martes, 1 de enero de 2019

Fiesta de María, Santa Madre de Dios: “Necesitamos confiarnos a la Madre” 01012018


Misa del 1 de enero de 2019 © Vatican Media


Misa Del 1 De Enero De 2019 © Vatican Media

Fiesta de María, Santa Madre de Dios: “Necesitamos confiarnos a la Madre”

Homilía del Papa Francisco
(ZENIT – 1 enero 2019).- “Hay mucha dispersión y soledad a nuestro alrededor, el mundo está totalmente conectado, pero parece cada vez más desunido. Necesitamos confiarnos a la Madre”, ha exhortado el Papa Francisco en la Misa dedicada a la Solemnidad de María Santísima, Madre de Dios.
El Papa Francisco ha presidido la Eucaristía con motivo de la Solemnidad de María Santísima Madre de Dios, en la Octava de Navidad, a las 10 horas, en la Basílica Vaticana, coincidiendo con la celebración de la 52ª Jornada Mundial de la Paz, que este año trata sobre La buena política al servicio de la paz.
“Tómanos de la mano, María”, he orado Francisco en su homilía. “Aferrados a ti superaremos los recodos más estrechos de la historia. Llévanos de la mano para redescubrir los lazos que nos unen. Reúnenos juntos bajo tu manto, en la ternura del amor verdadero, donde se reconstituye la familia humana: Bajo tu protección nos acogemos, Santa Madre de Dios”.
“Acojamos con asombro el misterio de la Madre de Dios”, ha invitado el Pontífice, “como los habitantes de Éfeso en el tiempo del Concilio. Como ellos, la aclamamos «Santa Madre de Dios». Dejémonos mirar, dejémonos abrazar, dejémonos tomar de la mano por ella”.
“Admiración”: Francisco ha llamado a vivir esta actitud al comienzo del año, porque la vida es un don “que siempre nos ofrece la posibilidad de empezar de nuevo”, ha recordado. “Al inicio del año, pidámosle a ella la gracia del asombro ante el Dios de las sorpresas”. (…) “Renovemos el asombro de los orígenes, cuando nació en nosotros la fe”, ha exhortado el Santo Padre.
RD
A continuación, ofrecemos la homilía que ha pronunciado el Santo Padre esta mañana, en la Santa Misa.
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Homilía del Papa Francisco
«Todos los que lo oían se admiraban de lo que les habían dicho los pastores» (Lc2,18). Admirarnos: a esto estamos llamados hoy, al final de la octava de Navidad, con la mirada puesta aún en el Niño que nos ha nacido, pobre de todo y rico de amor. Admiración: es la actitud que hemos de tener al comienzo del año, porque la vida es un don que siempre nos ofrece la posibilidad de empezar de nuevo, incluso en las peoressituaciones.
Pero hoy es también un día para admirarse delante de la Madre de Dios: Dios es un niño pequeño en brazos de una mujer, que nutre a su Creador. La imagen que tenemos delante nos muestra a la Madre y al Niño tan unidos que parecen una sola cosa. Es el misterio de este día, que produce una admiración infinita: Dios se ha unido a la humanidad, para siempre. Dios y el hombre siempre juntos, esta es la buena noticia al inicio del año: Dios no es un señor distante que vive solitario en los cielos, sino el Amor encarnado, nacido como nosotros de una madre para ser hermano de cada uno, para estar cerca: el Dios de la cercanía. Está en el regazo de su madre, que es también nuestra madre, y desde allí derrama una ternura nueva sobre la humanidad. Y nosotros entendemos mejor el amor divino, que es paterno y materno, como el de una madre que nunca deja de creer en los hijos y jamás los abandona. El Dios-con-nosotros nos ama independientemente de nuestros errores, de nuestros pecados, de cómo hagamos funcionar el mundo. Dios cree en la humanidad, donde resalta, primera e inigualable, su Madre.
Al comienzo del año, pidámosle a ella la gracia del asombro ante el Dios de las sorpresas. Renovemos el asombro de los orígenes, cuando nació en nosotros la fe. La Madre de Dios nos ayuda: Madre que ha engendrado al Señor, nos engendra a nosotros para el Señor. Es madre y regenera en los hijos el asombro de la fe, porque la fe es un encuentro, no es una religión. La vida sin asombro se vuelve gris, rutinaria; lo mismo sucede con la fe. Y también la Iglesia necesita renovar el asombro de ser morada del Dios vivo, Esposa del Señor, Madre que engendra hijos. De  lo contrario, corre el riesgo de parecerse a un hermoso museo del pasado. La “Iglesia museo”. La Virgen, en cambio, lleva a la Iglesia la atmósfera de casa, de una casa habitada por el Dios de la novedad. Acojamos con asombro el misterio de la Madre de Dios, como los habitantes de Éfeso en el tiempo del Concilio. Como ellos, la aclamamos «Santa Madre de Dios». Dejémonos mirar, dejémonos abrazar, dejémonos tomar de la manoporella.
