martes, 15 de septiembre de 2015

San Máximo Andrinópolis - San Porfirio Constantinopla - San Nicetas Godo - Santos Emilas y Jeremías 15092015

San Máximo Andrinópolis

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Santos Máximo, Teodoro y Asclepíodoto, mártires, Andrinópolis (Turquía europea), 303.




San Porfirio Constantinopla

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 Estando un día representando un espectáculo delante de Juliano el Apóstata, para burlarse de las ceremonias eclesiásticas se hizo bautizar. De repente, y por inspiración divina, se convirtió, y diciendo que era cristiano, el mismo emperador le mandó cortar la cabeza. Constantinopla, 362.


San Nicetas Godo

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San Nicetas Godo, mártir
A orillas del Danubio, en Iliria oriental, san Nicetas Godo, mártir, a quien el rey arriano Atanarico, que odiaba la fe católica, mandó quemar.
San Sabas y san Nicetas fueron los dos mártires más renombrados entre los godos. Al primero se le conmemora el 12 de abril y al segundo, a quien los griegos colocan en la categoría de los «megalomártires» (grandes mártires), en la fecha de hoy. Nicetas era un godo nacido en las riberas del Danubio y convertido a la fe en su juventud por Ulfilas, un brillante misionero entre aquellas gentes y traductor de la Biblia a la lengua gótica. Fue Ulfilas quien ordenó de sacerdote a Nicetas. Hacia el año de 372, varios cientos de godos que huían de los hunos invasores se refugiaron en Moldavia y las autoridades romanas les hicieron un mal recibimiento, los maltrataron y vejaron. Inmediatamente, como represalia, el rey Atanarico, señor de los godos de oriente, cuyo territorio lindaba con el imperio romano en las regiones de Tracia, inició una violenta persecución contra los cristianos.

Por orden del rey, un ídolo colocado sobre una carreta fue llevado a través de todas las ciudades y aldeas donde se sospechaba que había cristianos, y todo aquel que se negase a adorar al dios, quedaba automáticamente condenado a muerte. Para matar en masa, los perseguidores utilizaban el método de encerrar a los cristianos capturados en casas o iglesias tapiadas y prenderles fuego. En el ejército de mártires que glorificaron a Dios en aquella ocasión, figuró san Nicetas, que selló su fe y su obediencia con su sangre, se purificó de toda culpa al morir en el fuego y entró triunfante a la vida eterna. Sus reliquias fueron llevadas a Mopsuesta, en Cilicia, donde tuvieron su santuario; por lo cual, el mártir godo fue venerado en las iglesias bizantinas y sirias.

El texto en griego sobre la pasión de san Nicetas, tal como lo presentó Metafrasto, se halla impreso con un comentario en Acta Sanctorum, sept. vol. V. Pero en la Analecta Bollandiana, vol. XXXI (1912), pp. 209-215, se imprimió el relato original con anotaciones críticas y un comentario que ocupa las pp. 281-287 del mismo volumen.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI



Santos Emilas y Jeremías

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Santos Emilas y Jeremías, mártires
En Córdoba, en la región hispánica de Andalucía, santos mártires Emila, diácono, y Jeremías, que fueron decapitados por su fe cristiana durante la persecución sarracena, después de sufrir una larga y dura prisión.
Entre los muchos Mártires de Jesu-Cristo que ennoblecieron a Córdoba en tiempo en que el Rey Moro Abderramán perseguía de muerte a los cristianos, se numeran san Emila, y Jeremías ambos naturales de la misma ciudad, que si bien distinguidos por su calificada nobleza, lo fueron mucho más por el generoso brío con que pelearon contra los infieles, triunfando de ellos gloriosamente. Estudiaron los dos -segun nos dice san Eulogio, historiador de sus Actas-, en la iglesia de San Cipriano, una de las escuelas en que se instruían los jóvenes cristianos en letras, y en virtudes; bajo la enseñanza de los mas hábiles preceptores; y habiendo ascendido Emila al sagrado ministerio de Levita [diácono], siguió Jeremías en el estado secular las funciones de su profesion. Encendiéronse ambos en vivísimos deseos de la gloria del martirio, y como se hallaban perfectamente instruidos en el idioma africano, y en las ridiculas supersticiones de la secta Mahometana, valiéndose de esta pericia como de armas para conquistar el cielo, se presentaron al Tribunal de los infieles e hicieron una confesion pública de la fe de Jesu-Cristo; pero no satisfechos de acción tan gloriosa, comenzaron a declamar -especialmente Emila- contra el falso profeta Mahoma en términos, que en comparacion de los desdesprecios que de él hicieron los dos ilustres Confesores, estimaron en poco los Agarenos todas las maledicencias que habían dicho contra su Legislador los mártires precedentes.

No es facil poder explicar la ira que concibieron los bárbaros, al ver la generosa libertad con que a su presencia blasfemaban Emila y Jeremías de aquel a quien tenían por su gran Profeta: y arrebatados de un furor extraordinario, no trataron sólo de quitar la vida a los dos atrevidos jóvenes, sino de acabar enteramente con todos los Cristianos; pero reflexionando, que seria consiguiente en este caso la destruccion de su Imperio, quando tenían la experiencia, que sin afligirlos se ofrecían voluntariamente al martirio los fieles de todos estados, sexos, y condiciones, contenidos con este temor, descargaron su cólera contra los dos esforzados militares de Jesu-Cristo. Quisieron primero molestarlos con las miserias, y con los trabajos de una dura prision; pero conociendo que en lugar de abatir el valor de los dos jóvenes, se aumentaba cada día, los mandaron degollar en el 15 de Septiembre del año 852: logrando por este medio la apetecida corona del martirio. Estaba el Cielo sereno quando se ejecutó la sentencia: y queriendo el Señor manifestar su indignacion por la injusticia de aquel castigo, se movió de repente una tempestad tan furiosa de truenos formidables, y de encendidos relámpagos, que parecía querer Dios aniquilar a Córdoba; mas no por esto dejaron los moros de continuar en su bárbara costumbre, en fuerza de la cual colgaron en unos palos los cuerpos de los dos insignes mártires a la vista de la ciudad, para que sirviesen de escarmiento. Después, por orden de Abderramán, fueron echados con los de san Rogelio, y Servideo, que padecieron en el siguiente dia, a una ardiente hoguera, a fin de que quedasen reducidos a cenizas: las que recogidas por los cristianos, se depositaron en lugares sagrados, donde les tributaron la veneración correspondiente.

Texto del «Suplemento á la última edicion del Año Christiano», del P. Juan Croisset, S.J. (Juan de Croiset, dice la portadilla), en redacción correspondiente de D. Juan Julián Caparrós, tomo II, pág 205, edición de 1797. La fuente única para éste, como para la inmensa mayoría de los «mártires de Córdoba», es el «Memoriale Sanctorum» de san Eulogio de Córdoba, cuyo texto puede verse, en latín, en una edición facsimilar muy legible, en el proyecto Cervantes Virtual. La imagen muestra la «Urna de los mártires», en Córdoba, que encierra los huesos y cenizas de muchos de los mártires mozáraabes que celebra san Eulogio.
fuente: P. Juan Croisset, SJ




 
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