sábado, 4 de junio de 2016

CURSO “EL HOMBRE NUEVO” (TIENES A DIOS CUANDO LO SIENTES, PERO MÁS AÚN EN TUS VACÍOS) (HN-22)

TIENES A DIOS CUANDO LO SIENTES,  PERO MÁS AÚN EN TUS VACÍOS  (HN-22)

De Dios se puede saber más por lo que no decimos de él que por lo que decimos. Uno se puede acercar a Dios por la reflexión teológica –la lógica del pensamiento– y por la teología moral, pero lo que va persiguiendo el cristianismo es llegar a zambullirse en la experiencia de Dios (tener a Dios como centro, estar centrados en Dios); experiencia que hacemos a través del corazón y del amor. Si bien, cuando decimos que a Dios no podemos acercarnos suficientemente por la inteligencia ni por el comportamiento sino por una experiencia cordial y amorosa, estamos corriendo el peligro de dar a entender que Dios es no-cognoscible o que tampoco podemos llegar a él por nuestras obras. Y, al revés, al afirmar que a Dios nos acercamos por la cordialidad –por el temblor del corazón, por la sensibilidad, por la capacidad de emocionarnos– también hay que tener mucho cuidado; para no caer en el peligro de los que circulan solo por un camino superficial. Siendo esta superficialidad, el estar convencidos de la barbaridad siguiente: a Dios se le tiene cuando se le siente, y no cuando no se le siente –cuando solo sentimos nuestro vacío–. Está claro que Dios es muy difícil de decir, y Jesús se encontró con este mismo problema. Siempre hay que tener mucho cuidado cuando se habla de Dios pero, si logramos decir las cosas de una forma concatenada, al final será posible llegar a tener una idea provisional de lo que se quiere decir cuando se afirma: Dios, que es inefable –o sea no decible con palabras–, es experimentable.

Entonces, si a Dios no se le puede decir pero sí experimentar, cuando el experimentador trate de comunicárselo a otros tendrá que decirles algo sobre su experiencia de Dios. Visto así es como un círculo del que no podríamos salir, pues estaríamos condenados a dar vueltas eternamente en él, tratando de decir lo indecible. No obstante si retenemos esta idea, junto a que la teología se hace por etapas (pues desgraciadamente hay cosas que sólo sabemos decirlas consecutivamente, aunque sepamos que son contemporáneas en la historia y que se dan conjuntamente de alguna forma), entonces estaremos en disposición de dar un paso importante en la comprensión del Dios inenarrable o inefable. En cualquier caso sí podemos entender, al menos, que Dios no es inteligible. Dicho esto, nos tenemos que preguntar: ¿entonces, si no es por la razón, cómo podremos acercarnos a Dios? ¿Y qué queremos decir al afirmar que Dios es un secreto para el pensamiento? Simplemente, que a Dios se llega mejor por la sensibilidad (por la ternura) que por el pensamiento; que Dios no es pensable, sino sensible: en el sentido de que es capaz de ser sentido. ¡O se tiene una experiencia de Dios o no se le tiene! Y Jesús, que se encontró con el problema de tener que explicarlo, se inventó una serie de recursos; uno de los cuales, y fundamental, es lo que hoy llamamos la kénosis.  “Kenos” en griego significa “vacío”. En griego moderno hay otra palabra parecida, “kainós”, que también se pronuncia kenos y que significa “nuevo”; de la raíz “kain”, “novedad”.

