El físico de Oxford enamorado de Dios: «Me preguntaban cómo podía ser científico e ir a la iglesia»
Mark Harris dirige un centro de la Universidad de Oxford dedicado a estudiar la relación entre ciencia y religión.

Mark Harris no duda en afirmar que se ven más físicos que biólogos con fe porque los primeros buscan un orden en el cosmos
El interés de Mark Harris por Dios y por la ciencia nació casi al mismo tiempo. Cuando tenía 12 o 13 años, comenzó a preguntarse qué quería hacer con su vida y se planteó cuestiones sobre la existencia y el cosmos.
Su familia no era religiosa, pero él empezó a leer la Biblia. A la vez, se sentía fascinado por la naturaleza del universo y decidió convertirse en científico.
Décadas después, aquella doble inquietud se convertiría en el eje de su trayectoria profesional. Harris fue uno de los descubridores, en 1997, del llamado hielo de espín, un material magnético que presenta analogías con el hielo común a escala molecular. Su investigación ha sido citada en miles de artículos científicos.
Más adelante estudió teología y fue ordenado sacerdote en la Iglesia de Inglaterra (anglicana).
Actualmente dirige el Centro Ian Ramsey de la Universidad de Oxford, dedicado al estudio de las relaciones entre ciencia y religión. En su conversación con El Mundo, el investigador repasa un recorrido que lo llevó del laboratorio a la teología sin abandonar las preguntas que lo acompañaron desde la adolescencia.
Una vocación entre la física y la teología
Al comienzo de su carrera científica, Harris recuerda que sus compañeros le preguntaban cómo podía ser científico y asistir a misa todos los domingos. La situación lo incomodaba, reconoce en la entrevista.
Cuando se planteó ordenarse sacerdote anglicano, visitó al obispo anglicano de Oxford, quien lo animó a estudiar teología.
Harris admite que al principio no le entusiasmaba demasiado la idea: quería continuar trabajando como físico y hasta creyó que la formación teológica sería más sencilla que la científica.
«Me equivoqué», reconoce. La teología terminó por apasionarlo y le permitió descubrir que también exigía rigor intelectual. «Pude permitirme ser en clase tan riguroso y desafiante como el científico que soy», explica.
Su experiencia personal cuestiona la idea de que la investigación científica y la fe religiosa sean necesariamente incompatibles. Sin pretender resolver por sí mismo ese debate, Harris muestra que ambas inquietudes pueden convivir en una misma trayectoria.
¿Qué puede responder la ciencia y qué puede responder la teología?
Para Harris, ambas disciplinas permiten aproximarse a la realidad desde perspectivas diferentes. La teología se ocupa de las creencias, las culturas y las preguntas humanas sobre el sentido de la existencia: por qué estamos aquí y de qué se trata la vida.
La física, en cambio, dispone de herramientas empíricas para investigar la composición y el funcionamiento del universo.
«Tenemos una rama de la ciencia que ha demostrado su valía una y otra vez, pero cuyo significado para nosotros como seres humanos aún no sabemos cuál es», afirma al referirse a la mecánica cuántica.
Harris dirige en Oxford un proyecto dedicado a estudiar sus perspectivas físicas y filosóficas. La teoría ha demostrado una enorme capacidad para explicar resultados experimentales, pero su interpretación sigue planteando interrogantes.
Por eso, el investigador se muestra cauteloso ante quienes presentan la física cuántica como una demostración de la existencia de Dios. Preguntado por esa interpretación, responde: «Como físico, me resulta incómoda la afirmación de que la mecánica cuántica nos habla de realidades espirituales y de que sea una ventana a Dios».
No afirma que la ciencia refute la existencia de Dios. Su advertencia apunta a otra cuestión: los resultados de una teoría física no permiten dar por demostradas automáticamente las conclusiones religiosas o filosóficas que algunas personas extraen de ella.
El misterio de los milagros
Uno de los pasajes más reveladores de la entrevista aparece cuando Harris habla de los milagros. El investigador cuenta que se comprometió a escribir un libro sobre el tema, pero no logró terminarlo porque su propia concepción cambió durante la investigación.
Su punto de partida era la definición tradicional del milagro como una intervención divina que viola las leyes de la naturaleza. Sin embargo, el estudio de la filosofía y la teología lo llevó a considerar que esa explicación resultaba insuficiente.
Harris señala que algunos acontecimientos narrados en la Biblia pueden recibir explicaciones científicas y, aun así, ser considerados milagros por los creyentes.
También plantea una dificultad: definirlos como transgresiones de las leyes naturales presupone que conocemos esas leyes en su totalidad.
«No sabemos todavía si en el universo existe un conjunto fijo de leyes que estamos descubriendo desde la oscuridad, o si, más bien, el universo funciona de otra manera y las leyes son herramientas para su comprensión», explica.
El físico tampoco considera satisfactoria una definición que dependa exclusivamente de la interpretación subjetiva de cada creyente, porque eso dificultaría alcanzar un entendimiento compartido.
Harris no concluye que los milagros no existan ni ofrece una definición definitiva. Su reflexión muestra, más bien, que la relación entre los acontecimientos naturales y su interpretación religiosa es más compleja de lo que sugiere la idea de una simple ruptura de las leyes físicas.
¿Somos libres en un universo regido por leyes?
La relación entre ciencia y fe también aparece en su reflexión sobre el libre albedrío. Harris recuerda que la física clásica alimentó durante mucho tiempo el debate sobre si, en un universo completamente determinado por sus leyes, las decisiones humanas podían ser verdaderamente libres.
La mecánica cuántica introdujo una perspectiva diferente al describir fenómenos cuyos resultados no pueden predecirse individualmente con certeza, sino mediante probabilidades.
Esta característica llevó a algunos pensadores a considerar que el indeterminismo podía abrir un espacio para la libertad humana y ofrecer una respuesta a determinados problemas teológicos.
Sin embargo, que un acontecimiento no pueda predecirse con certeza no demuestra por sí mismo que las personas sean libres. La entrevista presenta el contexto de ese debate, sin ofrecer una solución definitiva.
Inteligencia artificial y preguntas humanas
La conversación también aborda el uso de chatbots como consejeros sentimentales y posibles interlocutores espirituales. Harris reconoce su capacidad para procesar grandes cantidades de información y recuperar contenidos relacionados con la sabiduría espiritual.
Por eso, considera comprensible que alguien recurra a estas herramientas para preguntar si existe vida después de la muerte. Pero introduce una advertencia: «No olvidemos que los chatbots pueden manejar ideas equivocadas, así que no hay nada más importante que ejercer un espíritu crítico».
Su reflexión apunta a una cuestión cada vez más presente: la capacidad de una herramienta para ofrecer respuestas no garantiza que sean verdaderas. Harris recomienda seguir preguntando, cuestionar lo que se lee y consultar otras fuentes.
¿Qué nos hace humanos?
Finalmente, en otro pasaje de la entrevista, al preguntarse qué nos hace humanos, Harris señala que existen distintas respuestas. Podemos definirnos biológicamente como Homo sapiens, estudiar nuestras capacidades culturales y lingüísticas o considerar la posibilidad de que tengamos una dimensión espiritual.
No hay, sostiene, una única respuesta sencilla que abarque todas esas perspectivas.
Su trayectoria parece reflejar esa misma disposición a mantener abiertas las preguntas. La física le permitió investigar los mecanismos de la naturaleza; la teología lo llevó a explorar las creencias y las cuestiones relacionadas con el sentido de la vida.







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