Dejémonos mirar. Especialmente en el momento de la necesidad, cuando nos encontramos atrapados por los nudos más intrincados de la vida, hacemos bien en mirar la Virgen, a la Madre. Pero es hermoso ante todo dejarnos mirar por la Virgen. Cuando ella nos mira, no ve pecadores, sino hijos. Se dice que los ojos son el espejo del alma, los ojos de la llena de gracia reflejan la belleza de Dios, reflejan el cielo sobre nosotros. Jesús ha dicho que el ojo es «la lámpara del cuerpo» (Mt6,22): los ojos de la Virgen saben iluminar toda oscuridad, vuelven a encender la esperanza en todas partes. Su mirada dirigida hacia nosotros nos dice: “Queridos hijos, ánimo; estoy yo, vuestramadre”.
Esta mirada materna, que infunde confianza, ayuda a crecer en la fe. La fe es un vínculo con Dios que involucra a toda la persona, y que para ser custodiado necesita de la Madre de Dios. Su mirada materna nos ayuda a sabernos hijos amados en el pueblo creyente de Dios y a amarnos entre nosotros, más allá de los límites y de las orientaciones de cada uno. La Virgen nos arraiga en la Iglesia, donde la unidad cuenta más que la diversidad, y nos exhorta a cuidar los unos de los otros. La mirada de María recuerda que para la fe es esencial la ternura, que combate la tibieza. Ternura: la Iglesia de la ternura. Ternura, palabra que muchos quieren hoy borrar del diccionario. Cuando en la fe hay espacio para la Madre de Dios, nunca se pierde el centro: el Señor, porque María jamás se señala a sí misma, sino a Jesús; y a los hermanos, porque María esMadre.
Mirada de la Madre, mirada de las madres. Un mundo que mira al futuro sin mirada materna es miope. Podrá aumentar los beneficios, pero ya no sabrá ver a los hombres como hijos. Tendrá ganancias, pero no serán para todos. Viviremos en la misma casa, pero no como hermanos. La familia humana se fundamenta en las madres. Un mundo en el que la ternura materna ha sido relegada a un mero sentimiento podrá ser rico de cosas, pero no rico de futuro. Madre de Dios, enséñanos tu mirada sobre la vida y vuelve tu mirada sobre nosotros, sobre nuestras miserias. Vuelve a nosotros tus ojos misericordiosos.
Dejémonos abrazar. Después de la mirada, entra en juego el corazón, en el que, dice el Evangelio de hoy, «María conservaba todas estas cosas, meditándolas» (Lc 2,19). Es decir, la  Virgen guardaba todo en el corazón, abrazaba todo, hechos favorables y contrarios. Y todo lo meditaba, es decir, lo llevaba a Dios. Este es su secreto. Del mismo modo se preocupa por la vida de cada uno de nosotros: desea abrazar todas nuestras situaciones y presentarlas a Dios.
En la vida fragmentada de hoy, donde corremos el riesgo de perder el hilo, el abrazo de la Madre es esencial. Hay mucha dispersión y soledad a nuestro alrededor, el mundo está totalmente conectado, pero parece cada vez más desunido. Necesitamos confiarnos a la Madre. En la Escritura, ella abraza numerosas situaciones concretas y está presente allí donde se necesita: acude a la casa de su prima Isabel, ayuda a los esposos de Caná, anima a los discípulos en el Cenáculo… María es el remedio a la soledad y a la disgregación. Es la Madre de la consolación, que consuela porque permanece con quien está solo. Ella sabe que para consolar no bastan las palabras, se necesita la presencia; allí está presente como madre. Permitámosle abrazar nuestra vida. En la Salve Regina la llamamos “vida nuestra”: parece exagerado, porque Cristo es la vida (cf. Jn 14,6), pero María está tan unida a él y tan cerca de nosotros que no hay nada mejor que poner la vida en sus manos y reconocerla como “vida, dulzura y esperanza nuestra”.
Entonces, en el camino de la vida, dejémonos tomar de la mano. Las madres toman de la mano a los hijos y los introducen en la vida con amor. Pero cuántos hijos hoy van por su propia cuenta, pierden el rumbo, se creen fuertes y se extravían, se creen libres y se vuelven esclavos. Cuántos, olvidando el afecto materno, viven enfadados consigo mismos e indiferentes a todo. Cuántos, lamentablemente, reaccionan a todo y a todos, con veneno y maldad. La vida es así. En ocasiones, mostrarse malvados parece incluso signo de fortaleza. Pero es solo debilidad. Necesitamos aprender de las madres que el heroísmo está en darse, la fortaleza en ser misericordiosos, la sabiduría en la mansedumbre.
Dios no prescindió de la Madre: con mayor razón la necesitamos nosotros. Jesús mismo nos la ha dado, no en un momento cualquiera, sino en la cruz: «Ahí tienes a tu madre» (Jn 19,27) dijo al discípulo, a cada discípulo. La Virgen no es algo opcional: debe acogerse en la vida. Es la Reina de la paz, que vence el mal y guía por el camino del bien, que trae la unidad entre los hijos, que educa  a lacompasión.
Tómanos de la mano, María. Aferrados a ti superaremos los recodos más estrechos de la historia. Llévanos de la mano para redescubrir los lazos que nos unen. Reúnenos juntos bajo tu manto, en la ternura del amor verdadero, donde se reconstituye la familia humana: “Bajo tu protección nos acogemos, Santa Madre de Dios”. Digámoslo todos juntos a la Virgen: “Bajo tu protección nos acogemos, Santa Madre de Dios”.
© Librería Editorial Vaticano

