San Sabino de Piacenza | |
San Sabino de Piacenza, obispo
En Piacenza, de la Emilia, san Sabino, obispo, que convirtió una multitud de gente a la fe, fundó también monasterios de vírgenes y defendió enérgicamente la fe nicena.
Las cartas de san Ambrosio a san Sabino dan testimonio de la estrecha amistad que unía a los dos obispos, así como de la gran fama de san Sabino, ya que en una de sus cartas san Ambrosio le pide su opinión sobre algunos tratados que le había enviado. San Sabino asistió al Concilio de Aquilea contra los arrianos, en 381, y al Concilio de Milán contra Joviniano, nueve años más tarde. Probablemente nuestro santo se identifica con Sabino, el diácono de Milán, a quien el papa san Dámaso envió al Oriente con motivo de los disturbios producidos por los arrianos en Antioquía. San Gregorio nos ha transmitido la leyenda según la cual san Sabino modificó el curso desastroso de una corriente, escribiendo una orden y arrojándola al río Po: las aguas obedecieron, volviendo a su cauce normal (San Gregorio Magno es muy dado a recoger acríticamente este tipo de narraciones legendarias). Se dice que San Sabino murió el 11 de diciembre del 420.
El escasísimo material que puede coleccionarse sobre san Sabino se halla reunido en Acta Sanctorum, enero, tomo II, pág 163.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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San Daniel «Estilita» | |
San Daniel «Estilita», monje y presbítero
En Constantinopla, san Daniel, llamado «Estilita», presbítero, que, después de vivir en el cenobio y soportar muchos trabajos, según la costumbre y ejemplo de san Simeón permaneció en lo alto de una columna hasta su muerte, durante treinta y tres años y tres meses, sin que le hicieran mella el frío, el calor, ni los vientos.
Si se exceptúa a san Simeón, el primero y más grande de todos los estilitas (es decir, los eremitas orientales que vivían sobre una stylos o columna), el más famoso de ese grupo de santos es san Daniel. Sus padres, que habían rogado a Dios que les concediese un hijo, le consagraron a Él desde antes de su nacimiento. Daniel nació en Martha, cerca de Samosata. A los doce años, ingresó en un monasterio de los alrededores y a los trece tomó el hábito. El abad del monasterio llevó a Daniel por compañero en un viaje a Antioquía. Al pasar por Telenissae, visitaron a san Simeón en su columna. Éste ordenó a Daniel que se acercase, le dió su bendición y le predijo que sufriría mucho por Jesucristo. A la muerte del abad, ocurrida poco después, Daniel fue elegido para sucederle pero se negó a aceptar el cargo y fue nuevamente a visitar a san Simeón. Después de pasar dos semanas en el monasterio próximo a la columna de san Simeón, Daniel emprendió una peregrinación a Tierra Santa, pero, como la guerra le impidiese proseguir, se dirigió a Constantinopla. Allí pasó una semana en la iglesia de San Miguel extramuros, y después, se construyó una ermita en un templo abandonado de Filémpora, donde pasó nueve años, bajo la protección del patriarca san Anatolio. Finalmente, Daniel se decidió a imitar el género de vida de san Simeón, quien había muerto el año 459. San Simeón había legado su túnica al emperador León I, pero como su discípulo Sergio, encargado de hacer llegar la prenda a su destinatario, no obtuvo audiencia del emperador, regaló la túnica a san Daniel. Éste eligió un sitio sobre el Bósforo, a unos cuantos kilómetros de la ciudad, y se instaló en una ancha columna que un amigo le había mandado construir. Como el santo hubiese estado a punto de perecer de frío una noche, el emperador le construyó más tarde una columna más alta y mejor, en realidad eran dos columnas unidas con varillas, y en la plataforma superior rodeada por una balaustrada, había una especie de refugio.
Aunque en la región abundaban los vientos helados, san Daniel vivió en su columna hasta los ochenta y cuatro años. La ordenación sacerdotal de Daniel tuvo lugar allí mismo. En efecto, Genadio, patriarca de Constantinopla, leyó las oraciones desde abajo, en seguida subió a la columna, probablemente para imponerle las manos, aunque las crónicas dicen simplemente que subió para darle la comunión. San Daniel no quería recibir la ordenación y por ello no bajó de la columna en esa ocasión. El año 465, un incendio destruyó ocho de los barrios de Constantinopla. San Daniel había predicho la catástrofe y había aconsejado al patriarca y al emperador que se hiciesen oraciones públicas dos veces por semana, pero éstos no habían creído la profecía. Al cumplirse el vaticinio, todo el pueblo acudió a la columna de san Daniel, quien extendió los brazos hacia el cielo y oró por la multitud. El emperador León, que tenía gran veneración por el santo, iba a visitarle con frecuencia. Cuando el rey de los lazios de Cólquide llegó a renovar su alianza con los romanos, León I le llevó a visitar a san Daniel, a quien consideraba como una de las maravillas del imperio. Sin embargo, no todos respetaban al santo. En efecto, algunos hombres «que solían frecuentar a las prostitutas», enviaron a una mujer de mala vida llamada Basiana, para tentar a san Daniel. La tentativa fracasó, pero Basiana afirmó que había tenido éxito, hasta que, enredada en sus propios embustes, confesó públicamente la verdad y delató a los que la habían enviado. León I murió el año 474. Zenón, que le sucedió en ese mismo año, tenía tanta confianza como León en la prudencia y virtud de san Daniel. Basilisco, hermano de la reina viuda Verina, usurpó el trono y se declaró protector de los herejes eutiquianos. Acacio, patriarca de Constantinopla, mandó informar a san Daniel sobre la actitud del usurpador. Por su parte, Basilisco se quejó ante el santo de que Acacio estaba tramando una rebelión contra él. San Daniel replicó que Dios iba a derribarle de su trono y pronunció tales invectivas contra el usurpador, que el mensajero no se atrevió a comunicárselas de palabra y rogó al santo que las escribiese y sellase la carta. El patriarca mandó pedir en dos ocasiones a san Daniel que acudiese en auxilio de la iglesia. Finalmente, el santo descendió de su columna «con dificultad, porque le dolían los pies», y fue acogido con gran gozo por el pueblo. Basilisco, asustado ante la actitud de la muchedumbre, se retiró a un palacio que tenía en el campo. San Daniel fue a verle allá. Como apenas podía caminar por falta de práctica, fue transportado en una silla de manos, escoltado por el pueblo.
