viernes, 11 de diciembre de 2015

Beato Hugolino Magalotti - Beato Jerónimo Ranuzzi - Beatos Martín de San Nicolás Lumbreras Peralta y Melchor de San Agustín Sánchez Pérez 11122015

Beato Hugolino Magalotti

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Beato Hugolino Magalotti, eremita
En la región de Camerino, del Piceno, beato Hugolino Magalotti, ermitaño de la Tercera Orden Regular de San Francisco.
Este anacoreta de los montes Sibilinos, nació en Fiegni, cerca de Fiastra, en la provincia italiana de Macerata, hacia el año 1320. Su padre, Magalotto III, descendía de la noble familia de los Magalotti, que fueron señores de cuatro feudos pasados al municipio de Camerino: Appennino, Poggio, Cerreto y Fiastra. A la familia le quedaba como residencia el castillo de Fiegni, que fue donde creció y se educó el beato Hugolino, huérfano de madre desde el momento del parto. Gracias a su sólida formación espiritual pudo superar otra dura prueba: la muerte de su padre cuando tenía apenas 13 años. A partir de entonces se dedicó al estudio y meditación de las Escrituras, y fue madurando en él la idea de seguir el consejo evangélico: «Ve, vende lo que tienes, dalo a los pobres y sígueme». Cumplidos los 20 años, vendió todas las propiedades heredadas de sus padres, y se retiró a hacer vida de ermitaño.

La primera ermita del beato Hugolino fue la de san Liberado, fundada, según la tradición, por san Francisco de Asís en la ladera del monte Ragnolo, no lejos de las fuentes del río Tenna. Algunos creen que había profesado la regla de los frailes menores, pero lo más probable es que se consagrara como penitente de la orden franciscana seglar. De vez en cuando se acercaba al monasterio benedictino de Ríosacro, a recibir los sacramentos. Pero tuvo que abandonar el lugar, ya que acudía a él mucha gente de toda condición, en busca de ayuda y consuelo material y espiritual. Con su oración curó a un cierto Pedro de Brunfort, tullido de nacimiento e incapacitado para andar; devolvió la vista a un tal Antonio, que había perdido un ojo cortando leña; liberó a una pobre mujer asaltada por dolores agudos y por convulsiones; y curó a algunos endemoniados.

Para evitar nuevas peregrinaciones de devotos se mudó al otro lado del monte Ragnolo, a un lugar rodeado de rocas y hayas, cerca de Fiegni. Aquí permanecerá Hugolino hasta el final de sus días, dedicado a la oración y la meditación en íntima unión con Dios, domando los instintos de su cuerpo con ayunos y abstinencias. Se alimentaba con el poco pan que recibía de limosna, con hierbas y raíces, y bebía de una fuente que, según la tradición, hizo brotar él mismo. Su lecho era una tabla desnuda. En la soledad de la cueva sufrió tentaciones y tuvo visiones alucinantes, apariciones diabólicas que le impedían el sueño y le quitaban el apetito, pero siempre salió vencedor en las pruebas. Nuevas peregrinaciones de devotos empezaron a acudir en su busca, y se cuentan nuevos prodigios obrados por su intercesión.

El beato Ugolino Malagotti vivió como ermitaño unos 30 años, hasta que, cargado de años y consumido por los ayunos y las mortificaciones, murió en su cueva el 11 de diciembre de 1373, asistido por algunos de sus devotos y por un monje sacerdote de Ríosacro. Su cuerpo fue llevado al castillo de Fiegni, donde había nacido, y lo sepultaron en la antigua iglesia abandonada de San Juan Bautista, que pasó a denominarse de los Santos Juan y Hugolino. Hoy es conocida como Santuario del Beato Hugolino. Cerca de la fuente donde el beato se retiraba a orar edificaron, ya en la actualidad, una capillita dedicada a él. El papa Pío IX aprobó el culto litúrgico el 4 de octubre de 1856.
fuente: Frate Francesco



Beato Jerónimo Ranuzzi

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Beato Jerónimo Ranuzzi, religioso presbítero
En Sant'Angelo in Vado, también en el Piceno, beato Jerónimo Ranuzzi, presbítero de la Orden de los Siervos de María, que en la soledad y el silencio consiguió la ciencia de los santos.
Jerónimo Ranuzzi era un hombre de estudio y un contemplativo, que se distinguió desde la infancia por su piedad y amor al estudio. Nació a fines del siglo XIV, en Sant' Angelo in Vado, que es un pueblecito de las cercanías de Urbino. En esta última ciudad se fundó uno de los primeros conventos de Siervos de María. Ranuzzi ingresó en él antes de cumplir veinte años y recibió con el hábito el nombre de Jerónimo. Después de hacer la profesión, fue enviado a la Universidad de Bolonia, donde se doctoró en teología. En seguida, recibió la ordenación sacerdotal y fue profesor en varias casas de estudios de su orden en Italia. Al cabo de algunos años, sus superiores le dieron permiso de retirarse algún tiempo al convento de su pueblo natal.