Santa María, Madre de Dios. Solemnidad (1 de enero)

Santa María, Madre de Dios. Solemnidad

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La Solemnidad de Santa María Madre de Dios, fue la primera fiesta mariana que se festejó en la Iglesia occidental

 
Santa María, Madre de Dios, es una fiesta de la Iglesia en honor a la Santísima Virgen Maríaen su rol de la maternidad de Jesucristo el Señor, Hijo de Dios. María juega un rol muy importante en el Misterio de la Encarnación, convirtiéndose en madre de la segunda persona de la Santísima Trinidad.

Fiesta: 01 de Enero

Martirologio romano: Solemnidad de Santa María, Madre de Dios, en la octava de la Navidad del Señor y en el día de su Circuncisión. Los Padres del Concilio de Efeso la aclamaron como Theotocos, porque en ella la Palabra se hizo carne y acampó entre los hombres el Hijo de Dios, príncipe de la paz, cuyo nombre está por encima de todo otro nombre.

Santa María, Madre de Dios

La Iglesia Católica quiere comenzar el año pidiendo la protección de la Santísima Virgen María.
La fiesta mariana más antigua que se conoce en Occidente es la de "María Madre de Dios".
Ya en las Catacumbas, o antiquísimos subterráneos que están cavados debajo de la ciudad de Roma, y donde se reunían los primeros cristianos para celebrar la Misa en tiempos de las persecuciones, hay pinturas con este nombre: "María, Madre de Dios".

Solemnidad de Santa María, Madre de Dios

Abrir el año con la solemnidad de la Maternidad divina de María es el mejor principio del año. Ella está a la cabeza de todos los santos, es la mayor, la llena de Gracia por la bondad, sabiduría, amor y poder de Dios; ella es el culmen de toda posible fidelidad a Dios, amor humano en plenitud.
No extraña el calificativo superlativo de "santísima" del pueblo entero cristiano y es que no hay en la lengua mayor potencia de expresión. Madre de Dios y también nuestra... y siempre atendida su oración.
Si nosotros hubiéramos podido formar a nuestra madre, ¿qué cualidades no le habríamos dado? Pues Cristo, que es Dios, sí formó a su propia madre.
Y ya podemos imaginar que la dotó de las mejores cualidades que una criatura humana puede tener.
Pero, ¿es que Dios ha tenido principio? No. Dios nunca tuvo principio, y la Virgen no formó a Dios. Pero Ella es Madre de uno que es Dios, y por eso es Madre de Dios.
Y qué hermoso repetir lo que decía San Estanislao: "La Madre de Dios es también madre mía". Quien nos dio a su Madre santísima como madre nuestra, en la cruz al decir al discípulo que nos representaba a nosotros: "He ahí a tu madre", ¿será capaz de negarnos algún favor si se lo pedimos en nombre de la Madre Santísima?
Al saber que nuestra Madre Celestial es también Madre de Dios, sentimos brotar en nuestro corazón una gran confianza hacia Ella.

Dogma de María, Madre de Dios

Cuando en el año 431 el hereje Nestorio se atrevió a decir que María no era Madre de Dios, se reunieron los 200 obispos del mundo en Éfeso (la ciudad donde la Santísima Virgen pasó sus últimos años) e iluminados por el Espíritu Santo declararon:
"La Virgen María sí es Madre de Dios porque su Hijo, Cristo, es Dios". Y acompañados por todo el gentío de la ciudad que los rodeaba portando antorchas encendidas, hicieron una gran procesión cantando: "Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén".
El título "Madre de Dios" es el principal y el más importante de la Virgen María, y de él dependen todos los demás títulos y cualidades y privilegios que Ella tiene.
Los santos muy antiguos dicen que en Oriente y Occidente, el nombre más generalizado con el que los cristianos llamaban a la Virgen era el de "María, Madre de Dios"
La Virgen María es madre, amor, servicio, fidelidad, alegría, santidad, pureza. La Madre de Dios contempla en sus brazos la belleza, la bondad, la verdad con gozoso asombro y en la certeza del impenetrable misterio.

