Toledot de los nombres inmortales.
(una reflexión navideña sobre la importancia de la genealogía del Cristo leída ayer en la misa)
Y si la vida humana es escritura
¿quién la deletrea? ¿hacia quién se dirige?
………..
Cuando llegue la hora me encontrarás
ignorado y desnudo de obras. Páginas en blanco.
Sin embargo, Tú te estás llevando
todo mi miedo al Mar.
(P. Javier Martínez Cortés SJ)
La palabra era la muerte. Dora lo conocía muy bien en sus ocho años. Ella debería recibir a su plato diario de la comida siendo callada, porque las voces resonaban con el eco en el sótano. En el otoño de 1941 Dora no tenía ningún futuro en este pueblo de Ucrania. Su madre era judía, su padre tenía la procedencia armenia, a todos los morenos con los rasgos semíticos llevaron en la primera semana de la ocupación. Entre el caos de la fuga del ejército y del bombardeo continuo nadie ya entendía que pasaba. Este pueblo era pequeño, su gueto aún más diminuto, para tan poca gente nadie organizaba los trasportes para los campos de concentración, les fusilaban “en casa”. El padre de Dora era el mejor zapatero de la provincia, ellos vivían bien. Ahora todos los habitantes de gueto estaban andando por la carretera hacia una tumba común que obligaron a excavar a los campesinos. Ahora estos miraban impasiblemente a la fila que iba hacia este barranco. Pero la madre de Dora vi como llora una mujer y empujó hacia ella a la niña, mientras un nazi de centinela se distraía con algo. La mujer la cubrió rápidamente con sus faldas de lino, los vecinos callaron. Así Dora se quedó bajo la falda de una campesina y sus padres siguieron un camino en el final del cual ya se oían los disparos.

Ya casi un año Dora vivía en esta bodega oscura y fría, entre cajas de patatas y remolachas, siempre callada bajo sus tres mantas. Su frágil existencia ponía en peligro a todos: a la campesina, a sus dos hijos y a los abuelos. “Calla, niña, la palabra es la muerte. Nuestro policía vive en la casa vecina”. Y ella se acostumbró vivir callada en la oscuridad donde no se percibían las formas de los objetos, comiendo a siegas y recordando a cada momento de su vida anterior: las canciones de la lengua antigua y desconocida que contaba su padre, unas muñecas de madera que él hizo de los trozos de leña, a una arena dorada cerca del rio, donde jugaba ella con una niña vecina, un carro pintado con el caballo del hiero bajo la alta escalera de la casa que había sido un preciado regalo traído de la ciudad. La niña vecina era demasiado astuta y le robaba a las muñecas, después las traía su madre, pidiendo disculpas. Las dos también estaban en la fila y la casa con la alta escalera ya quemaron, junto con las muñecas de madera, pero Dora recordaba a sus nombres. Todo desapareció tan rápido que estas muñecas eran un componente más estable en la memoria de una niña de ocho años.
Dora conocía muchos modos y maneras de morir: campo de concentración, tumba común, bombardeo… “Si las bombas derrumben a la casa, te quedarás aquí muriendo del hambre. No sé qué hacer con esto”, - decía la mujer en las faldas de lino. Con esto nadie sabía qué hacer y Dora prefería tragar callada a su sopa de patata, pensando sobre las muñecas que repetían en el pequeño teatro de su memoria a todos los cuentos de su padre y a las historias de un viejo rabí que era su vecino. Jacob encontraba a su Raquel y Judith otra vez mataba a Holofernes. Adán con los brazos en ganchillos daba los nombres a los animales y a los pájaros del cielo: “Tu eres un lobo y tu eres una águila-fénix inmortal. Tu puedes resucitar de las cenizas”. Así las cenizas de una casa resistían a convertirse en el polvo del olvido.Las antiguas historias defendían a Dora del miedo, porque este fuego se convertía en la luz que resplandecía en una arena dorada bajo el sol del último verano. Cuando se abría la puerta en el sótano la luz cegaba a la niña, pero le recordaba a la columna que guiaba a un pueblo por el desierto. ¿No era el desierto lo mismo que la tumba común? Si es así, todos van a llegar a la Tierra Prometida. Todos, menos ella, porque cerca no había ningún profeta como Moisés, incluso el viejo rabí que era sabio como Ben Sira no tenía esta fuerza que podría convertir a las piedras en los corazones humanos.
