Santa Margarita de Cortona, penitente
fecha: 22 de febrero
n.: 1247 - †: 1297 - país: Italia
canonización: B: León X 1515 - C: Benedicto XIII 16 may 1728
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
n.: 1247 - †: 1297 - país: Italia
canonización: B: León X 1515 - C: Benedicto XIII 16 may 1728
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
En
Cortona, de la Toscana, santa Margarita, que, profundamente conmovida por la
muerte de su amante, borró los pecados de su juventud con una salutífera
penitencia, ya que, recibida en la Tercera Orden Regular de San Francisco, se
entregó a la contemplación de Dios y fue favorecida con especiales carismas.
patronazgo: patrona de los
ascetas y penitentes.
La
antífona del «Benedictus» en el oficio de Santa Margarita de Cortona, la llama
«la Magdalena de la Orden Seráfica». En uno de sus coloquios con la santa, el
Señor le dijo: «Tú eres la tercera lumbrera que he dado a la orden de mi amado
Francisco. Él fue la primera, entre los frailes; Clara fue la segunda, entre
las religiosas; tú serás la tercera para dar ejemplo de penitencia». Margarita
era hija de un modesto agricultor de Laviano de Toscana. Tuvo la desgracia de
perder a su madre a los siete años de edad. La segunda esposa de su padre (con
quien éste se casó a los dos años de viudo) era una mujer dominadora que no
soportaba la vivacidad y travesuras de su hijastra. Nada tiene de extraño que
Margarita, que era hermosa y necesitaba sentirse amada, haya cedido con
facilidad a las proposiciones de un joven caballero que la invitó a huir con él
a su castillo, engañándola con el señuelo de un porvenir de lujo y de amor. El
joven le prometió casarse con ella, pero no cumplió su palabra, y Margarita fue
su amante durante nueve años, con gran escándalo de la población, especialmente
cuando la joven se paseaba por las calles de Montepulciano en un soberbio
caballo, vestida como una princesa. Sin embargo, Margarita no parece haber sido
nunca la mujer abandonada a todos los vicios, como se describió a sí misma más
tarde. Fue fiel a su amante, de quien tuvo un hijo y a quien exhortó
frecuentemente a legitimar su unión. A pesar de su aparente ligereza, Margarita
se dolía algunas veces de la vida de pecado que llevaba. Un día, su amante
salió a visitar una de sus posesiones y no regresó. Margarita le esperó
angustiada toda la noche y al día siguiente, el perro que acompañaba al
caballero volvió solo. Margarita se echó una capa sobre los hombros y siguió al
perro a través del bosque, hasta el pie de una encina; allí comenzó a escarbar
el animal y Margarita descubrió, horrorizada, el cuerpo mutilado de su amante,
que había sido asesinado, arrojado en un pozo y recubierto con hojas.
Al
ver en esto el dedo de Dios, Margarita se arrepintió de su vida de pecado.
Después de haber devuelto a los parientes de su amante todas las posesiones
(excepto unos cuantos objetos de adorno, que vendió para repartir el producto
entre los pobres), abandonó Montepulciano, vestida con una túnica de penitencia
y llevando de la mano a su hijito. Así se presentó en su hogar a pedir perdón;
pero su padre, mal aconsejado por su esposa, se negó a admitirla.