Video: Dios actúa en el silencio de tu alma, en los vacíos de tu corazón 01012019



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Oración de Sanación - Vídeo reflexión para hoy (Oración de sanación: Contigo a mi lado, la esperanza nunca morirá en mi corazón) 01012019


Oración de Sanación

Señor, Tú eres un Dios generoso que siempre tiene sus brazos abiertos y el corazón engrandecido para acoger a todos los que se acercan a Ti
Con humilde de corazón voy a Ti buscando tu paz y tu gracia con la intención de mejorar y ser alguien de provecho en esta vida, sobre todo para los míos.
Me abro al dulce misterio de tu encarnación, a esa venida gloriosa en la que millares de ángeles celestiales alabaron en cántico tu nacimiento divino.
Cómo los pastores que se acercaron en tu nacimiento para glorificarte, también yo quiero llenarme de tus maravillas y experimentar el gozo de tu paz.
Me siento protegido y amado por tu presencia, me sostienes, actúas con poder en mi vida y cumples en mi cada una de tus promesas de felicidad.
Como María, quiero ser testigo del milagro de tu amor, conservar y meditar toda tu divinidad en mi corazón y amarte con plena libertad.
Mi Dios, mi Rey, ven y mira lo profundo de mi corazón y repara todas aquellas grietas que el dolor y el sufrimiento han dejado a su paso.
Soy para Ti y quiero vivir para Ti. Dame todas tus fuerzas para hacer nacer tu rostro en cada situación que viva y en cada obra que realice. Amén

Propósito para hoy

Hoy dedicaré el rezo del Rosario a la Madre de Dios, pidiendo que me conceda la gracia de amar mas al Niño Dios

Frase de reflexión

"A veces sabemos lo que debemos hacer, pero nos falta el ánimo. Aprendamos de María saber decidirnos, con la confianza puesta en Dios". Papa Francisco

Vídeo reflexión para hoy

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Diálogo con Jesús 01012019


Diálogo con Jesús
Mi Señor, gracias por el don de la vida, por regalarme un nuevo día y por todas las bendiciones que hoy vas a darme. Tú eres el Dios del amor y de la compasión, por eso, todas esas situaciones que hoy me incomodan y me hacen irritar, las pongo en tus manos sabiendo que Tú tomas el control de todo haciéndome sentir sereno y tranquilo. Te suplico que actúes en mi corazón en este momento y me llenes de toda la alegría y la paz que necesito para salir adelante. Que sea este el preciso instante para pedirte perdón por todo lo malo que he hecho y para sentir que me acoges de nuevo en tu regazo. Quiero resucitar a una nueva vida, a una vida cargada de esperanzas y llena de actos de caridad. Gracias por tocar cada fibra sensible de mi ser y hacerme una persona emotiva y llena de sentimientos hacia los demás. Amén

CELEBRACIÓN DE FIN DE AÑO (Mons. Óscar Romero)

CELEBRACIÓN DE FIN DE AÑO

31 de Diciembre de 1979


 
Queridos hermanos, estimados radio-oyentes:
Al terminar 1979 y celebrando ya la liturgia del 1o. de enero de 1980, la reflexión como que boga entre las aguas del tiempo y el océano de la eternidad. Mirando sólo al tiempo, vemos como trascurre, como se van los años. Y fijándonos en concreto en el año que termina, hay tantas cosas que es imposible abarcarlas en nuestra reflexión. Solamente indicaría como tres capítulos que cada uno de nosotros tenía que llenar, según ha sido para él, el año que está terminando.
1º.) Las cosas buenas por la cuales hay que darle gracias a Dios.
2º.) Las cosas malas, el pecado que ha ofendido a Dios y por el cual hay que pedirle perdón.
3º.) La incertidumbre del tiempo futuro. ¿Qué nos depara el Señor para elevar el corazón en un acto de súplica a Dios?
 

