San Amós, santo del AT
fecha: 15 de junio
†: c. s. VIII a.C.
canonización: bíblico
hagiografía: P. Luis Alonso Schökel
†: c. s. VIII a.C.
canonización: bíblico
hagiografía: P. Luis Alonso Schökel
Conmemoración de san Amós, profeta, que,
siendo pastor en Tecoa, y cuidador de sicómoros, fue enviado por Dios a los
hijos de Israel para reafirmar su justicia y santidad divinas contra las
abominaciones.
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Los Profetas
Los Profetas
Al llegar al siglo VIII aC, la profecía
israelita cuenta ya con una larga historia y nombres famosos: Samuel, Ajías,
Natán, Elías, Eliseo, entre los más importantes. Sin embargo, a mediados de
este siglo se produce un fenómeno totalmente nuevo y de gran trascendencia:
aparecen profetas que nos legan su mensaje por escrito. El primero de ellos es
Amós, iniciando esa extensa lista que continúa con hombres como Oseas, Isaías,
Jeremías, etc. ¿A qué se debe el que un profeta o sus discípulos escriban su
mensaje? Podríamos atribuirlo a una difusión cada vez mayor de la escritura.
Pero numerosos comentaristas piensan que la causa es más profunda: el mensaje de
Amós y de sus sucesores se conservó por escrito porque produjo honda impresión
en sus oyentes. Estos habían escuchado algo nuevo, totalmente diverso a lo
anterior, que no podía ser olvidado. Esta novedad consistiría en el rechazo
del reformismo para dar paso a la ruptura total con el sistema vigente.
Los profetas anteriores a Amós eran
«reformistas»; conscientes de los fallos de sus contemporáneos, pensaban que
tales errores podían solucionarse dentro de las estructuras en vigor. A partir
de Amós no ocurre esto. Todo el sistema está podrido: Israel es un muro
abombado, incapaz de mantenerse en pie; un cesto de higos maduros, maduros para
su fin (Am 8,1-3); un árbol que hay que talar hasta que sólo quede un tocón
insignificante (Is 6,11-13). Sólo cabe una solución: la catástrofe absoluta, de
la que emerja, al correr del tiempo, una semilla santa (Is 6,13). Este corte
radical con el reformismo de los profetas precedentes habría motivado que el
mensaje de Amós y de sus continuadores fuese conservado por escrito. La idea es
interesante y fundamentalmente válida. A continuación nos adentraremos en la
persona y la obra de quien abre una etapa nueva en la historia del profetismo.
No sabemos en qué año nació y murió. Los
únicos datos seguros que poseemos sobre Amós se refieren a su lugar de origen y
a su profesión. Nació en Tecua, ciudad pequeña pero importante, unos diecisiete
kilómetros al sur de Jerusalén. Por consiguiente, aunque predicase en el Reino
Norte [Israel], era judío. Su profesión era la de pastor y cultivador de
sicomoros. Discuten mucho los comentaristas si los rebaños de ovejas y vacas
eran de Amós o simplemente estaban encargados a su cuidado. La cuestión tiene
interés para precisar la posición socioeconómica del profeta; en el primer caso
sería un pequeño propietario; en el segundo, un simple asalariado. Pero los
datos del texto se prestan a ambas interpretaciones.
La compraventa de animales y el cultivo de
los sicomoros (que no se daban en Tecua, sino en el Mar Muerto y en la Sefela)
debieron de obligarle a frecuentes viajes. De hecho, al leer su libro
encontramos a un hombre informado sobre ciertos acontecimientos de los países
vecinos, que conoce a fondo la situación social, política y religiosa de
Israel. Aparece también como hombre inteligente. No le gustan las
abstracciones, pero capta los problemas a fondo y los ataca en sus raíces. Su
lenguaje es duro, enérgico y conciso; merece más estima de la que manifestó san
Jerónimo al calificar a Amós de «imperitus sermone» (poco hábil para el
discurso).
A este hombre, sin ninguna relación con la
profecía o con los grupos proféticos, Dios lo envía a profetizar a Israel. Se
trata de una orden imperiosa, a la que no puede resistirse: «Ruge el león,
¿quién no teme? Habla el Señor, ¿quién no profetiza?» (3,8). No sabemos con
exactitud cuándo tuvo lugar la vocación de Amós; la mayoría de los autores la
sitúa entre los años 760-750. Wolff, basándose en la dureza y concisión de su
lenguaje, piensa que debía de ser joven. Esto coincidiría con lo que sabemos de
Isaías y Jeremías; pero se trata de mera hipótesis.
