Santos Cuarenta soldados de Capadocia, mártires
fecha: 9 de marzo
fecha en el calendario anterior: 10 de marzo
†: 320 - país: Turquía
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
fecha en el calendario anterior: 10 de marzo
†: 320 - país: Turquía
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Elogio: En Sebaste, en la antigua Armenia, pasión de los cuarenta santos
soldados de Capadocia, que en tiempo del emperador Licinio se mostraron
compañeros, no por razón de sangre sino por la fe común y la obediencia a la
voluntad del Padre celestial. Tras cárceles y crueles tormentos, como el de
tener que pernoctar desnudos al aire libre sobre un estanque helado en el más
frío invierno, consumaron el martirio con el quebrantamiento de sus piernas.
refieren a este santo: Santos Eustrato,
Auxencio, Eugenio, Mardario y Orestes
El emperador Licinio, que durante algún
tiempo había tolerado a los cristianos, cambió de política después de su
rompimiento con su cuñado Constantino y empezó a perseguir a la Iglesia. En
Capadocia se publicó un decreto que condenaba a muerte a todos los cristianos
que no abandonasen su religión. Cuando el gobernador de Capadocia y de Armenia
Menor hizo leer el decreto al ejército, cuarenta soldados de diferentes
nacionalidades, estacionados en Sebaste (actualmente Silvas, en Turquía), se
negaron a ofrecer sacrificios a los ídolos. Según parece, los cuarenta
pertenecían a la famosa «Legión del Trueno». Llevados ante el juez de Sebaste,
declararon que eran cristianos y que todos los tormentos del mundo no
conseguirían apartarles de su religión. El gobernador intentó al principio
hacerles entrar en razón, hablándoles del peligro a que se exponían si se
negaban a obedecer al decreto del emperador y prometiéndoles un glorioso
porvenir, si cedían. Como los mártires permaneciesen inconmovibles, el juez
mandó que les dieran tortura y les arrojaran después a un calabozo. Ahí
entonaron todos al unísono el salmo 91(90): «El que habita al amparo del
Altísimo, que vive a la sombra del Omnipotente, dice al Señor: "Refugio
mío, alcázar mío, Dios mío, confío en ti."» (vv 1-2) La respuesta
divina no se hizo esperar, pues el mismo Cristo se les apareció y les alentó a perseverar
en la fe.
El gobernador, furioso ante la obstinación
de los mártires, les sometió a un suplicio que él mismo había inventado. Como
se sabe, en Armenia hace mucho frío, sobre todo durante el mes de marzo, época
de los vientos del norte. Junto a las murallas de la ciudad había un lago
helado. El gobernador Agricolao mandó que llevasen allí a los mártires,
desnudos y que preparasen junto al lago un baño tibio para los que cedieran.
Sin esperar a que les despojaran de sus ropas, los mártires se desnudaron
espontáneamente, animándose unos a otros con la idea de que una mala noche les
iba a merecer la felicidad eterna. Al mismo tiempo repitieron juntos la
siguiente oración: «Señor, Tú ves que somos cuarenta los que vamos al martirio;
haz que los cuarenta obtengamos la corona y que ninguno de nosotros rompa este
número sagrado». Los guardias les repetían constantemente que, si estaban
dispuestos a sacrificar a los dioses, serían inmediatamente conducidos al baño
tibio junto al fuego. Pero todo fue en vano. San Gregorio de Nisa asegura que
los mártires agonizaron durante tres días y tres noches.