Alguien comentó, para burlarse del santo, que parecía un cónsul. Los guardias de palacio impidieron la entrada a san Daniel, y el Emperador alegó que él era «simplemente un soldado», y prometió que dejaría de favorecer a los herejes. San Daniel le reprendió ásperamente por los desórdenes que había provocado y retornó a su columna. Allí vivió todavía muchos años, observando los acontecimientos del mundo que se extendía a sus pies y ejerciendo gran influencia en la turbulenta historia de Constantinopla. Zenón volvió de Isauria con su ejército veinte meses más tarde y Basilisco emprendió la fuga. Una de las primeras cosas que hizo el emperador fue visitar a san Daniel, quien había predicho su destierro y reencumbramiento.
A los ochenta y cuatro años, san Daniel comunicó su testamento a sus amigos y discípulos. Se trataba de un documento brevísimo, lleno de un amable espíritu de caridad y cariño, en el que el santo exponía sucintamente los deberes del hombre. Después de celebrar por última vez los sagrados misterios en su columna, san Daniel comprendió que Dios ya lo llamaba. Inmediatamente mandó traer al patriarca Eufemio. La muerte del santo ocurrió el año 493. Fue sepultado al pie de la columna en que había vivido treinta y tres años.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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Beato David de Himmerod, | |
Beato David de Himmerod, monje
En el monasterio de Himmerod, de la región de Tréveris, en Alemania, beato David, monje, el cual, aunque débil de cuerpo, fue recibido en Claraval por san Bernardo, quien después le envió con los hermanos a Alemania para fundar un monasterio y allí se entregó día y noche a la oración y a las buenas obras.
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Beato Francisco Lippi
Beato Francisco Lippi, eremita
En Siena, de la Toscana, beato Francisco Lippi, ermitaño de la Orden de los Carmelitas, célebre por la austeridad de su vida.
Franco (o Francisco) Lippi nació en Grotti, cerca de Siena, en 1211. En su juventud era violento, insubordinado y perezoso. Después de la muerte de su padre, gastó su herencia y perdió su tiempo en los juegos de azar y las francachelas. Para evitar que la justicia le encarcelase por un asesinato, Franco se enroló en un regimiento de «condottieri», donde pudo entregarse a sus anchas a todos los vicios. En la madurez, los excesos habían ya echado a perder su salud y le habían puesto varias veces a las puertas de la muerte. A los cincuenta años perdió la vista. La impresión que ello le produjo le cambió el corazón. En efecto, hizo una confesión general y emprendió una larga y penosa peregrinación a Santiago de Compostela. Allí recobró la vista; pero su conversión había sido sincera, y Franco hizo una peregrinación a pie desde Compostela hasta Roma.
Un día, cuando se hallaba orando en una iglesia de los carmelitas, la Santísima Virgen se le apareció y le ordenó que hiciese penitencia pública por todos los escándalos que había dado en Siena. El beato empezó a recorrer las calles vestido con harapos al tiempo que se disciplinaba. Algún tiempo después, pidió la admisión en la orden del Carmelo. Pero, como tenía ya sesenta y cinco años, y su mala reputación no había desaparecido del todo, los frailes no se atrevieron a admitirle y le dijeron que volviese cinco años más tarde. Franco insistió y, finalmente, fue admitido como hermano lego. Dios le concedió diez años de vida en el Carmelo. No sólo los hermanos del beato sino todo el pueblo admiraron su fervor y se edificaron de su austeridad. Según se dice, el Beato Franco tuvo varias visiones y obró milagros. Murió el 11 de diciembre de 1291, y todo el pueblo le reconoció espontáneamente como un santo de gran austeridad. Su culto fue confirmado en 1670. Algunas veces se lo confunde con el beato Franco de Siena (Francisco Patrizi), servita, muerto en 1328.
G. Lombardelli publicó una en 1590, titulada «La vita del b. Franco Sanese da Grotti»; S. Grassi publicó otra en 1680. Hay un relato más moderno en «Il Monte Carmelo» (1917), pp. 300 ss.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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