domingo, 13 de septiembre de 2015

San Pedro de Tarantasia - San Alberto de Jerusalén - Beato Claudio Laplace - San Gabriel Taurino Dufresse 14092015

San Pedro de Tarantasia

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San Pedro de Tarantasia, abad y obispo
En el monasterio de Bellevaux, en la región de Besançon, en Francia, tránsito de san Pedro, obispo, que, siendo abad cisterciense, fue promovido a la sede de Tarantasia, rigiéndola con fervorosa diligencia y esforzado fomento de la concordia entre los pueblos.
San Pedro de Tarentaise, una de las glorias de la orden cisterciense, nació cerca de Vienne, en la provincia francesa del Delfinado. Desde joven, dio pruebas de una memoria extraordinaria y de gran inclinación a los estudios religiosos y, a los veinte años, entró en la abadía de Bonnevaux. Con gran celo, abrazó la austeridad de la regla y edificó a cuantos le trataron, por su caridad, humildad y modestia. Al cabo de algún tiempo, su padre y sus dos hermanos ingresaron también en Bonnevaux, en tanto que su madre y su única hermana tomaron el hábito en un convento cisterciense de los alrededores. Además de esos miembros de la humilde familia de san Pedro, muchos nobles abrazaron también la vida religiosa en Bonnevaux, movidos por el ejemplo del santo. Todavía no cumplía éste los treinta años, cuando fue elegido superior del nuevo convento de Tamié, en las solitarias montañas de Tarentaise. Dicho convento quedaba sobre la principal ruta que unía entonces la Saboya con Ginebra, de suerte que los monjes podían prestar inapreciables servicios a los viajeros. Con la ayuda de Amadeo III, conde de Saboya, que le tenía en gran estima, el santo fundó un hospital para los enfermos y forasteros, en el que asistía personalmente a sus huéspedes.

En 1142, san Pedro fue elegido arzobispo de Tarentaise. San Bernardo, con el capitulo general de su orden, le obligó a aceptar el cargo, muy contra su voluntad. El nuevo arzobispo encontró su arquidiócesis en un estado lamentable, debido principalmente a los excesos de su predecesor, que había sido depuesto. Las parroquias se hallaban en manos de los laicos, no se atendía a los pobres, y el clero, en vez de oponer un dique a la injusticia, la promovía más con su mal ejemplo. San Pedro sustituyó a los sacerdotes de la catedral, que eran indisciplinados y negligentes, por los canónigos regulares de San Agustín y el Capítulo empezó muy pronto a dar ejemplo de regularidad. San Pedro visitaba constantemente su diócesis, recuperó las propiedades confiscadas, destinó a los mejores sacerdotes a las parroquias, fundó instituciones para la educación de la juventud y el socorro de los pobres y promovió la celebración de los divinos oficios en todas las iglesias. El autor de su biografía, que le acompañó en todos sus viajes de aquella época, da testimonio de las numerosas curaciones que obró el santo y de las multiplicaciones de pan que realizó en los períodos de carestía.

Molesto al verse honrado por sus milagros y deseoso de volver a la soledad del monasterio, san Pedro empezó a pensar en el claustro; en 1155, después de trece años de gobierno de su diócesis, desapareció sin dejar huellas. En realidad se había retirado a una lejana abadía cisterciense de Suiza, donde los monjes no le conocían y le aceptaron como hermano lego. El pueblo de Tarentaise se afligió mucho al saber la noticia de la desaparición de su arzobispo y le buscó en los monasterios de las provincias vecinas, pero no logró descubrirle sino hasta un año más tarde. Cuando los superiores de san Pedro supieron quién era, le obligaron a volver a su sede, donde el pueblo le recibió jubilosamente. El santo desempeñó su oficio con mayor celo que nunca. Su primera preocupación eran los pobres; en dos ocasiones regaló su hábito, en lo más crudo del invierno, con riesgo de su vida. Reconstruyó el albergue del «Pequeño San Bernardo» y construyó otros albergues en los Alpes. También instituyó la costumbre, que se conservó hasta poco después de la Revolución Francesa, de distribuir gratuitamente pan y sopa en los meses anteriores a la cosecha, cuando la comida escaseaba en su abrupta diócesis. El pueblo bautizó esta costumbre con el nombre de «el pan de mayo».

