En el domingo sexto antes del fin
Domingo 29º del TO. Ciclo A (18.10.2026): Mateo 22,15-21. Toda tentación es poder ostentar el tener. Lo escribo CONTIGO
Copio el comienzo del relato: “Entonces los fariseos se fueron y celebraron consejo para buscar en las palabras del laico Jesús de Nazaret algún motivo para acusarlo” (Mateo 22,15-21). Deseo señalar la importancia de la palabra ‘entonces’ (tóte, en griego; tunc, en latín), porque ella no se oirá en la proclamación de esta lectura evangélica en las celebraciones dominicales.
Este ‘entonces’, creo, es algo más que un mero adverbio de tiempo. Es ‘el contexto’. Es decir, el tiempo, el espacio y sus diversos complementos o las ‘circunstancias’ de las que habló en su época un pensador español. El espacio evocado en este ‘entonces’ es el Templo de Jerusalén, el interior del mismo, el lugar en el que pueden reunirse personas para hablarse y escucharse. Este ‘entonces’ evoca el tiempo preciso en que han dejado de hablarse y escucharse las autoridades del Templo y el propio Jesús de Nazaret. Sólo ‘entonces’ se atrevieron los fariseos a acercarse a aquel personaje de la Galilea para tratar de ‘cazarlo con alguna de sus trampas’ y poder condenarlo, como primer paso, al ‘silencio’ y, luego, al ‘silencio de los muertos’.
Y creo también que este ‘entonces’ pone en alerta a los lectores sobre el deshumanizado interés de las autoridades fariseas que llegan a ser capaces de unirse con sus irreconciliables enemigos los partidarios de Herodes para conseguir las pruebas con las que acusar al judío Jesús que se ha atrevido a cuestionar y denunciar la autoridad de la Ley y del Templo.
Estos fariseos y herodianos desean acusar a este hombre de la Galilea de colaboracionista con Roma, el imperio opresor, amo y señor de la tierra de Israel con sus habitantes. El narrador se lo advierte explícitamente a sus lectores: “Jesús se dio cuenta de sus perversas intenciones y les respondió: Hipócritas, ¿por qué me tentáis?” (Mt 22,18).
Una vez más el Evangelista nos presenta a su Jesús tentado. Esta vez en el Templo de la religión por la autoridad farisea. Antes lo fue en el comienzo de su viaje a Jerusalén, en Cesarea de Felipe y por sus propios seguidores ‘los DOCE’ (Mt 16,13-28). Y anteriormente, antes de los inicios de su evangelización, en el desierto por Satanás, el diablo (Mt 4,1-11).
Si se contemplan despacio y se analizan con serenidad estos relatos sobre las tentaciones de Jesús, se constatará que hay un denominador común llamado poder en el corazón de toda propuesta tentadora: el poder mandar del Emperador romano, el poder ostentar del Mesías judío y el poder tener del Dinero que es el dios y mesías siempre de todo: “Ellos le presentaron un denario y él les preguntó: ¿De quién es esta imagen y su inscripción?” (Mt 22,19-20).
Aquella tan peculiar comisión que bien podría llamarse del fariseísmo herodiano, o del modo como suelen abrazarse los extremismos extremos, al escuchar la sabiduría de las palabras de aquel laico y galileo del norte “se quedaron sorprendidos, maravillados, boquiabiertos, asombrados y sin palabras. Se dieron media vuelta y se marcharon por donde habían venido” (Mt 22,22). Este versículo no se nos leerá al pueblo. ¿Por qué la sabiduría de los maestros de la liturgia vaticana nos impiden -en el Ciclo A de Mateo- escuchar estas palabras del Evangelista?
Carmelo Bueno Heras. En Madrid, 18.10.2020. Y también en Madrid, 18.10.2026.
Comentario segundo:
“Todo cuanto deseas que te hagan, házselo a los demás” (Mt 7,12)
CINCO MINUTOS para compartir el comentario de la 47ª página del Evangelio de Mateo 26,36-56
El Evangelista Mateo sigue la narración del Evangelista Marcos para elaborar su relato sobre los acontecimientos finales de la vida del laico de Galilea, Jesús, en la capital de Jerusalén. Constatamos los hechos, reales o no, de la crónica de su muerte anunciada. En el texto que he acotado (Mateo 26,36-56) podemos imaginar cuanto pudo suceder en Getsemaní. Los cuatro Evangelios nos hablan de ello en sus correspondientes relatos de la Pasión y cada uno de ellos nos lo cuenta a su manera. Podría decir que se trata de cuatro visiones de la misma realidad.
El texto del Evangelista nos indica con claridad narrativa el comienzo, que dice así: “Entonces fue Jesús con sus discípulos a un huerto llamado Getsemaní” (Mt 26,36). Y el final del relato es tan claro como sorprendente: “Entonces todos los discípulos lo abandonaron [a Jesús] y huyeron” (Mt 26,56).
¿Qué ha sucedido en este lugar para que los discípulos abandonaran a Jesús de Nazaret? ¿Quedó solo Jesús en este huerto y ninguna persona, al margen de sus apresadores, quedó a su lado? ¿No le acompañaban mujeres que permanecieron a su lado? Los hechos, vuelvo a recordar, reales o no tan reales, que tienen lugar en este huerto, que parece conocerse también por el nombre de ‘huerto de los olivos’, nos los cuenta Mateo agrupados en dos apartado o espacios de tiempo.
Lo que sucede en un principio está contado en Mateo 26,36-46 y se suele recordarlo con la expresión ‘la oración de Jesús en el huerto de los olivos’ o tal vez, con terminología muy apropiada para las prácticas de ‘la evangelización o de la espiritualidad’, ‘la experiencia de Getsemaní’. ¿Cómo se llegó a saber qué pensó, qué sucedió por los adentros de Jesús e, incluso, qué dijo este hombre si en el relato se nos cuenta que sus acompañantes quedaron todos dormidos? Estamos, con seguridad, ante una narración que trata de interpretar lo que pudo suceder en aquel tiempo de la noche y en aquel lugar. Jesús de Nazaret estuvo solo consigo mismo. Analizando con rigor crítico la narración del Evangelista pudiera arriesgarme a pensar que aquel Jesús estuvo acompañado por la presencia despierta, callada y dolorida de un buen puñado de mujeres y, en especial, de María Magdalena (como se apunta después en el texto de Mt 27,50-61). Me agrada constatar que el narrador Mateo nos está presentando a su Jesús como una persona conscientemente lúcida en unos momentos de máxima conflictividad tanto externa como interna: “Ha llegado la hora... los pecadores...” (Mt 26,45). Sobre este asunto de ‘la hora’ nos hablará muy especialmente el cuarto Evangelio, el de Juan, desde el capítulo segundo de su Evangelio. Y Mateo se atreve a llama ‘pecadores’ a las supremas autoridades del Templo.
Lo que sucede después está contado en Mateo 26,47-56 y se recordará como el cumplimiento de la traición de Judas consumada con el apresamiento de Jesús en este lugar. La lectura de este hecho en las cuatro narraciones del Evangelio nos deja tantas dudas que resulta imposible saber ciertamente qué sucedió. Pero quedó claro que la voz y la vida de Jesús enmudecieron.
Carmelo Bueno Heras. En Madrid, 20.10.2019. Y también en Madrid, 18.10.2026.
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