Pero a cada profeta había sido asignado su tiempo, cada uno debería pasar por su iniciación para poder escuchar a esta Palabra que mata y resucita. Para eso morir y resucitar primero debería él mismo. El profeta de Dora era un capitán de la exploración militar soviética que nunca conocía nada sobre los profetas. Él se quedó herido y cautivo durante una operación que fracasó y le metieron en la cárcel de la ciudad cercana, la patria del carro con caballito. Al día siguiente llegaron las noticias sobre el avance en el frente, los alemanes decidieron abandonar a la ciudad rápido y antes fusilar a todos los presos militares. El profeta recibió una bala en la frente y cayó en los cuerpos de los otros prisioneros. Pero escuchando como se aleja el ruido de los camiones, entendió que él aún estaba vivo. Nuestro profeta recibió su primera iniciación: la bala atravesó a su cráneo sin estallarse y en uno de los pocos sitios donde no había nada importante. Un agujero en la frente y un poco de sangre, pero por la perturbación el capitán perdió toda la capacidad de pensar. Por la lógica de la supervivencia él debería quedarse en el lugar de donde ya salieron los alemanes, pero el profeta abandonó el patio de la cárcel y se metió a andar por la carretera. Así como era: sangrado y con el uniforme de un oficial soviético.
Él pronto encontró a la compañía: a la mujer con las faldas de lino, a sus dos hijos y a todos los vecinos de su pueblo. “¿Adonde vais?” – “Nos llevan a tirar en las minas, nos acusan en ayudar a los partisanos”. Las viejas minas de carbón eran otra tumba común. Y el profeta descubrió que la gente iba entre los nazis armados. Él intentó correr hacia los arbustos, pero un golpe de la ametralladora le devolvió a la fila. En la Sagrada Escritura los sujetos suelen repetirse varias veces, para su mejor memorización. “A nosotros nos van a fusilar rápido, cuando los cuerpos caen en la mina, aún lanzan las granadas, para que nadie se quede vivo o herido”, - le contaba mujer en las faldas de lino, - “Más pena me da la niña que se quedó en mi sótano. La escondía casi un año y ahora va a morir de sed y de hambre, se quedo bajo los escombres, ellos quemaron a todas las casas. Quería contar todo, pero los nazis no me entienden. ¿Tú hablas en el alemán?”. Pero los rusos avanzaban, los alemanes querían escapar y a nadie interesaba una niña que dormía bajo tres mantas soñando con los cielos de cristal.
El profeta saltó a la mina antes los disparos, esto no prometía una salvación, porque en el final en esta “grieta de la tierra” tiraron las cinco granadas. Pero el profeta que aún no cumplió a su misión, por eso él se colgó en la caída en un gancho que estaba suficientemente bajo para que no le vieran los nazis, pero bastante alto para no sufrir mucho daño de las granadas. Una ligera contusión y quemadura de la cara. Casi nada. “Recuerda su nombre: Dora. El pueblo está a la derecha”. Debajo de él estaban los fusilados campesinos, le costó subir a la superficie de la tierra. Ya era la noche, pero en esta oscuridad él vio a los fuegos lejanos de un quemado pueblo. Cuando los soviéticos entraron en este pueblo por la mañana, ellos vieron a un loco herido, sangrado y quemado que movía a las piedras de las casas y gritaba en cada sótano: “¡Dora!”. Él intentó pedir la ayuda, pero le mandaron al médico. En tiempo aquello por la tierra andaba mucha gente que perdió la razón para siempre, repitiendo los nombres de los seres queridos que nunca volverán. “Es que ella puede estar viva, ayudadme con las ruinas” – “Todos podrían estar vivos, toma la sopa”.