Sólo uno de los cuarenta renegó de la fe;
pero la reacción que le produjo el agua caliente después del intenso frío le
costó la vida y de esta suerte, perdió el bien que había tratado de salvar y la
corona a la que había renunciado. Su defección afligió mucho a los otros, pero
el cielo les consoló reemplazando milagrosamente al apóstata: en efecto, uno de
los guardias, que estaba de descanso, se quedó dormido junto al fuego y tuvo un
sueño muy extraño. Le pareció que estaba junto al lago, cuando súbitamente el
cielo se pobló de ángeles, los cuales descendieron sobre los mártires, les
vistieron de túnicas blancas y les coronaron. El soldado descubrió que sólo
había treinta y nueve coronas. Aquel sueño y la deserción del apóstata le
convirtieron instantáneamente. Por inspiración divina, se desvistió y fue a
reunirse con los mártires, proclamándose cristiano en voz alta. Su martirio fue
lo que se llama «bautismo de sangre», y con él ganó la corona destinada al
desertor. Dios había escuchado la oración de los soldados y había respondido a
ella de esa manera inesperada.
A la mañana siguiente, casi todas las
víctimas habían muerto. Entre los pocos que quedaban con vida se hallaba el más
joven de todos, llamado Melitón. Agricolao mandó a los soldados que quebrasen
las piernas a los supervivientes y les arrojasen a un horno ardiente. Los
mártires cantaron con voz apagada: «Nuestra alma ha escapado del lazo del
cazador» (Sal 124). Los verdugos dejaron a Melitón para el fin, pues tenían
compasión de su juventud y esperaban que renegaría al verse solo; pero su
madre, que era una viuda pobre, reprochó a los verdugos su falsa compasión.
Cuando se acercó a su hijo, éste la miró tristemente y trató de sonreírle, pero
apenas consiguió mover ligeramente la mano para mostrarle que la reconocía.
Fortalecida por el Espíritu Santo, la madre le animó a perseverar hasta el fin
y ella misma le colocó sobre el carro destinado a las víctimas. Los cuerpos de
los mártires fueron quemados y sus cenizas arrojadas al río; pero los
cristianos lograron rescatar furtivamente algunas reliquias, o pagaron por
ellas a los soldados. Una parte de esas reliquias quedó en Cesarea. San Basilio
decía, refiriéndose a ellas: «Son como las murallas que nos defienden del
enemigo». Y añadía que todos los cristianos imploraban el auxilio de los
mártires, quienes levantaban a los caídos, fortalecían a los débiles y
aumentaban el fervor de los santos.
San Basilio el viejo y santa Emelia, los
padres de los santos Basilio Magno, Gregorio de Nisa, Pedro de Sebaste y
Macrina, obtuvieron una parte de las reliquias y santa Emelia regaló algunas a
la iglesia que construyó en las cercanías de Anesis. El entusiasmo con que el
pueblo las recibió fue extraordinario y san Gregorio cuenta que obraron muchos
milagros. El mismo santo añade: «Yo sepulté a mis padres cerca de las reliquias
de los mártires, a fin de que resuciten el día del juicio con aquellos que les
alentaron en la fe, pues estoy convencido de que Dios les ha concedido un gran
poder del que he visto pruebas indudables y oído testimonios contundentes». San
Gaudencio, obispo de Brescia, escribe en uno de sus sermones sobre los
mártires: «Dios me concedió una parte de sus sagradas reliquias y me permitió
construir una iglesia en su honor». El mismo santo añade que las dos sobrinas
de san Basilio le habían regalado las reliquias, a su paso por Cesarea camino
de Jerusalén, y que a ella se las había regalado su tío. Procopio y Sozomeno
cuentan que otra parte de las reliquias se hallaba en Constantinopla.
Tal vez el hecho más notable relacionado
con la memoria de esos campeones de la fe es el de la preservación del
documento conocido con el nombre de «Testamento de los cuarenta santos mártires
de Cristo». El texto griego fue publicado hace más de dos siglos, pero hasta
muy recientemente no se reconoció su autenticidad. Se trata de una reliquia
única y perfectamente genuina de la época de las persecuciones. Aunque resulta
imposible citar todo el documento, no estará de más dar aquí el resumen hecho
por el P. H. Delehaye:
Melecio, Aedo y Eutiquio, «prisioneros de
Cristo», saludan a los obispos, presbíteros, diáconos, confesores y clérigos de
todo el mundo cristiano y les participan su última voluntad sobre sus restos
mortales, después de su martirio. Desean que todas las reliquias sean
entregadas al sacerdote Proido y algunos otros para que las depositen juntas en
Sareim, cerca de Zela. Este exordio se debe a la pluma de Melecio, quien
escribe en nombre de todos.