1. LAS COSAS BUENAS POR LAS CUALES HAY QUE DARLE GRACIAS A DIOS

- Seamos agradecidos con Dios
En el capítulo de las cosas buenas yo les invito a que seamos agradecidos con Dios. No todo es maldad. La visión optimista del cristiano encuentra más cosas buenas que malas. Quizá por aquella psicología del hombre que cuando sufre todo lo ve bajo el color y el sufrimiento, se olvida de todo lo bueno que hay a pesar del sufrimiento. Pero por ejemplo, el hecho de encontrarnos aquí, sanos, gozando de la vida, es un bien que Dios nos ha dado, el bien de la vida, el bien del tiempo. Agradezcámosle al Señor que mientras tantos hermanos nuestros no pudieron llegar hasta el último del año, nosotros estamos aquí mirando desde el último día del año, todo el recorrido de bondades que Dios ha tenido con nosotros.
Miremos ese cúmulo de felicidad y alegrías que se han disfrutado en familia, en amistad. Toda la solidaridad. Y desde el punto de vista de Iglesia como Pastor, yo le doy gracias a Dios porque hemos vivido una Iglesia que de veras nos hace felices. La persecución, las pruebas, todo lo que ha sufrido nuestra madre Iglesia aquí en El Salvador, en nuestra Arquidiócesis, no ha servicio más que para hacerla más floreciente. Yo le doy gracias a Dios por todo lo que han hecho los sacerdotes, los agentes de pastoral, las comunidades, los colegios, todas las instituciones que están trabajando en la Iglesia, prescindiendo del ambiente hostil o difícil, incomprensivo. La Iglesia ha sido fiel a Jesucristo. Cada uno en su familia, pequeña Iglesia doméstica, tiene tantas cosas que agradecerle a Dios. Por el padre, por la madre, por los hermanos, por todo ese conjunto que constituye el recuerdo de la vida. Los recuerdos de 1979.
Saquémoslos del ambiente general que todos lamentamos y encontramos un cesto de ofrendas para el Señor, como esas bellas ofrendas que he ido recibiendo por los pueblos y cantones. ¡Qué expresión de agradecimiento a Dios!: los frutos de nuestra tierra, los racimos de guineo, las frutas, las verduras, las flores, la industria de las manos de aquel pueblo; en fin, es incontable el número de las cosas buenas que nuestra tierra ha dado y nuestra gente ha vivido. Esto sólo merece una felicitación, al fin del año, a todos aquellos que han sabido aprovechar el tiempo no para lamentar sino para trabajar, para producir, para hacer el bien, para construir, se ha hecho mucho de bien. Démosle gracias a Dios de contarnos entre los que construyen, entre los que ven con optimismo, entre los que recogen con gratitud del trabajo de Dios y del hombre, los que miran el esfuerzo de nuestra patria en lo bueno, démosle gracias al señor por la buena voluntad de todos los que han amado a la Patria y han querido hacerla y trabajan por ella aún con la incomprensión por delante y por todos lados.
Esto que quede, hermanos, como un principio nada más, una sugerencia para que cada uno entre en la intimidad de su vida. En esta reflexión de fin de año. Yo invitaría que cada uno en su propio corazón, viera los bienes personales de los cuales tiene que darle gracias a Dios. Debe ser el primer sentimiento porque Dios todo lo hace bien, y sin duda que aunque hayamos llorado y sufrido, hay mucho de bueno que agradecerle al Señor.
 

