Uno de cuatro.
Puedes cerrar los ojos y rezar para que vuelva;
o puedes abrirlos y ver todo lo que he dejado.
Tu corazón puede estar vacío, porque no me puedes ver;
o puede estar lleno del amor que compartimos.
Puedes llorar, cerrar tu mente, sentir el vacío y dar la espalda;
o puedes hacer lo que a mí me gustaría:
sonreír, abrir los ojos, amar y seguir."
Comentario primero:
Domingo de La Ascensión. Ciclo A (17.05.2026): Mateo 28,16-20. ¿Ascensión? ¡Encarnación!, mejor. Lo medito así y lo escribo CONTIGO,
Bienvenido a este nuevo domingo de mayo en el que se inicia, dentro de las tareas de la liturgia eclesiástica, un alargado punto final de los tiempos de la Pascua. Se trata de los cuatro últimos domingos antes de comenzar el tiempo ordinario (TO): Ascensión, Pentecostés, Santísima Trinidad y el Corpus. Celebraremos cuatro tradiciones de la Religión Católica, profundamente arraigadas en los entresijos de la ‘religiosidad popular’. ¡Cuánta teología!
Quienes escriben sobre estas tradiciones católicas saben que deben elegir las palabras acertadas para dejar suficientemente satisfechas a cuantas personas vayan a pasearse por sus escritos. También habrá escritores que con sus afirmaciones, dudas o interrogantes levanten sarpullidos en la ‘dermis religiosa’ que todos llevamos más o menos a flor de piel.
El relato del Evangelio de Mateo 28,16-20 es un ejemplo adecuado como anillo al dedo de esto que estoy apuntando. En este texto del Evangelista no se habla de ‘ninguna ascensión’ del sepultado Jesús de Nazaret a ningún otro lugar que no sea esta misma realidad de la naturaleza. ¿Estoy diciendo que aquel Jesús no ascendió a los cielos? Sí, y eso es lo que creo que nos escribió a todos cuantos deseamos leerlo con sentido crítico e iluminador. Mateo dixit.
Transcribo literalmente la última expresión del relato que se nos leerá en la liturgia y que, a su vez, es la expresión con la que finaliza el narrador Mateo su Evangelio: “Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de los tiempos” (Mt 28,20). Estas palabras las ha puesto el Evangelista en boca de su Jesús. En el Jesús de Nazaret en quien él y su iglesia creen.
Curiosamente, este relato que se nos lee está ubicado muy intencionadamente por su autor en el monte de Galilea en el que el propio Jesús les había citado. ¿De qué monte se trata? En mi modesto interpretar se trata del monte del capítulo quinto de este Evangelio. El monte de las llamadas ‘Bienaventuranzas’. El monte donde este Evangelista pone en boca de este Jesús en quien creía el primero de sus cinco discursos.
Eran los discursos de este nuevo Moisés que trae, para quienes le escuchan y acogen, otras tablas, leyes, caminos, palabras, credos, tradiciones... ¿Cómo me voy a olvidar de aquella melodía de la música de este laico de Galilea: “Se os dijo... En cambio yo os digo...”? Y ya bien situados vuelvo a transcribir la síntesis de este sabio narrador de la vida que fue Jesús y que lo fue también su Evangelista Mateo: “Todo cuanto queráis que os hagan los demás, hacédselo a ellos. En esto está toda la Ley y los Profetas” (Mt 7,12). ¡Pues a compartir lo que nos enseñó!
Desde este monte de la Galilea y desde esta experiencia de la vida, pasión y muerte de Jesús se comprende perfectamente que aquel hombre resucitó y se quedó para siempre vivo y presente en los adentros de cuantos le conocieron y de cuantas personas, sinverlo-sinoírlo-sintocarlo, sienten-saben-creen que vive en ellas. ¡Pues a compartir lo que nos enseñó! Así, tal vez, además de hablar de ‘ascensión’ convendría hablar también de ‘encarnación’ o propiamente ‘inmersión en ti, en mí, en el otro’, en cada uno de los adentros de las personas.
