domingo, 11 de octubre de 2026

Sergio Cruz: «Seguir a Jesús no es no sufrir»

 

Sergio Cruz: «Seguir a Jesús no es no sufrir»

Elpsicólogo general sanitario cuenta cómo el acercamiento de su prometida a la fe le ayudó a retomarla y reflexiona sobre las adicciones, el compromiso de pareja y la responsabilidad de influir en otros.

Sergio Cruz junto a Andrea, su prometida, durante una intervención pública.

Sergio Cruz junto a Andrea, su prometida, durante una intervención pública.

10.10.2026 | 17:47

Actualizado:

Una conversación con su profesor de química sobre la existencia de Dios despertó en Sergio Cruz, a los 18 años, un entusiasmo que quería compartir con todo el mundo. Con el tiempo, aquella llama se fue apagando. El acercamiento a la fe de Andrea, hoy su prometida, le llevó a reencontrarse con el mismo profesor en las clases de catequesis que ella recibía. En esta entrevista, el psicólogo general sanitario explica cómo ese regreso ha marcado sus decisiones y su manera de acompañar a otros. Habla de la libertad frente a las adicciones, de la entrega en la pareja y del encuentro entre terapia y acompañamiento espiritual. También se detiene en su propia autoexigencia y en lo que le ha enseñado dejarse ayudar.

—Te presentas públicamente como católico. ¿Cómo llegó la fe a ser una convicción propia?

—La fe llegó a mi vida realmente hace poco tiempo. Es verdad que mis padres me bautizaron y luego hice la comunión, pero posteriormente, con unos doce años, dejé de ir a misa. Las cosas del día a día, el instituto, la carrera… Te vas olvidando un poco de todo eso.

Con dieciocho años, mi profesor de química un día me llamó y me dijo que quería darme una charla sobre la existencia de Dios. Yo salí fascinado, entendiendo que Dios existía y que ese Dios era Jesús, que se había hecho carne.

Salí de ahí como un discípulo de Jesús, con ganas de decírselo a todo el mundo. ¿Qué pasa? Que te encuentras en un mundo en el que muy poquita gente tiene fe y vuelves a las cosas del día a día. Esa llama a la cual llegas a través de la razón se va apagando.

Pero mi pareja actual, Andrea, sin estar bautizada, tuvo ese acercamiento a la fe y a mí también me reenganchó. Ir a las clases que ella estaba teniendo con su catequista, que luego ha sido su padrino y que fue el profesor que me dio en su día aquella charla, me hizo volver a conectar con todo esto y a entender que a Dios se llega a través de la razón.

No me lo podía quedar guardado. En este momento, en el que también estoy en redes sociales, por supuesto divulgo de vez en cuando sobre este tema, junto con otras cosas que aporto, porque es que es el tema, literalmente.

—¿Qué decisión concreta de tu vida permite comprender lo que significa para ti seguir a Cristo?

—Sobre todo, no priorizar el corto plazo por encima de los valores. Creo que la sociedad actual te incita mucho al consumismo, al hedonismo, a la gratificación inmediata e incluso a priorizar el dinero.

Yo tengo unas líneas rojas muy claras. Mi brújula vital es: acércate a los diez mandamientos, aléjate de los siete pecados. Eso es lo que sigo. Si hay alguna decisión en mi día a día que no cumpla eso y que sé que a Jesús no le va a contentar, intento alejarme al máximo de ella.

Obviamente, soy un ser humano que tiene sus errores y que está en su camino de perfección. Pero llevar eso a cabo a través de la disciplina, una disciplina con razón y con fe, es mi manera de vivir lo que significa para mí Cristo. No una disciplina solo basada en controlar los impulsos terrenales del día a día, sino entendiendo que nace de la fe.

—Cuando alguien te dice «sé que esto me está haciendo daño, pero no consigo dejarlo», ¿cómo distingues lo que requiere un cambio de hábitos de lo que necesita atención profesional, sin reducir el problema a falta de voluntad?

—En primer lugar hay que valorar si podemos estar hablando de una adicción o, como me gusta decir a mí, de un vicio o de un mal hábito.

La diferenciación clave sería ver cómo ese mal hábito está influyendo en la vida social de la persona, en su economía, en su trabajo, en su relación de pareja o con su familia. Hay hábitos que, cuando se apoderan de la persona, acaban convirtiéndose en la prioridad y guiando sus decisiones en el día a día, ya sea una adicción a la pornografía, a las apuestas o al alcohol. Todo eso acaba pasando factura.