En seguida Aedo y Eutiquio, hablando por sus compañeros, ruegan a las familias de los mártires que no lamenten demasiado su muerte y que cumplan fielmente sus disposiciones acerca de las reliquias. Que nadie guarde un solo fragmento de los restos de los mártires, sino que los entreguen todos a las personas designadas. Los mártires esperan que aquellos que desobedezcan no obtendrán ningún favor del cielo por su intercesión.
Después, los mártires manifiestan su preocupación por uno de ellos, llamado Eunoico, a quien los perseguidores excluirían tal vez del martirio, por ser muy joven. Si Eunoico muere con ellos, que sea sepultado con ellos. Si los perseguidores le perdonan, que permanezca fiel a la ley de Cristo para que el día de la resurrección participe de la gloria de aquellos, cuyas penas compartió.
Aquí, según parece, Melecio toma de nuevo la pluma. Dirigiéndose a sus hermanos, Crispino y Gordión, los exhorta a guardarse de los placeres del mundo y a ser perfectamente fieles a los preceptos del Señor. También manifiesta su deseo de que todos los fieles tomen esas exhortaciones como si les fueran dirigidas personalmente.
En seguida viene una lista de saludos: «Saludamos al sacerdote Felipe, a Procliano y Diógenes y a toda la iglesia. Saludamos a Procliano de Pídela, a toda su iglesia y a todos los suyos. Saludamos a Máximo y su iglesia, a Magno y su iglesia, a Domno y su iglesia, a Iles nuestro padre, y a Valente y su iglesia». Nuevamente interviene Melecio: «Y yo, Melecio, saludo a mis parientes Lutanio, Crispino y Gordión, etc.» Siguen otros saludos, generales y particulares. El documento termina así: «Nosotros, los cuarenta prisioneros de Cristo, firmamos por mano de Melecio, quien forma parte del grupo. Después de escrito, confirmamos todos el documento y mostramos nuestro acuerdo».
En seguida Aedo y Eutiquio, hablando por sus compañeros, ruegan a las familias de los mártires que no lamenten demasiado su muerte y que cumplan fielmente sus disposiciones acerca de las reliquias. Que nadie guarde un solo fragmento de los restos de los mártires, sino que los entreguen todos a las personas designadas. Los mártires esperan que aquellos que desobedezcan no obtendrán ningún favor del cielo por su intercesión.
Después, los mártires manifiestan su preocupación por uno de ellos, llamado Eunoico, a quien los perseguidores excluirían tal vez del martirio, por ser muy joven. Si Eunoico muere con ellos, que sea sepultado con ellos. Si los perseguidores le perdonan, que permanezca fiel a la ley de Cristo para que el día de la resurrección participe de la gloria de aquellos, cuyas penas compartió.
Aquí, según parece, Melecio toma de nuevo la pluma. Dirigiéndose a sus hermanos, Crispino y Gordión, los exhorta a guardarse de los placeres del mundo y a ser perfectamente fieles a los preceptos del Señor. También manifiesta su deseo de que todos los fieles tomen esas exhortaciones como si les fueran dirigidas personalmente.
En seguida viene una lista de saludos: «Saludamos al sacerdote Felipe, a Procliano y Diógenes y a toda la iglesia. Saludamos a Procliano de Pídela, a toda su iglesia y a todos los suyos. Saludamos a Máximo y su iglesia, a Magno y su iglesia, a Domno y su iglesia, a Iles nuestro padre, y a Valente y su iglesia». Nuevamente interviene Melecio: «Y yo, Melecio, saludo a mis parientes Lutanio, Crispino y Gordión, etc.» Siguen otros saludos, generales y particulares. El documento termina así: «Nosotros, los cuarenta prisioneros de Cristo, firmamos por mano de Melecio, quien forma parte del grupo. Después de escrito, confirmamos todos el documento y mostramos nuestro acuerdo».
