San Juan Diego Cuauhtlatoatzi
San Juan Diego Cuauhtlatoatzain, laico
San Juan Diego Cuauhtlatoatzain, de la estirpe indígena nativa, varón provisto de una fe purísima, de humildad y de fervor, que logró que se construyera un santuario en honor de la Bienaventurada María Virgen de Guadalupe en la colina de Tepeyac, en la ciudad de México, lugar donde se le había aparecido la Madre de Dios. Hoy es la memoria litúrgica, que evoca la fecha de la primera aparición de la Virgen, la fecha de su muerte es el 30 de mayo.
«Este indio pervive vinculado a la advocación de la Virgen de Guadalupe, que se le apareció haciéndole protagonista de una de las grandes escenas, cuajadas de lirismo, que marcan un hito en la historia de las apariciones marianas»
En el entorno de la festividad de la Inmaculada Concepción, entre otros, la Iglesia celebra hoy la existencia de Juan Diego, que pervive para siempre vinculado a María, bajo su advocación de la Virgen de Guadalupe. Este santo indígena encarna en sí mismo una de las hermosísimas historias de amor que conmueven poderosamente. Inocencia y dulzura forman una perfecta simbiosis en su vida que instan ciertamente a perseguir la santidad y permiten comprender qué pudo ver en él la Reina del Cielo, excelso modelo de virtudes, para hacerle objeto de su dilección.
Nació en Cuauhtitlán perteneciente al reino de Texcoco, regido entonces por los aztecas, hacia el año 1474. Debía llevar escrito en su nombre, que significaba «águila que habla», la nobleza de esta majestuosa ave que vuela desafiando a las tempestades, de cara al infinito. Era un indio de la etnia chichimecas, sencillo, lleno de candor, sin doblez alguna, de robusta fe, dócil, humilde, obediente y generoso. Un hombre inocente que, cuando conoció a los franciscanos, recibió el agua del bautismo y se abrazó a la fe para siempre encarnando las enseñanzas que recibía con total fidelidad. Un digno hijo de Dios que no dudaba en recorrer 20 km. todos los sábados y domingos para ir profundizando en la doctrina de la Iglesia y asistir a la Santa Misa. Tuvo la gracia de que su esposa María Lucía compartiera con él su fe, y ambos, enamorados de la castidad, después de ser bautizados hacia 1524 o 1525 determinaron vivir en perfecta continencia. María Lucía murió en 1529, y Juan Diego se fue a vivir con su tío Juan Bernardino que residía en Tulpetlac, a 14 km. de la Iglesia de Tlatelolco-Tenochtitlan, lo cual suponía acortar el largo camino que solía recorrer para llegar al templo.
La Madre de Dios se fijó en este virtuoso indígena para encomendarle una misión. Cuatro apariciones sellan la sublime conversación que tuvo lugar entre Ella y Juan Diego, que tenía entonces 57 años, edad avanzada para la época. El sábado 9 de diciembre de 1531 se dirigió a la Iglesia. Caminaba descalzo, como hacían los de su condición social, y se resguardaba del frío con una tilma, una sencilla manta. Cuando bordeaba el Tepeyac, la tierna voz de María llamó su atención dirigiéndose a él en su lengua náuhatl: «¡Juanito, Juan Dieguito!». Ascendió a la cumbre, y Ella le dijo que era «la perfecta siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios». Además, le encomendó que rogase al obispo Juan de Zumárraga que erigiese allí mismo una Iglesia. Juan Diego obedeció. Fue en busca del prelado y afrontó pacientemente todas las dificultades que le pusieron para hablar con él, que no fueron pocas. Al transmitirle el hecho sobrenatural y el mensaje recibido, el obispo reaccionó con total incredulidad. Juan Diego volvió al lugar al día siguiente, y expuso a la Virgen lo sucedido, sugiriéndole humildemente la elección de otra persona más notable que él, que se consideraba un pobre «hombrecillo». Pero María insistió. ¡Claro que podía elegir entre muchos otros! Pero tenía que ser él quien transmitiera al obispo su voluntad: «…Y bien, de nuevo dile de qué modo yo, personalmente, la siempre Virgen Santa María, yo, que soy la Madre de Dios, te mando».
