Beata Rosalía Rendu, virgen
fecha: 7 de febrero
n.: 1786 - †: 1856 - país: Francia
canonización: B: Juan Pablo II 9 nov 2003
hagiografía: Congregación
n.: 1786 - †: 1856 - país: Francia
canonización: B: Juan Pablo II 9 nov 2003
hagiografía: Congregación
En
París, en Francia, beata Rosalia (Juana María) Rendu, virgen de las Hijas de la
Caridad, que trabajó incansablemente en una vivienda de los suburbios más
humildes de la ciudad, dispuesta como refugio para necesitados, visitando,
además, a los pobres en sus casas. En tiempo de luchas civiles trabajó a favor
de la paz, y convenció a muchos jóvenes y a ricos para que se dedicasen a obras
de caridad.
Juana María Rendu (Sor Rosalía), hija de Antonio
Rendu y de María Ana Laracine, nació el 9 de septembre de 1786 en Confort,
región de Lancrans, Departemento de l'Ain, Francia.
La
beata Rosalía Rendu fue el centro de un movimiento de caridad que caracterizó
París y toda Francia durante la primera mitad del siglo XIX donde no existía la
asistencia social pública. El 25 de mayo de 1802 Sor Rosalía entró en el
Seminario (noviciado) en la Casa Madre de las Hijas de la Caridad de San
Vicente de Paúl en París.
A
la salida del Seminario (final de la primera etapa de formación) fue enviada al
barrio de Mouffetard, uno de los más pobres de París, donde sirvió a los pobres
durante 53 años. Allí hizo de enfermera, de juez de paz, de catequista de los
niños de la calle e incluso, aún a riesgo de su vida, se interpuso entre los
revolucionarios cuando querían fusilar a un militar que se había acogido en su
casa: «¡Aquí no se mata!»
Sor
Rosalía fue la «madre buena de todos» sin distinción de religión, de ideas
políticas ni de condición social. Con una mano recibía de los ricos y con la
otra daba a los pobres.
A
los ricos Sor Rosalía les procuraba la alegría de hacer el bien. A menudo podía
verse en el recibidor de la casa a obispos, sacerdotes y hombres de Estado y de
la cultura, como Donoso Cortés, embajador de España y hasta el emperador
Napoleón III con su cónyuge, así como estudiantes de derecho, de medicina,
alumnos del politécnico, que iban a buscar información, recomendaciones o a
pedir consejo sobre a qué puerta ir a llamar antes de hacer una buena obra. Entre
ellos el beato Federico Ozanam, cofundador de las “Conferencias de San Vicente
de Paúl” y el venerable Juan León Le Prévost, futuro fundador de los Religiosos
de San Vicente de Paúl, que buscaban consejo para poner en marcha sus
proyectos.
Todos
los días, en todo tiempo, Sor Rosalía recorre las calles y callejuelas que
suben hasta el Panteón, la vertiente sur de la Montaña Santa Genoveva: rue
Mouffetard, Passage des Patriarches, rue de l’Epée de Bois, rue du Pot de
Fer... Con su rosario en la mano y su pesado cesto en el brazo, apresura el
paso, porque sabe que la esperan. Como la religiosa en el claustro, Sor Rosalía
camina con Dios: le habla de esta familia con dificultades porque el padre no
tiene trabajo, de ese anciano que corre el riesgo de morir solo en una
buhardilla. En su tumba, en el Cementerio de Montparnasse, hay siempre flores
de personas agradecidas y en la lápida está escrito, "A Sor Rosalía de sus
amigos los ricos y los pobres".
Introducción
de la biografía/panegírico de la beata en el sitio de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, donde se
hallará la versión extensa del escrito.
fuente: Congregación
accedida 585 veces
ingreso
o última modificación relevante: ant 2012
Estas
biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una
fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia
completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor,
al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel)
y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.org/lectura/santoral.php?ids=497
Beata María de la Providencia Smet, virgen
y fundadora
fecha: 7 de febrero
n.: 1825 - †: 1871 - país: Francia
canonización: B: Pío XII 26 may 1957
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
n.: 1825 - †: 1871 - país: Francia
canonización: B: Pío XII 26 may 1957
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
También
en la misma ciudad de París, en Francia, beata María de la Providencia
(Eugenia) Smet, virgen, fundadora del Instituto de Hermanas Auxiliadoras de las
Almas del Purgatorio.