San Pedro conservó siempre el hábito cisterciense y vivió con la austeridad de un monje; pero suplía el trabajo manual con el desempeño de las funciones espirituales de su oficio. Él, que era un hombre de paz, poseía un don singular para reconciliar a los más implacables enemigos, de suerte que en más de una ocasión logró evitar el derramamiento de sangre. Pero, sobre todo, consagró sus esfuerzos políticos a apoyar al legítimo papa, Alejandro III, contra el antipapa Víctor, al que sostenía, a su vez, Federico Barbarroja. En una época, el arzobispo de Tarentaise fue prácticamente el único súbdito del emperador que se atrevió a oponerse abiertamente al antipapa, pero pronto se le unió toda la Orden del Císter. En defensa de los derechos del papa legítimo, Pedro predicó en las provincias francesas de Alsacia, Lorena, Borgoña y en muchas regiones de Italia. A la elocuencia de su palabra, se añadía el prestigio de sus milagros. El santo habló también, valientemente, en varios sínodos y en la misma presencia del emperador. Este último admiraba tanto su santidad y su valor, que le permitió expresarse con una libertad que no habría soportado en ningún otro.

Dios no quiso que el santo muriese en su diócesis. Su fama de hábil pacificador movió a Alejandro III a enviarle para tratar de negociar la reconciliación entre Luis VII de Francia y Enrique II de Inglaterra. Aunque era ya bastante anciano, el santo partió al punto y predicó durante todo el viaje. Cerca de Chaumont de Vexin, donde se hallaba instalada la corte, se entrevistó con Luis VII y con el rebelde heredero al trono de Inglaterra, el príncipe Enrique. Este último descendió del caballo para recibir la bendición de San Pedro y pidió respetuosamente permiso de besar la vieja capa del arzobispo. El rey de Inglaterra, que le recibió en Chaumont y en Gisors, le prodigó toda clase de honores. Sin embargo, la paz no se hizo sino hasta después de la muerte del santo. Cuando volvía a su diócesis, san Pedro cayó enfermo cerca de Besançon, y murió cuando le transportaban a la abadía de Bellevaux. Su canonización tuvo lugar en 1191.

La más importante y fidedigna de las fuentes sobre san Pedro es la biografía que el abad cisterciense de Hautecombe, Godofredo de Auxerre, escribió por orden del papa Lucio III. Puede verse dicha obra en Acta Sanctorum. Godofredo terminó esa biografía en 1185, es decir, menos de diez años después de la muerte del santo. Además, se menciona frecuentemente a san Pedro en la correspondencia, en las crónicas y en la literatura hagiográfica de la época. Aun Walter Map, que se expresaba de la Orden Cisterciense con la mayor acritud, habla en términos elogiosos de san Pedro de Tarentaise.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI




San Alberto de Jerusalén

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San Alberto de Jerusalén, obispo y mártir
En Tolemaida, en Palestina, cerca de la actual Haifa, san Alberto (de Castro Gualteri), obispo, que, trasladado de la Iglesia de Vercelli a la de Jerusalén, dio una Regla a los eremitas del monte Carmelo, y que mientras celebraba la fiesta de la Santa Cruz fue asesinado por la espada de un malvado, a quien había reprendido.
En el año de 1099, cuando los cruzados al mando de Godofredo de Bouillon establecieron el reino latino de Jerusalén, los jerarcas griegos fueron despedidos de sus principales sedes e iglesias y reemplazados por obispos de Occidente, cuyos únicos fieles se encontraban en las filas de los propios cruzados. De esta manera, hubo un «Patriarca Latino» en Jerualén, y es lamentable tener que decir de la mayoría de los prelados que ocuparon ese puesto, que su comportamiento fue tan equívoco como su posición. Por consiguiente, al morir el patriarca Michael, de triste memoria, los canónigos regulares del Santo Sepulcro, apoyados por el rey Amaury II de Lusignan, le pidieron al papa Inocencio III que enviase como sucesor a un prelado cuyas virtudes, destreza y energía fuesen ampliamente reconocidas. En consecuencia, dos años después de la muerte del patriarca Michael, llegó a Palestina a ocupar el difícil cargo, Alberto, obispo de Vercelli. El prelado pertenecía a una distinguida familia de Parma. Luego de realizar una brillante carrera de teología y leyes, ingresó como canónigo regular a la abadía de la Santa Cruz, en la ciudad lombarda de Montara. Cuando tenía más o menos treinta y cinco años, es decir en 1186, fue consagrado obispo de Bobbio y, casi inmediatamente, fue trasladado a la sede de Vercelli. Debido a su habilidad en la diplomacia y su honestidad a toda prueba, se le eligió para actuar como mediador entre el papa Clemente III y Federico Barbarroja. Poco tiempo después, Inocencio III le envió como legado al norte de Italia donde, gracias a sus buenos oficios, se restableció la paz entre Parma y Piacenza, en el año de 1199. El Papa no deseaba deshacerse de tan valioso elemento para mandarlo a Jerusalén y dio largas al asunto, pero a fin de cuentas aprobó la elección de los canónigos, invistió a Alberto con el palio y le dio el nombramiento adicional de legado pontificio en Palestina.