Algunos autores opinan que la actividad
profética de Amós fue muy breve. El caso más exagerado es el de Morgenstern,
que la limita a un solo discurso de veinte-treinta minutos. Pero esto es
difícil de conciliar con la serie de pequeños oráculos conservados en su libro.
Lo más probable es que predicase durante algunas semanas o meses y en diversos
lugares: Betel, Samaría, Guilgal. Hasta que choca con la oposición de los
dirigentes. El sacerdote Amasías, escandalizado de que Amós ataque al rey
Jeroboán y anuncie el destierro del pueblo, lo denuncia, le ordena callarse y
lo expulsa de Israel (7,10-13). Muchos autores piensan que con esto terminó la
actividad profética de Amós; otros (García Trapiello, Monloubou, etc.) la
prolongan en el Sur.
Para comprender el mensaje de Amós debemos
comenzar por las visiones, aunque se encuentren al final del libro. Es verdad
que no equivalen exactamente a la experiencia de la vocación y que se dieron en
diversos momentos; pero reflejan la experiencia profunda que Dios hizo vivir al
profeta y la actitud que éste adoptó en su predicación. Advertimos en ellas una
progresión. En las dos primeras (7,1-6) Dios manifiesta su voluntad de castigar
al pueblo con una plaga de langostas y una sequía. El profeta intercede y el
Señor se compadece y perdona. Amós centra su atención en el castigo, no piensa
si es justo o injusto, y viendo al pueblo tan pequeño, pide perdón para él. Sin
embargo, en las visiones tercera y cuarta Dios le obliga a fijarse en la
situación del pueblo. La tercera (7,7-9) compara a Israel con un muro, y Dios
echa la plomada para ver si está recto o abombado. Aunque el texto no lo dice,
Amós comprende que el muro no puede mantenerse en pie, que el derrumbamiento es
inevitable. El mal no está fuera (langosta, sequía), sino dentro. Por eso no
tiene sentido la intercesión del profeta, y Amós calla. Lo mismo ocurre en la
cuarta visión (8,1-2): el pueblo se asemeja a un cesto de higos maduros. La
vida de la fruta termina al llegar su madurez; a partir de ese momento está a merced
del primero que pasa. Lo mismo le ocurre al Reino Norte: ha llegado a su
madurez, sólo basta que una potencia extranjera venga a devorarlo.
La quinta visión desarrolla esta misma
idea con una imagen distinta, la del terremoto (9,lss), que da paso a una
catástrofe militar y a una persecución del mismo Dios. Así comprendemos mejor
la progresión creciente de las visiones: de un castigo aparentemente
injustificado (langosta, sequía) se pasa a revelar la corrupción del pueblo
(muro, cesto de higos), que hace inevitable la catástrofe (terremoto). Es lo
que ocurrirá realmente cuarenta años más tarde, cuando las tropas asirias
conquisten Samaría y el Reino Norte desaparezca de la historia. Decir esto en
tiempo de Jeroboán II significaba pasar por loco, anunciar algo que parecía
imposible. Pero es el mensaje que Dios le confía y con el que Amós se presenta
ante el pueblo. Este tema del castigo se repite a lo largo de todo el libro
como un leitmotiv insistente. A veces se trata de afirmaciones generales: «Os
aplastaré contra el suelo, como un carro cargado de gavillas» (2,13); «habrá
llanto en todos los huertos cuando pase por medio de ti» (5,17). Pero en otras
ocasiones se habla claramente de un ataque enemigo y podemos reconstruir la
secuencia de devastación, ruina, muerte y deportación (cfr. 6,14; 3,11; 5,9;
6,11; 6,8b-9; 5,27; 4,2-3).
Pero Amós no puede limitarse a anunciar el
castigo. Debe explicar a la gente qué lo ha motivado. Y para ello denuncia una
serie de pecados concretos, entre los que sobresalen cuatro: el lujo, la
injusticia, el falso culto a Dios y la falsa seguridad religiosa.