Solo en el anochecer él encontró entre las piedras a una especie de la pequeña criatura que callaba porque la palabra traía a la muerte. “¿Tú eres Dora?” – “Si. ¿Qué muerte me va a dar esta palabra?” – “Tranquila y en la vejez”. Es que el capitán era ya un profeta de verdad. Ella ya no podía andar y el profeta la llevó en sus brazos en la única casa que se quedó entera en el pueblo, en el antiguo GESTAPO. Dora no podía ver a las ruinas quemadas, sus ojos estaban totalmente cegados por el sol, ella había sido casi un año una sombra en la oscuridad y salir de la apofática no es tan fácil, hay que acostumbrarse a la luz en que Dios otra vez separó de las tinieblas. Pero la casa estaba oscura y Dora pudo abrir sus ojos. Le dieron un vaso de leche y la sopa-bazofia de las conservas americanas. “A comer, con este aspecto no viven”. Dora levantó su mirada del plato y lo primero que vio después de la oscuridad eran unos nombres escritos con un carbón o con un cuchillo en la pared: “Sergei: 18.06.1942”; “Adiós mama, soy tu Andrés”… En sus ocho años Dora leía muy bien: “Me despido de mi familia y de mis camaradas. Olga”; “yo pido venganza”; “pronto entraremos bajo la tierra, mi querida abuela”; “Claudia, yo nunca te he dicho que te amo”, “Cuida a los hijos, mujer. Constantino”…
Dora preguntó al profeta que significaban estos nombres en las paredes: “Aquí estaba el cárcel de GESTAPO, la gente que esperaba a la muerte intentaba dejar a sus nombres con alguna piedra o lápiz. Estos ya no están vivos, igual que tu salvadora, la fusilaron con sus hijos, pero tuvo tiempo de decirme tu nombre”. A Dora salvó su nombre. Ella salió en la calle, encontró un carbón y escribió en la pared: “María, Basilio, Vladimir. Ayer”. “Así que se llamaba María. ¿Dónde está su marido?”. Dora mostró el nombre escrito encima de los suyos: “Cuida a los hijos…. Constantino”. “Pues como no eres de todo muda, puedes decir a estos que no estoy loco”, - “Les diré que eres un profeta”, - “Sigue callada”. Pero Dora no le escuchaba, ella leía atentamente los nombres en las paredes, repetía ellos como a una letanía, memorizaba las fechas, guardándolas para siempre.
Estas miradas, estas personas ¿Fueron sólo tiempo
como sus atuendos? El amor que las unió,
los conflictos que acaso los separaron,
¿fue un simple humo que se disolvió en el aire
a poco de su muerte? ¿Sólo somos tiempo?
(P. Javier Martínez Cortés SJ “Reflexión”)
“¿Para qué tú haces esto?” – “Yo quiero que les resuciten” – “¡Anda! ¡Y a todo mi antiguo batallón también!”, - “Recuerdo a todas las Escrituras, debes decirme los nombres de tus soldados, porque Él sabe convertir el fuego de la guerra en la luz y la oscuridad en los cielos de cristal. Claudia va a saber que él la ama y yo debo mucho decir a María”, - “A nadie no salvarás con un nombre” – “¿Y tú que has hecho hoy?”.
Pero el profeta ya no discutía, porque si te salven dos veces de una muerte segura, será para algo. Será para morir en las aguas de Vístula media año más tarde, bajo un bombardeo. Ella va a escribir toda la vida, sus relatos van a llevar como títulos los nombres de la cárcel, del batallón, de los vecinos: “Adiós, mama…”, “Cuida a los hijos…”, “Me despido… Olga”. Dora quería que los nombres ya borrados de la pared quedaran para siempre en la memoria y tendrían su vida, a la que ella veía tan claro como a su madre en la carretera, a María en las faldas de lino, al capitán que no sabía que él era un profeta. Dora sabía todo sobre ellos después de su oscuridad, ella tenía el conocimiento de la esencia de las cosas, como Adán que daba los nombres a las criaturas porque aún no estaba manchado con el pecado original. Ella sobrevivió defendida por el abanico de las imágenes que reflejaron a la verdad eterna, por eso podía ver a través de los nombres. Dora veía a la boda de los dos ahorcados, de Claudia y de este que no se atrevió a decir que le ama, eso había sido posible porque la horca no tenía ningún poder. Y su padre estaba vivo y cantaba una canción antigua después de dos copas del vino casero. “Recuérdame”, - pedía María. “¡Recuerda a nosotros!” – gritaban los grafiti de las paredes. “Recuerda a mí y a mis hijos”, - decía la madre de los Macabeos. Y Dora
recordaba a todos, viendo a este mundo como algo entero en las manos del Dios. Y Dios hablaba con el mundo y nadie puede morir mientras con él habla Dios.