Eugenia
María José Smet nació en la ciudad francesa de Lila, el 25 de marzo de 1825.
Era la segunda hija de Enrique Smet y Paulina de Montdhiver, un matrimonio de
la clase media acomodada que envió a la niña, desde los once años de edad, como
interna al convento del Sagrado Corazón, en Lila, donde permaneció hasta fines
de 1843. Ahí adquirió Eugenia una sólida formación y maduró su piedad, cuyas
características principales fueron: confianza absoluta en la Providencia y
preocupación constante por las ánimas del purgatorio, lo que conservó siempre,
junto con la marcada inclinación hacia la vida religiosa que, en parte, tuvo
obstáculos por el apego a los suyos y las dudas para elegir una congregación
que colmara sus aspiraciones.
Cuando
Eugenia abandonó el convento para regresar a la mansión familiar, una villa que
llevaba el nombre de Loos-Lez, en Lila, se trazó una norma de vida destinada a
mantenerla en constante actividad. Su primera preocupación era la atención y el
socorro a los pobres, a quienes distribuía alimentos y una sopa substanciosa
que ella misma preparaba a diario. El resto de su tiempo, lo dedicaba a la
reparación, embellecimiento y limpieza de las iglesias vecinas. Al cabo de
siete años de semejante existencia, asistió a un retiro en el que predicaba el
padre Chalandon, quien se preocupó especialmente por la jovencita, le dio
buenos consejos y la exhortó a consagrarse a las obras misionales. Al año
siguiente, un jesuita le recomendó la misión de Maduré y, con su entusiasmo
característico, Eugenia se entregó a la tarea. Organizó fiestas, rifas y ferias
y, con frecuencia se presentaba ante los misioneros maravillados para
entregarles considerables sumas de dinero. El éxito de sus empresas no la
apartó del profundo sentido de su vida espiritual. En 1852, con la autorización
de Mons. Chalandon, que ya era obispo de Belley, hizo un voto de perpetua
castidad. En noviembre de 1853 renació con nuevos bríos su idea de ayudar a las
almas del purgatorio y, sin tardanza, reunió a sus amigos y parientes para
exponerles su proyecto de organizar una confraternidad de oraciones. Desde el día
siguiente, tras una madura reflexión por parte de Eugenia, el proyecto se
amplió para convertirse en una congregación destinada especialmente a las
ánimas del purgatorio.
Mons.
Chalandon y muchas otras personas aprobaban la idea de la confraternidad, pero
les inquietaba que Eugenia proyectase fundar una nueva congregación. La joven
hizo caso omiso de sus objeciones y, en espera de una oportunidad para realizar
sus proyectos, se dedicó a formar la confraternidad, que en pocos meses llegó a
contar con quinientos miembros. Entonces decidió Eugenia poner al corriente de
sus proyectos a Mons. Régnier, arzobispo de Cambrai, quien, para gran
desilusión suya, rehusó la autorización, por temor a que las colectas que se
pensaba realizar para celebrar misas por las almas del purgatorio, diesen lugar
a malas interpretaciones. Pero no era eso lo que podía arredrar a Eugenia, que
recurrió directamente al papa, a quien hizo llegar una ardiente súplica, en
cuyo calce Pío IX escribió de su puño y letra una fórmula de bendición que
firmó y fechó el 7 de julio de 1854. Tres meses después, Mons. Régnier dio su
aprobación. Desde aquel momento, la asociación de plegarias bendecida por el
papa y patrocinada por el arzobispo de Cambrai y el obispo de Belley, tuvo una
intensa vitalidad. Eugenia Smet fue considerada en la localidad como la
superiora de un grupo de jovencitas que aspiraban, como ella misma, a crear una
congregación especialmente dedicada al rescate y la salvación de las almas del
purgatorio. A mediados de 1855 Eugenia cayó enferma y su estado se agravó a tal
extremo que todo el mundo esperaba lo peor, pero ella confió a su confesor: «No
moriré por ahora; la obra del purgatorio está inconclusa».
Restablecida
la salud, le esperaba una gran prueba: varios de sus amigos y colaboradores más
leales dejaron de creer en el porvenir del proyecto y lo abandonaron, pero al
mismo tiempo, en octubre de 1855, recibió Eugenia dos cartas de París, para
invitarla a trasladarse a la capital a fin de organizar una obra piadosa que
numerosas personas proyectaban. No faltaron oposiciones a aquella nueva empresa
de la joven, pero ésta se aferró a las palabras de aliento que había recibido
por parte de Mons. de Garcignies, obispo de Soissons y las opiniones favorables
del santo cura de Ars y, a mediados de enero de 1856, partió hacia París.