El 12 de diciembre, diligentemente, una vez más fue a entrevistarse con el obispo. Éste le rogó que demostrase lo que estaba diciendo. Apenado, Juan Diego regresó a su casa y halló casi moribundo a su tío, quien le pedía que fuese a la capital para traer un sacerdote que le diese la última bendición. Sin detenerse, acudió presto a cumplir con este acto caritativo, saliendo hacia Tlatelolco. Pensó que no era momento para encontrarse con la Virgen y que Ella entendería su apremio; ya le daría cuenta de lo sucedido más tarde. Y así, tras esta brevísima resolución, tomó otro camino. Pero María le abordó en el sendero, y Juan Diego, impresionado y arrepentido, con toda sencillez expresó su angustia y el motivo que le indujo a actuar de ese modo. La Madre le consoló, le animó, y aseguró que su tío sanaría, como así fue. Por lo demás, enterada del empecinamiento del obispo y de su petición, indicó a Juan Diego que subiera a la colina para recoger flores y entregárselas a Ella.
En el lugar señalado no brotaban flores. Pero Juan Diego creyó, obedeció y bajó después con un frondoso ramo que portó en su tilma. La Virgen lo tomó entre sus manos y nuevamente depositó las flores en ella. Era la señal esperada, la respuesta que vencería la resistencia que acompaña a la incredulidad. Más tarde, cuando el candoroso indio logró ser recibido por el obispo, al desplegar la tilma se pudo comprobar que la imagen de la Virgen de Guadalupe había quedado impregnada en ella con bellísimos colores. A la vista del prodigio, el obispo creyó, se arrepintió y cumplió la voluntad de María.
Juan Diego legó sus pertenencias a su tío, y se trasladó a vivir en una humilde casa al lado del templo. Consagró su vida a la oración, a la penitencia y a difundir el milagro entre las gentes. Se ocupaba del mantenimiento de la capilla primigenia dedicada a la Virgen de Guadalupe y de recibir a los numerosos peregrinos que acudían a ella. Murió el 30 de mayo de 1548 con fama de santidad dejando plasmada la aureola de su santidad no sólo en México sino en el mundo entero que sigue aclamando a este «confidente de la dulce Señora del Tepeyac», como lo denominó Juan Pablo II. Fue él precisamente quien confirmó su culto el 6 de mayo de 1990, y lo canonizó el 31 de julio de 2002.
Oremos
Concédenos, Señor todopoderoso, que el ejemplo de San Juan Diego nos estimule à una vida más perfecta y que cuántos celebramos su fiesta sepamos también imitar sus ejemplos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.
Oh Dios, que por medio del bienaventurado Juan Diego manifestaste a tu pueblo el amor de la Santísima Virgen María, concédenos, por su intercesión, que, obedientes a las recomendaciones de nuestra Madre de Guadalupe, podamos cumplir siempre tu voluntad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amé
San Pedro Fourier
San Pedro Fourier
En Gray, de la Borgoña, en donde se había retirado al ser desterrado, tránsito de san Pedro Fourier, presbítero, que escogió para sí la pobrísima parroquia de Mattaincourt, en la Lorena, a la que sirvió admirablemente. Renovó también la Congregación de Canónigos Regulares de Nuestro Salvador, y fundó, asimismo, la Congregación de Nuestra Señora, para la educación gratuita de las niñas.
Pedro Fourier nació en Mirecourt, ciudad de Lorena, en 1565. Cuando tenía quince años, su padre le envió a la Universidad que tenían los jesuitas en Pont-á-Mousson. Pedro terminó brillantemente sus estudios e inauguró una escuela en su ciudad natal; pero ya para entonces estaba decidido a abandonar el mundo, de suerte que a los veinte años de edad, ingresó en el convento de los canónigos regulares de San Agustín en Chamousey. En 1589, recibió la ordenación sacerdotal; pero, como su humildad le hiciese sentirse indigno, no celebró la misa sino hasta varios meses después. Su abad le envió a la Universidad a continuar sus estudios de teología. Cuando volvió a su monasterio, fue nombrado procurador y vicario de la parroquia de la abadía. Las condiciones en que ejerció su cargo fueron muy desalentadoras, pues la observancia en el monasterio era bastante floja y los canónigos ponían en ridículo cuantos esfuerzos hacía Pedro por mejorarla.
