LMM: Lázaro y Marta y María.
Comentario primero:
Domingo 5º de Cuaresma A (22.03.2026): Juan 11,1-45
¿Quiénes son Lázaro, Marta y María? Me lo pregunto CONTIGO.
En la semana pasada se nos leía la curación del ciego de nacimiento ocurrida en Jerusalén durante el transcurso de la fiesta de ‘Las tiendas’. Y en este quinto domingo de la Cuaresma se nos propone el relato llamado ‘La resurrección de Lázaro’ o, como señalan otros investigadores más meticulosos, ‘La revivificación de Lázaro’ (Juan 11). El Evangelista nos lo ha contado en relación con la celebración de la fiesta de ‘La dedicación del Templo de Jerusalén’ (Juan 10,22).
Ésta era la fiesta del invierno. En ella, cuenta el Evangelista, se han encontrado ‘las autoridades judías’ y Jesús de Nazaret. Y han discutido acerca de la realidad del Mesías. Y aquellos ‘judíos’ intentaron apresar a Jesús y ejecutarlo, pero este Jesús se les escapó de las manos y se marchó fuera y lejos de Jerusalén y de la tierra de Israel, ‘al otro lado del Jordán’, la Transjordania.
Y en ese lugar estaba con quienes creían en él. Y hasta ese lugar le llegó la noticia, primero, de que su ‘amigo querido’ estaba muy enfermo. Y poco tiempo después, al tercer día, Lázaro, su amigo, murió y Jesús decidió regresar a Judea para... devolver lo que siempre es vida a la Vida o dicho con el narrador que pone en boca de su Jesús estas palabras: “Desatadlo y dejadle andar” (Juan 11,44). Llegado a este punto debo preguntarme quién es este Lázaro.
¿Quién es este Lázaro? ¿Quién es este amigo tan querido para Jesús? Ningún otro Evangelio nos ha hablado de esta persona. No me puedo creer que los tres Sinópticos ignorasen que su Jesús de Nazaret había resucitado a un muerto bien muerto, porque este Lázaro llevaba ya cuatro días y olía a muerto y a muerte (Jn 11,39). Y la prueba definitiva de toda cuestión crítica: ¿Por qué este Evangelista no nos ha contado la reacción emocionada de este Lázaro que vivió, murió y volvió a la vida? Muy despacio me digo que este Lázaro estuvo siempre y sólo en el imaginario creyente del autor de este relato.
Me está sucediendo ahora como a un excelente narrador llamado Sergio del Molino, autor del libro ‘La España vacía’ que en la página 146 escribe este apunte tan críticamente iluminador: ‘no conocemos la versión de Lázaro sobre su propia resurrección’. ¿Quién es este Lázaro del Evangelista Juan? Puestos a imaginar, cada lector e intérprete debe elaborarse su propia respuesta. Para mí, este Lázaro del cuarto evangelista es un símbolo del propio pueblo de Israel que su autor conoce de primera mano.
Este pueblo de Israel del tiempo de Jesús y de finales del siglo primero es un pueblo atrapado en la Ley, atado por Roma... ¿Para siempre? ¡Por tiempo nada más! Lo vuelvo a evocar o repetir: ‘Desatadlo y dejadle andar’. Hablar así es decirle o decirnos: eres libre, vuela. Y... Y es muy cierto que haber estado atado y apresado durante tiempo y tiempo genera miedo cuando se ve y se siente desatado y liberado. Afortunadamente, este Lázaro-Israel dispuso de las dos alas de sus dos hermanas, Marta y María. Dos mujeres. Aquel pueblo de Israel escucha de labios de un hombre de su tierra, el laico de Galilea, que las mujeres de este pueblo son las alas de su nueva y estrenada libertad. Y me digo, con sonora sencillez, que hoy la Iglesia sólo encontrará el camino de su libertad en las alas de sus mujeres todavía apartadas y silenciadas.
