REFLEXIÓN
ESPIRITUAL (5 DE FEBRERO DE 2016)
De los tratados de san Hilario, obispo, sobre los salmos
«LA MULTITUD DE LOS CREYENTES NO ERA SINO UN SOLO CORAZÓN Y UNA SOLA ALMA»
Ved qué dulzura y qué delicia, convivir los hermanos unidos. Ciertamente,
qué dulzura, qué delicia cuando los hermanos conviven unidos, porque esta
convivencia es fruto de la asamblea eclesial; se los llama hermanos porque la
caridad los hace concordes en un solo querer.
Leemos que, ya desde los orígenes de la predicación apostólica, se observaba esta norma tan importante: En el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo. Tal, en efecto, debe ser el pueblo de Dios: todos hermanos bajo un mismo Padre, todos una sola cosa bajo un solo Espíritu, todos concurriendo a una misma casa de oración, todos miembros de un mismo cuerpo que es único. [...]
Leemos que, ya desde los orígenes de la predicación apostólica, se observaba esta norma tan importante: En el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo. Tal, en efecto, debe ser el pueblo de Dios: todos hermanos bajo un mismo Padre, todos una sola cosa bajo un solo Espíritu, todos concurriendo a una misma casa de oración, todos miembros de un mismo cuerpo que es único. [...]
El ungüento con que Aarón fue ungido sacerdote estaba compuesto de
substancias olorosas. Plugo a Dios que así fuese consagrado por primera vez su
sacerdote; y también nuestro Señor fue ungido de manera invisible entre todos
sus compañeros. Su unción no fue terrena; no fue ungido con el aceite con que
eran ungidos los reyes, sino con aceite de júbilo. [...]
Del mismo modo que este ungüento, doquiera que se derrame, extingue los
espíritus inmundos del corazón, así también por la unción de la caridad
exhalamos para Dios la suave fragancia de la concordia, como dice el Apóstol:
Somos el buen olor de Cristo.
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