En 1597, se le dio a escoger entre tres parroquias atendidas por los canónigos. San Pedro eligió la de Mattaincourt, que era la más difícil. Mattaincourt ea un pueblecito de los Vosgos que en aquella época estaba contaminado por el calvinismo y la moralidad de sus habitantes estaba por los suelos. San Pedro Fourier trabajó allí durante treinta años y se ganó el apodo de «el buen padre de Mattaincourt». El primer cuidado del santo fue orar y dar buen ejemplo. Vivía con una austeridad, pobreza y sencillez, dignas de un monje. Jamás encendía fuego en su casa, como no fuese para que se calentasen los que iban a visitarle y los necesitados le encontraban siempre dispuesto a darles limosna y consejo, tanto en lo material como en lo espiritual. El P. Juan Bedel, discípulo y biógrafo del santo, dice que era particularmente compasivo con aquéllos cuya fortuna había decaído a causa de los malos negocios, los robos, o alguna otra razón independiente de su voluntad. «Para ayudar a esas personas, fundó la 'Bolsa de San Evre' (así llamada en honor del santo patrono de la parroquia), en la que depositaba limosnas, legados, etc. Cuando alguno de sus feligreses se hallaba en dificultades, le daba unos cientos de francos de ese fondo para que pudiese sacar adelante su negocio; la única condición que fijaba era que, si el negocio prosperaba, el beneficiario devolviese la cantidad que se le había prestado. El sistema funcionaba tan bien, que la 'Bolsa de San Evre' podía sostenerse con los intereses del capital». San Pedro estableció igualmente tres cofradías en su iglesia: la de San Sebastián, para los hombres; la del Rosario, para las mujeres casadas, y la de la Inmaculada Concepción, para las jóvenes. Esta última fue una de las primeras congregaciones de «Hijas de María». Uno de los principales problemas con que tuvo que enfrentarse san Pedro fue el de la educación de los niños; después de mucho orar y reflexionar, comprendió que era necesario hacerla gratuita. Primero trató de organizar escuelas para niños. Pero los tiempos no estaban todavía maduros para ello. El instrumento que Dios había escogido para esa empresa era san Juan Bautista de la Salle, que debía nacer medio siglo más tarde. San Pedro Fourier reconoció su fracaso sin rodeos. En seguida se dedicó a atender especialmente a cuatro voluntarias:Alix Le Clercq, Ganthe André y las hermanas Juana e Isabel de Louvroir. Después de probarlas bien, les mandó hacer una especie de noviciado en el convento de las canonesas de Poussey, en 1598. Con el tiempo, dichas jóvenes abrieron una escuela gratuita en Mattaincourt. San Pedro, que tenía sus propias ideas en materia de educación, daba todos los días una clase de pedagogía a las profesoras. Fue uno de los primeros en emplear lo que los pedagogos llaman actualmente el «método simultáneo». Quería que las niñas mayores aprendiesen a redactar recibos y facturas, que se ejercitasen en la composición y la redacción de cartas y que hablasen correctamente «la lengua de su provincia». Tanto por el bien de los niños como por el del Estado, deseaba que los pobres fuesen educados en el amor de Dios, con principios que los ayudasen a vivir decente y dignamente, y estaba convencido de que la escuela debía ser gratuita.
Consciente del valor del «método dramático», escribió varios diálogos sobre las virtudes y los vicios (insistiendo sobre todo en lo que más podía convenir a sus feligreses) y hacía que los niños los recitasen ante sus padres los domingos por la tarde, en la iglesia. El santo instruyó a sus religiosas en la manera de tratar a los niños protestantes: « ... con amor y bondad. No permitáis que los otros niños los molesten o se burlen de ellos. No habléis mal de su religión. Dirigíos en términos generales a todos vuestros discípulos, pero no perdáis la ocasión de hacer ver a los protestantes cuán buenos y razonables son los preceptos y prácticas de nuestra Iglesia». San Pedro Fourier empleó los mismos métodos en 1625, cuando se le envió a combatir el protestantismo en el principado de Salm. En efecto, no se contentaba con exhortar a los protestantes a convertirse, sino que incitaba con igual fervor a los católicos a cambiar de vida; por otra parte, no provocaba a los protestantes llamándoles herejes, sino que los llamaba «extranjeros». Ayudado por el P. Bedel y otro jesuita, san Pedro consiguió en seis meses más de lo que sus predecesores habían logrado en treinta años. En 1616, la nueva congregación religiosa recibió la aprobación pontificia y el nombre oficial de Canonesas Regulares de San Agustín de la Congregación de Nuestra Señora. Dicha congregación se difundió pronto en toda Francia; actualmente, tiene casas en Inglaterra y otros países. En 1628, el Papa Urbano VIII concedió a las religiosas el privilegio de hacer un cuarto voto por el que se obligaban a educar gratuitamente a los niños. Alix Le Clercq, la principal colaboradora del P. Fourier, fue beatificada como cofundadora de la congregación en 1947.
