viernes, 30 de agosto de 2019

Evangelio del día y Reflexión del Papa Francisco 30082019


Evangelio del día: Debes preparar tu corazón para la venida del Señor
Evangelio del día. AUDIO. Mateo 25,1-13 - XXI semana tiempo ordinario: Jesús nos pide es que estemos preparados al encuentro

Evangelio del día: Mateo 25,1-13

Evangelio del día: (La parábola de las vírgenes prudentes): En aquel tiempo, Jesús dijo esta parábola a sus discípulos: Por eso, el Reino de los Cielos será semejante a diez jóvenes que fueron con sus lámparas al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco, prudentes. Las necias tomaron sus lámparas, pero sin proveerse de aceite, mientras que las prudentes tomaron sus lámparas y también llenaron de aceite sus frascos. Como el esposo se hacía esperar, les entró sueño a todas y se quedaron dormidas. Pero a medianoche se oyó un grito: "Ya viene el esposo, salgan a su encuentro". Entonces las jóvenes se despertaron y prepararon sus lámparas. Las necias dijeron a las prudentes: "¿Podrían darnos un poco de aceite, porque nuestras lámparas se apagan?" Pero estas les respondieron: "No va a alcanzar para todas. Es mejor que vayan a comprarlo al mercado". Mientras tanto, llegó el esposo: las que estaban preparadas entraron con él en la sala nupcial y se cerró la puerta. Después llegaron las otras jóvenes y dijeron: "Señor, señor, ábrenos", pero él respondió: "Les aseguro que no las conozco". Estén prevenidos, porque no saben el día ni la hora" Palabra del Señor

Reflexión del Papa Francisco

Existe este tiempo inmediato entre la primera venida de Cristo y la última, que es precisamente el tiempo que estamos viviendo.
En este contexto del tiempo inmediato se sitúa la parábola de las diez vírgenes. Se trata de diez jóvenes que esperan la llegada del Esposo, pero él tarda y ellas se duermen.
Ante el anuncio improviso de que el Esposo está llegando todas se preparan a recibirle, pero mientras cinco de ellas, prudentes, tienen aceite para alimentar sus lámparas; las otras, necias, se quedan con las lámparas apagadas porque no tienen aceite; y mientras lo buscan, llega el Esposo y las vírgenes necias encuentran cerrada la puerta que introduce en la fiesta nupcial. Llaman con insistencia, pero ya es demasiado tarde; el Esposo responde: no las conozco.
El Esposo es el Señor y el tiempo de espera de su llegada es el tiempo que Él nos da, a todos nosotros, con misericordia y paciencia, antes de su venida final; es un tiempo de vigilancia; tiempo en el que debemos tener encendidas las lámparas de la fe, de la esperanza y de la caridad; tiempo de tener abierto el corazón al bien, a la belleza y a la verdad; tiempo para vivir según Dios, pues no sabemos ni el día ni la hora del retorno de Cristo.
Lo que Jesús nos pide es que estemos preparados al encuentro -preparados para un encuentro, un encuentro bello, el encuentro con Jesús-, que significa saber ver los signos de su presencia, tener viva nuestra fe, con la oración, con los Sacramentos, estar vigilantes para no adormecernos, para no olvidarnos de Dios.
La vida de los cristianos dormidos es una vida triste, no es una vida feliz. El cristiano debe ser feliz, la alegría de Jesús. ¡No nos durmamos!. (Audiencia general, 24 de abril de 2013)

Evangelio del día de hoy


Comentarios del Evangelio de hoy en audio:
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Evangelio del día

Conversando con el amor 30082019


Conversando con el amor
Dios Padre, gracias porque tu presencia me ha librado de muchos miedos que causaban gran ansiedad en mi vida. Ven y gobierna mi corazón, ayúdame a vencer esa depresión que no me da la más mínima oportunidad de superarme y de ser feliz. Que pueda dejar atrás toda emoción negativa que me impide amar en plenitud. Te confío mi vida. Amén.
ORACIÓN: QRISWELL J. QUERO. MISIONERO DE LA FE - COPYRIGHT 2019

«La moderación se convirtió en un crimen»: por qué la Revolución Francesa desembocó en la guillotina 26082019

El historiador Claude Quétel sacude la complaciente versión oficial

«La moderación se convirtió en un crimen»: por qué la Revolución Francesa desembocó en la guillotina