2. LAS COSAS MALAS, EL PECADO QUE HA OFENDIDO A DIOS Y POR EL CUAL HAY QUE PEDIRLE PERDON

- Debemos de reconocer el pecado
Por otro lado, hemos de reconocer también el pecado para decirle al Señor, solidarios con todos los pecadores, nosotros también pecadores: ¡Perdón, Señor, por no haber colaborado contigo en hacer feliz a nuestros hermanos! ¡Perdón por el odio que anida en muchos corazones! ¡Perdón, Señor, por la violencia que muchos han hecho de ella una religión, un fanatismo de tal manera que creen que no hay otro camino más que la violencia, la venganza, las cosas, la destrucción! ¡Perdón por los que profesan esa filosofía del nihilismo, la nada, y se dedican a destruir, a quemar, a deshacer; no han colaborado en tu obra, Señor! ¡Perdón por todo lo negativo, de donde quiera que haya venido, por quienes quieren mantener la situación injusta del país, y por quienes no dejan trabajar una mejora en el país, y por todos los que sufren las consecuencias del pecado social e individual!
Cabalmente, entrando hoy a la Catedral, una madre entre lágrimas me entrega un papelito y me dice que haga algo por su hijo que fue encarcelado el día 30 de diciembre. Es Sergio Doroteo Chávez, del sindicato CONELCA; y ella, naturalmente, en esta noche de tantos recuerdos familiares quisiera tener a su hijo y se lo han llevado quien sabe con que destino, con que fin. Al terminar el año, pensemos en tantos hogares huérfanos de esposo, de padre, de hijos, o torturados o han sufrido de cualquier modo las consecuencias de esta situación que no puede continuar: la situación del pecado.
Dios no nos quiere infelices, Dios no quiere el llanto que es fruto de la injusticia, del atropello de la dignidad del hombre. Se ha ofendido mucho la dignidad del hombre en este año. Se ha destruido mucho, no se ha colaborado con Dios y este capítulo de la negrura de 1979 pareciera dar la tónica del año.
Y para quien se deja llevar del pesimismo, diría que en 1979 no hay nada bueno; pero por eso quise adelantar lo mucho bueno que hay para que también tengamos el valor de mirar con ojos sinceros y claros lo que existe de malo y que hay que quitarlo por la fuerza del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, y que nuestra Iglesia tiene que trabajar, para arrancar de la faz del país todo ese imperio de la iniquidad, el imperio de Satanás, ese imperio de infierno que reina, lamentablemente, bajo formas muy diversas y que le está quitando el puesto al único que debe de reinar en el tiempo: el Señor, el Dios de la historia.
Y por eso, también, nuestro fin de año tiene que significar en el corazón, el propósito de colaborar no con el mal, ni organizarnos no para hacer el mal, de llevar el fermento de amor que debe llevar todo cristiano de justicia, de renovación a una sociedad, a un pueblo tan necesitado de estos valores que el cristianismo ha traído y del cual se puede decir lo que en estos días dice con tristeza el evangelio de Jesucristo: "Vino a los suyos y los suyos no le quisieron recibir".
Entre las cosas buenas y malas, tendríamos que citar la voz de la Iglesia que ha gritado con claridad, bondad de Dios que nos sigue alumbrando con su revelación, con su palabra pero al mismo tiempo la maldad de quienes prefirieron las tinieblas a la luz y desecharon la voz de la Iglesia. Y durante el año, en vez de convertirse, se cerraron a la voz de la Iglesia, no la quisieron escuchar y a este fin de año, ojalá sus conciencias les reprochen el haber sido cómplice de no haber querido recibir a Dios en nuestra Patria y en nuestros hogares y en nuestra vida…
Por todo eso le pedimos al Señor perdón. Y queda también lanzada como una iniciativa para que el resto de esta noche, cada uno también analice en su propia vida, yo lo hago también en la intimidad de mi deber de pastor: ¿qué pude hacer y no hice? ¿Qué hice mal? Porque soy el primero en reconocer como todo ser limitado, humano, que no todo lo que he hecho, es bueno. Que al decirle al Señor en la misa que me perdone por pecados de omisión, estoy señalando el capítulo más misterioso de la maldad de cada corazón, lo que se pudo hacer y no se hizo. Cuánto vacío en la vida, cuánto bien dejamos de hacer.
A este fin de año, todos los que estamos en esta Catedral y los que a través de la radio están reflexionando, dado toda la bondad de Dios para con nosotros, Dios tenía derecho a esperar en esta noche de fin de año, la higuera cargada de frutos. Y quien sabe si el Señor se acerca a mi vida y no encuentra otra cosa que lo que encontró en la higuera que él maldijo porque no producía frutos buenos. "Arráncala -le dice al administrador- ¿para qué ocupa lugar?" Tantas vidas en El Salvador que ya casi ni cabemos según dicen. ¿Para qué si no producen Santidad, para qué si no hacen el bien, que si solo viven para pelearse, para hacerse el mal, para destruirse unos con otros? Señor, somos la higuera estéril, ten misericordia de nosotros. Y queremos arrancar este fin de año el propósito de que el año próximo, así como le dijo el administrador al dueño del terreno: "No la arranques todavía, déjala que la voy a abonar bien y si el otro año cuando vuelvas, no encuentras fruto, entonces la vas a cortar".
Pidámosle una tregua al Señor, pero aprovechémosla. Lo que nos quieran dar de vida, lo queremos aprovechar para producir más. No queremos ser vida sin huella, no queremos ser vidas dañinas, inútiles, vacías. Quisiéramos tener hoy las manos llenas. Que felices de haber aprovechado los 365 días para traerle al altar del último del año una ofrenda que fuera verdadera cosecha de un año fecundo en santidad, en bondad, en amor, en trabajo.
 