Una adicción no es blanco o negro: puedes ir llegando sin darte cuenta, y más en un contexto que nos incita a ello. No solo a través de las adicciones clásicas, sino también de las pantallas, porque hoy en día las drogas entran también por los ojos.

Si esto se junta con un panorama en el que hay falta de fe, esas sensaciones pueden acabar convirtiéndose en la religión cuando Dios ha muerto o, mejor dicho, se le ha querido matar, aunque sabemos que eso es imposible.

A través de preguntas voy infiriendo cómo puede estar afectando ese mal hábito a la persona. Normalmente no es uno, suele ser un cóctel, pero hay que ver si alguno está afectando más y empezar a modificarlo, especialmente a través de cambios en el contexto que faciliten ese cambio. También en cuestiones más cognitivas: qué razón tienes, para qué quieres cambiar, qué sentido tiene para ti.

Tiene que haber un impulso interior mucho mayor que el placer y la sensación inmediata que da ese mal hábito.

Por otro lado, con las personas creyentes con las que trabajo y que sé que tienen esa fe, lógicamente hay que aprovechar al máximo esa pata. De hecho, son personas que tienen más posibilidades de salir de adicciones porque tienen algo tan poderoso a lo que agarrarse como Jesús, la parte espiritual y la posibilidad de hablar con un sacerdote.

Pero si una persona conecta con la razón por la cual quiere hacer ese cambio, independientemente de que sea creyente o no, puede conseguirlo.

Para distinguir la gravedad de ese mal hábito o vicio, o si vamos ya más al extremo, adicción, habría que ver principalmente el grado de dependencia y de esclavitud respecto a ese hábito.

Ya sabemos que libertad no es lo mismo que libertinaje. El mundo actual nos incita a esos siete pecados digitales, que no capitales, pero que directamente van relacionados con los pecados capitales.

Mucha gente cree que ser libre tiene que ver con hacer lo que quieras en cada momento. Y no. El ser humano se pierde cuando no tiene límites, cuando no tiene unas líneas rojas. El mayor ejemplo es un adicto.

Mucha gente cree que decide las cosas con libertad cuando realmente está huyendo de miedos, de inseguridades, de soledad, de no sentirse querido o incluso del miedo a la muerte.

En su divulgación aborda los hábitos, las adicciones y la dificultad de recuperar el control sobre conductas que terminan condicionando la vida cotidiana.

En su divulgación aborda los hábitos, las adicciones y la dificultad de recuperar el control sobre conductas que terminan condicionando la vida cotidiana.

—Has hablado públicamente de tu relación de pareja. ¿Qué te ha enseñado esa experiencia que no habías aprendido en los libros de psicología?

—Aunque uno estudie e investigue sobre una temática como la psicología de las relaciones de pareja, la experiencia es un verdadero grado y un máster.

A mis treinta y un años, todavía me queda mucho por vivir con mi pareja, Andrea, ya prometida. En un tiempo conseguiremos materializar ese sacramento del matrimonio.

Uno de los puntos que he aprendido es la necesidad de hablar constantemente de todo: desde los pequeños detalles, molestias o manías del día a día que, repetidos, pueden acabar generando daño en la relación, hasta cuestiones más profundas, existenciales, sobre cómo se quiere vivir la vida.

—¿Cómo entiendes, desde tu fe, el compromiso de amar a alguien para toda la vida?

—¿Qué vida quiero vivir yo? ¿Somos compatibles? ¿Compartimos una visión del mundo y unos valores parecidos? Para mí eso es esencial.

También lo vemos cuando trabajamos con parejas. Digo «lo vemos» porque Andrea también es coach de relaciones de pareja. Cuando no coincide la pareja en la visión del mundo, en la manera de gestionar el dinero, incluso a nivel político y en cuestiones del estilo, [pasaje pendiente de comprobar en el audio].

Coincidir en eso no es garantía de éxito, porque hay dinámicas del día a día y patrones que trae cada persona de su padre y de su madre que hay que trabajar. Hay que saber crear en pareja la propia receta, como nosotros decimos, nuestra propia constitución.

Eso es muy importante: saber que vamos a dejar, entre comillas, a nuestro padre y a nuestra madre y a convertirnos en una sola carne. Implica crear esas normas propias que permitan que la relación nos ayude a ambos a ir hacia el cielo, que es el objetivo final.

También he aprendido a mirar hacia dentro, a dejar de echar balones fuera y a entender que hay muchas cosas que se despiertan en la relación de pareja y no tienen tanto que ver con la pareja, sino contigo mismo: inseguridades, miedos, esquemas mentales que tienes ahí y que te tienes que cuestionar.