La ejecución de la reina María Antonieta, en «La Revolución Francesa» o «Historia de una revolución», película de 1989 dirigida por Robert Enrico y Richard T. Heffron, emitida también en versión larga como serie de televisión
La ejecución de la reina María Antonieta, en «La Revolución Francesa» o «Historia de una revolución», película de 1989 dirigida por Robert Enrico y Richard T. Heffron, emitida también en versión larga como serie de televisión
Doscientos treinta años después de la toma de la Bastilla, el estudioso Claude Quétel ha escrito una historia de la Revolución francesa que resulta "blasfema" para la versión oficial. ¿Por qué el Terror? ¿Pudo evitarse o iba implícito en la Revolución misma? Leone Grottianaliza el libro en Tempi
Los derechos humanos llevan derecho a la guillotina
8 de  junio de 1794. Toda la Europa cristiana se prepara para celebrar el día de Pentecostés según el calendario gregoriano, con excepción de un país: Francia. En París, de hecho, no es el 8 de junio ni el 1794, sino el 20 del mes de pradial del año 2, según el calendario revolucionario que data desde el 22 de septiembre de 1792, día de la proclamación de la República. La Revolución francesa, que había empezado en 1789, había llevado a la "hija predilecta" de la Iglesia a derrocar la monarquía y a guillotinar al rey Luis XVI, por lo que en ese momento no tenía la más mínima intención de celebrar la efusión del Espíritu Santo, que huele a Antiguo Régimen, sino al Ser Supremo.
La Revolución Francesa estableció un nuevo calendario y suprimió el cristiano, restaurado por Napoleón en 1806.
Se ha conseguido la descristianización del país: la religión católica ha sido abolida, se han cambiado las festividades (la Navidad se ha convertido en el "día del perro"), los nombres de las ciudades con referencias a santos han sido modificados, la expresión "gracias a Dios" ha sido sustituida (so pena de muerte) por "gracias a la Naturaleza", las iglesias han sido destruidas o convertidas en almacenes, a los sacerdotes se les ha obligado a renunciar a su fe y los refractarios han sido asesinados, los bienes de la Iglesia han pasado a pertenecer al pueblo y el Papa Pío VI ha tronado: "Hasta ahora hemos permanecido en silencio, por temor a irritar con la voz de la verdad a estos hombres desconsiderados", pero ahora ya no es posible porque "la Asamblea tiene como objetivo destruir la religión católica".
Quien guía el largo cortejo en la capital, desde las Tullerias al Campo de Marte, entre el pueblo en fiesta, no es el arzobispo de París, Jean-Baptiste Gobel, sino el Incorruptible, Maximilien de Robespierre. Por su parte Gobel, ferviente jacobino, tras haberse hecho elegir por sus colegas diputados (y no por el Papa) arzobispo de la capital, colgó los hábitos con un apasionado discurso público el 7 de noviembre de 1973: "Hoy que la revolución ya está en marcha y avanza, a grandes zancadas, hacia un objetivo glorioso, hoy que ya no hay ningún culto público y nacional con excepción del de la libertad y la santa igualdad, hoy yo renuncio a ejercer mis funciones de ministro del culto católico".
Sin embargo, a Robespierre no le gustaba el ateísmo. Imbuido de Ilustración, de la que era hijo, estaba convencido de que la religión y la moral católica debía ser sustituida por una nueva, "natural": la religión de la Razón. Por este motivo Robespierre, verdadero pontífice de la Revolución, vestido con un pomposo traje celeste adornado de plumas, siguiendo a la letra el bosquejo predispuesto por Jacques-Louis David (ciertamente un gran pintor, pero también el regicida, el adepto al Terror, el adulador de Robespierre, al que traicionará en la primera ocasión, y por último, el adulador de Napoleón), quema el 20 del mes de pradial la efigie del Ateísmo. Del humo surge la estatua de la Sabiduría, que con la mano indica al cielo, morada del Ser Supremo. Las trompetas resuenan, la muchedumbre en adoración entona el Himno al Ser Supremo y mientras el Incorruptible pronuncia un discurso interminable, no se da cuenta de que su vestimenta es ridícula, que el pueblo murmura y que los miembros de la Convención pronuncian, en voz baja, la palabra "dictador".
Robespierre no se da cuenta de que hasta el día anterior a la fiesta, el palco desde el que habla estaba ocupado por la guillotina, que para esa ocasión había sido trasladada a otro lugar; y no se imagina que al cabo de dos meses será su cabeza la que acabe en el tajo, y que también él sentirá ese "rápido soplo de aire fresco sobre la nuca" provocado por la caída de la afilada hoja. Mientras el sol tramonta en París, el Incorruptible no puede prever que la sombra que ya se extiende sobre Francia es la de Napoleón Bonaparte.
Robespierre y Saint Just, camino de la guillotina, cuadro de Alfred Mouillard.
Han pasado 230 años desde el inicio de la Revolución francesa, uno de los capítulos más discutidos, criticados y alabados de la historia mundial. Se ha dicho y escrito todo sobre los protagonistas y las comparsas de la madre de todas las revoluciones. La Revolución francesa ha salido del ámbito de la historia para entrar en el del mito. Después de que el gran novelista Victor Hugo, en 1841, en su discurso a la Academia francesa, definiera a la Convención como "un sujeto de contemplación espantoso pero sublime", con ocasión del bicentenario, en la Sorbona, el entonces presidente francés François Mitterrand reivindicó en 1989 "nuestra Revolución", añadiendo que "el proceso de la Revolución es, muy a menudo, la forma autorizada del proceso de la democracia".
"La moderación es un crimen"