Carmelo Bueno Heras. En Madrid, 24.05.2020. Y también en Madrid, 17.05.2026.
Comentario segundo:
“Todo cuanto deseas que te hagan, házselo a los demás” (Mt 7,12)
CINCO MINUTOS para compartir el comentario de la 25ª página del Evangelio de Mateo 14,1-12.
Después de la preciosa narración, en forma de palindromía en torno a las parábolas, sobre ‘la familia del Reino’ este narrador Mateo cambia de asunto con esta expresión tan sencilla como una puntada bien dada: “Por aquel entonces” (Mt 14,1). El asunto nuevo, en realidad, no lo es tanto. El narrador cuenta que su Jesús de Nazaret sigue evangelizando por la región de su Galilea y sigue despertando la sorpresa de quienes le escuchan directa o indirectamente.
Uno de estos audientes de los hechos y dichos sobre Jesús es una autoridad judía. Tetrarca dicen unos o virrey, dicen otros. Esta autoridad es, sea lo que sea el cargo, una persona y se llamaba Herodes. No se trata del famoso Herodes judío que vivió en el siglo anterior y al que se le identificaba como Herodes el Grande. Este virrey Herodes está presentado por el redactor Mateo como una autoridad títere. Actúa según el aire que más le importa.
Frente a esta autoridad tan corrompida o deshumanizada se va a comprender en toda su estatura humana la personalidad tanto de Juan, el bautizador, como del propio Jesús de Nazaret. Este Herodes títere acabará con la vida de Juan. Y no mucho más tarde en el tiempo, otra autoridad romana llamada Pilato aprobará la muerte en una cruz de Jesús de Nazaret. Tanto de Juan (Mt 14,5), como de Jesús se dirá que fueron condenados y ejecutados por actuar como el ‘profeta’ denunciador de la autoridad, religiosa o política, deshumanizadora. Cuando aquel títere virrey Herodes oye hablar de cuanto hace y enseña Jesús de Nazaret por las tierras de su Galilea se dice para sus adentros que este Jesús es aquel Juan que bautizaba y que había resucitado. El muerto y enterrado Juan (14,12) había resucitado en la persona del propio Jesús de Nazaret. Dicho al revés y para que lo entendamos bien: aquel Herodes llegó a justificar sus decisiones diciéndose que Jesús resucitó a Juan, el perdona pecados bautizador.
Los anuncios y las denuncias de un profeta, sea en aquel Israel del siglo primero o sea en cualquier otro rincón de este mundo, siempre trae como consecuencia la represión ejercida por la autoridad -política, religiosa, económica, empresarial, ideológica, médica o educativa-. Al poder de la autoridad solo le ocupa y preocupa la obediencia, la sumisión y el halago... ¿...? Por hablar, este Juan fue atrapado y encarcelado y decapitado... Una vez más se cumple aquello tan deshumanizado de que el mejor enemigo es el enemigo muerto. Cuando leemos esta secuencia de hechos en la historia y en la persona de Juan el Bautista, todo lector está imaginándose que al profeta Jesús le sucederá algo semejante. Juan y Jesús de nuevo unidos.
El mensaje de Mateo 14,12 me sorprende por la intensidad de la pena y de la ternura al mismo tiempo: “Llegaron después sus discípulos, recogieron el cadáver y lo sepultaron y fueron a informar a Jesús”. Con esta sorpresa de las emociones me he leído muy despacio el relato de Mateo 27,57-61. La persona matada ahora es el propio Jesús de Nazaret, el profeta hablador. Y el discípulo sepultador es un hombre de Arimatea llamado José. Y alguien más. Dos mujeres: “Estaban allí María Magdalena y la otra María, sentadas frente al sepulcro”. ¿Por qué Mateo las coloca siempre tan cerca de Jesús y la Iglesia sigue teniendo miedo de su voz y de su voto?
Carmelo Bueno Heras. En Madrid, 19.05.2019. Y también en Madrid, 17.05.2026.
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