QUIEN
NO TIENE TERNURA, CARECE DE OLFATO PARA
SENTIR A DIOS (HN-06)
Debemos recordar que cuando Dios aparece, cuando sucede Navidad de verdad
–ya sea en la Creación o en cada Belén interior personal– siempre surge la
aurora, lo primordial, lo infantil, lo profundo, las perspectivas infinitas,
las esperanzas ilimitadas, la eternidad en el tiempo...; o sea, sucede algo
fundamental que nos trae siempre el gozo de la buena noticia. Siempre que
Dios aparece, lo hace como interminable disponibilidad y buena noticia para el
que lo siente. Por esto, si alguien nos quiere presentar a Dios como “juez”
de todas nuestras debilidades humanas es que no sabe nada de Dios;
es que habla de algo del pasado, de tiempos anteriores que ya se agotaron, y
puede incluso que él crea en ese “juez” pero no en el Dios al que queremos
seguir buscando durante todo este curso. Buscamos al Dios que siempre aparece
como futuro –principalmente en aquellos momentos o situaciones donde el hombre
solo ve imposibles–, buscamos al Dios que posibilita los imposibles y futuriza
lo que parece no tener esperanza. Estas experiencias, de las que vamos a
hablar, o son experiencias “desde nuestro tierno niño interior” o no son tales
experiencias de Dios; porque los viejos –los envejecidos espiritualmente,
aquellos que no tienen suficiente flujo renovador en su río interior–, no
pueden tener experiencias de Dios. ¿Por qué? Porque en una carne espiritual
callosa, fosilizada y endurecida, Dios no puede vibrar. Dios vibra siempre
en lo más tierno. Por eso San Pablo, cuando habla de la aparición de Dios
en el día de Navidad, dice: “apparuit humanitas”. En el Niño apareció la humanidad, la ternura y la sensibilidad de
nuestro Dios. Y esto evoca en nosotros no solamente aquél niño que
fuimos sino, fundamentalmente, la ternura por la que somos capaces de captar ahora
la presencia de Dios: ese sentir en nuestro interior la vibración del gozo
adelantado. O sea, los que no
tienen “ternura” no pueden saber de Dios; porque carecen de
ese “olfato”, tan necesario para llegar a sentirlo. Convendría que los
cristianos nos acostumbráramos a saber distinguir, a saber olfatear, cuándo
alguien habla de Dios sin tenerlo; de la misma forma que otros, aún callando de
Dios lo tienen: porque “vibran” aunque no lo digan. Recordemos al recién nacido
de Belén: uno que no habla, pero “es”. En definitiva, tendríamos que
acostumbrarnos a tener buen olfato; y no solo para poder distinguir y rechazar
los dioses que nos venden ciertas iglesias endurecidas sino, fundamentalmente,
para saber detectar al Dios que buscamos: bien sea en los silencios o
en la mirada de un niño, bien en el asombro de un amanecer o en otras emociones (como el gozo que nos proporciona la
ternura cuando vibra en nuestro interior); y sobre todo para aprender a detectar a Dios en el
interior de nuestras peores circunstancias. Este
hombre con olfato es “el hombre nuevo”, capaz de maravillarse ante
todo; capaz de percibir en cada
circunstancia, no solo que es Dios el que se está mostrando en
ella sino también el que nos hace cantar con esperanza desde ella. El hombre nuevo “siente que algo le
crece por dentro”, cuando acepta cada circunstancia como propia ofreciéndole
toda su disponibilidad; “y a la vez intuye” que en esto consiste precisamente
su ansia de futuro: tiene ansias de un futuro que ya le está creciendo por
dentro. Y para hablar de todo lo
anterior, vamos a acercarnos a dos citas del Antiguo Testamento: primero a la
del libro del Éxodo –cap. 33, vers. 18–, que es la famosa aparición de Dios a
Moisés; y posteriormente a otra, del primer libro de los Reyes –cap. 19, vers.