Para ella había sido claro que todos que estaban en la carretera con sus padres y todos que miraban con la indiferencia a la fila de los condenados ahora son unidos, pero no en las tumbas y minas bajo tierra, sino en aquel eterno Adán en el que pecaron todos, pero después todos se redimieron en el Cristo (Rom: 5). Todos ellos: sus padres, campesinos, los prisioneros de la cárcel ahora entraban en su genealogía, en su “toledot” (procedencia de alguien o de algo en el Antiguo Testamento), porque Dora no tenía a nadie y por eso podía ser de todos. Ellos iban por la carretera cono sus antepasados por el desierto detrás de una columna. ¿Qué es una columna si no una estela recordatorio, llena de los nombre sagrados? Como una que erigió Jacob en Betel. Todo el nombre en estas columnas ya tenía a su inmortalidad solemne que servía de defensa y de refugio. La creación surgió de la nada, de una ausencia de forma y de materia, por eso todas las imágenes llegan de Dios y deben a defender, ninguna otra fuerza no estaba en el sótano, solo los relatos de la salvación, de la Historia Sagrada. Y con estas imágenes sobrevivía el pueblo de Dora en los derrumbes de los imperios, en las persecuciones, en los exilios.
“Yo soy él que existe”. Aparte de Dios no existe nada, sino todo había sido creado por él primero sin visibilidad eidético-formal y después ya ordenado en los equilibrios entre los cuales balancea el mundo: luz-tinieblas, aguas-tierra, plantas-animales, hombre-mujer. Y aunque todo había sido creado de la nada, sin embargo, el comienzo de la vida recibe este mismo nombre “toledot”, porque Yahveh quería que el hombre recordara y viera a su Rostro a través de la imagen del mundo. En este mundo aún no existía el mal, ni límites, ni fronteras. Adán ya sabía la esencia de la cosas, dando los nombres a las plantas y a los animales. La esencia es la unidad que está por encima del bien y del mal, una existencia une a todas las separaciones y en el día de la creación este conocimiento había sido regalado al hombre por el Dios como un don gratuito. El famoso árbol del bien y del mal ya simboliza al otro conocimiento: casual, práctico, donde todo depende de algo y se opone al algo, siempre entrando en los sistemas y relaciones temporales.
Dios pidió no comer a los frutos de este árbol. Esto no se suponía “pedir la obediencia” o “comprobar si me aman de verdad o no”. Realmente pensar esto es atribuir a Dios una práctica bastante mediocre, de un prestamista: yo te doy la vida y tú me debes la obediencia y el amor. El amor es gratuito, como gratuita es la creación. “Amar al alguien es decir: tú no morirás nunca”. Amor tiene la inmortalidad, un recuerdo eterno sobre las palabras de un ser querido. Dios deja a Adán toda la libertad de acción, no pone ni límites, ni fronteras, ni guardianes cerca del árbol. Lo único que le pide es que “recuerdas sobre mi existencia”, sobre tu comienzo “toledot”, sobre mis palabras. Dios no mata a nadie devolviéndole al polvo, sino el propio hombre rechazando al conocimiento esencial pierde el sentido verdadero de los objetos y su capacidad de operar con ellos, el hombre vuelve en el nivel causal, donde todo depende de todo. Este árbol mundial es un antiguo ídolo, no es el mal exterior, sino el hombre mismo con sus valores. En el mundo donde el mal ya está separado del bien desaparece el misterio, el sacramento de la unión. Dios no dice a Adán: “Te voy a matar”, sino “tú morirás”. Adán morirá no por no cumplir mandamiento u orden de Dios, sino por bajar al nivel donde se puede morir. Dios no manda, sino previene: “Cuidado, esto es mortal”.