Margarita
se hallaba al borde de la desesperación, cuando tuvo la inspiración de ir a
pedir ayuda a los Frailes Menores de Cortona, de cuya bondad con los pecadores
había oído hablar. Al llegar a Cortona no sabía a dónde dirigirse; su triste
aspecto llamó la atención de dos damas, Marinana y Raneria, quienes le
preguntaron si podían ayudarla. La santa les contó su historia y les explicó
por qué había ido a Cortona. Las dos damas la condujeron con su hijo a su
propia casa y, después la pusieron en contacto con los franciscanos, quienes la
acogieron, y se convirtieron en sus padres en Cristo. Margarita tuvo que luchar
durante tres años contra la tentación, pues su cuerpo no estaba todavía
sometido al espíritu. En esta lucha le ayudaron mucho dos franciscanos: Juan de
Castiglione y Giunta Bevegnati. Este último era su confesor ordinario y más
tarde escribió la «leyenda» de la santa. Los dos frailes la dirigieron
sabiamente en sus períodos de entusiasmo y decaimiento, serenándola en los unos
y animándola en los otros. En los primeros tiempos de su conversión, Margarita
fue un domingo a misa a Laviano, su ciudad natal, llevando una cuerda atada al
cuello y pidió públicamente perdón por el escándalo que había dado. Quiso
también atravesar las calles de Montepulciano con aquel signo de penitencia,
pero fray Giunta se lo prohibió diciéndole que eso no convenía a una mujer y
que sería para ella una ocasión de orgullo espiritual. Sin embargo, le permitió
más tarde ir un domingo a pedir perdón de sus pecados. Fray Giunta le prohibió
igualmente que se mutilase el rostro, como tenía intención de hacerlo, y moderó
las excesivas austeridades de la santa. «Padre -le dijo Margarita en cierta
ocasión-, no me pidáis que pacte con mi cuerpo, porque es imposible. Mi cuerpo
y yo estaremos en constante lucha hasta el día de mi muerte».
Margarita
había empezado a ganarse la vida, sirviendo en casa de las damas de la ciudad;
pero pronto renunció a ello para consagrarse a la oración y al cuidado de los
pobres. Abandonando la casa de las damas que la habían albergado, se fue a
vivir en una casucha de un barrio apartado, donde se sostenía con las limosnas
de las gentes del lugar. Cuando recibía algún platillo bueno, lo daba a los
pobres; para sí y para su hijo no guardaba sino los restos. Esta aparente falta
de ternura con su hijo en una mujer que era tan bondadosa con los demás, puede
parecer extraña, pero probablemente constituía una nueva manera de mortificarse
a sí misma. A los tres años de esta vida, las tentaciones se retiraron y la
santa alcanzó un nivel más alto de espiritualidad cuando empezó a comprender,
por propia experiencia, el amor que Cristo profesaba a su alma. Margarita había
pedido la admisión en la Tercera Orden de San Francisco; convencidos finalmente
de la sinceridad de su conversión, los frailes le permitieron tomar el velo.
Poco después, el hijo de Margarita fue a estudiar a la escuela de Arezzo, en la
que permaneció hasta su ingreso en la orden franciscana. Desde el momento en
que perteneció a la orden, Margarita empezó a progresar rápidamente en la
oración y llegó a una comunión muy íntima con Jesucristo. Los éxtasis abundaban
y el Salvador se convirtió en el tema dominante de su vida. Fray Giunta nos ha
conservado algunos de los coloquios de la santa con el Señor, así como la
descripción de algunas de sus visiones; pero hace notar que la santa tenía
repugnancia a hablar de ello aun con su confesor y que sólo lo hacía cuando
Dios le ordenaba hacerlo o cuando temía ser víctima de una ilusión.
No
todas las comunicaciones celestiales que recibió Margarita se referían a ella.
En una ocasión recibió la orden de exhortar al obispo Guillermo de Arezzo a la
enmienda y a que dejase de hacer la guerra a la diócesis de Cortona. El obispo,
que era turbulento y mundano, se sintió sin embargo impresionado por el aviso
de la santa e hizo las paces con Cortona poco después. Las gentes atribuyeron
este hecho a la mediación de Margarita. En 1289, Margarita intentó de nuevo
evitar la guerra entre el obispo y los güelfos, pero en esa ocasión no tuvo
éxito. Guillermo de Arezzo murió diez años después de la batalla. Sin embargo,
antes de su muerte, el obispo había hecho un gran beneficio a Margarita y a la
ciudad de Cortona, pues en 1286 había concedido a la santa el permiso escrito
de organizar en forma permanente la ayuda a los enfermos y a los pobres. Según
parece, Margarita les asistía al principio en su propia casucha; pero más tarde
se le unieron algunas mujeres, una de las cuales, llamada Diabela, le regaló
una casa para que la convirtiese en hospital. Margarita se ganó el apoyo del
principal ciudadano de Cortona, Uguccio Casali, y éste persuadió al Concejo de
la ciudad para que ayudase a la santa a construir el hospital de Santa María de
la Misericordia. Las enfermeras eran terciarias franciscanas, formadas por
Margarita en una congregación con estatutos especiales; el pueblo las llamaba las
«poverellas». Margarita fundó además la cofradía de Nuestra Señora de la
Misericordia, que tenía por fin sostener al hospital y buscar y asistir a los
enfermos.