Todo
lo que encontró en la casita de la calle Saint-Martin donde moraban sus futuras
compañeras, le causó una impresión desfavorable: la construcción sombría, las
habitaciones estrechas y mal ventiladas, las mujeres que habrían de ser las
primeras reclutas de la congregación y el padre Largentier, vicario de
Saint-Marie, que habría de ser el fundador. Eugenia tuvo la idea de regresar a
su casa de Lila lo antes posible; sin embargo, los ruegos y promesas de sus
compañeras la conmovieron y aceptó quedarse, a condición de que el arzobispo
diera su aprobación. El 22 de enero obtuvo una autorización escrita. En los
días siguientes desplegó una extraordinaria actividad en las gestiones
necesarias, gracias a la cual descubrió a numerosos amigos y protectores que se
interesaban en su fundación y que le prometieron su apoyo y su dinero. A
mediados de febrero hizo un viaje a Lila con la intención de pasar en su casa
una larga temporada, pero no tardaron en llegar de París noticias alarmantes y,
antes de que terminara marzo, se hallaba de nuevo en la capital y en el
gobierno de su comunidad. Todo iba de mal en peor: el dinero escaseaba de
manera alarmante; las hermanas trabajaban sin cesar ensartando cuentas para los
collares, pero lo que obtenían no les alcanzaba siquiera para la alimentación
indispensable; el propietario del sombrío edificio de la calle Saint-Martin,
desalojaba periódicamente a las hermanas de los pobres cuartuchos que les había
cedido antes gratuitamente, para rentarlos; no había un buen entendimiento
entre los miembros de la comunidad, ya que algunas de las hermanas insistían en
desarrollar inmediatamente sus actividades, sobre todo en la enseñanza, sin
tener en cuenta que era necesaria una previa formación religiosa seria. Por
añadidura, cada vez era más evidente que el padre Largentier y Eugenia Smet no
llegarían jamás a identificar sus puntos de vista ni a concordar sus proyectos.
Entre ellos se produjeron violentas discusiones y profundas desavenencias. El
sacerdote reprochaba a Eugenia su falta de confianza en su criterio y ella, por
su parte, se aferraba tenazmente a su absoluta libertad. Cuando el padre
Largentier trató de imponer un hábito religioso y una regla de vida a la
comunidad, Eugenia se negó a aceptar y llegó a declarar ante el sacerdote que
no tenía madera de fundador, en lo que se equivocaba, puesto que el P.
Largentier iba a dirigir con éxito otra congregación religiosa. Las disputas
subieron de tono hasta que se puso en evidencia la necesidad de una separación
y así, el cura párroco de Saint-Marie, el padre Gabriel, ocupó el puesto del
padre LargentieT, con lo que Eugenia Smet salvó a su comunidad del malestar y
la discordia y, el l de julio de 1856, la instaló en una amplia casa de la calle
de Barouillére, para iniciar una vida nueva.
Como
para subrayar su anhelo de consagrarse a esa nueva existencia, todas y cada una
de las hermanas adoptaron un nombre de religión. Eugenia Smet se convirtió en
la madre María de la Providencia. Pero no por eso se podía decir que la
congregación estaba definitivamente constituida. No faltaban la caridad y la
devoción, ni el entusiasmo y la abnegación, pero la superiora se negaba
tenazmente a que sus hijas siguieran una etapa de formación en otra comunidad,
como lo pedía con insistencia el padre Gabriel. El engarzamiento de los
collares y la confección de borlas para las mantillas, aportaban magros
recursos para su sostenimiento, aumentados gracias a las constantes peticiones
de la madre María y a sus frecuentes viajes a Lila. La salvación de las almas
del purgatorio permanecía como la meta esencial y, entre las actividades,
prevalecía la visita y la atención a los enfermos pobres.
A
fines de 1856, las primeras hermanas pronunciaron sus votos. La superiora, empeñada
como siempre en actuar por sí misma, hacía que se aprobasen sus decisiones sin
que le pasara por la cabeza la idea de consultar u obedecer a los demás y, sin
tener en cuenta que aquella excesiva libertad podía comprometer a la comunidad.