Los ídolos, las serpientes astutas, los demonios no son más que nuestras propias proyecciones, las voces de nuestras sombras subconscientes que nos llevan a la caza de las brujas o en una noche de cristales. Creyendo en los ídolos el hombre cree en sí mismo, interrumpiendo a su conversación con el Dios, saliendo de la unidad de la Trinidad divina. Las palabras ya no contienen ningún conocimiento esencial y se convierten en una algarabía del espejismo. Solo recordando a las nociones fundamentales y a los conceptos primordiales el ser humano podría sobrevivir. La teoría de Thomas Wynn y Frederick L. Coolidge considera que la desaparición de los neandertales con el enfriamiento del clima estaba relacionada con su baja capacidad de la adaptación, directamente condicionada con la memoria operativa. El más frágil “homo sapiens” sobrevivió porque tenía la memoria más amplia y ya podía “operar con los conceptos”. En algunos casos el olvido o “no recordar” simplemente nos convierte en un cadáver helado.
“No te olvides sobre mi”. Los celos y la ira de Yahveh ante la idolatría habían sido despertados por el peligro mortal para el pueblo elegido. Entre las arenas desérticas desaparecieron los grandes imperios, pero el pequeño pueblo sobrevivió siguiendo a la estela-columna de su memoria. Pecado Original es el olvido de Dios, de tu propio origen, de quien eres en el mundo. Del pecado procede todo el estado de la angustia, de una nausea existencial. En las Sagradas Escrituras aparece mucha información para memorización: desde los toledot y hasta la genealogía del Cristo, desde las leyes del Decálogo y hasta las reglas rituales del Levítico. Debemos recordar a las historias de todas las doce tribus y a todas las iglesias locales mencionadas en el Apocalipsis. ¿Esto es importante para la Salvación? Esto es importante para la vida, para la supervivencia. Con estas tablas de multiplicar Dios se entrenaba a su pueblo para que ningún destierro, ninguna catástrofe no afecten a su núcleo de la identidad. Así, recordando lo que son las cosas, hace 60 000 años sobrevivió la humanidad, porque alguien le dio este conocimiento en el principio.
Este conocimiento tenía Dora, recordando a la vida de su pueblo quemado. En el orfanato le dijeron: “Tú no tienes a nadie”. Y ella en lugar de una contestación mostro a un mapa genealógico, donde estaban apuntadas todas las familias y estirpes de su pueblo, donde hasta las orillas griegas se expandía la línea de su padre y en una ciudad alemana medieval por primera vez aparecía el apellido de su madre, ahí estaban María y Constantino con sus antepasados, como todos los demás de la carretera como en el principio, tanto en el final de la ocupación. “Aquí tengo a todos y aún tengo a muchos más, desde el hombre primero. La muerte no existe” – “¿Y qué significa esta línea tan curvada y tan pronto interrumpida?” – “Es de un capitán que no quería ser el profeta, como Jonás. Él desapareció en las aguas, igual que este, pero aún volverá, cuando tendrá algo que decir a su Nínive” – “Mi niña, nadie sobrevive en el rio bajo un bombardeo” – “Tampoco sobrevive durante un fusilamiento en el cárcel, ni en una mina, adonde lanzaron cinco granadas. Sobrevive el profeta, porque tiene mucho que decir” – “Pues todos los míos se quedaron en los campos de batallas porque no tenían nada que decir”, - suspiró la profesora. Pero Dora no le contestó, aquí entramos en el misterio que no podría explicar ni el profeta-capitán.
Siendo escritora, Dora siempre buscaba al capitán en sus lecturas públicas, pero él nunca apareció, como tampoco su cuerpo en las olas de Vístula. Le podrían llevar vivo en el cielo, como a un Eliseo o a un Enoc, es un caso bastante corriente, y él salió de Vístula a una orilla con la arena dorada, donde las dos Enoc, es un caso bastante corriente, y él salió de Vístula a una orilla con la arena dorada, donde las dos niñas jugaban con las muñecas de madera.
Yo todo doy a tu recuerdo,
en todo veo tu semblanza:
entre los nombres de los muertos
una semilla de mostaza.
Entre las dudas y aporías
Yo sigo a la estela-guía:
palacio de tu memoria,
tu toledot-genealogía.
Fotos: Vanessa Winsship, Carl Sanders, Dmitri Baltermanz




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