En los libros de historia de Francia se lee que sin los Marat, Robespierre y Danton el país nunca habría tenido la Tercera República y el mundo no habría disfrutado de la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano (a partir de aquí, la Declaración). Y si realmente no se puede elogiar toda la Revolución, se debería por lo menos estar de acuerdo con el gran historiador François Furet según el cual, no sólo la interpretación marxista de la Revolución como fruto de la lucha de clases es errónea, sino que además hay que distinguir dos periodos opuestos: el primero (1789-1790), positivo y coronado por la Declaración, y el segundo, negativo, caracterizado por el Terror.
Claude Quétel, durante una entrevista radiofónica sobre su libro en RCJ.
En este contexto histórico e historiográfico se inserta la obra de Claude Quétel. El profesor universitario, especialista en la Segunda Guerra Mundial y el Antiguo Régimen, director honorario de investigación en el CNRS y director científico del Memorial de Caen, autor de una decena de volúmenes históricos, ha publicado en la editorial Tallandier Perrin Crois ou meurs! Histoire incorrecte de la Révolution Française [¡Cree o muere! Historia incorrecta de la Revolución francesa].
Más que "incorrecta", la historia que cuenta Quétel es blasfema, porque cuando un gran acontecimiento histórico se convierte en un ídolo, cualquier comentario que se haga sólo puede ser para hacer una peregrinación al santuario de la memoria o una guerra santa. Sin embargo, Quétel no ha escrito un panfleto, sino una verdadera cronología de la Revolución francesa, día a día, semana a semana, enriquecida con abundantes citas de los discursos pronunciados en la Asamblea nacional y por los artículos periodísticos de la época. Incluso el título de la obra explica a la perfección cuál es la intención del historiador: "¡Cree o muere!" es, de hecho, una expresión que utilizó el periodista Mallet du Pan el 17 de octubre de 1789 cuando escribió en el Mercure de France, uno de los periódicos más leídos de Francia: "La opinión pública impone hoy sus decisiones con el hierro o con la soga. '¡Cree o muere!': este es el anatema que pronuncian los espíritus ardientes, y lo hacen en nombre de la libertad. El camino de la moderación se tomará en vano entre tantos obstáculos, porque la moderación se ha convertido en un crimen".
Para Francia, que desde hace siglos presume de ser la "patria de los derechos humanos", la tesis de Quétel es tan simple cuanto inaceptable: la Revolución fue una orgía de sangre desde el principio y no mantuvo ninguna de sus promesas. No inventó los derechos del hombre, defendidos (aunque no con este nombre) desde los comienzos de los tiempos por el cristianismo; no fue la primera en ponerlos por escrito en la ensalzada Declaración del 26 de agosto de 1789, puesto que la Declaración de independencia americana ya los había proclamado en 1776. Y, sobre todo, no los aplicó ni durante sus diez años de vida convulsa y mortal, ni después.
El veneno de la Ilustración
Escribe Quétel en la introducción de su libro de más de 500 páginas: "¿Qué libertad? ¿Qué Igualdad? ¿Qué Fraternidad? ¿Cuándo entraron estos nobles principios en la realidad histórica? ¿A partir de cuándo la proclamación de los derechos del hombre lleva concretamente al respeto de los seres humanos como personas?". El objetivo de Quétel es, por consiguiente, sólo uno: "Descubrir la impostura y reconocer, por fin, que la Revolución francesa fue un episodio execrable de la historia de Francia, una locura mortífera e inútil, una guerra civil. Toda la Revolución fue un deslizamiento  desde los primeros días de los Estados generales, hasta el punto de que para salvar a Francia de la anarquía fue necesaria una dictadura militar".
Según explica el historiador, los elementos que forman la mezcla esplosiva que llevó al estallido de la Revolución son tres: un rey incapaz de gobernar, Luis XVI; una sociedad francesa "bloqueada" de 26 millones de habitantes en la que la propiedad de la tierra no estaba en mano de quienes la cultivaban y el Tercer Estado, es decir, los nueve décimos de los franceses, no podía acceder a los beneficios reservados a la nobleza y al clero; y, por último, lo que Quétel llama "el veneno del filosofismo".
Con esta expresión el historiador se refiere a esa "parodia de la filosofía" que sueña con un mundo utópico en el que el Hombre, concebido siempre de "manera abstracta", guiado por la razón y libre de los dogmas de la moral y la religión, de la autoridad y de la tradición, pueda vivir sin desigualdades. Son las ideas de Voltaire, que en su Diccionario filosófico de 1764 escribe: "Todos los hombres serían necesariamente iguales si no tuvieran necesidades". Son las ideas de Jean-Jacques Rousseau, que en su Discurso sobre las ciencias y las artes de 1750 declara: "La primera fuente del mal es la desigualdad". Si no fuera corrompido por la sociedad, el hombre se parecería al "buen salvaje" de Rousseau y para volver a ese idílico estado de la naturaleza, el abad de Mably escribe en 1776 que es necesario "elegir entre la revolución y la esclavitud, no hay término medio". Se imprimen cientos de panfletos que se discuten en los clubs, en los salones, en los cafés literarios, en las logias masónicas y Luis XVI permite que se difunda este nuevo humanismo de las Luces fundado en el derecho natural, que entrevé una nueva felicidad para el hombre, el cual es, para Diderot, "el término único del que partir y hacia el que debe converger todo".
La farsa del 14 de  julio de 1789
El "filosofismo" lleva adelante esa quimera de un Homo ideologicus, desencarnado, que vive en una sociedad totalmente edificada sobre los principios de Libertad, Igualdad y Soberanía del pueblo: "No se trata", resume Quétel, "de reformar la tradición inoculando la Razón, sino de reemplazar totalmente la primera con la segunda". Es este el "pensamiento único" que impregna los años que preceden a la Revolución francesa y que nadie puede cuestionar. Quien lo intenta, es tachado de "oscurantista y enemigo del progreso". Y a quien cree que la filosofía es demasiado abstracta para causar daños, he aquí la respuesta del historiador de la Revolución, Augustin Cochin, que vivió en el siglo XIX: "La cuestión no es sentir si un ideal es, en sí mismo, hermoso, verdadero, etc. Se convierte en infernal si está fuera de nuestro alcance, sobre todo cuando el deseo es que sea asumido como norma por el gobierno de los hombres y la organización de la sociedad". En estas palabras, comenta Quétel, "está contenida toda la historia de la Revolución francesa".
