jueves, 11 de febrero de 2016

CURSO “EL HOMBRE NUEVO” (QUEREMOS CAMINAR HACIA NUESTRA SÍNTESIS TOTAL) (HN-05)

QUEREMOS CAMINAR HACIA NUESTRA SÍNTESIS TOTAL (HN-05)

La naturaleza siempre reacciona y –según Jüng– “cuando la reprimes en un sentido no solo lo anota en su inconsciente sino que impulsa una reacción de compensación en sentido contrario”; tal como está sucediendo ahora, al impulsarse lo femenino global: o sea, la forma de pensar del lóbulo derecho del cerebro de toda la humanidad. Por eso –y según Heráclito– “la naturaleza una vez reprimida no solo reacciona sino que a veces hasta lo hace de forma desordenada y con síntomas de verdadera batalla”; pero siempre acaban por acercarse algo más los opuestos –represor y reprimido– fruto del nacimiento de un algo nuevo y mejor. Insistamos sobre esto: Una sociedad, aún perfectamente organizada y racionalmente gobernada, si sólo lo está  por lo masculino no será más que un algo con su humanidad a medias.

Si dibujásemos la evolución de lo humano como una línea quebrada, lo masculino estaría ahora en un punto álgido de esta línea pero empezando a decrecer; o lo que es lo mismo empezando a crecer su opuesto, lo femenino. Y puede llegar un día en el que vuelva el dominio de lo femenino, como ya sucedió con el matriarcado; lo que volvería a provocar una nueva reacción masculina... Este movimiento pendular entre ambos extremos –fruto de la falta de unidad– es el que hay que procurar amortiguar: hay que buscar mayor equilibrio en nuestro caminar interior, pues todavía no está integrado suficientemente. Desde la formulación hegeliana sobre la realidad, lo masculino es la tesis y su contrario –lo femenino– la antítesis. En este momento de la historia, lo que triunfa es la tesis: la visión analítica y ordenada de las cosas; donde para entendernos hay que formular todo en secuencias temporales y donde las cosas se explican con palabras, pero unas detrás de otras. Ante esto, nos viene la pregunta clave: ¿y no habría otra forma de decirlo, todo de golpe, de forma concentrada y global tipo “flas”?  Pues sí, pero sólo en el caso de que exista “iluminación suficiente”; sólo cuando lleguen a unirse nuestras dos dimensiones: pues con nuestras dos dimensiones (masculina y femenina) en una, se logrará la verdadera y total dimensión del hombre. Y ahora, ¿no podríamos empezar ya a ver las cosas más globalmente? Parece que  sí, porque ya empezamos a intuir que toda esta maravillosa dispersión –de moléculas, átomos, neutrones, neutrinos...– funciona globalmente. Ya estamos comprobando –desde la física de partículas, la cosmología, la sicología, la sociología...– que la  realidad no es la que está constituida por..., sino que “es la realidad la que constituye a...”: que no son las partes las están ahí para hacer el todo, sino que “es el todo quien hace –quien da su ser– a las partes”. Que sólo tienen sentido las partes si están integradas globalmente en lo uno, y que somos nosotros –los  limitados– quienes tenemos ahora que estudiarlas fraccionadas para así poder entenderlas. Por tanto tendremos que seguir esforzándonos, con muchas palabras y a lo largo de mucho tiempo, en algo que ahora nos ahorraríamos si fuéramos perfectos: pues así ya gozaríamos de todas las partes, en bloque y sin dispersión. O sea, si queremos gozar de lo verdadero no nos queda más remedio que saber transportarnos a la síntesis de las cosas. ¿Y entonces, si nos asomamos a lo uno, qué sucede? Cuando el hombre se asoma a la unidad, sucede el arrobo y el éxtasis: un asomarnos a la mística del gozo. En cambio ahora estamos en momento de especialización –en la tesis–, donde se suele saber muchísimo pero de pocas cosas (porque acentuamos lo analítico, lo disperso...), y si aceptáramos lo contrario –la antítesis– entonces todos sabrían poco pero de muchas cosas integradas. Es decir, aun estando ahora todavía muy lejos de la síntesis, si fomentamos que los generalistas enriquezcan a los especialistas y al revés, al menos nos acercaremos algo más a la totalidad de la realidad; y así podremos al menos captar –a través de nuestra intuición– algunas reducciones de la totalidad deseada. Y este es el camino por el que queremos discurrir a lo largo del curso, sabiendo que nuestra situación en la ruta es provisional; porque el ser humano –juntura de contrarios y unidad de pluralidades– necesita tiempo para madurar. En cualquier caso, y como queremos caminar hacia nuestra síntesis, debemos abandonar toda exageración de nuestro orgullo personal; tanto sea de la parte derecha como de la izquierda de nuestro cerebro. Debemos abandonar toda soberbia distanciadora que nos haga vernos mejores que los demás; tanto porque siendo un masculino me crea mejor que otro femenino, o al revés. Cuando yo digo que soy masculino estoy reivindicando básicamente el saber, la lógica…; como muchos sabios actuales que, al ser puramente analíticos, sólo se acercan a la materia desde un punto de vista científico: solo para conocerla. El que se mete por este camino –camino vertical– puede llegar incluso a ser considerado como sabio; pero el que sólo es sabio-lógico, al olvidarse de la otra parte, no se emociona ni se conmociona ante la realidad asombrosa que investiga. El camino opuesto sería, valorar sólo la emoción de una experiencia y negar el valor de su conocimiento; o sea, considerar estéril un descubrimiento si no produce emoción. En estos dos casos extremos, cada uno podría ir por su camino –uno racional/masculino y el otro sentimental/femenino– sin llegar a encontrarse nunca.  Por tanto, el ideal es: que lo masculino perciba su error, al descubrir lo que hay de verdadero en la otra parte –precisamente en esa mitad que le falta a lo masculino–; y, a la inversa, que lo femenino perciba también la mitad masculina verdadera que a ella le falta. De esta forma cada uno se acercará conscientemente a la otra parte: tanto para completarla en lo que ella tiene de deficiente –esa mitad que añora de mí–, como para recibir –al interpelarme y hacer resurgir dentro de mí– lo que yo estoy añorando de ella: su media parte que me falta.  El ceder de una y el acercarse de la otra, es el compartir lo que antes parecía solo patrimonio de una parte; y así, no solo no se pierde sino que ganan ambas partes. No es que se pierda “lo que yo cedo”, pues eso que yo cedo se lo estoy cediendo a la otra parte que comparte; y tampoco es que se pierda “lo que el otro me cede”, porque lo que él me cede se lo está cediendo a mi capacidad de compartir. Y así es cómo surge –cómo nace en la unión del compartir– la iluminación, el arrobo y el éxtasis; o sea la libertad interior amorosa, que se manifiesta como la alegría interior de dos partes en una.  Pero si lo masculino y lo femenino se siguen empeñando en mantenerse puros, en continuar cada uno por su lado, no dejarán de ser arrogantes –como el fariseo– y no vivirán parto interior alguno: o sea, seguirán siendo pura promesa por mucho que avancen en lógica o en ética. Recordemos que, a los que se quedan en promesa nunca les termina de nacer la libertad interior de su síntesis: nunca llegan a derramar hacia el exterior alegría cantarina alguna, ni pueden transmitir juego ni danza; sencillamente porque no los tienen en su interior, al no haber conseguido todavía su síntesis liberadora. Sólo cuando vamos cediendo al otro territorio propio (para que pueda llenarse nuestra parte todavía no-verdadera con los frutos de su compartir) y a la vez vamos haciendo el camino complementario (vamos al encuentro del otro para llenarle sus huecos), es cuando –desde esta doble circunstancia– ya se puede llegar a intuir en el presente “un sentido final” para este punto de partida. Pues es en este momento cuando ya palpamos nuestro deseo, y lo sentimos precisamente como llamada desde nuestra causa/sentido final; siendo precisamente esta causa, la última que se realiza y la primera deseada como punto de partida. 

