Un inaplazable ajuste de cuentas con la Madre
Tierra
2015-09-13
La encíclica del Papa
Francisco sobre “El cuidado de la Casa Común” (Laudato Si’) está siendo
vista como la encíclica “verde” de manera semejante a cuando decimos economía
“verde”. He aquí un gran equívoco. Ella no quiere ser solamente “verde” sino
que propone la ecología “integral”.
En
realidad, el Papa dio un salto teórico de la mayor relevancia al ir más allá
del ambientalismo verde y pensar la ecología en una perspectiva holística que
incluye lo ambiental, lo social, lo político, lo educacional, lo cotidiano y lo
espiritual. Él se sitúa en el corazón del nuevo paradigma según el cual cada
ser posee valor intrínseco pero está siempre en relación con todo, formando una
inmensa red como lo dice de manera ejemplar la Carta de la Tierra.
En
otras palabras, se trata de superar el paradigma de la modernidad, que coloca
al ser humano fuera de la naturaleza y encima de ella como “su maestro y señor”
(Descartes), imaginando que ella no tiene ningún otro sentido sino estar puesta
al servicio del ser humano que puede explotarla a su gusto. Ese paradigma
subyace a la tecnociencia que nos ha traído tantos beneficios pero que
simultáneamente gestó la actual crisis ecológica por el saqueo sistemático de
sus bienes naturales.
Y
lo hizo con tanta voracidad que ha sobrepasado los principales límites que no
se podían traspasar (la Sobrecarga de la Tierra). Una vez traspasados, ponen en
peligro las bases físico-químico-energéticas que sustentan la vida (los climas,
la escasez de agua, los suelos, la erosión de la biodiversidad entre otros). Es
hora de hacer un ajuste de cuentas con la Madre Tierra: o redefinimos una nueva
relación más cooperativa para con ella y así garantizamos nuestra supervivencia
o podemos conocer un colapso planetario.
El
Papa inteligentemente se dio cuenta de esta posibilidad. De ahí que su
encíclica se dirija a toda la humanidad y no solo a los cristianos. Tiene como
propósito fundamental impulsar un nuevo estilo de vida y una verdadera
“conversión ecológica”. Esta implica un nuevo modo de producción y de consumo,
respetando los ritmos y los límites de la naturaleza, en consideración también
de las futuras generaciones a las cuales pertenece igualmente la Tierra. Esto
está implícito en el nuevo paradigma ecológico.
Como
estamos tratando de un problema global que afecta indistintamente a todos,
todos están llamados a dar su contribución: cada país, cada institución, cada
saber, cada persona, y cada religión, como el cristianismo.
En
razón de esta urgencia, el Papa juntamente con la Iglesia Ortodoxa instituyó el
día 1º de septiembre de cada año como “Día Mundial de Oración por el Cuidado
de la Creación”. Afirma claramente que «debemos buscar en nuestro rico
patrimonio espiritual las motivaciones que alimentan la pasión por el cuidado
de la creación» (Carta del Papa Francisco de 6/08/2015). Obsérvese la
expresión «pasión por el cuidado de la creación». No se trata de una
reflexión o algún empeño meramente racional sino de algo más radical, “una
pasión”. Se invoca aquí la razón sensible y emocional. Ella es y no simplemente
la razón que nos hará tomar decisiones, nos impulsará a actuar con pasión
y de modo innovador de acuerdo a la urgencia de la actual crisis ecológica
mundial.
El
Papa tiene conciencia de que el cristianismo (y la Iglesia) no está exento de
culpa por haber llegado a esta situación dramática. Durante siglos se predicó
un Dios sin el mundo, lo que propició el surgimiento de un mundo sin Dios. En
ninguna catequesis entraba el mandato divino, claramente señalado en el segundo
capítulo del Génesis, de “cultivar y cuidar el jardín del Edén” (2,15). Por el
contrario, el conocido historiador norteamericano Lynn White Jr. ya en 1967 (Las
raíces históricas de nuestra crisis ecológica, archivo digital de la Agenda
Latinoamericana, servicioskoinonia.org/archivo,
buscando por autores: «White») acusó al judeocristianismo con su doctrina del
dominio del ser humano sobre la creación, como el factor principal de la crisis
ecológica. Exageró, como lo ha mostrado la crítica, pero de todos os modos
suscitó la cuestión del estrecho vínculo entre la interpretación común del
señorío del ser humano sobre todas las cosas y la devastación de la Tierra, lo
que reforzó el proyecto de dominación de los modernos sobre la naturaleza.
El
Papa realiza en su encíclica (nºs 115-121) una vigorosa crítica al
antropocentrismo de esa interpretación. Sin embargo, en la carta que instaura
el día de oración, suplica a Dios con humildad «misericordia por los pecados
cometidos contra el mundo en el que vivimos». Vuelve a referirse a San Francisco
con su amor cósmico y respeto por la creación, el verdadero anticipador de lo
que debemos vivir en los días actuales.
Cabe
concluir con las palabras del gran historiador Arnold Toynbee: «Para mantener
la biosfera habitable durante más de dos mil años, nosotros y nuestros
descendientes tenemos que olvidar el ejemplo de Pedro Bernardone (padre de San
Francisco), gran empresario de tejidos del siglo XIII, y su bienestar material
y empezar a seguir el modelo de Francisco, su hijo, el mayor entre todos los hombres
que han vivido en Occidente… Él es el único occidental que puede salvar la
Tierra» (en ABC, Madrid 19/12/1972, p. 10).
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