San Quirino de Siscia, obispo y mártir
fecha: 4 de junio
†: 308 - país: Hungría
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
†: 308 - país: Hungría
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
En Sabaria, lugar de Panonia, pasión de
san Quirino, pasión de san Quirino, obispo de Siscia y mártir, que bajo el
emperador Galerio, por la fe en Cristo, fue arrojado a un río con una rueda de
molino atada al cuello.
patronazgo: protector contra la gota y los
dolores de pies.
Entre los muchos mártires que ofrendaron
su vida en las provincias del Danubio durante el reinado de Diocleciano, uno de
los más célebres fue Quirino, cuyas alabanzas escribieron San Jerónimo,
Prudencia y Fortunato. Las «Actas» en las que se registró su proceso, sus
sufrimientos y su muerte, son esencialmente auténticas, a pesar de que
estuvieron sujetas a ampliaciones e intercalaciones de los copistas.
Quirino fue obispo de Siscia, población de
la Croacia que ahora se llama Sisak. Cuando recibió noticias de que habían
llegado las órdenes para aprehenderlo, huyó de la ciudad, pero fue capturado
tras una corta persecución y entonces se le condujo ante el magistrado Máximo.
Este comenzó por interrogarle sobre su intento de fuga que el acusado explicó
sencillamente, al indicar que sólo había obedecido el consejo de su Señor
Jesucristo, el verdadero Dios, quien dijo: «Cuando te veas perseguido en una
ciudad, huye a otra».
-¿No sabías que el poder del Emperador te habría encontrado en cualquier parte? -inquiró el magistrado-. A ése que tú llamas el verdadero Dios, no le puedes pedir que te ayude ahora, una vez que el Emperador te ha atrapado, como vas a comprobarlo en seguida en carne propia.
-Dios está siempre con nosotros y puede ayudarnos en cualquier momento -repuso humildemente y con entera serenidad el obispo-. Estaba conmigo cuando me atraparon y está conmigo ahora. Es Él quien me fortalece y el que habla por mi boca.
-¡Habla demasiado, por lo visto!, cortó Máximo con cierta impaciencia. Y con tanta charla hace que te olvides de obedecer los mandatos de nuestro soberano. ¡Lee los edictos y haz lo que te ordenan!
Entonces se irguió Quirino para contestar resueltamente que nunca consentiría en hacer lo que ordenaban los edictos, puesto que lo consideraba como un sacrilegio.
-¡Los dioses que tú adoras no son nada! -exclamó con vehemencia-. Mi Dios, al que yo sirvo, está en el cielo, en la tierra y en el mar, pero se encuentra por encima de todo, porque todas las cosas están contenidas en Él, todas las cosas fueron creadas por Él y sólo por Él existen.
-Tú debes ser tan simple como un niño, para creer en esas fábulas -declaró el juez en tono despectivo-; acepta el incienso que te ofrecen mis hombres, quémalo ante los dioses y serás bien recompensado; pero si te niegas, te sujetaremos a las torturas y recibirás una muerte horrible.
Sin alterarse en lo más mínimo, Quirino repuso que aceptaba los dolores y la muerte como una gloria para él y, a continuación, Máximo ordenó que le apalearan. Mientras los soldados descargaban los golpes sobre el cuerpo del anciano, el magistrado le aconsejaba que ofreciera sacrificios y le prometía hacerlo sacerdote de Júpiter, si accedía.
-Aquí, ahora mismo ejerzo mi sacerdocio, al ofrecerme a Dios -clamó el mártir sin doblegarse. Te agradezco los golpes; no me hacen daño. Con gusto soportaría un tratamiento peor a fin de dar ánimos a todos aquellos que son de mi rebaño, para que me sigan por este atajo hacia la vida eterna.
-¿No sabías que el poder del Emperador te habría encontrado en cualquier parte? -inquiró el magistrado-. A ése que tú llamas el verdadero Dios, no le puedes pedir que te ayude ahora, una vez que el Emperador te ha atrapado, como vas a comprobarlo en seguida en carne propia.
