San Miqueas, santo del AT
fecha: 21 de diciembre
canonización: bíblico
hagiografía: Abel Della Costa
canonización: bíblico
hagiografía: Abel Della Costa
Elogio: Conmemoración de san Miqueas, profeta, el cual, en los días de
Joatán, Acaz y Ezequías, reyes de Judá, defendió con su predicación a los
oprimidos, condenó los ídolos y las perversidades, y anunció al pueblo elegido
que desde los días eternos nacería en Belén de Judá un caudillo que apacentaría
a Israel con la fortaleza del Señor.
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En la secuencia de «profetas menores» que
venimos celebrando desde fines de noviembre, damos, con Miqueas, un salto muy
atrás en el tiempo: con Malaquías habíamos llegado hacia mediados del siglo V:
el Templo ha sido reconstruido, pero el espíritu de Judá está débil, y el
profeta alienta a cobrar nuevos ánimos. Con Miqueas, en cambio, retrocedemos
tres siglos, a mediados del siglo VIII antes de Cristo; es casi la misma época
que la de Isaías, e incluso comparte con Isaías algunos de sus temas, y algunos
aspectos de su lenguaje.
Estos son unos pocos trazos de la
situación del momento: el pueblo bíblico permanece dividido en dos desde hace
siglo y medio, un Reino del Norte (Israel), con capital en Samaría, y un Reino
del Sur (Judá), con capital en Jerusalén; el norte ha conservado gran parte de
la tradición religiosa antigua, una religiosidad más «carismática», siempre en
peligro de recaer en las burdas supercherías y el politeísmo; el sur está
orgulloso de haber conservado el templo y la legitimidad de la corona de David,
una jerarquía religiosa que vive al calor del templo, con el permanente peligro
que esto conlleva de volverse una mera «burocracia sagrada». En la Biblia están
representados los dos grupos, y hay profetas de los dos reinos, porque hasta la
caída de Samaría a manos de Asiria, en el 721, la Corona del Norte sigue siendo
-para la corona de David y para la religión del sur- una «hermana separada». A
esa época se refiere la noticia breve del Martirologio cuando dice «en los días
de Joatan, Acaz y Ezequias, reyes de Judá», esto es, aproximadamente entre el
750 y el 687. Este Miqueas referido al libro que lleva su nombre y cuya memoria
celebramos no debe ser confundido con otro profeta homónimo pero que predicó en
el reino del Norte un siglo antes (hacia el 860), en tiempos de Ajab de Israel
y Josafat de Judá, según se narra en 1Reyes 22, y que no tiene ningún libro
bíblico a su nombre ni se celebra en el Martirologio.
De Miqueas sabemos biográficamente bien
poco; en el encabezado del libro no menciona, como es costumbre, el nombre de
su padre, lo que hace pensar en un profeta que no pertenece a ningún linaje
reconocido, no se trata de un «profeta hijo de profetas», sino más bien alguien
de pueblo, de un medio rural (de Moréset, una aldea fronteriza de Judá) y
alejado de las dos grandes ciudades -Jerusalén y Samaría- y de su esplendor, un
hombre no dado al lenguaje ingenioso ni pulido sino franco y directo, casi
rudo. Judá está atravesando, en criterios humanos, uno de sus mejores momentos:
no hay grandes amenazas en el horizonte, y las guerras triunfantes dejan buenos
tributos, hay una clase terrateniente sólida, una burguesía bien establecida
que deja en el Templo buenos beneficios. Pero -casi es ley- por dentro Judá está
podrido: el culto es puro formalismo, sólo busca cumplir con Yahvé, pero
perdiendo de vista lo fundamental: el huérfano, la viuda, los pobres de Dios. Y
así de directo es el mensaje de Miqueas:
«¡Ay de aquellos que meditan iniquidad, que traman maldad en sus lechos y al despuntar la mañana lo ejecutan, porque está en poder de sus manos!
Codician campos y los roban, casas, y las usurpan; hacen violencia al hombre y a su casa, al individuo y a su heredad.
[...]Escuchad esto, jefes de la casa de Jacob, y dirigentes de la casa de Israel, que abomináis el juicio y torcéis toda rectitud,
que edificáis a Sión con sangre, y a Jerusalén con maldad.
Sus jefes juzgan por soborno, sus sacerdotes enseñan por salario, sus profetas vaticinan por dinero, y se apoyan en Yahveh diciendo: '¿No está Yahveh en medio de nosotros? ¡No vendrá sobre nosotros ningún mal!'» (caps 2-3, fragmentos).
«¡Ay de aquellos que meditan iniquidad, que traman maldad en sus lechos y al despuntar la mañana lo ejecutan, porque está en poder de sus manos!
Codician campos y los roban, casas, y las usurpan; hacen violencia al hombre y a su casa, al individuo y a su heredad.
[...]Escuchad esto, jefes de la casa de Jacob, y dirigentes de la casa de Israel, que abomináis el juicio y torcéis toda rectitud,
que edificáis a Sión con sangre, y a Jerusalén con maldad.
Sus jefes juzgan por soborno, sus sacerdotes enseñan por salario, sus profetas vaticinan por dinero, y se apoyan en Yahveh diciendo: '¿No está Yahveh en medio de nosotros? ¡No vendrá sobre nosotros ningún mal!'» (caps 2-3, fragmentos).