El P. Jerónimo se ganó el cariño de todo el mundo. Pronto empezó a llamársele «Angel del buen consejo», por la solicitud con que practicaba las obras de misericordia espirituales y temporales y por la prudencia con que resolvía dificultades de toda clase. Su fama llegó a oídos de Federico de Montefeltro, duque de Urbino, quien pidió a los superiores del beato que se lo enviasen como teólogo y consejero. Esa ocupación era la que el P. Jerónimo menos hubiese deseado, pero la aceptó por obediencia. No sabemos cuánto tiempo permaneció en la corte de Federico. Lo cierto es que tuvo allí tanto éxito como en el monasterio, llevó a cabo ciertas negociaciones con la Santa Sede, y cooperó en la solución de los asuntos de Estado con gran satisfacción del duque. Finalmente, el beato consiguió regresar a Sant' Angelo. Antes de morir, reconstruyó el convento de religiosas. Murió súbitamente el 11 de diciembre de 1455. La devoción que el pueblo le profesaba era tan grande y los milagros que obró fueron tan numerosos, que su cuerpo no fue sepultado en el cementerio conventual, sino colocado en un nicho sobre el altar, en la iglesia de los servitas de Sant'Angelo. Su culto fue confirmado en 1775.

 A. Giani, Annales Ordinis Servorum, vol. I, pp. 491-492; en el vol. III, pp. 599-600, 
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI






Interceda, Señor, por nosotros el beato Jerónimo, a quien tu llenaste de admirables dones del Espíritu Santo, a fin de que, llenos de la sabiduría de Cristo, actuemos en todas las circunstancias de la vida con prudencia y madurez de juicio. Por nuestro Señor Jesucristo. Amén.




Beatos Martín de San Nicolás

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Beatos Martín de San Nicolás Lumbreras Peralta y Melchor de San Agustín Sánchez Pérez, presbíteros y mártires
En Nagasaki, en Japón, beatos Martín de San Nicolás Lumbreras Peralta y Melchor de San Agustín Sánchez Pérez, presbíteros de la Orden de San Agustín y mártires, los cuales, apenas llegados a esta ciudad, fueron apresados, arrojados en una celda oscura y después quemados vivos.
Martín Lumbreras nació en Zaragoza de noble familia, en 1598. Vistió el hábito de agustino recoleto en el convento de Borja, realizando los votos en Zaragoza eb 1619. Tres años más tarde, en julio 1622, partía de Cádiz hacia las islas Filipinas, donde arribó al año siguiente acompañado de otros trece misioneros agustinos recoletos. Era particularmente afecto al retiro claustral, y sus superiores lo destinaron al convento de Manila, en un primer tiempo como sacristán mayor, y luego, por un período de ocho años, como maestro de novicios. En estos años promovió grandemente el culto a la Virgen del Pilar, a la cual dedicó una imagen y un altar en la iglesia de San Nicolás. Su deseo secreto era, sin embargo, el Japón: vivir y morir por esta comunidad cristiana, tan probada en aquel tiempo. Con una carta del 4 de agosto de 1631 comunicó su deseo al vicario general, y exactamente un año después, el 4 de agosto de 1632, partía de Manila para el Japón en compañía del P. Melchor de San Agustín, que será su compañero inseparable hasta el martirio. Juntos llegaron a Nagasaki ocho días después.

Melchor Sánchez nació en Granada en 1599. A la edad de diecinueve años pronunció los votos religiosos en el convento de los Agustinos Recoletos de la propia ciudad natal. En 1621 partía a las Filipinas en compañía de otros veintitrés misioneros agustinos recoletos, llegando a Manila en julio de 1622. Aprendió los dialectos tagalog e hisaya, y ejercitó el apostolado en las misiones de Mindanao abiertas hacía poco, sin duda las más difíciles del archipiélago. Según parece, pasó cierto tiempo en Manila como predicador de los españoles hasta el 4 de agosto de 1632, cuando se cumplió su deseo de ir al Japón. En este punto su vida se junta con la de Martín.

Por disputas surgidas con los comerciantes chinos que los habían hecho ingresar al territorio japonés, uno de ellos denunció la entrada de los misioneros al gobernador de Nagasaki. Informados de la traición, los misioneros buscaron inmediatamente una vía de escape en los montes, donde encontraron al padre Domingo Equicia, que los introdujo en el ambiente y los instruyó en el idioma del país. Pero la permanencia en los montes no fue larga, porque su ansia los empujó pronto a descender a la ciudad donde, descubiertos y reconocidos por los agentes del gobernador, fueron apresados el 3 de noviembre de 1632, cuando aun no habían transcurrido tres meses de su arribo.

El gobernador intentó, en nombre del emperador, hacerlos abjurar del cristianismo, pero fue inútil. Irritado, firmó la sentencia de muerte, que fue ejecutada el 11 de diciembre siguiente. Comenzado el suplicio, los dos misioneros fueron atados muy débilmente, de modo que pudieran escapar del tormento si cambiaran de parecer respecto de la apostasía. Sin embargo, Melchor murió a las cuatro horas, y Martín, para admiración de los circunstantes, resistió dieciocho horas.

El proceso informativo sobre el martirio comenzó enseguida. Ya en 1633 el obispo Diego Valente tenía las primeras noticias desde Macao, donde testimoniaron veintidós comerciantes portugueses. Algunos años más tarde, en 1637, Pedro de San Juan, gobernador de Macao, envió un más amplio testimonio de treinta y seis mercaderes portugueses, treinta y dos de los cuales habían estado presentes en el martirio. Sin embargo, sólo en 1920 se emitió el decreto de iniciación del proceso apostólico. Fueron beatificados por SS Juan Pablo II el 24 de abril de 1989.
fuente: Santi e Beati


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