-Dios está siempre con nosotros y puede ayudarnos en cualquier momento -repuso humildemente y con entera serenidad el obispo-. Estaba conmigo cuando me atraparon y está conmigo ahora. Es Él quien me fortalece y el que habla por mi boca.
-¡Habla demasiado, por lo visto!, cortó Máximo con cierta impaciencia. Y con tanta charla hace que te olvides de obedecer los mandatos de nuestro soberano. ¡Lee los edictos y haz lo que te ordenan!
Entonces se irguió Quirino para contestar resueltamente que nunca consentiría en hacer lo que ordenaban los edictos, puesto que lo consideraba como un sacrilegio.
-¡Los dioses que tú adoras no son nada! -exclamó con vehemencia-. Mi Dios, al que yo sirvo, está en el cielo, en la tierra y en el mar, pero se encuentra por encima de todo, porque todas las cosas están contenidas en Él, todas las cosas fueron creadas por Él y sólo por Él existen.
-Tú debes ser tan simple como un niño, para creer en esas fábulas -declaró el juez en tono despectivo-; acepta el incienso que te ofrecen mis hombres, quémalo ante los dioses y serás bien recompensado; pero si te niegas, te sujetaremos a las torturas y recibirás una muerte horrible.
Sin alterarse en lo más mínimo, Quirino repuso que aceptaba los dolores y la muerte como una gloria para él y, a continuación, Máximo ordenó que le apalearan. Mientras los soldados descargaban los golpes sobre el cuerpo del anciano, el magistrado le aconsejaba que ofreciera sacrificios y le prometía hacerlo sacerdote de Júpiter, si accedía.
-Aquí, ahora mismo ejerzo mi sacerdocio, al ofrecerme a Dios -clamó el mártir sin doblegarse. Te agradezco los golpes; no me hacen daño. Con gusto soportaría un tratamiento peor a fin de dar ánimos a todos aquellos que son de mi rebaño, para que me sigan por este atajo hacia la vida eterna.
Como Máximo no tenía la autoridad para
dictar sentencia de muerte, dispuso que el reo fuera enviado a Amancio, el
gobernador de la provincia de Pannonia Prima. Los esbirros condujeron al obispo
a través de varias ciudades sobre el Danubio, hasta llegar a Sabaria (la actual
Szombothely, en Hungría), que pocos años más tarde sería la cuna de san Martín.
Ahí compareció ante Amancio, quien, luego de leer en voz alta el informe sobre
el juicio previo, preguntó al acusado si lo encontraba correcto. Este repuso
afirmativamente y agregó:
-He confesado al verdadero Dios en Siscia y aquí haré lo mismo, porque nunca adoré a otro. A Él lo llevo en el corazón y no hay hombre sobre la tierra que pueda separarlo de mí. Amancio admitió que se sentía inclinado a perdonar; que no deseaba someter a la tortura ni mandar matar a un anciano tan venerable como el acusado y rogó encarecidamente al obispo que cumpliese con los requisitos que le exigían para tener la dicha de acabar sus días en paz. Pero en vista de que ni los halagos, ni las promesas, ni las amenazas surtieron efecto, el gobernador no tuvo otra alternativa que la de condenar al reo.
-He confesado al verdadero Dios en Siscia y aquí haré lo mismo, porque nunca adoré a otro. A Él lo llevo en el corazón y no hay hombre sobre la tierra que pueda separarlo de mí. Amancio admitió que se sentía inclinado a perdonar; que no deseaba someter a la tortura ni mandar matar a un anciano tan venerable como el acusado y rogó encarecidamente al obispo que cumpliese con los requisitos que le exigían para tener la dicha de acabar sus días en paz. Pero en vista de que ni los halagos, ni las promesas, ni las amenazas surtieron efecto, el gobernador no tuvo otra alternativa que la de condenar al reo.