Se impone una pregunta: ¿existe para Amós
la posibilidad de escapar de esta catástrofe? Parece indudable que sí. En el
centro mismo del libro (5,4-6), en medio de este ambiente de desolación y de
muerte, encontramos un ofrecimiento de vida: «Buscadme y viviréis». Estos
versos sólo indican negativamente en qué no consiste buscar a Dios: en visitar
los santuarios más famosos. Poco después (5,14-15) advertimos que tal
supervivencia está ligada a la búsqueda del bien, a instalar en el tribunal la
justicia. Luchar por una sociedad más justa es la única manera de escapar del
castigo. Sin embargo, tenemos la impresión de que el pueblo no escuchó este
consejo, y entonces el castigo se hizo inevitable. Pero la última palabra de
Dios no es la condena. Al menos así pensaba el redactor final del libro, que
cerró el conjunto con dos oráculos de salvación (9,11-12.13-15).
El texto está íntegramente extractado de
la introducción a Amós del libro «Los profetas», de Luis Alonso Schökel,
Ediciones Cristiandad, Madrid, 1980, pp. 951ss. He dejado fuera aspectos que el
P. Schökel trata con su acostumbrado rigor y a la vez claridad: el contexto
histórico, el desarrollo más amplio de los vicios de la sociedad israelita
(¿sólo de ellos?), etc. y la bibliografía, en la que además se discuten algunos
conceptos del texto. La idea es que el lector de esta breve hagiografía no
considere cerrado el tema y conocido al personaje, sino que se adentre por un
lado en la lectura del breve y muy fuerte libro de Amós,
y por el otro desee completar la lectura de lo que quedó sin volcar aquí.
fuente: P. Luis Alonso Schökel
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ingreso o última modificación relevante: ant 2012
Estas biografías de santo son propiedad de
El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo
como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino
que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía,
referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.org/lectura/santoral.php?idu=2019
San Esiquio, mártir
fecha: 15 de junio
†: 302 - país: Bulgaria
otras formas del nombre: Hesiquio, Hesykhio, Isychio de Dorostoro
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
†: 302 - país: Bulgaria
otras formas del nombre: Hesiquio, Hesykhio, Isychio de Dorostoro
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
En Silistra, lugar de Mesia, san
Esiquio, soldado, que fue detenido junto con san Julio, y después de él obtuvo,
bajo el prefecto Máximo, la corona del martirio.
Todo lo que sabemos sobre san Hesiquio
proviene de las «Actas» -consideradas auténticas- de san Julio,
un mártir de Durostorum, en Mesia (la actual Silistria, en Bulgaria), alrededor
del año 302. Cuando san Julio era conducido al lugar de su ejecución, Hesiquio
se le acercó para decirle: «Ruego a Dios, Julio, que llegues a cumplir
felizmente tu sacrificio, que recibas tu corona y que pueda yo seguirte pronto.
¡Lleva mis cariñosos saludos a Pasicrates y a
Valencio!» (estos eran otros dos cristianos, amigos suyos, que
habían sido martirizados muy poco tiempo antes). Julio se apresuró a abrazar a
Hesiquio, al tiempo que le respondía: «¡Apresúrate a venir, hermano! Nuestros
amigos ya oyeron tu mensaje; yo puedo verlos de pie, a mi lado, como te veo a
ti».
La ejecución de san Hesiquio tuvo lugar
poco tiempo después del martirio de san Julio. Al primero se le honra como
"mártir de Durostorum" en el Hieronymianum, el 15 de junio. El P.
Delehaye lo identifica con el san Hesiquio que la Iglesia de Oriente venera el
19 de mayo, junto con otros compañeros anónimos, todos los cuales fueron
martirizados en Constantinopla. Es muy probable que los restos de san Hesiquio
fueran llevados a Constantinopla, cuyos habitantes (lo mismo que los de otros
lugares) tenían derecho a proclamar santo local a cualquier mártir, cuyos
restos hubiesen sido trasladados a la ciudad.
Véase a Delehaye, Les Origines du Cuite
des Martyrs, pp. 248-249 y 285-286; asimismo puede consultarse su artículo,
Saints de Thrace et de Mésie, en la Analecta Bollandiana, vol. XXXI (1912), pp.
161-300.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo
como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino
que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía,
referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.org/lectura/santoral.php?idu=2020
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