Procediendo de 'blasfemia' en 'blasfemia', lo único que hace Quétel es demostrar cómo la Revolución francesa no fue más que una caricatura de esos derechos "naturales, inalienables y sagrados del hombre" proclamados por la Asamblea nacional en 1789. El primer mito que hay que echar por tierra es la toma de la Bastilla, el 14 de julio de 1789, por los parisinos en revuelta; pero no para destruir un símbolo del Antiguo Régimen, sino para conseguir la pólvora necesaria para los fusiles que habían robado el día anterior. La prisión es una fortaleza inexpugnable, pero los soldados que la vigilan, para no matar a los rebeldes, les permiten conquistarla sin disparar. A pesar de esto, los guardias son hechos prisioneros, el gobernador de la Bastilla es linchado por la multitud, un cocinero le corta la cabeza y la iza sobre una estaca, exhibiéndola triunfante. Un comportamiento que en poco concuerda con el artículo 9 de la Declaración, que establece que "cada hombre se presume inocente".
El  despotismo de la licencia
En ese "símbolo del absolutismo" que era la Bastilla los parisinos encuentran sólo a siete prisioneros, cuatro de los cuales escapan de inmediato. De los tres que quedan, dos son dementes por lo que los encierran en un hospital psiquiátrico. El último, culpable de incesto, huye para no ser encarcelado de nuevo. Comenta el doctor Rigby, inglés que estaba en París en ese momento: "La gente gritaba y lloraba", pero muchos, al ver el "espectáculo horrible y feroz" de las cabezas en picas, "horrorizados y hastiados, se fueron inmediatamente". No se atreven a protestar por temor a ser asesinados. Esta es la razón por la que Pierre-Victor Malouet, elegido a los Estados generales en la filas del Tercer Estado, comenta: "Para todo hombre imparcial, el terror empezó el 14 de julio". Poco importan los hechos, la toma de la Bastilla se convierte en un mito, porque es a partir de ese momento que "Francia es libre", por lo que todos intentan que su nombre estuviera en la lista de los Vencedores de la Bastilla. Entre estos "héroes" figura Rossignol, que en sus Memorias escribirá: "Seguí a la gente sin comprender nada" y criticará a otro Vencedor, Antoine Joseph Santerre, cuyo único mérito fue haber llevado hasta la Bastilla un carro lleno de estiércol: "En la lista habría que inscribir más bien a sus caballos".
Un periodista de la época, Jean-François Marmontel, ve en la demolición de la fortaleza un oscuro presagio: "El despotismo de la licencia es mil veces peor que el de la autoridad, y la gentuza desenfrenada es más cruel que los tiranos. No era necesario destruir la Bastilla, bastaba con depositar sus llaves en el santuario de las leyes". Pero no se necesitan leyes cuando se divide a los franceses en dos, tal como hará Robespierre: "El Pueblo a un lado, sus enemigos en el otro". La "justicia humana, pública e imparcial" de la Revolución, a pesar de que la mayor parte de sus "enemigos" fuera asesinada enseguida, hizo que se encerrara como prisioneros en las nuevas Bastillas a ocho mil personas.
Mientras los diputados de la Asamblea nacional agitan felices la Declaración, en Francia reina la anarquía: se asesina y roba por doquier. Sobre todo los panaderos, acusados de esconder el pan, que desaparece rápidamente de las panaderías, son ahorcados en las farolas. La gente deja de pagar impuestos y esto causa que las arcas públicas se vacíen, a pesar de lo que establece el artículo 13 de la Declaración, según el cual "para los gastos de la administración es indispensable una contribución común". Para engordar de nuevo las arcas se embargan los bienes de la Iglesia y de las personas que han sido guillotinadas (lo que da origen al dicho: "La guillotina acuña moneda"), aunque el artículo 17 establece solemnemente: "La propiedad es un derecho inviolable y sagrado".
La transparencia asesina la democracia
Mientras la violencia se intensifica en las calles, los primeros años de la Revolución son elogiados como el triunfo de la democracia. Pero los trabajos en la Asamblea nacional son de todo menos democráticos. La ley, según el artículo 6 de la Declaración, "es la expresión de la voluntad general" y así, en el nombre de la "transparencia, que es la salvaguardia del pueblo", en las tribunas se admite la participación popular. A cada sesión asisten miles de personas que aplauden "como si estuvieran en un teatro" los discursos de los diputados más radicales y silban a los más moderados,  influyendo así en el debate. De este modo se quejaba Jean-Joseph Mounier, abogado y diputado favorable a la monarquía constitucional: "La mayor parte de los que un instante antes apoyaban mis ideas, me abandonaron inmediatamente". Antoine de Rivarol, periodista de origen italiano, recuerda: "Los diputados no tienen libertad de voto. Quien tiene ideas moderadas es silbado y recibe cartas amenazadoras. Los aplausos son sólo para los más violentos". Se constituye un comité encargado de recibir acusaciones anónimas y el resultado es que, debido al miedo, los más moderados "se callan" para no convertirse en "enemigos del pueblo". Y paciencia si, como establece el artículo 10 de la Declaración, "nadie debe ser molestado por sus opiniones". En esos días los jacobinos aún no habían empezado a reunirse, pero el terror ya se difundía por doquier, porque ya se había empezado a aplicar lo que Rousseau teorizaba en El contrato social: "Todo el que se niegue a obedecer la voluntad general, será sometido por todos los cuerpos sociales. Esto significa una única cosa: ¡obligarles a ser libres!".