Recordemos que la causa final es la síntesis ya anunciada, es la unión total gozosa. O dicho todavía más claro: yo no llegaré a ser “Yo” sólo por lo que ya tenga mío, sino fundamentalmente por lo que todavía me falte; y lo que más me falta está en los demás. Lo primero que me falta lo debo recibir del vecino... de los más próximos. Así nace este baile: con un primer paso, en parejas y con los más cercanos. Pero no solamente con los humanos, pues a mí me faltan todas y cada una de las cosas creadas; porque mi dimensión verdadera es la de la Creación completa. Pero, ¿cómo puedo saber qué es lo que me falta, y si precisamente esto que no tengo es lo más mío? Pues lo sé porque lo siento como lo más mío: ya sea al intervenir ardientemente en la defensa de un pobre, de un desvalido, del vecino en urgente necesidad, del hombre cuyo sufrimiento interpela mi admiración y asombro, de la naturaleza maltratada... Y de la misma forma, puedo saber cual de las dos líneas que se cruzan en mí es la más mía: Cuando yo llamo idiota a otro, afirmo la vertical que me constituye como línea-tendencia de lo que ya tengo; y cada vez que me callo ante un idiota –o sea, que cedo y me separo de mi tendencia vertical de superioridad– estoy afirmando mi línea-horizontal: o sea, mi tendencia hacia lo que es más mío. Lo que pasa es que el hombre, mientras está en lo viejo o cercano al punto de partida, afirma más lo que tiene que lo que no tiene; ignorando que lo que no tiene le pertenece más que lo que tiene. Por eso, me puedo equivocar más cuando niego lo que no tengo que cuando afirmo lo que tengo.


El avance del mundo, y del hombre, es mayor cuando nos damos que cuando nos afirmamos contra los demás. Por esto la vida se afirma más cuando uno sabe renunciar a ella, y se afirma del todo cuando acaba cediendo su territorio total, en la muerte: cuando muere la semilla, se da toda ella en su cosecha. Cuanto más primitivo es el hombre, más tenazmente defiende lo que tiene; y cuanto más maduro es, más generoso es en su tendencia a dar. Cuanto más yo “soy”, menos me afirmo contra los demás y más les entrego de mí; hasta llegar a ese límite en el que al darme en totalidad, daré mi vida por los otros. Y es por esto, que nunca Dios está tan cerca de uno como cuando uno acaba de dar el último paso en la renuncia de sí y en la entrega total al otro. En resumen, tratar de seguir construyendo al hombre y al mundo solo desde la lógica y lo legal, suena a paleolítico y cavernícola; pues sólo más allá de la ley (en la libertad de los hijos de Dios) podremos fluir, gozar y cantar. Ya Heráclito dijo: “Todo es un fluir, y por eso nadie se baña nunca dos veces en el mismo río”. Fluir es camino, y nosotros mismos fluimos como un río que vamos hacia... He aquí la intuición: Mi “ser” es como un río, y es mi mismo fluir quien hace que yo esté vivo. Supongamos que el fluir de nuestra sangre se parase ahora mismo, seguro que nos moriríamos. Es el fluir lo que nos mantiene vivos: Si nuestro pensamiento y nuestras ideas dejaran de avanzar, dejaran de fluir, nos convertiríamos en momias, en fósiles paleolíticos o reliquias del pasado.

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