Haríamos por supuesto muy bien en leer
seguido estas palabras, sobre todo nosotros, Iglesia, que nos apoyamos, como
hacían los sacerdotes del Templo, en la «promesa eterna de Dios». Pero lo
meditamos precisamente hoy, 21 de diciembre, no tanto por ese «mensaje ético»
(¡completamente indispensable!), sino porque es uno de los libros del AT en el
que los primeros cristianos leyeron con mayor claridad que en Jesús se cumplía
la promesa salvadora de Dios. En especial en estos versículos, que el lector
reconocerá enseguida porque están muy presentes en la liturgia de estos días:
«Mas tú, Belén Efratá, aunque eres la menor entre las familias de Judá,
de ti me ha de salir aquel que ha de dominar en Israel,
y cuyos orígenes son de antigüedad, desde los días de antaño.
Por eso él los abandonará hasta el tiempo
en que dé a luz la que ha de dar a luz.
Entonces el resto de sus hermanos volverá a los hijos de Israel.» (5,1-2).
Su escrito ocupa siete capítulos en total,
cuya claridad de parte de Dios no deja escapatoria, no podemos decir «nadie me
avisó cuál es la religión que quiere Dios». Pero a la vez están llenos de una
misteriosa promesa de salvación, que en medio de un rebaño desconcertado y
disperso anuncia el nuevo pastoreo del propio Yahvé, quien «no
mantendrá su cólera por siempre pues se complace en el amor» (7,18).
De Miqueas procede también ese profundísimo estribillo que cantamos el Viernes
Santo, y en general el esquema de los «Improperios»:
«Pueblo mío, ¿qué te he hecho? ¿En qué te he molestado? Respóndeme.» (6,3)
«Pueblo mío, ¿qué te he hecho? ¿En qué te he molestado? Respóndeme.» (6,3)
Bibliografía:También para Miqueas hay una introducción
breve pero útil en el prólogo a los Profetas Menores en Biblia de Jerusalén.
Sigue siendo válida la seria y pertinente introducción desde el punto de vista
de la crítica histórica del Comentario
Bíblico «San Jerónimo», tomo I, págs 751ss. El libro de Miqueas
puede leerse en la sección de
Biblia de ETF en distintas versiones. Una breve
introducción de pocas páginas, interesante porque está ausente lo que para
cualquier comentarista cristiano es central, la mención de Belén, es el
capítulo dedicado a Miqueas en el profundo libro «Los profetas» del
rabino Abraham Heschel, tomo I, pág 189ss. Hay también una muy breve
introducción (pero certera y didáctica, como casi todo en ese libro) en «Visión nueva de
la Biblia», de Grollenberg, pág 230-233, conviene leer el
contexto sobre los profetas en general.
Imagen: «Espadas en arados», basada en Miqueas 4,3,
escultura en bronce de Evgeniy Vuchetich, 1959, regalada por la entonces Unión
Soviética a las Naciones Unidas. Se encuentra emplazada en los jardines de la
ONU, frente al East River (foto tomada de Wikipedia Commons).
Abel Della Costa
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ingreso o última modificación relevante: ant 2012
Estas biografías de santo son propiedad de
El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo
como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino
que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía,
referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.orgindex.php?idu=sn_4573
San Temístocles, mártir
fecha: 21 de diciembre
†: c. 250 - país: Turquía
canonización: pre-congregación
hagiografía: Santi e Beati
†: c. 250 - país: Turquía
canonización: pre-congregación
hagiografía: Santi e Beati
Elogio: En Licia, san Temístocles, mártir,
el cual, según se cuenta, en tiempo del emperador Decio se ofreció en lugar de
san Dióscoro, que era buscado para ser ajusticiado, y tras haber sido torturado
en el potro, arrastrado y apaleado, alcanzó la corona del martirio.
La «Passio» del santo se conserva en
griego y hasta ahora está inédita, conocemos el martirio sólo a través de las
noticias que le dedican los sinaxarios (santorales) bizantinos el 21 de
diciembre.
Temístocles era un nativo de Mira, en
Licia, en época del emperador Decio (249-251). Se había desatado la persecución
contra los cristianos y el prefecto o gobernador de la provincia, en ejecución
de los decretos imperiales, hizo buscar al notorio cristiano Dioscórides, que
estaba escondido en una montaña, cerca del lugar donde Temístocles, que era
pastor, llevaba sus ovejas. Los enviados del gobernador, encontrándolo, lo
interrogaron sobre el prófugo, pero se negó a denunciarlo y él mismo
inesperadamente se declaró cristiano. Detenido, fue llevado de inmediato a la
presencia del gobernador Asclepio, que lo interrogó y que al confirmar su fe lo
condenó a muerte, lo que ocurrió después de mucho tormento. El culto de
Temístocles parece que no había pasado las fronteras de la iglesia bizantina,
por lo que en la creación del Martirologio Romano por el Card. César Baronio,
en 1588-1607, no fue incluido. Pero sí se agregó luego, y lo está en el actual.
Traducido para ETF de un artículo de
Antonio Borrelli.
fuente: Santi e Beati
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que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía,
referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.orgindex.php?idu=sn_4574
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