Dos palabras, de un tal Mateo.
Domingo del Bautismo del Señor (A): Mateo 3,13-17. Bautizarse es decidir ser humano. Lo medito y escribo CONTIGO.
Después de celebrar la fiesta de Reyes, la Iglesia nos propone la celebración y recuerdo del acontecimiento del Bautismo de Jesús de Nazaret. Es decir, debemos saber todos que Jesús se bautizó y debemos ser conscientes de qué significa ser o estar bautizado. Quiero decir de entrada que con la institucionalización del ‘Bautismo de niños’ se perdió para siempre el mensaje evangélico a propósito del bautismo de Jesús. El sacramento se comió al evangelio.
En este domingo segundo del nuevo año 2020 tengo una vez más la oportunidad de mirar y escuchar al Evangelio para seguir olvidando lo que se me fue pegando en los adentros sobre el sacramento. Todavía siguen mis oídos sorprendiéndose de que en la Iglesia vaticana que se dice de Jesús se afirme sin rubor alguno que por el sacramento del bautismo se empieza a ser hijo de Dios. Si alguno se atreve a contradecirme, que preste atención en el próximo funeral.
Los datos de los cuatro Evangelios sobre el Bautismo de Jesús son muy claros. La idea de bautizar nació con la decisión de un judío llamado Juan que se atrevió a perdonar los pecados de los hombres y mujeres de Israel como lo hacían los sacerdotes en el templo de Jerusalén por medio de la ofrenda a Yavé Dios de sacrificios regulados por la Ley de Moisés o de su interpretación por medio de los Maestros (rabinos) de esa misma Ley. Aquel judío llamado Juan perdonaba los pecados por medio de un bautismo en el río Jordán y sin necesidad alguna de ofrendas o sacrificios. Las autoridades religiosas del Templo y de Israel condenaron a Juan.
Sin embargo, otro judío como Jesús de Nazaret de Galilea fue a ver y a conocer el actuar de este Juan que llegó a llamarse ‘el Bautista o el Bautizador’. Jesús comprendió y aceptó esta manera de actuar y decidió bautizarse. Sólo el Evangelista Lucas (3,21-23) nos dice que Jesús tenía, precisamente, unos treinta años cuando se acercó a ser bautizado por Juan. Los demás Evangelista no precisan la edad del bautismo de Jesús, pero en todos está clarito que Jesús de Nazaret bautizado por Juan era un judío adulto, libre y responsable. Jesús decidió bautizarse.
Cada uno de los cuatro Evangelistas cuenta a su modo el hecho del Bautismo de Jesús por Juan. En cada uno de estos modos peculiares su narrador señala o subraya los aspectos que le interesan de su Jesús de Nazaret.
Entre otras muchas más cuestiones, me gustaría ahora subrayar un aspecto que los tres Evangelios Sinópticos (Mt 3,16; Mc 1,10 y Lc 3,21) nos comentan. Se trata de un dato que no es histórico, sino simbólico y teológico. Con esto no estoy diciendo que este dato sea una mentira, sino que hay que aplicarse con atención a descubrir la verdad que se nos desea compartir. Este dato es ‘el rompimiento de los cielos por donde aparece una paloma y desde donde se oye una voz’. Esto parece suceder únicamente porque los cielos estaban cerrados. En esos cielos cerrados habitaban los dioses que los humanos nos hemos ido creando a nuestra imagen y semejanza. Al abrirse esos cielos los dioses pudieron compartir sus vidas con los humanos. Y se rompieron las distancias y ya sólo hubo una casa para todos. La casa común de este mundo y de esta vida. Con este Jesús abridor de los cielos aprendemos a ser humanos. Carmelo Bueno Heras. En Madrid, 12.01.2020. Y también en Madrid, 11.01.2026.
Comentario segundo
“Todo cuanto deseas que te hagan, házselo a los demás” (Mt 7,12)
CINCO MINUTOS para compartir el comentario de la 7ª página del Evangelio de Mateo 5,1-16
Leímos en el texto anterior del Evangelista Mateo que su Jesús de Nazaret enseñaba en las sinagogas de Galilea (4,23-25). ¿Qué enseñaba? Su buena noticia, que no era otra que su Evangelio. Y esta buena noticia la empezamos ahora mismo a conocer: “Al ver tanta gente, Jesús subió a la montaña, se sentó... comenzó a enseñarles... Felices, bienaventurados... dichosos... Sois la sal de la tierra... Sois la luz del mundo...” (Mt 5,1-16).
Con estas expresiones se inicia el primer discurso que este Evangelista pone en boca de su Jesús de Nazaret. Este discurso comienza en 5,1 y acaba en 7,28-29. Tres capítulos completos de su narración sobre Jesús. Este discurso es el primero de los cinco que pronuncia Jesús a lo largo de todo su Evangelio, según dice su biógrafo Mateo. Cuando Jesús acaba cada uno de estos cinco discursos, el Evangelista lo constata explícitamente: 7,28-29; 11,1; 13,53; 19,1 y 26,1. Cinco discursos de Jesús, o la alternativa a los cinco libros de la Ley de la Religión judía.
Cuando se lee el primer discurso al que siempre se le suele llamar de ‘Las Bienaventuranzas’, ¿puede un lector olvidar la imagen del gran Moisés en lo alto del Monte Sinaí mientras recibe las llamadas ‘Tablas de la Ley’ de manos de Yavé Dios de Israel? Mateo me está diciendo que el nuevo Moisés es éste, su Jesús de Nazaret, que no habla de leyes, ni de mandamientos, ni de preceptos, sino de cómo ser, vivir y experimentar la alegría de la felicidad. ¡La alegría de vivir!
Las nueve (ocho más una) bienaventuranzas de este Jesús de Nazaret de Mateo son la alternativa, he apuntado antes, de la Ley de Moisés y también son la alternativa a todo el mensaje, que se encierra como en una semilla, del salmo primero que anuncia y reza este pueblo como si su sabio rey David fuera el autor que lo escribe y proclama como recibido de su Yavé Dios. Estas bienaventuranzas del Jesús de Mateo, ¿quién no las conoce desde niño?
Junto a estas bienaventuranzas y para comprender bien su contenido y sus consecuencias, el narrador pone en boca de su Jesús dos parábolas, breves, directas e incisivas como solía ser el lenguaje de los viejos profetas de este pueblo. Jesús y sus seguidores son, somos tú y yo, sal. Cuando esta sal está en su exacto punto, medida y lugar nadie habla de su presencia ni de su identidad o de su misión. Esta presencia y misión de la sal es sólo estar. Todo su hacer es estar. Jesús y sus seguidores son, somos tú y yo, luz. Una luz que cuando está en su exacto punto, medida y lugar nadie habla de su presencia, de su identidad ni de su misión. Esta presencia y misión es sólo estar. Todo su hacer es estar, ser luz, iluminar...
Estar entre las gentes con quienes se vive como lo está la sal en el guiso que es la vida o como lo está la luz tanto de día como de noche es una opción que a uno le nace de dentro sin que nadie se lo imponga. Ser sal o ser luz es una decisión, no una imposición. Decisiones como éstas y compartidas con otras decisiones semejantes son las que configuran la presencia real y verdadera del ‘Reino de los Cielos’, del que ya hablaba Juan el Bautista (Mt 3,1-2) y el propio Jesús (Mt 4,17). Este Reino vive donde arraiga la alegría de vivir (Mt 7,12). Carmelo Bueno Heras. En Madrid, 13.01.2019. Y también en Madrid, 11.01.2026.
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