¿Somos capaces de arriesgarlo todo por un desconocido? La lección de bondad que nos deja la historia
Hay una bondad mucho más difícil, la que aparece cuando ayudar deja de ser cómodo y empieza a tener un precio

La entrada de Auschwitz II-Birkenau se puede observar al fondo
Estos días, al volver a ponerme con la novela, hay algo que no deja de rondarme la cabeza. La historia que estoy escribiendo habla de una red clandestina, en España que ayudaba a judíos que huían del terror nazi en Europa. Personas que, sin conocerse, arriesgaban su vida para salvar la de otros. Y cuanto más pienso en ellas, más me cuesta apartarme de una pregunta: ¿Qué tiene que haber dentro de alguien para jugarse todo por un desconocido?
Intento imaginar aquellos momentos. Una puerta que se abre, alguien que llega huyendo, una familia que necesita esconderse, una decisión que debe tomarse sin saber qué consecuencias tendrá. Al otro lado están también quienes ayudan, con sus miedos, sus seres queridos y una vida que proteger. No eran héroes de novela, al menos no debieron de sentirse así. Eran personas corrientes que podían haber mirado hacia otro lado y, sin embargo, decidieron ayudar. Quizá sin saber muy bien de dónde sacaban el valor, quizá temblando, pero lo hicieron.
Y eso es lo que más me conmueve. No que fueran valientes, sino que, aun teniendo motivos para no serlo, eligieran hacer lo correcto.
A veces hablamos de la bondad como si fuera algo sencillo, una cualidad amable que hace mejores las relaciones y nos permite vivir en paz con los demás. Pero hay una bondad mucho más difícil, la que aparece cuando ayudar deja de ser cómodo y empieza a tener un precio. Cuando lo que hacemos por otra persona puede poner en peligro nuestra propia tranquilidad, nuestra seguridad o incluso la vida de quienes queremos.
Mientras escribo, me pregunto si nosotros habríamos sido capaces de hacer lo mismo. Es fácil responder que sí cuando conocemos el final de la historia, cuando sabemos quiénes fueron las víctimas y quiénes tuvieron el valor de ayudarlas. Nos gusta pensar que habríamos abierto aquella puerta, que no habríamos permitido semejante injusticia. Pero ¿de verdad lo sabemos? ¿Qué haríamos si ayudar a un desconocido significara poner en peligro a nuestra familia? Me gustaría creer que tendría el valor necesario, pero no estoy seguro de que pueda responder a esa pregunta sin engañarme un poco.
Quizá por eso esta historia me toca tan de cerca. Porque, aunque hoy no nos enfrentemos a las mismas circunstancias, seguimos teniendo ocasiones para elegir entre ayudar o apartarnos, entre defender a alguien o guardar silencio, entre hacer lo que sabemos que está bien o buscar una razón que nos permita seguir tranquilos. No siempre nos jugamos la vida, pero a veces sí nuestra comodidad, la aceptación de los demás o esa seguridad que tanto nos cuesta abandonar.
Vivimos rodeados de sufrimiento y quizá nos hemos acostumbrado demasiado a verlo. Leemos noticias terribles, sentimos tristeza, indignación, impotencia, y al poco rato seguimos con nuestras cosas. No siempre es falta de humanidad; a veces, sencillamente, no sabemos qué hacer con tanto dolor. Pero me preocupa que terminemos creyendo que, porque no podemos ayudar a todos, no tenemos por qué ayudar a nadie.
Aquellas personas no podían salvar a todo el mundo. Tampoco sabían si conseguirían salvar a quienes tenían delante. Pero hicieron lo que estaba en sus manos, y para quienes encontraron refugio gracias a ellas, aquel gesto lo cambió todo. Quizá el bien consista precisamente en eso: en comprender que no necesitamos arreglar el mundo entero para hacer que el mundo de alguien sea un poco menos terrible.
No sé si yo habría abierto aquella puerta. Me gustaría decir que sí, pero prefiero dejar la pregunta sin respuesta, porque me obliga a mirar mi propia vida y a preguntarme qué hago cuando alguien necesita ayuda y puedo ofrecérsela. Tal vez la bondad no se demuestre imaginando lo que habríamos hecho en los grandes momentos de la historia, sino prestando atención a las pequeñas decisiones de cada día, esas en las que nadie nos mira y de las que probablemente nadie llegará a enterarse.
Al escribir esta novela, pienso que aquellas personas no hicieron lo que hicieron para convertirse en ejemplo de nada. Seguramente solo vieron a alguien que necesitaba ayuda y entendieron que no podían abandonarlo. Y quizá eso sea lo más hermoso de todo: que, en medio de una de las épocas más oscuras de nuestra historia, hubo personas que no necesitaron conocer a quienes sufrían para comprender que sus vidas importaban.
Ojalá nunca tengamos que enfrentarnos a una decisión semejante. Pero ojalá, si alguna vez llega el momento de elegir entre nuestra tranquilidad y la posibilidad de ayudar a alguien, encontremos dentro de nosotros un poco de aquel valor.
Porque a veces la bondad no hace ruido, no aparece en los libros de historia ni recibe reconocimiento alguno. A veces es solo una puerta que alguien se atreve a abrir cuando lo más fácil, y quizá lo más seguro, habría sido mantenerla cerrada.
Y para quien está huyendo del horror, al otro lado de esa puerta puede estar todo lo que le queda de esperanza.
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