Carmelo Bueno Heras. Madrid, 29.03.2020. Y también, Madrid, 22.03.2026.
Comentario segundo
“Todo cuanto deseas que te hagan, házselo a los demás” (Mt 7,12)
CINCO MINUTOS para compartir el comentario de la 17ª página del Evangelio de Mateo 11,1-19.
Copio aquí el versículo primero de una larga narración de las actividades que el Evangelista Mateo atribuye a su Jesús de Nazaret: “Cuando Jesús acabó de dar instrucciones a sus doce discípulos, se fue a enseñar y a proclamar el mensaje en los pueblos de la región” (Mt 11,1). ¿Qué ha hecho este Jesús de Mateo hasta ahora? Enseñar y proclamar, según ya he leído desde 4,23 hasta 9,35 donde me he encontrado con ‘los dichos y los hechos’ de este hombre.
Sin embargo, lo que encuentro ‘novedoso’ en ese frontispicio narrativo de Mateo es esta matización: “En los pueblos de la región”. Y esta región de la que se habla es Galilea, la región del norte y la más alejada de la capital, Jerusalén, y de su Templo. Creo que ésta es la razón por la que tantos estudiosos de Jesús y de su vida entre nosotros dicen que fue ‘un profeta ambulante’. Y que a mí me encanta llamarlo, por ser un dato tan humanísimo, laico y galileo. ¿Qué enseñaba y proclamaba este hombre en los poblados de su región de Galilea? Para saberlo, tendré que esperar un poco y seguir leyendo, porque a quien recuerda ahora el narrador Mateo es a Juan el bautizador que perdonaba pecados tal como ya contó en el pasado capítulo tercero completo. Por tercera vez volverá este Evangelista a escribir de ambos personajes cuando su Jesús de Nazaret llegue a Jerusalén, según leeremos en todo el capítulo vigésimo primero completo.
Este Juan el Bautista y Jesús de Nazaret se presentan como dos judíos inolvidables. Con Juan se va acabando la presencia de aquel viejo Israel que parece ser que fue inaugurado con Moisés. Con Jesús está despertando una manera de ser y de vivir como judío en todos sus aspectos: “Vino Juan que no comía ni bebía y decían de él que estaba endemoniado. Y viene ahora este hombre llamado Jesús que come y bebe y dicen de él que es un comilón y un borracho, amigo de recaudadores de impuestos y de pecadores” (11,18-19).
Al Evangelista Lucas le debió de parecer luminosa esta manera de escribir sobre Jesús y se la apropió. Basta leerse el capítulo decimoquinto de su Evangelio para caer en la cuenta de este dato y valorar en toda su dimensión lo que aquí cuenta Mateo y lo que cuenta Lucas cuando nos regala el tesoro de aquellas tres parábolas que se suelen llamar de ‘la misericordia’. Ellas son una revolucionaria declaración social, política y religiosa en toda su extensión.
En este Mateo 11,1-19, el narrador se atrevió a poner en boca de su Jesús una alabanza agradecida de este Juan que perdonaba pecados en Israel. Esta tarea sólo podía realizarse, en exclusiva, en el templo y por medio de sus clérigos sacerdotes y a través de la ofrenda de sacrificios. Jesús está alabando aquí la tarea blasfema y herética de un judío a quien se atreve a calificarlo de ‘profeta’. Tan profeta como el gran Isaías (de quien se cita su texto de 35,5-6) o como el último de ellos, Malaquías (de quien se cita su texto de 3,1). Esta unidad narrativa que Mateo dedica a ensalzar a dos judíos heréticos y blasfemos, según la Ley del Israel de Moisés, acaba con una afirmación tan nítida como definitiva: En las obras de Juan y de Jesús se ha encarnado la sabiduría (Mt 11,19). Además de profetas, fueron sabios.
Carmelo Bueno Heras. Madrid, 24.03.2019. Y también Madrid, 22.03.2026
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