3. INCERTIDUMBRE DEL TIEMPO FUTURO

Los periódicos y los medios de comunicación de estos días, nos están hablando del momento incierto, crítico que se está viviendo en la intimidad del gobierno, y frente a un pueblo que mira a ese gobierno como una fuerza que Dios manda para salvar y no para destruir. Está pidiendo esta noche, y si me están escuchando los hombres responsables del gobierno, que no se peleen entre sí, que ante el porvenir del año nuevo esperamos de ellos: nobleza, superación de sus propios sentimientos para que prevalezca el bien que tanto nos interesa, el bien de nuestra patria común.
Queremos decirles a todos los salvadoreños que es cierto, vivimos una hora muy incierta. ¿Qué nos espera el 1980? ¿Será el año de la guerra civil? ¿Será el año de la destrucción total? ¿No habremos merecido de Dios la misericordia con tanta sangre que se ha derramado ya, porque tal vez se ha derramado con odio, con represión, con violencia? Que el Señor tenga ante este porvenir incierto, misericordia de nosotros. Yo no quiero ser pesimista porque les quiero decir a ustedes, que la fuerza que nos debe de sostener, es la oración.
Por eso, después de esta perspectiva del tiempo, mirando hacia el pasado, lo bueno y lo malo, y mirando hacia el futuro, lo incierto del año nuevo, yo quiero elevarme con ustedes hermanos, a las lecturas bíblicas que nos hablan de que no todo lo hacemos los hombres, de que de arriba viene una fuerza misteriosa, de que precisamente el primero de enero es el día en que la Biblia recuerda el mandato de Dios a Moisés para decir a sus sacerdotes la fórmula de bendición al pueblo: "El Señor te bendiga y te proteja; ilumine su rostro sobre tí, y te conceda su favor. El Señor se fijó en tí y te conceda la paz". Este modo de invocar el nombre de Yahvé, era recordarle al pueblo su alianza con Dios y, por tanto, despertar en el pueblo su confianza en el Señor.
Todas las lecturas de hoy, nos hablan de que esta confianza no es un simple sentimiento ilusorio, sino que es la respuesta a una iniciativa del amor de Dios, que nos ha dicho San Pablo hoy: "Cuando se cumplió el tiempo, Dios envió a su Hijo nacido de una mujer para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción y ser herederos, y poder llamar a Dios en el espíritu que nos ha dado: ¡Padre!" Y el evangelio nos cuenta de ese niño que ha nacido y que los pastores encontraron, anunciado como el Salvador del Mundo que dá alegría a todos.
Yo les invito, hermanos, en este fin de año, aún ante las perspectivas de dolor y de sufrimiento, y de incertidumbres que el tiempo de los hombres nos dá, levantarnos a la eternidad de Dios y ver venir de allá su bendición, su Hijo, su perdón, su adopción divina que nos hace sus hijos, sus herederos del cielo, el ofrecimiento de su vida eterna, el destino eterno para el cual estamos llamados.
Y aquí sí que recobra el año, toda su grandeza que es una peregrinación. No hemos hecho más que caminar un pequeño trecho en la gran peregrinación de la historia donde va toda la humanidad. También aquella de nuestros abuelos que ya no están con nosotros, y también aquellos de la posteridad que todavía no han venido al mundo, todos formamos la gran humanidad, la gran peregrinación de la historia sobre la cual está Dios haciendo estos prodigios maravillosos con nosotros los hombres. No es El Salvador todo el mundo ni es 1979 toda la historia, no son más que pequeños episodios de las maravillas que Dios va haciendo con los hombres.
La Providencia del Señor es una realidad. ¡La Divina Providencia! Lo decimos tan fácil pero supone eso: el gobierno de Dios, el que no nos abandona y que nos sigue amando a pesar de nuestras infidelidades. El Dios de nuestro pueblo, el Dios de nuestros padres, el Dios de nuestra historia va con nosotros, no dudemos. Y esta seguridad de que Dios ha venido ha hacerse compañero de nuestra historia, nos hace mirar ya el porvenir, no solamente dependiente del gobierno, o de sus crisis, o de sus intenciones, sino que nos hace mirar aún a los mismos gobernantes como instrumentos nada más de Dios Nuestro Señor. Y a todos los hombres, colaboradores del Dios que quiere que los hombres seamos con él, los artífices de nuestro propio destino.
Por eso, mirando hacia Dios desde el vaivén de nuestro tiempo, miremos con serenidad: Dios existe, Dios no nos abandonará, Dios va con nosotros, ¡Dios ha venido!
Y por eso termino con este otro pensamiento. ¿Cómo vino Dios al mundo? Es el primero de enero, la fiesta de María, Madre de Dios. Y nos ha dicho el evangelio hoy, como encontraron los pastores que fueron corriendo a Belén y encontraron al Niño en el pesebre; y María, que al oír las maravillas que contaban los pastores, conservaba todas esas cosas, meditándolas en su corazón. María nos ha traído a Dios, la mujer llena de fe que concibió a Cristo antes que en su seno, en su mente y en su fe. La que creyó, la que puso toda su esperanza en el Señor y siendo pobrecita, la más insignificante de Israel, Ella es hoy la más grande, porque fue la puerta por donde Dios entró al mundo. Día de la Virgen, ¡qué precioso día para comenzar el año! María, historia de Dios que se hace historia de hombre en su propio seno. María, que como la llamó el Concilio, es estrella del Pueblo de Dios peregrinante; y allá en la eternidad, es alegría de los que ya han llegado a la meta definitiva.
Nosotros nos movemos todavía en el vaivén del tiempo, todavía vemos pasar años, vemos morir 1979 y esperamos que nazca 1980. Allá en el cielo no existe el continúo tránsito del tiempo. El tiempo es una imperfección, el tiempo es lo transitorio, la eternidad, es el eterno presente y María vive esa eterna juventud, esa eterna belleza que no se marchita, esa vida que no se muere nunca, vida eterna; y desde allá, nuestra Madre, madre de nuestra vida espiritual, ya nos está alimentando, amamantando para que seamos un día dignos de participar en esa eternidad que ya la vivimos en la medida en que aquí nos hacemos más cristianos y nos incorporamos más a nosotros, lo que Cristo trajo en el seno de María, la eternidad de Dios ofreciéndola a los hombres para que a pesar de que el tiempo, pasa, los hombres ya son eternos. Ya son eternos, porque reciben por la fe, por el amor, por la Iglesia, por su oración, por su confianza en Dios, la eternidad que Dios ha traído al tiempo.
Démosle gracias al Señor por este gran don de Cristo y de María. Y en esta noche de fin de año, como los pastores, encontremos en los brazos de la Virgen la garantía de nuestra seguridad, el Cristo que nos dice que confiemos. Que él ha vencido. Por la fe el hombre también se hace dueño de esa seguridad de Cristo. Mucha fe, queridos hermanos, que el año nuevo se distinga, sobre todo, precisamente que cuanto más incierto se presenta, por una gran confianza en el corazón, de que no vamos marchando solos en la historia y de que el año no muere sino que ha sido nada más un paso para ganar más esa eternidad que Cristo ha traído a nosotros.
El cristiano ve pasar los años no con nostalgia y sentimentalismos sino que lo mira con la alegría de quien va caminando hacia el encuentro de la verdadera vida, de la eternidad que no pasa. Así sea…