A veces es más la cabezonería de uno, o cómo se lo toma uno, que lo que pueda estar haciendo o diciendo el otro. 

En una relación de pareja a largo plazo va a haber muchos obstáculos: situaciones de estrés, días en los que duermas poco o estés malo. Ahí tienes que salir de ti y saber que el amor es entregarse, pero una entrega mutua.

Amar al prójimo como a uno mismo tiene que ir de la mano, para no permitir tampoco que uno, a cualquier precio, soporte cualquier cosa. Eso sería otra cuestión.

Eso es lo que la experiencia en mi relación de pareja me ha dado, más allá de lo que he estudiado, investigado o visto en las sesiones con mis pacientes.

La convivencia también nos enfrenta a lo que debemos cambiar en nosotros mismos.

Para el psicólogo, construir una vida en común exige diálogo, revisión de uno mismo y una entrega mutua orientada a «ir hacia el cielo».

Para el psicólogo, construir una vida en común exige diálogo, revisión de uno mismo y una entrega mutua orientada a «ir hacia el cielo».

—Un católico reza, recibe los sacramentos y, aun así, sigue sufriendo psicológicamente. ¿Cómo le ayudarías a comprender lo que le ocurre sin atribuirlo a una falta de fe ni confundir la terapia con el acompañamiento espiritual?

—Un católico tiene que interiorizar y tener muy claro que seguir a Jesús no es no sufrir, sino aceptar la cruz, cogerla y entregársela también a Él para hacerla más llevadera.

Muchas veces el mayor problema es no querer tener problemas. Eso es lo que buscan las espiritualidades y todo esto: apagar la mente, anestesiarte, no sentir, buscar otro culpable. Y no.

Todos, independientemente de cómo se encuentre nuestra familia, del dinero que tengamos, de los bienes materiales y de otras cuestiones, vamos a sufrir y a tener preocupaciones.

Obviamente puede haber situaciones que objetivamente sean más duras que otras, pero yo siempre lo digo: la peor situación que hay en tu vida es la que tú estás sintiendo, la que tú estás viviendo, sea que te acabas de rayar el coche o que acabas de perder a un familiar o a varios en un accidente.

No podemos caer en «no debería ponerme mal o sufrir por esto, si hay gente que lo está pasando mucho peor». Eso va en contra de la aceptación de ese sufrimiento que estás teniendo. Es como querer luchar y no querer sentirlo.

Punto número uno: recordar a Jesús, la cruz, coger la cruz y llevarla. Luego, lógicamente, hay que aprender herramientas para lidiar mejor con el sufrimiento y distinguir qué cosas están bajo mi control y cuáles no lo están tanto.

Hay una parte que tiene que ver con la aceptación, con rendirse en el buen sentido a la vida y a las cosas que nos van pasando. Pero hay otra parte fundamental que tiene que ver con cómo interpretamos las cosas, en qué nos enfocamos y qué puede llegar a magnificar más de la cuenta nuestro autodiálogo.

También tenemos que aprender a tomar mejores decisiones.

Ese es el tándem tan bueno que hacen la terapia y el acompañamiento espiritual. Son como dos círculos que pueden coincidir en bastantes ocasiones, aunque cada uno tenga sus parcelas propias. Bajo mi punto de vista, sin ninguna duda deben ir de la mano.

—En la descripción de tu canal te defines como «anti pastillas, salvo excepciones». ¿Qué significa exactamente esa expresión, cómo reconoces esas excepciones y qué le dirías a quien esté pensando en modificar un tratamiento prescrito después de escucharte?

—Hoy vivimos en un mundo en el que tenemos que ser conscientes de que hay una industria farmacéutica muy poderosa que quiere hacer dinero, como cualquier negocio. Cualquier persona que tenga un negocio, un autónomo o una gran empresa, quiere ganar dinero.

¿Qué ocurre? Que muchas veces se tira de los estudios científicos y de la evidencia para decir que los antidepresivos y los ansiolíticos son la solución que siempre debe estar para una persona ante determinadas situaciones.

Efectivamente, hay situaciones en las que hay que usar este mal menor para ayudar a la persona. ¿Por qué digo «mal menor»? Porque estas pastillas tienen un montón de efectos secundarios y hay muchos estudios que realmente no acaban de mostrar que tienen efecto.

Hay investigaciones financiadas por farmacéuticas y luego se hace un cherry picking, una selección de los resultados que nos interesan, y eso es lo que finalmente acabamos publicando.

Esto no quiere decir que un antidepresivo o un ansiolítico no sirva, pero sí que hoy se recetan mucho más que cosas que realmente irían más a la raíz de la cuestión.