"Los he exterminado a todos"
Entre los que están obligados a ser libres están los habitantes de la Vendée. De unas 600.000 víctimas de la Revolución (guerras incluidas), masacradas en el nombre de la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad, casi 250.000 eran los insurrectos de la Vandée en favor del rey y del culto católico. Hay quien habla de "genocidio", como Reynald Secher; quien sólo de "crímenes de masa planificados", como Jean-Clément Martin. Uno de los principales autores de la masacre, el general Westermann, hablaba así de ella, en público, en 1793: "La Vendée ya no existe, ciudadanos republicanos. Ha muerto bajo nuestra espada libre, con sus mujeres y sus hijos. Siguiendo nuestras órdenes, he aplastado a los niños bajos los cascos de los caballos y masacrado a las mujeres, que así ya no podrán tener hijos bandidos. No tengo ni siquiera que sentirme culpable por haber hecho prisioneros, ya que los he exterminado a todos". Otras regiones en las que se "exportó la Revolución" no tuvieron mejor fortuna.
Julio Verne ensalzó en su novela El conde de Chanteleine, hasta hace muy poco prácticamente desconocida, la resistencia popular ante la represión antimonárquica y anticatólica contra la región de la Vandée. Pincha aquí para adquirir ahora la novela y también pincha aquí para saber más sobre ese genocidio revolucionario.
Ningún artículo de la Declaración fue tan maltratado como el que debía garantizar el derecho del acusado a un juicio justo. En la época del Terror, bastaba una habladuría para ser condenado por el Tribunal revolucionario y guillotinado ante una multitud de 200.000 personas que, ante cada cabeza que saltaba tras ser cortada, gritaba entusiasmada: "¡Viva la República!". Las acusaciones no tenía que ser demostradas ("¿Para qué sirven los testigos?", se preguntaba impaciente en 1793 el Torquemada humanitario, Antoine Quentin Fouqier-Tinville). En 1794, el Tribunal revolucionario abolió los testigos, los abogados, los interrogatorios y los procesos que duraban más de tres días porque "la lentitud es un crimen, la formalidad un peligro público"; además, no se trata de "castigar a los enemigos de la patria, sino de ¡aniquilarlos!". Ni Stalin o Hitler lo hubieran expresado mejor.
La guillotina hace de telón de fondo a la Revolución a partir de 1792; es imposible decir cuántos miles de personas perdieron la cabeza (33 al día de media sólo en París) por haber apoyado la monarquía, o por haber hablado mal de Robespierre, o por haber celebrado misa, o por haber comido ese rarísimo pan blanco. Carros cargados de decenas de "enemigos del pueblo" llegaban cada día al patíbulo, como explicaba una viñeta que estaba de moda en 1793: "¿Hay guillotina hoy?", pregunta un sans-culotte. "Sí, porque siempre hay traidores", responde el otro.
No se puede interrumpir la justicia
Obviamente, se guillotina "en nombre de la Fraternidad" y no se hace ninguna excepción, ni siguiera para el inventor de la química moderna, el gran Lavoisier, que en 1794 pidió que se pospusiera su ejecución quince días para poder terminar un experimento. "La República no necesita químicos: el curso de la justicia no puede ser interrumpido", fue la respuesta que recibió. Entonces el "descarrilamiento" de la Revolución estaba llegando a su culmen, Robespierre había puesto al Terror en "el orden del día" y diputados de la Convención como Jean-Baptiste Carrier pronunciaban discursos de este tipo: "Es por un principio de humanidad por lo que purgo la tierra de la libertad de estos monstruos".
Antoine Lavoisier, uno de los más grandes químicos de la Historia, víctima de la Revolución Francesa. En el cuadro de Jacques-Louis David (1748-1825) aparece junto con su esposa.
Muchos condenados dan prueba de gran valor en el último momento. Es memorable la profecía de Marc David Lasource, guillotinado porque era girondino: "Muero el día en el que el pueblo ha perdido la razón; vosotros moriréis el día en que la recupere". Inolvidables las palabras de Manon Roland: "Libertad, ¡cuántos crímenes se cometen en tu nombre!". Esclarecedoras también las palabras de otro girondino, Vergniaud: "La Revolución es como Saturno: devora a todos sus hijos". Como demostración de esto, también el fiscal acusador del Tribunal, Fouqier-Tinville, acabará siendo guillotinado en 1795 después de haber escrito: "No soy yo el que debería ser traído aquí. No tengo nada de que arrepentirme: siempre he seguido lo que dictaba la ley".
Destruirlo todo para volver a crearlo todo
Fouqier-Tinville tenía razón en lamentarse. La Revolución francesa fue llevada a cabo en nombre de la ley. Para hacer triunfar los ideales justos y luminosos se sucedieron los golpes de Estados y el hombre, reemplazado por el Hombre como en todos los totalitarismos, fue arrancado de sus raíces, empezando por el cristianismo. Escribe el historiador Jean de Viguerie: "En resumen, la Revolución toma plena conciencia de su incompatibilidad con el catolicismo y se da cuenta de su naturaleza anticristiana".
La Revolución francesa fue totalitaria desde sus inicios, aunque se necesitaron unos años para llevar a cabo el Terror de manera sistemática. Esto fue sólo la consecuencia de premisas muy evidentes, bien expuestas ya en 1789 por el diputado masón Jean-Paul Rabaut: "Es necesario cambiar las formas del pueblo para cambiar sus ideas; cambiar sus leyes para cambiar sus costumbres y destruirlo todo; sí, destruirlo todo para volver a crearlo todo". Francia, por tanto, no puede sentirse orgullosa de "nuestra Revolución"; y si la Nación no se disolvió a causa de su locura fue tal vez porque se escucharon las últimas palabras del rey Luis XVI en el patíbulo: "Muero inocente. Perdono a los artífices de mi muerte y le pido a Dios que la sangre que vosotros derramáis no recaiga nunca sobre Francia".
Traducción de Elena Faccia Serrano.

