Beato Diego Carvalho, presbítero
y mártir
fecha: 22 de febrero
n.: 1578 - †: 1624 - país: Japón
canonización: B: Pío IX 7 may 1867
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
n.: 1578 - †: 1624 - país: Japón
canonización: B: Pío IX 7 may 1867
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
En
la población de Sendai, en Japón, beato Diego Carvalho, presbítero de la Orden
de la Compañía de Jesús y mártir, que tras soportar injurias, cárceles y
fatigosas caminatas realizadas en pleno invierno, con fe intrépida confesó a
Cristo, junto con sus compañeros, en el suplicio del agua helada.
Ver más información en:
205 Mártires del Japón, 1617 - 1632
205 Mártires del Japón, 1617 - 1632
Hubo
dos sacerdotes jesuitas con el apellido de Carvalho, beatificados tras de haber
muerto martirizados en el Japón en el año de 1624 (así como un fraile Agustino
del mismo apellido que sufrió el martirio en 1623). Ambos eran portugueses,
pero no estaban emparentados. Los sitios de su ejecución estaban a varios
kilómetros de distancia uno del otro; en febrero murió el primero, expuesto al
frío, y en agosto pereció el segundo (Miguel)
en la hoguera. El beato Diego Carvalho (llamado a menudo Didacus, en latín),
nació en Coimbra en 1578. A los veintidós años abandonó Portugal para
trasladarse al Extremo Oriente, fue ordenado sacerdote en Macao y durante cinco
años trabajó en los alrededores de Kioto, o de Miyako (i.e. capital) como se le
llamaba entonces, hasta 1614, cuando estalló la terrible persecución. No se
sabe a ciencia cierta si el padre Diego fue deportado o si se retiró por
órdenes de sus superiores, pero el caso es que, al finalizar aquel año, partió
de Macao con el padre Buzomi para iniciar una misión en Conchinchina. Pero en
1617, regresó al Japón y pasó el resto de su vida bajo condiciones muy arduas,
en los distritos más boreales de la isla central. Por lo menos en dos ocasiones
llegó hasta Yezo (llamada ahora Hokaido) y fue el primer sacerdote cristiano
que ofició la misa en aquel lugar. También allí tuvo contacto con los aínos, de
quienes dejó una interesante descripción en una de sus cartas.
La
persecución hizo crisis en el invierno de 1623 a 1624. El padre Diego y otros
cristianos fugitivos, escondidos en un remoto valle entre las colinas, fueron
al fin descubiertos por las huellas que dejaron sobre la nieve. Existe un
terrible relato sobre la brutalidad con que aquellos hombres fueron tratados
después de su captura. A pesar de que se había desatado una tormenta de nieve y
el frío era muy intenso. se les despojó de sus ropas hasta dejarlos medio
desnudos, aguardando durante horas a la intemperie. Se les reunió atándolos en
cuerda y fueron arriados para caminar a pie durante varios días, hasta Sendai.
Dos cristianos del grupo, incapaces de seguir adelante, fueron decapitados allí
mismo, y los soldados de la escolta probaron el filo de sus espadas cortando en
pedazos los cadáveres desnudos.
Cuando
llegaron a Sendai, el frío era intensísimo. El 18 de febrero, el padre Diego y
unos nueve japoneses fueron despojados de las escasas vestiduras que aún les
cubrían y les ataron sus manos por detrás a unas estacas clavadas dentro de
agujeros llenos de agua helada. El tormento consistía en obligar a los mártires
a sentarse en el agua y volverse a levantar a fin de que el hielo se formara
sobre sus carnes. Al cabo de tres horas de este suplicio, se les sacaba de los
agujeros y se les invitaba a renegar de su religión. Después de la primera
etapa, dos de los mártires, imposibilitados para moverse, murieron sobre el
suelo, a donde habían caído agonizantes. El padre Diego, quizá por habérsele
dispensado algunas consideraciones durante la jornada, mostró mayor resistencia
que los demás. Tras de aquella primera prueba, se puso en cuclillas a la manera
japonesa y se concentró en la oración. Durante los cuatro días siguientes se
hicieron nuevos intentos para convencer a los mártires de que renunciaran al
cristianismo, pero sin resultado alguno. El 22 de febrero se reanudó el
tormento. Durante toda la mañana estuvieron en los charcos, rezando lo más alto
que podían, alentados por el sacerdote, que no cesaba de consolarlos con sus
palabras. En el curso de la tarde, siete cadáveres colgaban de las estacas y,
al caer el sol, únicamente el padre Diego seguía con vida. De acuerdo con el
testimonio de algunos fieles que osaron acercarse a contemplar la horrible
escena, murió a la medianoche. A la mañana siguiente, los cuerpos de las
víctimas fueron cortados en pedazos y arrojados al río, pero la cabeza del
padre Diego y las de otros cuatro mártires fueron recuperadas y conservadas
como reliquias.
Noticia
extraída del largo e interesante artículo del Butler-Guinea sobre los mártires
del Japón, del 1 de junio (México, 1965, tomo II, pág. 431).
fuente: «Vidas
de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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o última modificación relevante: ant 2012
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