Un año más tarde, la congregación carecía aun de capellán, pero fue entonces
cuando, a pedido de las hermanas, el padre superior de la Compañía de Jesús les
envió a un religioso de mucho valer, el padre Basuiau. En cosa de pocos días,
el sacerdote, en completo acuerdo con el padre Gabriel, tomó a su cuidado la
dirección espiritual de la casa. Aquella vez, la madre María de la Providencia
tenía que hacer frente a uno de su talla. Así lo advirtió y así lo admitió ante
el padre Basuiau: «Vos me doblegáis», le confesó; «sofocáis todos mis
impulsos». Por su parte, el sacerdote no trató de disimular el ejercicio de su
dominio: «¡Dios quiera que así sea!», repuso a la superiora; «permita el cielo
que el espíritu de Nuestro Señor reemplace vuestra actividad natural». Pocos días
más tarde se desarrolló entre los dos esta conversación:
-Considero necesario quejarme, padre, de que todo me molesta.
-No eres tú la única.
-Es cierto, pero me parece que las otras se divierten o se aburren por amor de Dios.
-Ilusiones tuyas. Nadie se divierte con el aburrimiento y, soportar el sufrimiento no impide sentirlo.
-Considero necesario quejarme, padre, de que todo me molesta.
-No eres tú la única.
-Es cierto, pero me parece que las otras se divierten o se aburren por amor de Dios.
-Ilusiones tuyas. Nadie se divierte con el aburrimiento y, soportar el sufrimiento no impide sentirlo.
El
director espiritual redujo las numerosas actividades de la comunidad y la madre
María volvió a presentarse con quejas:
-Ya no hago nada, padre mío, le dijo.
-Con que te ocupes del purgatorio, como debes, tienes bastante que hacer, repuso el sacerdote. Antes trabajabas para ti misma; trabaja ahora para Nuestro Señor.
-Ya no hago nada, padre mío, le dijo.
-Con que te ocupes del purgatorio, como debes, tienes bastante que hacer, repuso el sacerdote. Antes trabajabas para ti misma; trabaja ahora para Nuestro Señor.
En
otra oportunidad, la madre María, ya más inclinada a la docilidad, preguntó al
sacerdote:
-Padre mío, ¿es una tentación o una virtud mi profunda aversión por el mundo?
-Es una gracia por la que debes manifestar tu gratitud a Dios, bija mía. En realidad, el padre Basuiau sentía cierta admiración por el espíritu inquieto, vehemente y piadoso de la superiora y, en diversas ocasiones le aseguró que era «la niña mimada de la Providencia». No por eso dejaba de reprocharle sus defectos y, con frecuencia le decía: «Me congratulo de que no estés contenta de ti misma, porque si lo estuvieses, yo me enojaría contigo».
-Padre mío, ¿es una tentación o una virtud mi profunda aversión por el mundo?
-Es una gracia por la que debes manifestar tu gratitud a Dios, bija mía. En realidad, el padre Basuiau sentía cierta admiración por el espíritu inquieto, vehemente y piadoso de la superiora y, en diversas ocasiones le aseguró que era «la niña mimada de la Providencia». No por eso dejaba de reprocharle sus defectos y, con frecuencia le decía: «Me congratulo de que no estés contenta de ti misma, porque si lo estuvieses, yo me enojaría contigo».
El
papel desempeñado por el padre Basuiau sobrepasó muy pronto al de simple
director espiritual de la superiora. Al caer en la cuenta de que la ausencia de
reglas podía resultar fatal para la comunidad, comenzó a enseñar y aplicar las
reglas de la Compañía de Jesús que él seguía. En octubre de 1858 presentó un
proyecto de constitución que fue adoptado oficialmente en marzo de 1859. Cinco
días antes, en el curso de una ceremonia que presidió el cardenal arzobispo de
París, veintiocho señoritas se convirtieron en los primeros miembros de una
nueva «Tercera Orden». Inmediatamente comenzaron a llegar vocaciones muy
valiosas. La madre María de la Providencia pudo comprar la casa contigua a la
que ocupaba su comunidad y, para fines de 1861 la dedicó al noviciado, aparte
de la comunidad, como era la voluntad del padre Basuiau. Este continuó con su
paciente trabajo de organización y, en marzo de 1862 presentó a la superiora
las Constituciones y el Costumbrario, redactados por él siguiendo lo más de
cerca posible los de la Compañía de Jesús.