Santa Rizza de Koblenz, eremita.(30 de agosto)

Santa Rizza de Koblenzeremita.

Fundadora y taumaturga.

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Relicario de Santa Rizza.
Relicario de Santa Rizza.
Santa Rizza de Koblenz, eremita. 30 de agosto.
Fue una eremita del siglo IX, a la cual su leyenda le hace hija de Luis I “el piadoso”, y por tanto, nieta de San Carlomagno (28 de enero y 29 de diciembre, traslación de las reliquias). En realidad ningún historiador la menciona entre los hijos de Luis, por lo que si acaso habrá sido alguna parienta noble.
Poseía un castillo y una villa junto al Rhin, que donó para el sostenimiento de la iglesia de San Castor (13 de febrero), que en sus días fue edificada en Koblenz. La leyenda cuenta que yendo a venerar las reliquias de San Castor, no halló un puente por donde cruzar y atravesó las aguas caminando sobre ellas. Al parecer después de entregar sus bienes, se dedicó a una vida de oración y penitencia junto a dicha iglesia. Y allí fue sepultada al morir años más tarde. Un relieve en unas puertas de dicha iglesia la representa junto a San Goar (6 de julio), que vivió por aquellos lares.
En 1265 la ciudad de Koblenz pidió su canonización al papa Clemente IV, que la concedió. En 1275 las reliquias fueron elevadas y puestas a la veneración. En 1906 el cráneo se pasó a un nuevo relicario neogótico junto al cráneo de San Castor, donde pueden venerarse.
A 30 de agosto además se celebra a San Pamaquio, confesor.

jueves, 29 de agosto de 2019

Monseñor Enrique Díaz Díaz: “Vivir con generosidad” 29082019

Comida En Familia - Pixabay

Monseñor Enrique Díaz Díaz: “Vivir con generosidad”

