Paseante
que paseas, no tengas prisa ni por llegar ni por acabar...
Los
senderos de este par de comentarios no son senderos de vida o de muerte. No
pasará nada si no los recorres o si no los lees. Nadie los ha transitado ni
leído hasta ahora. Hazte, pues, a la idea de que eres la segunda persona en
hacerlo. Imaginas muy bien si piensas que la primera persona fui yo y te
aseguro que mi caminar fue lento, suave, sin tiempo... Y te aseguro que aún no
sé hasta dónde he llegado. Solo puedo decirte que he escrito una a una todas
las pisadas de estas palabras. Estas pisadas son las que tú pisas ahora,
mientras lees.
Por
si te orienta en algo puedo decirte esto. Tienes dos senderos ante ti para los
pasos de tu semana. Los dos son, más o menos, igual que extensos. La extensión
la marcarás tú. Nadie va a pedirte cuentas. Eso sí, te cuento que suele suceder
esto: cuanto más despacio vayas por las huellas de estos senderos más lejos
llegarás. Corre a toda prisa, si deseas hacer corto el sendero. Y una cosita
más: hagas lo que hagas no se lo cuentes a nadie.
Y
te comparto otro secreto ahora. El sendero número uno lo recorrí acompañado. El
segundo también. Claro que sí, mi acompañante iba conmigo, pero iba dentro de
mí. De este modo tengo el privilegio de elegir siempre mi propio acompañante.
Mi acompañante, sea quien sea, no habla. Va siempre callado. Su palabra es el
silencio. Cuando le miro, me mira. Cuando le toco, me toca. Cuando me paro se
para...
Puedo
decirte una cosa más: Un día descubrí que el acompañante de mi primer sendero
tenía un nombre que nadie me ha sabido confirmar quién se lo puso, ni por
qué... Su nombre es Lucas...
Cuando
cambio de sendero suelo cambiar también de acompañante... Llevamos éste y yo
unos cuantos senderos recorridos. Su nombre es Mateo y me encanta que él me
lleve de su mano...
Paseante
que paseas, la puerta de entrada a los senderos la tienes aquí a continuación.
También puedes entrar desde el archivo adjunto
Hagas
lo que hagas, lo harás bien. A tu manera. A tu gusto...
Domingo 8º del TO Ciclo C (03.03.2019): Lucas
6,39-45
Una casa con cimiento sobre roca. Lo escucho y lo escribo CONTIGO,
El próximo domingo,
día 10 de marzo, será ya el primer domingo de la Cuaresma y la liturgia de esta
iglesia nuestra inicia una etapa en la que se olvida de la lectura ordenada y
seguida del relato del Evangelista Lucas. Durante más de tres meses estaremos de
salto en salto en la selección de las narraciones evangélicas. La
liturgia no escucha el Evangelio, lo domestica.
En este domingo
último antes de la Cuaresma tendremos la oportunidad de seguir escuchando
palabras del discurso de las bienaventuranzas que desgrana a su modo este Jesús
del Evangelista Lucas. Nos dicen que nos leamos Lc 6,39-45. Y yo
sugiero que ya puestos nos leamos un poco más, es decir, Lucas 6,39-49.
De este modo podremos conocer en toda su extensión la secuencia unitaria de
este narrador: Lc 6, 1 hasta Lc 6,49. Todo el capítulo sexto.
“Les añadió Jesús
una parábola” (Lc
6,39, donde se inicia la lectura de este domingo), escribe el Evangelista a sus
lectores para que éstos no pierdan el hilo del mensaje del discurso puesto en
boca de Jesús. En realidad, no va a ser una parábola, sino una tras otra.
Varias. Enlazadas. Complementarias. Sugerentes. Contemplativas. Me gusta
imaginar estas parábolas como si fueran la síntesis de las bienaventuranzas y
de sus pretensiones.
Creo que la primera
parábola que encuentro en el relato es ésta: “¿Puede un ciego guiar a
otro ciego?” (6,39). Y la segunda parábola es también una nueva
pregunta: “¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano
y no reparas en la viga que hay en el tuyo?” (6,41). Son preguntas o,
¿son parábolas? Ambas cosas a la vez. Una pregunta como parábola y viceversa,
una parábola como pregunta. Creo que Lucas se inspiró en Mateo (15,14) para
contárnoslas.
Y esta inspiración
que Lucas encuentra en Mateo se mantiene en la siguiente parábola: “Cada
árbol se conoce por sus frutos” (Lc 6,44; Mt 7,16-18 y
12,33-35). Y también en la siguiente, que creo que es ya la última del discurso
de las bienaventuranzas: “El que oye mis palabras se parece a un hombre
que edifica su casa... sobre roca... sobre arena...” (Lc 6,46-49; Mt
7,24-27).