Cuatro
años después, la comunidad hizo su primera fundación en la ciudad de Nantes. La
madre María nombró en París a una superiora local y ella ocupó el puesto de
superiora general. Al mismo tiempo, su salud empezó a resentirse y fue
necesario que tomara descansos y, a veces, que suspendiera toda actividad. Las
pruebas se sucedieron: a mediados de 1866, el padre Basuiau tuvo que partir
hacia la China y un año más tarde, el padre Gabriel pereció ahogado en Bretaña.
La madre María estaba al borde de la desesperación cuando el cielo le envió a
otro jesuita no menos valioso que el primero: el padre Olivaint, tan perspicaz
que en seguida supo lo que debía decir al alma de la superiora: «Quiero hacer
de ti una mujer fuerte y no una mujer de impresión», le advirtió. Pero no por
eso se puede pensar que tenía la intención de domarla, puesto que le declaró:
«De ninguna manera deseo que mi dirección sea un freno que haga de ti una
máquina. Es necesario que conserves tu personalidad...» Tal vez por eso, no
admitía el desaliento en la superiora. «Sería una infidelidad de tu parte
-solía decirle-, si después de todo lo que la Providencia ha hecho por ti,
dejas de confiar en Ella».
A
mediados de 1867, Mons. Languillat, vicario apostólico de Kiang-Nan, se llegó
hasta la casa de la calle de Barouillére, para proponer a las auxiliadoras una
fundación en China. Las voluntarias se presentaron en gran número y la madre
María de la Providencia se entusiasmó con el proyecto. En octubre de 1867 partieron
hacia la China las dos primeras auxiliadoras y, al año siguiente, otras cuatro
las siguieron. Comenzaron a llegar desde diversos países solicitudes para
nuevas fundaciones, pero la congregación era todavía demasiado joven y muy poco
numerosa para dispersar sus efectivos. Además, con tres casas le bastaban para
obtener la aprobación de Roma. El breve pontificio llegó el 26 de agosto de
1868. Sin embargo, ya para entonces, la madre María de la Providencia, que
desde tiempo atrás sufría atroces dolores, quedó en manos de sus médicos que
hablaron de una intervención quirúrgica a la que renunciaron después, sin duda
al comprobar que el cáncer estaba ya muy avanzado. La fatal enfermedad no
impidió a la fundadora ocuparse de sus casas.
Organizó
un nuevo convento en Bruselas y se enteró de que en China sus hijas se habían
instalado en una casa más amplia y hermosa, dejando a las carmelitas la que
habían ocupado primero. Sin embargo, su debilidad era ya tan extrema, que le
era imposible ir de un sitio a otro como hubiese querido. La guerra de 1870 le
aportó otras penalidades. Los infortunios de Francia afectaron también a su
congregación. Antes de que se pusiera sitio a París, la superiora se las
arregló para enviar a las novicias a Nantes y a Bruselas. En la casa de la
comunidad se instaló un hospital. Entretanto, el cáncer continuaba su
desarrollo inexorable, sin dejar a la víctima más que la fuerza necesaria para
sufrir. Pocos días después del armisticio de 1871 murió y, su rostro crispado
por el dolor, recuperó su atractiva expresión de serenidad. La Congregación de
Auxiliadoras de las Almas del Purgatorio, mantuvo el ritmo de su desarrollo
después de la muerte de la madre María de la Providencia. Su beatificación fue
declarada por Pío XII en 1957.
Acta
apost. Sedis, vol. XLIX, 1957, pp. 339-344; F. Darcy, en su biografía Mere
Marie de la Providence, Roma, 1935, así como la de Dérely, La rev. Mere Marie
de la Providence, fondatrice des Auxiliatrices du Purgatoire, 1825-1871,
Toulouse, 1930. La obra Notice sur la Rév. M. Marie de la Providence,
fondatrice des religieuses auxiliatrices des ames du Purgatoire, Paris, 1872;
la de Marie R. Bazin, Celle qui vécut son nom: Marie de la Providence, Paris,
1948. A. Hainon, Les Auxiliatrices des dames du Purgatoire, M.M. de la
Providence, Paris, 1921.
fuente: «Vidas
de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
accedida 824 veces
ingreso
o última modificación relevante: ant 2012
Estas
biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una
fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia
completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor,
al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel)
y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.org/lectura/santoral.php?idu=498
No hay comentarios:
Publicar un comentario