Con
los años, Margarita iba entregándose cada vez más a la penitencia. Pasaba casi
toda la noche en oración y contemplación; dormía en el suelo; se alimentaba con
un poco de pan y verduras, y no bebía más que agua; vestía una camisa de cerdas
y, se suministraba sangrientas disciplinas por sus propios pecados y por los
ajenos. A pesar de las extraordinarias gracias que Dios le concedió, tuvo que
soportar tremendas pruebas durante su vida. Una de ellas llegó inesperadamente,
ocho años antes de la muerte de la santa. Desde el principio, había habido en
Cortona algunas personas que dudaban de las sinceridad de Margarita y todas las
muestras de fervor de la santa no habían bastado para convencerlas. Esas mismas
personas empezaron a difundir calumnias sobre sus relaciones con los
franciscanos, especialmente con fray Giunta y consiguieron despertar tales
sospechas en el pueblo, que la veneración que éste profesaba a Margarita se
convirtió en desprecio, como si se tratase de una mujer loca e hipócrita. Los
mismos frailes se dejaron influenciar por las calumnias; se prohibió a fray
Giunta que visitase a la santa y, en 1289, fue enviado por sus superiores a
Siena. Los franciscanos habían interpretado mal el hecho de que la santa,
tratando de vivir más retirada por orden divina, se hubiese cambiado el año
anterior a una casucha más alejada del convento. Según cuenta fray Giunta, sus
hermanos, viendo que la salud de Margarita iba de mal en peor, habían temido
que no les fuesen confiadas las reliquias de la santa, después de su muerte.
Margarita soportó con serenidad y mansedumbre todas estas pruebas y se consagró,
con mayor intensidad que nunca, a la oración. De este modo la conducía Dios
hacia la perfección.
Algún
tiempo antes de la muerte de la santa, el Señor le dijo: «Es preciso que
demuestres que te has convertido realmente... Las gracias que he derramado sobre
ti no son para ti sola». Obediente a la voz de Dios, Margarita se dedicó, con
todas sus fuerzas, a atacar el vicio y a convertir a los pecadores y tuvo gran
éxito en esta tarea. Los tibios volvían a frecuentar los sacramentos, los
pecadores hacían penitencia y las querellas entre cristianos desaparecían. Fray
Giunta cuenta que la fama de las conversiones se extendió muy pronto y que los
pecadores endurecidos acudían a Cortona a oír las exhortaciones de la santa, no
sólo en todos los rincones de Italia, sino aún en Francia y España. La
intercesión de la santa obró también numerosas curaciones, y el pueblo de
Cortona, que había olvidado ya sus antiguas sospechas, acudía a la santa en
todas sus dificultades. Por fin, las fuerzas de Margarita comenzaron a debilitarse
rápidamente y Dios le reveló la fecha y la hora de su muerte. Recibió los
últimos sacramentos de manos de fray Giunta y murió a los cincuenta años de
edad, después de veinte años de penitencia. Fue aclamada como santa el día
mismo de su muerte y en ese año, los ciudadanos de Cortona empezaron a
construir una iglesia en su honor. Aunque no fue formalmente canonizada sino
hasta 1728, la diócesis de Cortona y la Orden Seráfica habían obtenido, desde
dos siglos antes, el permiso de celebrar su fiesta. Lo único que queda de la
iglesia original, construida por Nicolás y Juan Pisano, es una ventana. En la
iglesia actual, de estilo muy pobre, se halla el cuerpo de Margarita, bajo el
altar mayor, y una estatua de la santa con su perro, que se debe a la mano de
Juan Pisano.
La
principal fuente histórica sobre la vida de santa Margarita es la leyenda de
Fray Giunta Bevegnati. Es probable que el manuscrito 61 del convento de Santa
Margarita de Cortona, haya sido corregido por el propio autor. Ver el texto en
Acta Sanctorum, febrero, vol. III. Existen también las ediciones más recientes
de Ludovico de Pèlago (1793) y E. Cirvelli (1897). Ver igualmente Cuthbert, A
Tascan Penitent (1907); Leopold de Chérancé, Marguerite de Cortone (1927); M.