La sentencia de muerte consistía en atar
una piedra al cuello del obispo y arrojarlo al río Raab. Así se hizo, en
presencia de numerosos espectadores, pero el cuerpo del anciano tardó en
hundirse y todos los presentes pudieron oírle rezar y pronunciar palabras de
aliento para su grey, antes de que desapareciera bajo la corriente. A corta
distancia, río abajo, los cristianos rescataron el cadáver. A principios del
siglo quinto, los fugitivos que huían de Pannonia, invadida por los bárbaros,
llevaron las reliquias de san Quirino a Roma. Ahí quedaron guardadas en la
Catacumba de San Sebastián, hasta el año de 1140, cuando se las trasladó a
Santa María en Trastévere.
El texto de la pasión fue impreso por Ruinart
en las Acta Sanctorum, junio, vol. I. Gran interés se despertó en torno a san
Quirino, a raíz de las investigaciones de Mons. de Waal en la región de
Platonia, donde se descubrieron los restos de una gran inscripción en honor del
santo. Ver la monografía de de Waal Die Apostelgruft ad Catacombas, impresa
como un suplemento al Rómische Quartalschrift (1894); véase también a Duchesne
en La Memoria de los Apóstoles de la Via Apia, en sus Memorie della Pontificia
Academia romana di Archeologia, vol. I (1923), pp. 8-10; junto con Comentario
sobre el Martirologium Hieronymianum, p. 303.
Imagen: San Quirino, en un grabado de Durero de 1517.
Imagen: San Quirino, en un grabado de Durero de 1517.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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Estas biografías de santo son propiedad de
El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo
como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino
que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía,
referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.org/lectura/santoral.php?ids=1897
San Metrófano de Bizancio, obispo
fecha: 4 de junio
†: 325 - país: Turquía
otras formas del nombre: Metrophanes
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
†: 325 - país: Turquía
otras formas del nombre: Metrophanes
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
En Constantinopla, san Metrófano, obispo
de Bizancio, que consagró al Señor la Nueva Roma.
Muy poco, por no decir que casi nada, es
lo que sabemos sobre san Metrófanes, aparte de que era obispo de Bizancio en
los días del emperador Constantino; probablemente fue el primer obispo en
aquella ciudad, que antes se hallaba comprendida en la diócesis de Heraclea.
Gozó de gran reputación de santidad entre los cristianos de Oriente, quienes
construyeron una iglesia en su honor, poco después de la muerte de Constantino;
iglesia ésta que reconstruyó Justiniano en el siglo sexto, cuando ya estaba en
ruinas.
Los «sinaxarios» [santorales] griegos y un
«menaión» [calendario litúrgico del rito bizantino], que nunca fueron tomados
como fuentes de información bien documentadas, relatan su historia como sigue:
Metrófanes era el hijo de Domecio, hermano del emperador Probo. Aquel se
convirtió al cristianismo y se fue a vivir a Bizancio, donde cultivó una
profunda amistad con el obispo Tito. Este le confirió las órdenes y, al morir,
invistió a Domicio con la dignidad episcopal. El obispado pasó a manos de los
dos hijos de éste último: Probo, quien ocupó la sede durante quince años y,
luego, Metrófanes. La vida de santidad del obispo fue, al parecer, uno de los
factores que indujeron a Constantino a elegir la ciudad de Bizancio como su
capital; el otro factor fue la inmejorable situación de la ciudad. La avanzada
edad y los achaques de Metrófanes le impidieron asistir al Concilio de Nicea,
pero envió a su presbítero Alejandro para representarle. Al regreso del
emperador y los clérigos que habían asistido al Concilio, el obispo Metrófanes
anunció a todos, como si hiciera una profecía, que el presbítero Alejandro
sería un sucesor y que era su deseo que Pablo, un jovencito, lector del obispo,
sucediera a Alejandro. Pocos días más tarde, murió.
Véase las noticias en Acta Sanctorum,
junio, vol I y en Nilles, Kalendarium Utriusque Ecclesiae, vol. I, p. 172.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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