San Concordio, presbítero y mártir. (1 de enero)

San Concordio, presbítero y mártir.

De alabanza en alabanza, de tormento en tormento; hasta el cielo.

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San Concordio, mártir
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San Concordio, presbítero y mártir. 1 de enero y 4 de julio (traslación de las reliquias).

Las Actas de San Concordio, que la mayoría de hagiógrafos da por ciertas, recogen su martirio datado en el reinado del emperador Marco Antonino. Era Concordio hijo del presbítero Cordiano, el cual le educó en el temor de Dios, el conocimiento de las Escrituras y la caridad cristiana. Cuando llegó a la edad adecuada, el papa San Pío I (11 de julio), le ordenó subdiácono. Justo en esta época estalló la persecución y Concordio le pidió a su padre le permitiera ir con el presbítero San Eutiques (19 de septiembre) para acompañarle en esos tiempos recios. “Déjame” – le dijo – “para que sea coronado donde Cristo quiere sea coronado”. Y se fue con Eutiques a Spoleto, donde a pesar de la guerra a los cristianos, predicaron el Evangelio y sanaban a los enfermos en nombre de Cristo. Su actividad apostólica llegó a Torcuato, gobernador de Umbría, que radicaba en Spoleto. Mandó llamar a Concordio y se desarrolló el siguiente diálogo:
Torcuato: "¿Cuál es tu nombre?"
Concordio
: "Soy cristiano".
T
: "Te pregunto acerca de ti, y no acerca de tu Cristo".
C
: "Yo he dicho que soy cristiano, y a Cristo confieso".
T
: "Sacrifica a los dioses inmortales, y seré para ti un padre, y obtendré para ti favores de manos del emperador. Él te encumbrará para que seas sacerdote de los dioses".
C: "Sacrifica tú al Señor Jesucristo, y escaparás de la miseria eterna".

Entonces el gobernador ordenó que lo golpearon con palos y lo echaran en la cárcel. Esa noche le visitaron Eutiques y el obispo San Antimio (1 de abril), que era amigo de Torcuato. Gracias a esa amistad, Antimio obtuvo que el gobernador dejara libre a Concordio. Antimio lo llevó a su casa y allí le ordenó presbítero. Su nueva condición de apóstol de Cristo no permitió a Concordio vivir oculto y de nuevo comenzó a predicar la Palabra de Dios y hacer curaciones. Y de nuevo le llamó el gobernador.

Torcuato: "¿Qué has decidido hacer para salvarte?"
Concordio: "Cristo es mi salvación, ¿a quién crees que diariamente ofrezco el sacrificio de alabanza?". 
Entonces fue condenado a ser colgado del potro y atormentado, pero alegremente gritaba: "¡Gloria a Ti, Señor Jesús!". Después de esto fue arrojado de nuevo en prisión con cadenas en las manos y el cuello, y allí alababa a Dios constantemente, cantando en voz alta: "¡Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad!". Esa misma noche se le apareció un ángel y le dijo: "No temas el tormento, yo estaré contigo". A los tres días el gobernador envió a Concordio dos soldados con una imagen de Júpiter, que estos le presentaron diciéndole: "Oye lo que el gobernador ha ordenado; sacrifica a Júpiter o perderás tu cabeza". Y Concordio se acercó al ídolo, lo escupió y repitió sus únicas palabras: "¡Gloria a Ti, Señor Jesucristo". Y uno de aquellos soldados, le decapitó allí mismo. San Antimio envió a dos hombres de confianza que tomaron el cuerpo y lo enterraron a las afueras de la ciudad de Spoleto. En breve, una fuente de aguas curativas brotó a la vera de su sepultura.

Todos los martirologios recogen su memoria a 1 ó 2 de enero, y el 4 de julio la traslación de sus reliquias a Bisbal, en la diócesis de Gerona, España. De allí serían trasladadas al monasterio San Pedro de Besalú, donde son veneradas.


Fuente:
-"Vidas de los Santos". Tomo I. Alban Butler. REV. S. BARING-GOULD.