Identifico estas
cuatro parábolas en mi lectura del relato y deseo comprender por qué el
narrador Lucas me dice que se trata de una sola parábola. Me acabo por decir
que el mensaje de este Jesús, según nos lo cuenta Lucas, es único y está muy
claro: la buena noticia que es Jesús es la roca sobre la que se puede
levantar un permanente proyecto humano y humanizador. Esto sería impensable
si el cimiento del proyecto de ser persona fuera la arena de la Ley de Moisés y
de su Templo de Jerusalén con su Sacerdocio y sus Tradiciones.
Esta roca será siempre
el árbol bueno con sus frutos buenos. Esta roca será siempre
el ojo sano con la salud de su luz. Esta roca, árbol y ojo fue
y lo seguirá siendo aquel hombre que recorrió su tierra de Galilea mientras
sembraba con su vida y su presencia palabras de sentido en los adentros de
quienes decidieron escucharle.
Esta roca de la
parábola recibirá muy pronto un nombre nuevo en la narración de este Evangelio: ‘Reino
o reinado de Dios’ (8,1), que crece dentro de cada uno (17,21). De ti.
De mí...
Carmelo Bueno Heras
Domingo 14º de Mateo (03.03.2019): Mateo 8,23 – 9,17.
“Todo cuanto deseas que te hagan, házselo a los
demás” (Mateo
7,12)
Con el comentario
anterior hemos empezado a leer el relato que Mateo nos comparte sobre ‘los
hechos’ de su Jesús de Nazaret. Sabemos ya cuáles fueron sus tres primeros
‘milagros’ y con ellos sabemos también las primeras reacciones de quienes le
acompañaban (Mt 8,1-22). A continuación, el Evangelista nos va a presentar
otros ‘tres nuevos milagros’ de su protagonista.
Curiosamente estos
tres ‘hechos’ de Jesús tienen lugar en torno al lago-mar de Galilea (Mt
8,22 hasta 9,8). El Evangelista escribe aquí, textualmente, mar. Para las
gentes de Israel el mar y sus abismos eran el signo de la presencia
deshumanizadora del mal, por ser el lugar más alejado de la morada de su Yavé
Dios, el Altísimo. Simbólicamente, aquel mar era el mal.
El primero de los
hechos acontece en medio de este mar. Se le suele llamar ‘la tormenta
apaciguada’: “Subió a la barca. Los discípulos le siguieron... Se
levantó en el mar una tempestad... Él dormía... ¿Quién es éste?” (Mt
8,23-27). Mientras leo no dejo de recordar el relato del profeta Jonás que
decidió desobedecer a Yavé su Dios y embarcarse hacia España, que por entonces
las gentes de Israel la llamaban Tarsis. Este Yavé Dios era el señor del mar de
Jonás. Y ahora, el mar de Galilea está en manos de un galileo y laico llamado
Jesús. Un milagro.
El segundo de los
signos tiene lugar en la orilla oriental del mar de Galilea,
en la tierra de los gadarenos: “Vinieron al encuentro de Jesús dos
endemoniados que salían de los sepulcros, lugar de los muertos...” (8,28-34).
Si leo este mismo ‘hecho’ en el Evangelista Marcos constato que estos dos
endemoniados son sólo uno y con nombre propio: ‘Legión’ (Mc 5,1-20). En
realidad era toda la región la endemoniada. Ésta es la tierra de la frontera de
la provincia romana llamada siropalestinense. En esta región hostil para todo
buen judío se atreve Jesús a sembrar la presencia humanizadora de la
evangelización. ¡Qué inmensidad de atrevimiento!
El tercero de los
milagros tiene lugar en la orilla occidental del mar, la tierra
propiamente dicha de los llamados galileos, los judíos del norte, contaminados
con la impureza de los paganos y de los pecadores: "Vino Jesús a
su ciudad [Cafarnaún, como en 4,13] y le trajeron a un
paralítico postrado en una camilla... Tus pecados te son perdonados... Éste blasfema...
Levántate... Vete” (9,1-8). Me gusta leer esto mismo en Marcos
(2,1-12). ¡Tiene otro ‘color’!
Los buenos judíos
creían que aquella parálisis del paralítico no era otra cosa que el castigo de
su Yavé Dios por alguno de sus inconfesables pecados. Ante esta
‘ideología-espiritualidad-religión-credo o dogma’ el laico y galileo Jesús
‘hace’ como aprendió de Juan el Bautista: perdona el pecado que es la raíz de
la parálisis. Y lo que más me atrapa de este hecho: “La gente estaba
sorprendida por este poder que -¿Jesús?, ¿su Dios?- había dado a los
hombres” (9,8). En plural. Léase la nota de la Biblia de
Jerusalén. ¡Cuánta interesada ideología engañosa!
Acabada la
narración de los tres ‘milagros de Jesús’, el Evangelista relata un par de
respuestas: una, la de un tal Mateo, el publicano, que escucha
a este Jesús y decide seguirle y celebrarlo. Esta celebración no es una misa,
sino una comida con pecadores (9,9-13). La otra es la de los discípulos
de Juan el Bautista que aún siguen siendo tan fariseos como el vino
viejo (9,14-17).
Carmelo Bueno Heras
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