San Alberto partió de Italia en el año de 1205. Ya desde dieciocho años antes, los sarracenos habían reconquistado Jerusalén a los cruzados y la sede del patriarca latino se había trasladado a Akka (Tolemaida), donde el rey franco estableció su corte. En consecuencia, san Alberto fue a residir en Akka y, desde el primer momento, trabajó para conquistarse el respeto y la confianza, no sólo de los cristianos, sino también de los musulmanes, lo que no habían conseguido hacer sus antecesores. En su calidad de patriarca y delegado, desempeñó un papel muy destacado en la política eclesiástica y civil del levante; en un período de nueve años, tuvo que vérselas con infinidad de asuntos que pusieron a prueba su paciencia y su prudencia. En primer lugar, hizo frente de continuo al escabroso problema de mantener la paz entre los francos y los naturales del país; mas no fue por el cumplimiento de esa difícil tarea por lo que se distinguió sobremanera el ilustre prelado. Entre los años de 1205 y 1210, el beato Brocardo, prior de los ermitaños del Monte Carmelo, solicitó al patriarca que ordenara la vida monástica de los ermitaños, bajo una regla que acatarían él y sus súbditos. San Alberto respondió a la solicitud con un documento breve, pero absolutamente claro y conciso, de dieciséis «capítulos». Pedía la obediencia completa al superior elegido; una celda aparte para cada ermitaño, con un oratorio común; trabajo manual para todos, ayunos prolongados y perpetua abstinencia de carne, y observar a diario un período de silencio, desde vísperas hasta después de tercia. «Cada ermitaño debe permanecer en su celda o cerca de ella, entregado, día y noche, a la meditación de las leyes del Señor y dedicado a la oración, a menos que esté ocupado en alguna ocupación legítima», advierte el santo patriarca en su documento. Aquella regla fue confirmada por el papa Honorio III en 1226 y modificada por Inocencio IV, veinte años después. Cualquiera que haya sido el fundador de la orden de los carmelitas, no hay duda de que san Alberto, patriarca de Jerusalén, un canónigo agustino, fue su primer legislador.

Inocencio III llamó de Oriente a san Alberto para que asistiera al Concilio de Letrán, pero no le alcanzó el tiempo de su vida para tomar parte en la magna asamblea que se abrió en noviembre de 1215. Durante doce meses, trabajó afanosamente y con toda fidelidad para respaldar los vanos esfuerzos del papa encaminados a recuperar Jerusalén y, entonces, le llegó la muerte en forma inesperada y violenta. Poco tiempo antes, el patriarca se había visto obligado a despedir al director del Hospital del Espíritu Santo en Akka y, desde entonces, el hombre alimentó en su fuero interno un amargo rencor contra san Alberto. El día de la fiesta de la Exaltación de la Cruz de 1214, el patriarca encabezaba una procesión en la iglesia de la Santa Cruz, en Akka, cuando se le echó encima el expulsado director del hospital y le apuñaló hasta dejarle muerto en el mismo sitio del ataque. La festividad de San Alberto fue celebrada por los carmelitas desde 1411.

En Acta Sanctorum, abril, vol. I, se halla impresa una biografía abreviada de san Alberto con muy extensos prolegómenos. Véase también el Analeeta Ordinis Carmelitaruni Discalceatorum, vol. III (1926), pp. 212 y ss. B. Zimmerman proporciona otros datos en Monumenta Historica Carmelitarum. (1907), pp. 277 - 281. La regla redactada por San Alberto se halla impresa en dicha obra, pp. 20-144.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI




Beato Claudio Laplace

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Beato Claudio Laplace, presbítero y mártir
En el mar, frente a la costa de Rochefort, en Francia, beato Claudio Laplace, presbítero y mártir, que, encarcelado en una nave de transporte anclada, debido a su condición de sacerdote, en tiempo de la Revolución Francesa murió por inanición y contagio.
Claudio Laplace nació en Bourbon-Lancy y se bautizó el 15 de noviembre de 1725. Una vez ordenado sacerdote, fue vicario en Saint-Bonnet (L'Allier) en 1751, pasando siete años más tarde a párroco de esta iglesia, que tenía la parroquia aneja de San Juan de Moulins. En 1767 él fue nombrado vicegerente de la oficialidad de Moulins. Cuando en enero de 1791 se pide el juramento constitucional a los sacerdotes, Laplace se negó y hubo de dejar la parroquia. Pasó seguidamente mucha necesidad económica. Pidió un pasaporte para salir del reino pero como llegó a Pont-de-Beauvoisin luego de que las tropas francesas entraran en Saboya, debió volver a Moulins, donde una docena de ciudadanos lo denunció.