Es muy poco probable que los cuarenta
mártires hubiesen podido escribir por sí mismos; por ello Melecio se encargó de
firmar por todos. Hay que hacer notar que los nombres de las «Actas» coinciden
exactamente con los del «Testamento», lo cual induce a creer que las actas
tienen un fundamento histórico, fuera de algunos detalles, como el de que las
piedras lanzadas contra los mártires se tornaron contra los que las arrojaban y
el de que las reliquias fueron recuperadas del mar.
La "passio" griega, que parece
ser la fuente en la que se basan todas las versiones de las actas, fue
publicada por primera vez por R. Abicht en Archiv für Slavische Philologie
(vol. XVIII, p. 144 ss). La mejor edición actual es la de O. von Gebhardt, en
Acta Martyrum Selecta, pp. 166-181, donde también se encuentra el Testamento.
Las versiones latina, armenia y eslava carecen de importancia. En cambio los
panegíricos de San Basilio, San Gregorio de Nissa, San Efrén, San Juan
Crisóstomo y San Gaudencio de Brescia tienen cierta importancia, porque
demuestran la veneración que se tenía a los mártires a fines del siglo IV.
Acerca de esas homilías, ver Delehaye, Les Passions des Martyrs, pp. 184-235.
Existen ciertas contradicciones entre los datos de la "passio" y los
de los panegíricos, sobre todo acerca del sitio del martirio, pues es difícil
determinar si el lago helado se hallaba dentro o fuera de las murallas. Sobre
este punto ver Pió Franchi de Cavalieri, en Studi e Testi, n. 22, fase. 3, pp. 64-70; y Delehaye, en American Catholic Quarterly Review, 1899, pp.
161-171. Cf. también Bonwetsch, Studien zur Geschichte d. Theologie, vol. I, pte. I, pp. 71-95; y BHG., nn.
1201-1208.
Nota: Aunque Thurston, autor de esta hagiografía, menciona sólo algunos de los nombres, esta es la lista de los 40, tal como ha sido transmitida en las Actas y el Testamento, aunque hay algunas variantes según las regiones de donde proceden los documentos: Kyrion, Candidus, Domnus, Hesykhios, Heraklios, Smaragdes, Eunoikos, Valentus, Bibianus, Claudius, Priscus, Theodoulos, Eutychios, Johannes, Xanthios, Ilianus, Sisinios, Angus, Flavian, Aetius, Akakios, Ekdikios (Hecditus), Lysimachos, Alexander, Ilias, Gorgonios, Theophilos, Dometian, Caius, Leontius, Athanasias, Cyrill, Sacerdonus, Nikolaus, Valerius, Philoktimos, Severian, Khudion, Meliton y Aglaios.
Nota: Aunque Thurston, autor de esta hagiografía, menciona sólo algunos de los nombres, esta es la lista de los 40, tal como ha sido transmitida en las Actas y el Testamento, aunque hay algunas variantes según las regiones de donde proceden los documentos: Kyrion, Candidus, Domnus, Hesykhios, Heraklios, Smaragdes, Eunoikos, Valentus, Bibianus, Claudius, Priscus, Theodoulos, Eutychios, Johannes, Xanthios, Ilianus, Sisinios, Angus, Flavian, Aetius, Akakios, Ekdikios (Hecditus), Lysimachos, Alexander, Ilias, Gorgonios, Theophilos, Dometian, Caius, Leontius, Athanasias, Cyrill, Sacerdonus, Nikolaus, Valerius, Philoktimos, Severian, Khudion, Meliton y Aglaios.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo
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