XXII Domingo Ordinario
Sirácide 3, 19-21. 30-31: “Hazte pequeño y hayarás gracia ante Dios”
Salmo 67: “Dios da libertad y riqueza a los cautivos”
Hebreos 12, 18-19. 22-24: “Se han acercado ustedes a Sión, el monte y la ciudad del Dios viviente”
San Lucas 14, 1. 7-14: “El que se engrandece a sí mismo, será humillado y el que se humilla será engrandecido
Las personas son como los árboles. Algunos crecen libremente y buscan alcanzar las alturas, dan frescura, sombra, flores y hasta frutos. Otros necesitan de otras plantas para crecer, pero al mismo tiempo que se nutren de ellas, las adornan, las protegen y hasta las tonifican. En cambio, algunas plantas parásitas, no conformes con nutrirse de otro árbol, lo ahogan, lo estrangulan y acaban secándolo. Igual las personas. Me agradan las plantas del café, no sólo por su exquisito fruto, sino por su estilo de vida. Pequeños y sencillos, necesitan árboles más grandes que les den la protección y la temperatura necesarias, que les nutran el suelo y que los protejan de los vientos, del sol y de las plagas. Siempre necesitan un árbol cercano, no para treparse en él, sino para juntos dar vida. Son bellísimos en flor, es rico el café, es admirable su forma de crecer, de vivir.
¿Nos sorprende lo que denuncia Jesús? Quizás nos parecería más extraño lo contrario. Nos cuesta ceder el paso, darle atención al otro, buscarle un lugar a quien lo necesita. La vida se ha tornado una competencia desenfrenada por conquistar lugares, por subir a lo más alto, no importa que se tenga que aplastar a los demás. Hemos hecho de la máxima griega: “más alto, más fuerte, más veloz…” una consigna de nuestra existencia. No es mala consigna cuando se entiende en su sentido más profundo, pero cuando es expresión de un egoísmo y una ambición desmedida, cuando nada sacia el corazón del hombre, la persona se torna un saco agujerado que nada es capaz de llenarlo y siempre está deseando más y más, a costa de los hermanos. A tal grado se ha ilusionado con tener más y poder más, que con que con frecuencia lleva una vida hueca, triste y vacía porque nunca tiene bastante. En su afán de buscar tener más y subir más, muchos terminan llevando una existencia desabrida, inmersos en sus ambiciones, insatisfechos por no alcanzar los logros, siempre anhelando lo que no se tiene. Y se buscan entonces los primeros lugares y la ostentación y la apariencia.
Los valores de nuestra sociedad son puestos en evidencia por los convidados que luchan por los primeros puestos, en oposición a los valores de Jesús: una comida para todos y un banquete de hermanos. Jesús invierte la escala de valores que ofrece el mundo y pide una mesa de servicio, de apertura y de atención. Propone buscar los últimos lugares, no para eludir responsabilidades, sino como participación de iguales. Mientras la sociedad alaba y enseñorea a los grandes, Jesús nos dice: “el que se engrandece será humillado; y el que se humilla será engrandecido”. Así, el signo del Reino se torna más evidente: todos son hermanos, comparten la comida porque comparten la misma vida, se hacen cercanos, buscan establecer intimidad y participación. Jesús no busca la mediocridad o el apocamiento como muchos cristianos lo hacen como falsa humildad, todo lo contrario: nos lanza a ideales insospechados y propone alturas no conocidas, pero no trepando a costa de los demás, no arrebatándoles lo que les pertenece, no despreciando a los hermanos. El signo del banquete es la señal más cercana al Reino de los Cielos, pero no podemos pervertirlo con privilegios, con acaparamientos, con individualismos y discriminaciones.
Jesús clarifica aún más sus enseñanzas: no utilizar la comida e invitaciones para manipular los beneficios. Jesús no critica la amistad, las relaciones familiares ni el amor gozosamente correspondido, al contrario, nos invita a reflexionar sobre la verdad última que mueve nuestras acciones. Propone unas relaciones humanas basadas en la semejanza con nuestro Padre Dios, gratuitas, en libertad y en amor. La relación y la amistad siempre deben hacernos crecer, nunca debemos manipular a las personas. ¿Qué provecho puedo sacar de esta persona?  Es el pensamiento del mundo y con mucha frecuencia las relaciones que se establecen tienen fines utilitarios y es difícil vivir de manera desinteresada. Muchos se preguntan cuánto han recibido y de quién esperan un reconocimiento, por el contrario, Jesús enseña que lo importante no es recibir, sino dar, dar con alegría, dar con prontitud, dar con gratuidad.
El afán de recibir, de aparecer, de adquirir notoriedad, se anida en el corazón del hombre. Igual que a los ídolos del dinero y del poder, el hombre se esclaviza al afán de honores y búsqueda de prestigio. Por ello lucha y se esfuerza. Tiene miedo a una existencia desapercibida y termina ahogándose en una pobre vida, mezquina, sin sentido, llena de egoísmo y de sí mismo. Olvida que el verdadero valor de la persona es dar más que recibir. Si por el contrario se quiere acumular y esconder, reteniendo todo egoístamente, se corre el riesgo de acumular cosas, prestigio y dinero, pero se termina siendo una piedra fría, un cirio hermoso pero apagado, una semilla estéril. La ley evangélica de perder para encontrar, de dar para ser feliz, de morir para vivir, es dura en su seguimiento, pero es la única que nos permite tener una vida plena y feliz. Sí, el hombre es como las plantas hay algunas que dan vida, frescura y felicidad, y hay otras que en su afán de crecer ahogan el árbol de donde tomaban vida. Hay hombres cuya generosidad hacer crecer a los demás y otros que, en su lucha por encumbrarse, terminan solos y abandonados.
La imagen de una mesa compartida, donde todo se ofrece gratuitamente, donde podemos participar con alegría, donde todos somos hermanos, requiere la generosidad, la pequeñez y el servicio que sólo pueden vivirse en el amor al estilo de Jesús. ¿Cómo vivimos nuestra relación con los demás? ¿Cómo compartimos lo poco o mucho que tenemos? ¿A quiénes invitamos a la mesa de la vida y a quiénes hemos rechazado? ¿Qué nos dice Jesús?
Dios, Padre bueno, que por amor nos has creado y gratuitamente nos has regalado la vida, danos un corazón grande para amar, fuerte para luchar y generoso para donarnos como tu hijo Jesús. Amén.

Beata María Rafols Bruna, 30 de agosto

Madre Rafols socorriendo a niños abandonadas © santosbeatoscatólicos
Madre Rafols Socorriendo A Niños Abandonadas © Santosbeatoscatólicos