En octubre fue arrestado y llevado a la prisión de Santa Clara. Pese a su edad, lo obligaron a partir con los deportados, dejando Moulins en noviembre de aquel año. Luego de un mes de detención en Saintes, llegó en abril a Rochefort, y fue embarcado en Les Deux Associés. Había cumplido con gran celo sus deberes ministeriales su tiempo de párroco y tenía gran crédito como director de almas. Murió el 14 de septiembre de 1794. Fue beatificado el 1 de octubre de 1995 por el papa Juan Pablo II.
fuente: «Año Cristiano» - AAVV, BAC, 2003



San Gabriel Taurino Dufressee

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San Gabriel Taurino Dufresse, obispo y mártir
En la ciudad de Chengdu, en la provincia china de Sichuan, san Gabriel Taurino Dufresse, obispo y mártir, decapitado cruelmente después de una plena dedicación a la actividad ministerial durante cuarenta años.
San Luis Gabriel Taurino Dufresse, martirizado en 1815, fue uno de los misioneros más eficaces de la Sociedad de las Misiones Extranjeras de París. Llegó a China a los veintiséis años, ya ordenado sacerdote. Trabajó siete años en la provincia de Szechuan. En 1785 fue denunciado y tuvo que ocultarse, con lo que logró esquivar durante algunos meses a los perseguidores; pero acabó por entregarse voluntariamente a las autoridades, por temor de que las investigaciones que se hacían para encontrarle pudiesen llevar a la captura de algún otro misionero. Inmediatamente fue enviado a la prisión de Pekín y a poco se le puso en libertad para deportarle, con otros prisioneros, a Manila, donde permaneció cuatro años. Volvió a Szechuan, acompañando al vicario apostólico, Mons. de Saint-Martín. En 1800, fue consagrado obispo titular de Tabraca, como auxiliar del vicario apostólico, y al año siguiente le sucedió en el cargo. La persecución amainó durante algún tiempo, y Mons. Taurino Dufresse administró celosamente su distrito. Como había ya cuarenta mil convertidos y esto exigía una reorganización completa de la misión, se reunió un sínodo en 1803. En 1811 se decretó de nuevo la persecución contra los predicadores extranjeros. En Pekín sólo se encontraban siete, tres de los cuales trabajaban en el observatorio (los misioneros habían aprovechado la ocasión para introducirse, mediante los conocimientos de los europeos en materia de matemáticas y astronomía). Pronto la persecución se extendió a las provincias, y en Szechuan se desató con mayor violencia que nunca. El 28 de mayo de 1815, Mons. Dufresse fue entregado y llevado prisionero a Chin-tai, capital de la provincia.

Debe hacerse notar que los mandarines locales trataron sin brutalidades y aun con cierta consideración al venerable obispo, que tenía entonces sesenta y cuatro años. Le devolvieron sus libros y le permitieron hablar libremente en su defensa, lo que el obispo aprovechó para hacer una vibrante apología del cristianismo que conmovió a todos los presentes. Le sometieron a pocos interrogatorios en un clima de serenidad, y los jueces escucharon cortésmente las respuestas del obispo. Sin duda que el carácter y las obras del santo les predispusieron en su favor. El 14 de septiembre compareció ante el gobernador, quien le condenó a morir decapitado. Según la ley, el emperador tenía que confirmar la sentencia, pero el gobernador hizo caso omiso de la ordenanza y mandó que se procediera inmediatamente a la ejecución para escarmiento de los cristianos. Sin embargo, la conducta y las palabras de san Luis Gabriel produjeron entre estos un efecto contrario al deseado: cuando el obispo les bendijo por última vez, todos los prisioneros cristianos afirmaron su resolución de morir por Jesucristo, como lo hicieron en efecto muchos de ellos. Ejecutada la sentencia, la cabeza del mártir fue clavada en una pica y expuesta al escarnio público, junto con su cuerpo, como un aviso a los cristianos; pero estos montaron valientemente una guardia constante junto a los restos del mártir durante ocho días, y les dieron sepultura, en cuanto el gobernador lo permitió.

Biografía extraida de uno de los artículos dedicados a loa mártires de China (allí se habla de beatos, naturalmente, ya que aun no habían sido canonizados) en el Butler-Guinea; en este caso, el correspondiente al 17 de febrero, donde se puede consultar la bibliografía general.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI




 

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