O sea este vacío, esta “kénosis”, es un sustantivo, es algo así como “la vaciedad” o “el resultado de vaciarnos”; aplicable a Jesucristo y a nosotros. Retengamos que el kainós es tan importante como el kenos, pues cuando uno se vacía, justamente ahí es donde se convierte y se hace nuevo; es decir que, el hombre nuevo es un hombre que ha logrado vaciarse de... y de renovarse en esos huecos con... Y ahora diremos con qué. Retengamos que hay que conjugar bien los dos significados juntos (Kenos –vacío– junto con kainós –nuevo–) pues están uno en función del otro: yo estaré tanto más vaciado cuanto más nuevo sea; y, al revés, yo seré tanto más nuevo cuanto más vacío esté de ataduras, privilegios, inmovilismos..., o sea de todo lo que limite mi libertad para caminar.  San Pablo, en la carta a los Filipenses (2, 6-7), nos transmite que Jesús –de condición divina– se despojó de su rango y tomó la categoría de hombre (despojarse de su rango se dice en griego: ekénosen, se hizo kénosis, se vació), y se vació tanto que se hizo hombre. Pues bien, esta kénosis es el vaciamiento –el abajamiento, el despojamiento– que tiene que darse siempre en cualquier experiencia de Dios.  Por ejemplo: “A oscuras y sin nada”. ¿Les suenan también estas otras Kénosis, típicas de todos los místicos?: “Noche oscura del alma”, “La villa del desierto”,  “La soledad del desierto”... Veamos la síntesis de todo esto: A Dios nos podemos acercar por lo que de él entendamos, pero por este camino nos quedaremos muy lejos; también podremos acercarnos por lo que practiquemos, pero también quedándonos muy lejos; en cambio por lo que experimentemos sí podremos acercarnos bastante más a él, sabiendo que será mayor nuestra experiencia de Dios cuanto más nos despojemos de nosotros mismos: cuanto más kénosis nos hagamos. Con lo cual estamos proponiendo una especie de contradicción: para acercarme y experimentar a Dios tengo que desnudarme y vaciarme de mí mismo. Sí, esto es lo que dice el texto de Filipenses 2, 6-11 y ésta es toda la tesis de hoy: para acercarme a Dios necesito desnudarme de mí mismo; necesito practicar y experimentar el vacío. Y se entiende por vacío: las situaciones de desesperanza, los equivalentes a desgracias –léase el desnudo forzado, el desprendimiento involuntario de algo, la pobreza, la indignidad, las consecuencias de la injusticia estructural, la marginación...–, y sobre todo la negrura psíquica de esos pozos de desesperación donde parece no quedar esperanza alguna. En todo esto se sufre kénosis: experiencias de vacío. Por tanto, vamos a ver si nos acercamos y hacemos un catálogo de kénosis a través de Jesús. Cuando leemos los textos de los evangelistas, sobre todo el de San Mateo que es el que más tiempo ha dedicado a la kénosis, nos encontramos con hechos que no solemos meditar suficientemente: En cualquier momento que sorprendas a Jesús, lo encontrarás rodeado de ovejas negras. Cristo solamente quiere ovejas negras: publicanos, prostitutas, samaritanos –que son malditos porque no son judíos–, leprosos, viudas desvalidas e ignorantes, enfermos, ciegos, cojos, tullidos... (lo que hoy llamamos out side, gente marginada) y también niños. Pues bien, este es el espectáculo real humano; y esto tiene un mensaje: somos gentes realmente vacías o vaciadas a la fuerza. Pero esta preferencia de Jesús es difícil de entender, ¿verdad? Y más cuando la teología del gozo nos ha enseñado esa secuencia en tres momentos de la historia de la salvación que ya explicamos anteriormente: Creación–Encarnación–Salvación. [Las tres etapas del proyecto de Dios para el tiempo de la historia, donde Dios crea para encarnarse y se encarna para salvar, no hay que desengancharlas; porque si no podríamos retornar a ese agustinismo teológico –muy peligroso– según el cual Dios creó el mundo perfecto, pero el hombre lo estropeó con el pecado y Dios se tuvo que inventar la encarnación. Esto es una barbaridad, porque: “Todo se hizo por él, para él, y sin él no se hizo nada de lo que se hizo” (Jn. 1, 3). Nuestro mundo hace presente la Creación –pues ésta sigue recreándose–, y hace presente la Encarnación –pues Dios se sigue encarnando–, y hace presente la Salvación –que ya se ha realizado en Cristo y se sigue realizando en nosotros como Dios en el hombre–].

Esta explicación lineal de la historia de la salvación responde a una concepción gloriosa de la teología y está bien que sea así, pero para conocer mejor la realidad del plan de Dios hay que integrarla en la teología que San Pablo llama de la kénosis, o del vaciamiento. Según ésta, la base de todo el acontecer simultáneo Creación–Encarnación–Salvación, el soporte de todo el Plan de Dios, es “la kénosis”. Y esto se puede decir de la siguiente manera: toda esta gloria sucede enel dolor de parto de la Creación”. Nuestro caminar funciona sobre la base de la kénosis: del desprendimiento, desnudez, pobreza, desgracia, marginación…; del ser publicano, niño pequeño, viuda... y de todo el dolor de parto que queramos añadir y que define nuestra historia. Este nuevo esquema se presenta así:
  CREACIÓN                  ENCARNACIÓN                SALVACIÓN
kénosis                                                    kénosis
No hay creación sin kénosis (pues el parto se sigue produciendo), ni hay encarnación sin kénosis (pues en Cristo hay re-creación y nuevo parto), y no hay salvación sin aún más kénosis (la de la muerte que nos lleva a la Vida). Por tanto, la kénosis se va acumulando en la medida en que el caminar de la historia se acerca a su salvación. Dicho esto, e insistiendo una vez más en que todo es diacrónico pero contemporáneo en la voluntad salvífica de Dios, ahora percibimos en San Mateo una cosa muy curiosa: Las tres palabras  (Creación–Encarnación–Salvación) se anillan entre sí gracias a la kénosis; que es la condición indispensable para que sucedan. Es decir, sin el vaciamiento de la Creación no crece ésta con la Encarnación, y si no es por su kénosis la Encarnación no va hacia la Salvación. La condición del crecimiento es el desprendimiento de lo anterior: pasar la puerta estrecha, manteniendo la esperanza.
  

Y queriendo forzar aún más el tema, habría que decir: esta línea “Creación–Encarnación–Salvación” tiene unas presencias tales de vacío que no se sabe hasta qué simas de profundidad llegan; aunque siempre continúe esta línea gloriosamente. En esta línea no hay otra forma de avanzar, más que con experiencias de “vacío”. Experiencias que, vividas en cada tiempo, angustian como si desapareciera toda esperanza. Y esto ya lo sabía San Pablo, y por eso dice (en su carta a los Romanos 4, 18): “contra toda esperanza, creyó que...”.  Dios nos llama a la Salvación, y Dios nos espera dentro de cada vacío para ayudarnos a superarlo. En resumen: todas estas “experiencias de vacío” son kénosis, y gracias a ellas las tres etapas se pueden contemplar como un conjunto. Pero este conjunto no acaba de estar logrado (ya que está siempre en evolución), puesto que se muestra lleno de agujeros –las puertas pequeñas de nuestros vacíos– que están por todas partes. Es mucha la kénosis, pero esta es la razón de ser de todo; y sin kénosis no hay nada. Hay una fórmula que define la kénosis, inventada nada menos que por Cristo y dicha de un modo perfecto. ¿Saben cuál es? “El que quiera salvar su vida (por la línea gloriosa) la perderá, y el que la pierda (por la kénosis y superando vacíos) la encontrará” (Mt. 16, 25).

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