9–, que es la teofanía de Dios al profeta Elías. Pero antes, recordemos que las religiones de la tierra hablan de teofanías
cuando Dios se manifiesta al hombre; e inmediatamente nos surge la pregunta:
¿qué ojos hay que abrir para poder “ver” a Dios? Sobre esto ya podemos
responder algo: Hace falta algo más que ojos para poder “ver”, pues no se trata
de que Dios se nos vaya a aparecer visiblemente ni de que podamos contemplarle.
Y también podemos afirmar: Después, y una vez que no hayamos visto a Dios tras
esperarlo, ese hecho de no verle no se deberá a que Dios no ha estado sino a que
no hemos podido entender su aparición. Este es el problema: Dios estaba y está,
pero no caemos en la cuenta de que “aquello” era y es Él. En cualquier caso,
las teofanías conocidas en todas las religiones y culturas de la tierra pueden
quedar representadas por una de las dos grandes referencias siguientes: la
teofanía de Moisés y la de Elías. El Éxodo nos cuenta la teofanía de Moisés: muy breve
pero fundamental; en la que Moisés, un viejo –y esto es importante– que ignora
cómo es la cara de Dios, hace una pregunta. Y ya sabemos que los viejos que son
realmente viejos –los que no tienen niño
tierno en su paisaje interior–, cuando se hacen preguntas estas son muy
concretas e interesadas: por ejemplo, preguntar sobre enfermedad y muerte. En
cambio, Moisés le dice a Dios: “Señor,
quiero verte la cara”. Y esto no es nada concreto ni pertenece a paisaje
reducido alguno, sino todo lo contrario; esto es abrirse al infinito. Moisés es un hombre que, en su vejez y
partiendo de un punto de su vida donde mantiene todavía juventud mental, se
atreve a seguir soñando. Es el hombre que lleno de esperanza ve
montañas y ríos, ve su historia pasada, sus hijos, nietos y tataranietos...
pero todo esto no le basta; quiere ver el infinito: “Señor, quiero ver tu rostro”. Si nos adentrásemos mucho en esta
teofanía podríamos dedicarle todo un año, pero ahora vamos a utilizarla solamente
como una “transparencia referencial”; ya que Moisés manifiesta precisamente una
apetencia que todos llevamos dentro: “Señor, lo que quiero es ver el futuro
ahora”. Moisés –a su edad y al expresar su deseo de ver la cara de Dios– lo que está diciendo es que todavía tiene más futuro que pasado; y esto es
entender acertadamente la vida. Esto es lo que quiere decir el Éxodo, cuya
redacción es del siglo VIII a.d.C. aunque lo que se está contando es del s. XV
a.d.C. Realmente es casi un milagro que
el hombre de aquellos tiempos pudiera saber esta verdad, o que al menos la
intuyera. En el momento en que Moisés se acerca a la vejez y siente que su
tiempo es ya corto, y que los sentidos cada vez se le cierran más hacia lo
concreto, es cuando dice: Ahora que
termino la vida y que puedo
enumerar mis proezas una detrás de otra, ahora Señor es cuando necesito más perentoriamente
el futuro: “necesito verte la cara”, como necesita todo hombre. En
cambio hay quienes van diciendo que ya han cumplido, que ya se pueden jubilar y
por tanto reducir su caminar: estos son viejos y no tienen teofanía. Además, el
deseo de Moisés plantea un problema teológico; pues parece que, al decir esto,
está reclamando un derecho de jubilado: ver la cara de Dios en el exterior. ¿Pide
ver a Dios fuera, cuando lo lleva dentro? Dejemos esto y vayamos al relato. Está
claro que las teofanías son experiencias de Dios, pero no es que Dios se presente
rodeado de angelitos y trompetas. No, la teofanía
es un sentimiento que crece por dentro y que todos deberíamos tener: es un sentir
que crecemos por dentro, soñando y fluyendo. Moisés siente una voz que le
dice: “Un hombre no puede ver la cara de Dios...” (Ex. 10, 28). Pero Moisés
insiste: Señor, que estoy viejo y te quiero ver la cara. Y Dios contesta, a su
tercera insistencia: “Moisés, un hombre no puede ver a Dios y sobrevivir” (Ex.