En vista del éxito que había tenido san Pedro Fourier en la reforma de aquella parroquia rural, sus superiores le dedicaron a una tarea menos local, pero no menos difícil. En aquella época, la vida religiosa en Lorena estaba en decadencia. La Santa Sede nombró a san Pedro visitador de los canónigos regulares. En 1622, Mons. Juan de Porcelets de Maillanes, obispo de Toul, le llamó a restablecer la disciplina en los conventos de su orden y a unirlos en una congregación reformada. Dicha misión no dejó de provocar hostilidad; pero al año siguiente, el abad de Lunéville entregó su monasterio a un puñado de canónigos regulares, presididos por san Pedro Fourier. En 1629, lo principal estaba ya hecho: la observancia había sido restablecida, y los canónigos regulares de Lorena formaban la congregación del Salvador. En 1632, san Pedro fue elegido superior, muy contra su voluntad. Cuando tomó posesión de su cargo, dijo: «Como Jesucristo se entrega a los hombres en el Santísimo Sacramento, sin esperar pago alguno y pensando solamente en el bien de los que van a recibirle en la comunión, así me entrego yo a vosotros en este día, no para obtener algún honor o ventaja alguna, sino pensando solamente en la salvación de vuestras almas». San Pedro había soñado siempre en el día en que los canónigos emprendiesen la obra de la educación de los niños, en la que él había fracasado en Mattaincourt, y los súbditos del santo estaban dispuestos a ello. Así pues, cuando san Pedro envió representantes a Roma, en 1627, para conseguir la aprobación de la congregación del Salvador, les encargó que se ocupasen del asunto: «Por lo que toca a las escuelas que queremos fundar, sería bueno hacer notar que los niños que no desean aprender el latín y los otros, antes de ingresar en la escuela superior no han tenido quien se ocupe de ellos 'ex officio', por lo menos en esta región, de suerte que son una especie de beneficio vacante en la Iglesia de Dios. Solicitemos humildemente que se nos designe esa tarea». Los representantes de san Pedro Fourier presentaron la petición, pero no tuvieron éxito. Según parece, la Santa Sede había olvidado en el siglo XVII que el enseñar en la escuela primaria no estaba reñido con la dignidad sacerdotal. Sin embargo, la congregación del Salvador inauguró varios colegios y obras educacionales. Y cuando la Compañía de Jesús fue suprimida en el siglo XVIII, varios de sus colegios de Lorena pasaron a manos de los canónigos regulares.
San Pedro Fourier estaba muy vinculado con la casa de Lorena y con el duque Carlos IV. Así, cuando se le exigió en 1636, que firmase el juramento de fidelidad al rey Luis XIII, el santo se negó a ello y huyó a refugiarse en Gray del Franco Condado. Pasó los cuatro últimos años de su vida en ese destierro, actuando como capellán de un convento y enseñando en una escuela gratuita cuya fundación se le debía. Dios le llamó a Sí el 9 de diciembre de 1640. Su canonización tuvo lugar en 1897. El santuario de San Pedro Fourier en Mattaincourt es un importante centro de peregrinación.
P. Rogie, la de Dom Vuillemin y la del P. Pingaud. El P. Chérot empleó hábilmente en su obra la correspondencia de San Pedro. B. Boutoux publicó, en 1949, una biografía titulada St Pierre Fourier.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Oración
Concédenos, Señor todopoderoso, que el ejemplo de San Pedro Fourier nos estimule a una vida más perfecta y que cuantos celebramos su fiesta sepamos también imitar sus ejemplos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.
