares.
Cuando se leen estas páginas de los tres Evangelistas de manera sinóptica y como en paralelo, se despiertan las preguntas críticas que ayudarán al lector a acercarse al mensaje de cada uno de ellos. ¿Habla, nuestro texto del Evangelista Mateo, de María, la madre de Jesús, y de los hermanos de Jesús, hijos también de María? (Mt 12,469). Notas a pie de página de muchas ediciones impresas de los Evangelios comentan, no sin cierta intencionalidad justificada, como lo hace la Biblia de Jerusalén: “No hijos de María, sino parientes próximos, como por ejemplo primos, que en hebrero y arameo se llamaban también hermanos”.
Cuando estamos tratando de interpretaciones debemos pensar en respetar cada una de ellas, oírlas expresarse y aceptar cada uno acercarse más a una u otra. Nunca tendremos ninguna seguridad plena de haber encontrado la verdad única de la luz verdadera. Además de este criterio, no muy definitivo, en este texto debemos constatar que explícitamente esta relación de ‘familiaridad’ que es ser madre y ser hermana-hermano tiene que ver no tanto con la sangre de la biología, sino sobre todo con la opción religiosa de cada persona: “ser hermano, hermana o madre es, para este Jesús del Evangelista Mateo, cumplir la voluntad del Padre, el del cielo” (12,50).
Creo que hemos tocado uno de los centros del mensaje. No descarto que haya otros. Pero sí es central el asunto que aquí se está llamando “la voluntad del Padre”. Creo que se le puede llamar también ‘la voluntad de Dios’, ‘la voluntad divina’ o todo cuando desea Dios que deba ser hecho o evitado. Nombro estas expresiones porque ellas forman parte de la más granada espiritualidad cristiana y de su pastoral: ¿No es esta ‘voluntad divina’ la síntesis de las biena-venturanzas: “hacer a los otros cuanto deseas que ellos te hagan”? (Mt 7,12). ¡Sí! Así es.
Carmelo Bueno Heras. En Madrid, 28.04.2019. Y también en Madrid, 26.04.2026.
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