¿Por qué pongo excepciones? Porque puede llegar una persona con tal nivel de sufrimiento, de desorden y de caos en su vida, con tan pocas herramientas, con tan poca filosofía y sin Dios, que en esos casos hay que ayudarla a través de una medicación bien prescrita y con la intención de quitarla cuanto antes.

Lo que no puede ser es que a una persona la tengas medicada sin ningún tipo de terapia, de cambio de hábitos o de acompañamiento espiritual. Entonces lo que estás haciendo es meterle la mierda debajo de una alfombra.

Cuando quiera quitar esa pastilla, no va a poder y va a tener efectos secundarios por el propio hecho de quitarla. Especialmente sería así con medicamentos como los ansiolíticos, las benzodiazepinas, el lorazepam o [nombre del segundo medicamento pendiente de comprobar]. Estos medicamentos acaban generando tolerancia, dependencia y, cuando los retiras, síndrome de abstinencia.

Una persona con una ansiedad muy fuerte puede necesitar un medicamento para reducir esos niveles de activación e ir haciendo otras cosas a la par. Pero no puede ser que se receten sin ton ni son, sin ver si antes se pueden hacer otros cambios.

¿Cómo está usando el móvil esa persona? ¿Qué hábitos tiene? ¿Cómo está descansando? ¿Sabe gestionar el dinero? Quizá está muy agobiada porque lo gestiona fatal y eso le provoca estrés. ¿Qué le está pasando en el trabajo, en la familia? ¿Tiene conversaciones que podría estar teniendo y no tiene, y eso también le provoca ansiedad? ¿Cómo está comiendo? ¿Hace ejercicio?

Son cuestiones que están ahí y que deberían ser la prioridad.

Pero hay excepciones en las que, por diferentes razones, porque la persona lo requiere o porque es una cuestión urgente, hay que usar medicación. Una persona puede hacer daño a otra o hacerse daño a sí misma si no es medicada.

Yo soy psicólogo, no puedo prescribir ningún medicamento, pero sí puedo recomendar que una persona vaya a un médico psiquiatra, para que le mande la medicación correspondiente.

Esto tiene que quedar muy claro: una persona que ahora esté medicada con ansiolíticos o antidepresivos no debe tomar por su cuenta la decisión de quitarlos.

Si llevas mucho tiempo tomando algo, primero tienes que hablar con tu médico y comentarle que te gustaría reducirlo, pero que necesitas adquirir herramientas y ayuda para no depender tanto de eso, porque sientes que tu vida sigue con ese vacío y sintiéndote mal, o que incluso tienes más efectos secundarios.

Si esto se hace, es clave que haya una desescalada progresiva, de la mano de que la persona esté adquiriendo herramientas y trabajando con un profesional de la psicología.

Así podrá acudir a cosas que realmente vayan más a la raíz del problema, que normalmente tiene que ver con los hábitos, la modificación de creencias y dar un sentido a la vida, tener una brújula vital.

—Tu comunicación se caracteriza por hablar sin rodeos. ¿Has tenido que rectificar alguna afirmación al reconocer que era imprecisa, injusta o podía hacer daño, y qué aprendiste sobre la responsabilidad de influir en otros?

—Tiendo a hablar sin rodeos y a veces de manera bastante clara, elevando la voz. Yo siempre digo que soy un psicólogo del barrio, que ha crecido y vivido toda la vida en zonas en las que no siempre había la mejor manera de expresar las cosas. Ese tono se queda.

Con los años he ido cambiándolo y siendo muy consciente de ello. No recuerdo ninguna situación complicada con este asunto, pero mi propia conciencia, que no deja de ser la voz de Dios en muchas ocasiones, me ha corregido: «Sergio, esto ha sido demasiado tajante» o «quizá has sentado demasiada cátedra y no puede ser».

Cada vez soy más consciente de que todo tiene matices, de que no se pueden hacer generalizaciones muy extremas y de que cuanto más alcance tiene uno, más cauto debe ser con los matices.

Eso no quiere decir que no haya de hablar con claridad o decir lo que uno piensa. Todos tenemos derecho a equivocarnos y más adelante rectificar, siempre con una mentalidad clara de estar dispuestos a hacerlo, a recibir críticas constructivas y, si tienen razón, aceptarlas y mejorar. Debe haber una mejora constante hasta el final de nuestros días.

No hay que ponerse la camiseta de un equipo de fútbol y decir «ya no me la quito», o adherirse a un discurso porque a través de él obtienes incentivos y decir «ya me quedo», como vemos en muchos políticos.