Concédenos, Señor todopoderoso, que el ejemplo de San Pedro Fourier nos estimule a una vida más perfecta y que cuantos celebramos su fiesta sepamos también imitar sus ejemplos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.
San Siro de Pavía
San Siro de Pavía, obispo
En Pavía, de la Liguria, san Siro, primer obispo de la ciudad.
Santa Gorgonia de Nacianzo | |
Santa Gorgonia, madre de familia
En Nacianzo, de Capadocia, santa Gorgonia, madre de familia, que fue hija de santa Nonna y hermana de san Gregorio el Teólogo y de san Cesáreo. Fue el mismo Gregorio quien escribió sus virtudes.
San Gregorio Nacianceno el Viejo y su esposa, santa Nona, tuvieron tres hijos: santa Gorgonia, san Gregorio Nazianceno y san Cesario, de los que Gorgonia era la mayor. Se casó y tuvo tres hijos, a los que dio una educación tan esmerada como la que había recibido. Gorgonia se repuso de dos graves enfermedades a base de confianza en Dios. Durante la primera, que sufrió como consecuencia de una de una seria caída, Gorgonia no permitió que la asistiese ningún médico. De la segunda enfermedad quedó curada al recibir la comunión. El hermano de la santa cuenta que, en cierta ocasión en que se hallaba enferma, Gorgonia fue a la iglesia durante la noche a buscar sobre el altar algunas migajas del Pan de los Ángeles, con la esperanza de obtener así la curación. Como se sabe, en aquélla época se usaba para los sagrados misterios el pan ordinario y así se hace todavía en muchas iglesia de Oriente:
Mi hermana Gorgonia era afligida de una enfermedad mortal, y los hombres versados en el arte de curar no tenían ya esperanzas. Entonces esta hermana muy amada se levante a media noche y se dirije a la iglesia: allí postrada ante el tabernáculo donde descansa Nuestro Señor Jesucristo por amor a nosotros le representa sus bondades, sus beneficios y los prodigios de su caridad:
«En otro tiempo -le decía- una pobre mujer atormentada por cruel enfermedad, toca la orla de vuestro manto y al instante queda curada. Y qué, mi amado Jesús, ¿se habrá disminuido vuestro poder? ¿vuestro Cuerpo todo tendría menos eficacia que la orla de vuestro vestido? ¿Vos que quisisteis enterneceros a la voz de la pobre Cananea, Jesús mío, serias insensible a mi súplica? ¿Vuestra bondad, vuestra ternura tan compasiva, no se moverá ya a curar a los enfermos? ¿Tendrá acaso límites la infinidad de vuestro poder, de vuestra bondad y de vuestro amor? Heme aquí postrada a los pies de vuestra inagotable misericordia, en presencia de este tabernáculo en donde habéis establecido vuestra morada en el exceso de vuestro amor a los hijos de los hombres. Pues bien: hago voto de no levantarme de aquí sin que me halláis curado.» Terminada esta súplica, en la cual no se sabe que admirar más, si su fe tan viva o su encendido amor, Gorgonia se levanta: su petición había sido oída y estaba curada.
Santa Gorgonia fue siempre muy amante de la liturgia y solía contribuir a la construcción de iglesias. Vivía piadosa y sobriamente y era muy generosa con los pobres. Sin embargo, de acuerdo con la costumbre de la época, no recibió el bautismo hasta la edad madura. Al mismo tiempo que ella, se bautizaron su esposo, sus hijos y sus nietos. Su hermano Gregorio pronunció su oración fúnebre, que fue en realidad un panegírico de la bondad de santa Gorgonia. Dicho panegírico nos dice todo lo que sabemos de la santa. Su merte ocurrió alrededor del año 370 y había nacido hacia el 300.
Migne, PG., vol. xxxv, pp. 789-817. H. Thurston, Journal of Theol. Studies, vol. XI (1910) , pp. 275-279. Rdo. P. Belecio, México, 1905, pág 298. Aunque a san Gregorio «el viejo» se le sigue llamando «santo», incluso en el elogio de santa Nona, de la edición oficial del Martirologio, no se halla inscripto en el actual Martirologio Romano; quizás se deba simplemente a una omisión, pero que no es de la edición española sino de la typica latina; su fecha tradicional de inscripción era el 1 de enero.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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