Nuti, Mar gerita da Cortona: la sua legenda e la storia (1923); F. Mauriac,
Margaret of Cortona (1948), y otra vida en francés, escrita por R. M. Pierazzi
(1947).
fuente: «Vidas
de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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o última modificación relevante: ant 2012
Estas
biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una
fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia
completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor,
al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel)
y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.org/lectura/santoral.php?idu=658
Beata María de Jesús d`Outremont, viuda
y fundadora
fecha: 22 de febrero
n.: 1818 - †: 1878 - país: Italia
canonización: B: Juan Pablo II 12 oct 1997
hagiografía: Abel Della Costa
n.: 1818 - †: 1878 - país: Italia
canonización: B: Juan Pablo II 12 oct 1997
hagiografía: Abel Della Costa
En
Florencia, ciudad de Toscana, en Italia, beata María de Jesús (Emilia)
d'Outremont, nacida en Bélgica y madre de cuatro hijos, la cual, al quedar
viuda, y sin descuidar sus deberes maternos, fundó y rigió la Sociedad de
Hermanas de María Reparadora confiando en el auxilio divino, y superadas no
pocas enfermedades, al regresar a su patria terminó su terrena peregrinación y
descansó en el Señor.
Emilia
d'Oultremont nació en Wégimont, Lieja (Bélgica) el 11 de octubre de 1818, del
conde Emilio d'Oultremont y la condesa María de Lierneux de Presles. Contrajo
matrimonio con Victor van der Linden, Barón d'Hooghvorst, en octubre de 1837,
en Lieja. Del matrimonio nacieron cuatro hijos. En 1847 queda viuda y orienta
su ya piadosa vida hacia abrazar la vida religiosa.
En
1854, durante una larga e intensa oración en la capilla del castillo familiar
en Bauffe, la propia beata dice que le fue revelado por la Virgen que Dios
esperaba de ella la fundación de una congregación de reparación de los ultrajes
cometidos al Santísimo. El nacimiento oficial de la nueva familia religiosa
tuvo lugar el 1 de mayo de 1857 en Estrasburgo, bajo el nombre de «Instituto de
María Reparadora». Aunque de hecho lo dirigía, no ingresó ella misma en el
instituto mientras tuvo a su cargo la educación de sus propios hijos.
Sus
hijas mujeres la siguieron en la vocación religiosa. La beata murió el 22 de
febrero de 1879, y su tumba se encuentra en la Iglesia de la Santa Cruz y San
Bartolomé, en Roma. Estas son las palabras en la homilía de la
misa de beatificación por SS Juan Pablo II, el 12 de
octubre de 1997:
En
la segunda lectura de la liturgia, hemos escuchado: «La palabra de Dios es viva
(...), penetra hasta lo más íntimo del alma» (Hb 4, 12). Emilia d’Hooghvorst
acogió esta palabra en lo más profundo de su corazón. Aprendiendo a someterse a
la voluntad de Dios, cumplió ante todo la misión de todo matrimonio cristiano:
hacer de su hogar «un santuario doméstico de la Iglesia» (Apostolicam
actuositatem, 11). Habiendo quedado viuda, impulsada por el deseo de participar
en el misterio pascual, la madre María de Jesús fundó la Compañía de María
Reparadora. Con su vida de oración, nos recuerda que, en la adoración eucarística,
donde acudimos a la fuente de la vida que es Cristo, encontramos la fuerza para
la misión diaria. Ojalá que cada uno de nosotros, cualquiera que sea nuestro
estado de vida, «escuche la voz de Cristo», «que debe ser la regla de nuestra
existencia», como solía decir ella. Esta beatificación es también para las
religiosas de María Reparadora un estímulo a proseguir su apostolado, prestando
una atención renovada a los hombres de nuestro tiempo. Según su carisma
específico, responderán a su misión: despertar la fe en nuestros contemporáneos
y ayudarles en su crecimiento espiritual, participando así activamente en la
edificación de la Iglesia.
Abel Della Costa
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o última modificación relevante: 21-2-2013
Estas
biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una
fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia
completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor,
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