Beata María Rafols Bruna, 30 de agosto

“Heroína de los Sitios de Zaragoza”
«Fundadora de las Hermanas de la Caridad de Santa Ana. Tuvo la osadía de avanzar en zona de guerra en medio de las tropas napoleónicas y obtener la gracia de un general francés para sus enfermos. Fue proclamada «Heroína de los Sitios de Zaragoza»
Esta «heroína de la caridad» nació en Vilafranca del Penedès, Girona, España, el 5 de noviembre de 1781. Sus padres eran sencillos pagesos, campesinos que no tenían muchos recursos. Pero al fallecer su padre cuando ella tenía 9 años, su madre contrajo nuevas nupcias. Con una situación económica más holgada pudieron costear sus estudios en la Enseñanza, un prestigioso colegio de Barcelona; tuvieron en cuenta sus excelentes cualidades porque era inteligente, trabajadora y responsable. Entonces se implicó como voluntaria en el hospital de la Santa Creu, dirigido por las Hermanas Hospitalarias de San Juan de Dios. Su capellán, el padre Juan Bonal Cortada y ella se conocieron a raíz de una epidemia de peste. María supo de primera mano cómo se desvivía él por los afectados, especialmente los pobres. El virtuoso sacerdote precisaba personas expertas en el cuidado de los enfermos para el hospital Nuestra Señora de Gracia de Zaragoza, y seleccionó un grupo compuesto por doce hombres y doce mujeres, entre los que se hallaba María. Tenía 23 años, pero una madurez y cualidades tales que fue designada responsable de todos y luego superiora de la Congregación de Hermanas de la Caridad de Santa Ana, nacida en el mencionado hospital zaragozano ese mismo año de 1804 en el que se produjo su traslado a la ciudad.
Al llegar a Zaragoza, tras un recorrido efectuado en carro y plagado de incomodidades, ella se hincó de rodillas ante la Virgen del Pilar pidiendo su amparo; eso da idea del espíritu que le guiaba. Pronto constató que los medios disponibles en el hospital de Gracia dejaban mucho que desear en todos los aspectos. Además, los trabajadores del centro acogieron de mal grado a los recién llegados y les dispensaron un trato hostil. Desde el principio se percató de ciertos desaguisados que debían solventarse. El descontento del personal por su mala retribución, así como las carencias y la descuidada atención a los enfermos requerían actuar con premura y delicadeza. Pero las presiones hicieron que pasado un tiempo los varones abandonaran el hospital. En cambio las mujeres, con María al frente, prosiguieron su incansable labor.
La beata pasó por alto los infundados reparos de la Junta del hospital, la Sitiada,considerando que actuaba al margen de su dictamen, y poco más tarde logró la conciliación con su sabiduría, prudencia y caridad. Pero siempre tuvo como péndulo sobre su cabeza la oposición de la Junta que le hizo sufrir y probó su virtud. Sus acciones no caían en saco roto y el obispo de Huesca le propuso crear en la ciudad un centro hospitalario similar al zaragozano. Por lo demás, fue una pionera para la época; abrió brechas para la mujer, anteriormente insospechadas, especializándose en flebotomía, práctica quirúrgica de la sangría de uso habitual en la medicina de entonces, que validó con el examen oportuno.
Pocos años después de llegar a Zaragoza se desencadenó la guerra, y cuando las tropas napoleónicas sitiaron Zaragoza en 1808, el hospital quedó derruido por las bombas. En esos instantes ella fue una heroica abanderada que expuso su vida auxiliando a los heridos, enfermos y dementes a los que buscaba por las calles, sin excluir a los integrantes del bando enemigo. En medio del fragor de la batalla salió a mendigar pidiendo dinero y comida para los miles de acogidos que había en el hospital. Ante la precariedad, con frecuencia se privaba de su propio sustento. En un intervalo de cuatro meses tuvo que trasladar a los enfermos en tres ocasiones, hasta que se instaló el hospital de convalecientes.
En el transcurso de la encarnizada lucha sin cuartel dio nuevas pruebas de una fe admirable demandando ayuda para los enfermos, aunque para ello tuvo que cruzar las filas enemigas acompañada de un par de religiosas. Las mujeres avanzaron por el campo de combate en medio del hostigamiento de los soldados que proferían insultos contra ellas, pero lograron que el general francés Lannes las escuchara, las protegiera, y abriera las puertas de par en par. María le había dejado desarmado con su trato delicado y respetuoso, y el militar se conmovió con ese gesto inaudito. No solo obtuvo los recursos esenciales para la atención de los enfermos, sino que contribuyó a que se salvaran muchas vidas, se concedieran indultos y otras gracias. Esta imagen, de gran fuerza plástica, continúa siendo impactante porque hay que tener en cuenta el momento histórico, la situación y el lugar en el que se produjo tal acto de valentía.
Al terminar la guerra, la nueva Junta rectora del hospital no tuvo en cuenta estos antecedentes heroicos, sino que oprimió a las religiosas. Apartaron al padre Bonal, y el prelado Suárez de Santander, afín a los franceses, puso a María en la tesitura de dimitir trasladándose a Orcajo, Daroca. La Sitiada demandó la presencia de las hermanas en Zaragoza en 1813 para que se hicieran cargo de la casa de beneficencia. Finalmente en 1824 al ser aprobadas las constituciones por la diócesis, una vez se solventaron los equívocos que llevaron a su recusación, se restituyó a la beata como superiora. Durante once años se ocupó de los huérfanos y abandonados que se hallaban en la Inclusa que dependía del hospital. Pero en 1834 fue imputada por alta traición. Creyendo que conspiraba contra la reina, implicada con los carlistas, fue recluida dos meses en una cárcel donde confinaban a personas acusadas por la Inquisición. Después, y pese comprobarse que era un malévolo infundio, fue desterrada al exilio.
Ya enferma pidió ser trasladada a la casa de Huesca y allí aún vivió seis años de entrega, en silencio –nadie le oyó proferir ninguna queja–, y confianza en Dios. Con el cambio de gobierno regresó al hospital de Gracia y se ocupó de los niños de la Inclusa. Murió el 30 de agosto de 1853. Juan Pablo II la beatificó el 16 de octubre de 1994. En 1908 tanto el padre Bonal, con causa de beatificación abierta, como ella fueron proclamados «Héroes de los Sitios de Zaragoza».

Beata María Ráfols, virgen y fundadora (30 de agosto)



can.: B: Juan Pablo II 16 oct 1994
país: España - n.: 1781 - †: 1853
En Zaragoza, en España, beata María Ráfols, virgen, que cerca del hospital de esta ciudad fundó la Congregación de Hermanas de la Caridad de Santa Ana y la dirigió con fortaleza de ánimo por entre muchas dificultades.