10, 29). Pero Moisés insiste tanto que,
al final, Dios dice: Prepárate pues iré a verte, pero yo te avisaré, y cuando
pase deberás esconderte rápidamente en la rendija de la piedra no sea que al
pasar te chamusque todo (lo del quemado es muy significativo, porque es típico
de las teofanías del fuego). Y esto significa que: la
experiencia de Dios es un deseo fundamental del ser humano; pero si no
tenemos preparado adecuadamente nuestro “ser”, la misma presencia de Dios puede
aniquilarnos. Esto tiene mucha importancia para todos aquellos que no solo
creen ver a Dios constantemente sino que hablan en su nombre sin sentirlo; sin
tenerlo. ¡Cuidado que estos te pueden estar engañando...! Sigamos con el
relato. Cuando llegó el momento en que Dios se iba a presentar a Moisés, éste –al
oír la voz de Dios– se escondió rápidamente en la hendidura de la roca para
salvar su vida; su vida de hombre: porque si Dios entrara en ti –de golpe y
todo Él– te rompería tu limitada capacidad; quedarías electrocutado, morirías
por una electrocución que te llevaría a la resurrección total. Por tanto, Moisés
se coloca en el agujero al sentir los pasos de Dios... Esto es muy importante,
porque las teofanías siempre tienen prehistoria; es decir, antes que Dios llegue se oyen sus pasos: hecho que solo intuyen y
sienten en su ternura interior, las personas que viven en contacto con Dios. Primero
oyes sus pasos, pues Dios no aparece así sin más, y es entonces cuando debes
poner todo tu ser de rodillas: como hizo Moisés. El mundo está lleno de pasos
de Dios que suenan por todas partes, pero casi nadie los oye; y, aún peor, a veces incluso los interpretamos
en sentido contrario: a veces uno se imagina a Dios como el autor de catástrofes
y del final del mundo. ¡Vaya oído que tenemos muchos hombres! Para poder
sentir a Dios, como Moisés, tenemos
que replegarnos en vez de estar por ahí dispersos; tenemos que replegarnos y ponernos de rodillas en la cueva más profunda
de nuestro ser... Y cuando Dios esta cerca de Moisés, le pone la mano
en los ojos y dice: “Te cubro con la palma de mi mano mientras paso
y luego la apartaré, pero sólo me verás de espaldas” (Ex. 33, 22-23). Cuando Dios acabó de pasar y quitó su mano de los ojos de Moisés, este
vio a Dios alejándose. Este participio es importantísimo ya que, los pasos de Dios los oímos tanto antes de llegar como cuando ya ha
pasado; pero
Dios nos nace realmente durante “la cobertura con sus manos y dentro
de nuestras propias circunstancias”. Dios es una dínamis: un pasar anterior a mí, un pasar ante
mí (mis circunstancias), y el pasar posterior a mí; podríamos decir que es como
un hecho lúdico. Y como tal dínamis, si me empeño en ver a Dios como un ser
estático –quieto y dentro de sí– jamás le veré. El que “ve” a Dios de verdad es el que,
“primero le siente venir (como Encarnación) y al final le ve irse (como
Resurrección)”. La historia es el camino; por donde Dios viene, donde
está, y desde donde se va. Por tanto si tenemos los ojos abiertos ante lo
que sucede a nuestro alrededor, oiremos los pasos de Dios; y si los tenemos
abiertos hacia Dios –que es quien realmente abre nuestro futuro desde nuestro
interior– estaremos viéndole (como Cristo) caminando dentro de todos y cada uno
de nosotros.
Esta es la teofanía elemental: Dios que viene, pasa con nosotros, y nos
dice hacia donde caminamos.
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