lunes, 8 de febrero de 2016

Pro vobis et pro multis (Cardenal Kim) (Virtudes y Valores)

Pro vobis et pro multis
"Por vosotros y por muchos". El Cardenal Kim, testigo heroico del Evangelio en Corea del Sur.


Por: John Kim, L.C. | Fuente: Virtudes y Valores 






Durante el mes febrero de 2009 en Seúl, Corea de Sur, hubo un fenómeno extraordinario. Se veían filas interminables de personas (niños, jóvenes, adultos, católicos, budistas, protestantes) esperando largas horas, bajo el tremendo frío, delante de la catedral de Seúl. ¿Qué estaba sucediendo? La gente quería despedir al primer cardenal de Corea antes de que fuese colocado en el ataúd.

El cardenal Esteban Su Hwan Kim nació en Taegu, Corea de Sur, el 8 de mayo de 1922. Fue el obispo de la diócesis de Masan, y luego, arzobispo de Seúl. El Papa Pablo VI lo nombró cardenal en el año 1969, con sólo 47 años de edad. Desde entonces, trabajó como un verdadero líder espiritual de Corea.

Los datos biográficos se quedan cortos para descubrir el corazón del Card. Kim. Hay una frase que muestra fielmente su verdadera personalidad: pro vobis et pro multis (por vosotros y por muchos). Este lema, que el Card. Kim escogió al inicio de su vida episcopal, proviene de la oración de consagración de la misa. Cristo dijo estas palabras en la Última Cena, prefigurando de este modo la pasión que iba sufrir pronto. Solemos aplicar esta frase al martirio, pero se puede aplicar también al “martirio blanco”, el martirio de morir a uno mismo cada día, amando al prójimo de modo heroico. Ese es el tipo de martirio que nos tocaría vivir a la mayoría de nosotros y así lo vivió también el Card. Kim.

Durante los años 1970 y 1980, Corea sufría mucho por el régimen militar. El cardenal Kim, siguiendo las enseñanzas del Vaticano II, invitaba a las Iglesias locales a participar activamente para resolver los problemas del mundo y esto fue fundamental para la democratización del país. No es que él supiese mucho de política, sino sencillamente tenía un gran deseo de ayudar a los que sufrían y a los débiles de la sociedad, haciéndose así el otro “Samaritano” para ellos.

Una anécdota puede mostrar este hecho. El año 1987 fue un año muy importante para Corea, pues las décadas de lucha por la democracia finalmente triunfaron sobre el régimen militar. Un día de junio, cientos de alumnos universitarios y ciudadanos tuvieron un duro encuentro con el cuerpo policíaco de Seúl. Los policías persiguieron a los estudiantes y estos buscaron el refugio en la catedral de Seúl, la residencia del Cardenal Kim. Ésta era el ágora donde los débiles y las víctimas de injusticia recibían la protección de la Iglesia coreana. Pero los policías no querían retirarse, y así, la tensión continuó por varios días en torno a la catedral.

Un día se acercó un oficial del gobierno al cardenal Kim para comunicarle un mensaje. Aunque el oficial no se atrevió abrir la boca, le bastaba al Card. Kim ver su cara para captar el mensaje: los policías recibieron la orden de invadir la catedral. El Cardenal entendió bien que el futuro de numerosas personas dependía de su respuesta. Después de un momento de silencio, le dijo al oficial: “le pido el favor de dejar el siguiente mensaje al presidente: si los policías invaden la catedral, van a encontrar a los estudiantes, pero sólo después de un servidor y numerosos sacerdotes y monjas. Si quiere arrestarlos, debe arrestarnos primero a nosotros”. El día después, las policías recibieron la orden de retirarse de la catedral.

Pro vobis et pro multis. El Card. Kim vivió su lema episcopal hasta los últimos instantes de su vida. Antes de fallecer, el cardenal expresó su deseo de donar sus corneas. Este acto de generosidad hizo volver la vista a dos personas. Este último gesto de amor del cardenal dio un impulso extraordinario a la donación de órganos de muchos coreanos. A pesar de muchos sufrimientos físicos y morales de sus últimos días, nunca se olvidó del detalle de agradecer a las enfermeras. Sus últimas palabras: “Gracias. Amaos unos a otros”, están profundamente grabadas en los corazones del pueblo coreano.

Pro vobis et pro multis. Jesús anunció estas palabras durante la última cena. Además, en esta misma noche, dio un discurso sobre el sarmiento y la vid. “Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece unido a mí, como yo estoy unido a Él, produce mucho fruto; porque sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5). ¿Era una coincidencia? No, hay un vínculo entre los dos. El que lleva mucho fruto es aquel que está unido al Padre. Pero, ¿cómo debemos unirnos al Padre? “Como el Padre me ama a mí, así los amo yo a ustedes. Permanezcan en mi amor. Pero sólo permanecerán en mi amor, si ponen en práctica mis mandamientos, lo mismo que yo he puesto en práctica los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor” (Jn 15,9-11). Es a través del mandamiento de amor que entramos en la unión con la vid.

Hoy, Corea es uno de los países en el mundo donde el catolicismo crece más. En el año 1981, contaba con 1,4 millones de católicos. Este año se prevee que puedan llegar a 5 millones. Según una encuesta llevada a cabo el año pasado por la Iglesia Protestante de Corea, la Iglesia Católica ocupó el primer lugar tanto en popularidad, como en confianza entre la gente coreana. Uno de los motivos más fuertes de las conversiones, especialmente de la clase alta, era y sigue siendo la participación activa de la Iglesia Católica en la democratización del país en los años 1970 y 1980. Ahora se explica el porqué había tantas filas de gente de otras religiones, esperando afuera de la catedral de Seúl aquel día. La gente coreana no podía olvidar el amor heroico de su padre espiritual.

El Santo Padre dijo en la audiencia del miércoles de ceniza del año 2010 que la “conversión consiste en aceptar libremente y con amor que dependemos totalmente de Dios, nuestro verdadrero Creador, que dependemos del amor”. A veces queremos hacer muchas cosas por Cristo y las almas, pero nos quedamos sólo en el nivel natural y humano. El verdadero fruto de las conversiones de las almas viene principalmente de Dios y lo alcanzaremos en la medida en que estemos unidos a la vid a través de nuestro amor. “No me eligieron ustedes a mí; fui yo quien los elegí a ustedes. Y los he destinado para que vayan y den fruto abundante y duradero. Así, el Padre les dará todo lo que le pidan en mi nombre. Lo que yo les mando es esto: que se amen los unos a los otros” (Jn 15,16–17).

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