Ninguno puede estar exento de ello en su día a día. Tenemos que ser conscientes de lo que decimos y no seguir diciéndolo por la identidad que nos hemos creado en torno a eso.

Lo hablo mucho con Andrea y reflexionamos sobre ello. Hay que seguir aprendiendo de los demás, escuchar, tener mucha escucha activa, ser tajante cuando toque y muy claro cuando uno esté muy seguro de lo que dice. Cuanto más aprendo, más consciente soy de todo lo que me queda por aprender.

Rectificar alguna afirmación, como tal, no, pero sí tomar conciencia de ello.

Se me viene una cosa a la mente. Cuando iba a empezar las prácticas del máster de Psicología General Sanitaria, las personas que llevaban las redes sociales de aquella clínica me mandaron un mensaje diciéndome que no podía decir en redes que la gente estaba tomando demasiados ansiolíticos, porque podía hacer que alguien los eliminase de golpe.

Yo me estaba ciñendo al prospecto de aquel ansiolítico, que claramente decía que no se debería consumir más de tres meses, cuando hay gente que lleva consumiéndolo años y años.

Mucha gente me escribió diciéndome que lo había pasado fatal con los ansiolíticos y que estaba enganchada. Sin embargo, los de la clínica donde iba a trabajar me dijeron que no podía hacer eso.

Finalmente no hice las prácticas allí. Yo era una persona que no se callaba por su bien personal o por sus intereses económicos, sino que priorizaba decir las cosas como son. Eso me trajo ese problemilla.

Pero rectificar, como tal, no rectifiqué. Nunca he sido infiel a mis principios para conseguir que no me echasen o para ganar más dinero. Eso me parece lo peor.

Cuanto mayor es la audiencia, mayor debe ser el cuidado con los matices.

—Dejando a un lado al profesional y al divulgador, ¿qué dificultad propia te ha enseñado a dejarte ayudar y cómo cambió tu manera de acompañar a quienes sufren?

—Siempre he pensado que había una parte de psicólogo en mí. Tengo vídeos de cuando era pequeño en los que se me veía intentando calmar a mi madre porque se le había vertido un zumo y daba un grito. Creo que esa parte viene de base.

Hubo ciertos acontecimientos en mi familia que quizá me hicieron más sensible al tener que gestionar situaciones difíciles desde joven. Por ejemplo, descubrí una infidelidad entre mis padres. Cuando un chaval tiene once años y tiene que lidiar con el conflicto de la familia, casi tiene que madurar antes de tiempo. Creo que eso me ha dado una sensibilidad.

También recuerdo cuando mi abuelo falleció delante de mí por un infarto. Tuve que ser yo el que llamó a mis tíos y a mi padre, e ir al médico que había por aquí. Tendría unos trece años, aunque no recuerdo la edad exacta.

Ver a la gente adulta, que se supone que debería gestionar mejor esa situación, no ser capaz, y tener que decir «tengo que tomar las riendas», te da un carácter, unas herramientas o una sensibilidad potente.

En ese proceso uno también aprende que es mejor no hablar para no dar problemas. Son creencias que pueden acabar lastrando.

La persona que más me ha ayudado es mi pareja actual, Andrea. En los dos años y medio que llevamos, puedo decir que, además de mi pareja, es prácticamente como una psicóloga, salvando las distancias.

Es mi confidente, con la que hablo todo, y me ayuda en situaciones en las que soy más duro conmigo mismo. Soy exigente, tiendo al perfeccionismo, y ella me ayuda a soltar eso y llevarlo un poquito mejor.

El terapeuta principal es Jesús. Hablar con Él, soltar el yugo para hacerlo más llevadero y hacer más ligera la carga es fundamental para mí.

Como cualquiera, tengo mis días y mis momentos, pero puedo comprobar en mis propias carnes que año a año todo eso va mejorando.

Las herramientas que pauto a mis pacientes también las utilizo en mí para gestionar mis emociones. La lectura me ayuda a adquirir otros puntos de vista. Leer a diario el Evangelio y lecturas de la Biblia es esencial para tener esa fuerza y esa fe sin la que muchas veces no podríamos seguir adelante y habríamos abandonado hace mucho tiempo.

Para saber más

Sergio Cruz comparte sus contenidos en Instagram, en la cuenta @sergiocruz_salud. El enlace de su biografía reúne su web, su canal de YouTube y sus otros proyectos.

Información de salud: No suspendas ni cambies una medicación por lo que leas en esta entrevista. Cualquier cambio debe consultarse con el profesional que te la ha prescrito.

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