viernes, 11 de septiembre de 2015

San Juan Gabriel Perboyre - San Patiens de Lyon - Beatos mártires - Santa Teodora Egipto 11092015

San Juan Gabriel Perboyre

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San Juan Gabriel Perboyre, presbítero y mártir
En Wuchang, en la provincia de Hebei, en China, san Juan Gabriel Perboyre, presbítero de la Congregación de la Misión y mártir, que, dedicado a la predicación del Evangelio según costumbre del lugar, durante una persecución sufrió prolongada cárcel, fue atormentado y, finalmente, colgado en una cruz y estrangulado.
No obstante que Juan Gabriel Perboyre fue al primer misionero cristiano en China que alcanzó la gloria de la beatificación (en 1889), no fue, por cierto, el primer mártir en aquel país. En realidad, desde principios del siglo diecisiete, cuando se restablecieron las misiones en China, sólo hubo períodos relativamente cortos en los que estuvieron libres de peligro los cristianos. A fines del siglo XVIII se desató una feroz persecución que continuó esporádicamente hasta después de la muerte del padre Perboyre, en 1840, y numerosísimos fueron los cristianos que dieron su vida por la fe en aquellos períodos. Juan Gabriel nació en 1802 y, a la edad de quince años, escuchó un sermón que encendió sus anhelos de ir a predicar a los paganos. No tardó en ingresar a la Congregación de las Misiones (lazaristas y vicentinos) y fue ordenado sacerdote en 1826. Al principio, su deseo de llevar el Evangelio a tierras lejanas tuvo que ceder ante los requerimientos de la obediencia religiosa. Hizo brillantemente su curso de teología y, por lo tanto, después de su ordenación fue nombrado profesor del seminario de Saint-Flour; dos años más tarde, fue rector del «petit séminaire» en el mismo lugar. Su capacidad se puso de manifiesto en aquel cargo y, en 1832, fue enviado a París como subdirector del noviciado general de su congregación. A intervalos, desde que hizo sus votos doce años antes, había pedido que le enviasen a China, de donde llegaban noticias sobre los sufrimientos y el heroísmo de los cristianos perseguidos, pero sólo en 1835 se le concedió la autorización para partir.

Aquel mismo año llegó a Macao y, en seguida comenzó a tomar clases de chino. Demostró tanta habilidad para aprenderlo que, al cabo de cuatro meses, ya hablaba el complicado idioma y fue nombrado para la misión de Honan. En vísperas de partir, escribió a sus hermanos en París en estos términos: «Si me viérais ahora con mi atuendo chino, tendríais la ocasión de contemplar un espectáculo curioso: tengo la cabeza rapada, una larga trenza en la coronilla y bigotes que se estremecen cuando tartamudeo mi nueva lengua y se ensucian cuando como con los palitos de bambú. Dicen que mi aire de chino no es del todo malo. Esta es una manera de comenzar a hacer por uno mismo las cosas que debemos hacer por los demás: ¡Dios quiera que podamos así ganarlos a todos para Jesucristo!» En China los lazaristas habían organizado un sistema para rescatar a los niños abandonados que tanto han abundado siempre en aquel país sobrepoblado, a fin de salvarlos de la muerte y educarlos luego en la fe de Cristo. El padre Juan Gabriel participó activamente en aquel trabajo y dedicaba la mayor parte de su tiempo a la instrucción de aquellos niños a los que entretenía con el relato de divertidas historias a las que el idioma chino les daba un sabor especial. Luego de pasar dos años en Honan, fue transferido a Hupeh, donde poco después, en septiembre de 1839, hubo un estallido inesperado, repentino, violento e inexplicable de la persecución.

Los misioneros se apresuraron a ocultarse, pero un neófito traicionó al padre Perboyre (¡Terrible coincidencia!: lo vendió por treinta monedas, treinta taels, el equivalente a unos dieciocho dólares), quien fue aprehendido, encadenado y llevado ante innumerables funcionarios, cada uno de los cuales le interrogaba y le enviaba a otro y así sucesivamente. Por fin, llegó a las manos del gobernador y los mandarines de Wu Chang Fu. Estos le exigieron que revelara el sitio donde se escondían sus compañeros y que pisoteara la cruz, si quería salvar la vida. Por supuesto que se negó a hacer ambas cosas y empezó su pasión. Los sufrimientos que debió soportar el padre Juan Gabriel fueron increíbles en el sentido literal de la palabra. En veinte ocasiones fue arrastrado ante sus jueces y otras tantas se trató de obligarle con feroces tormentos, a la denuncia y al sacrilegio; las torturas se multiplicaban al negarse el mártir. Es famoso el ingenio de los chinos para inventar nuevos modos de infligir el dolor físico, y podemos afirmar que el padre Perboyre sufrió tormentos de tan refinada crueldad que, junto a ellos, los que han inventado los hagiógrafos para los mártires de las «Diez Persecuciones», parecen vulgares y benignos. Se le marcaron en el rostro cuatro caracteres chinos que decían: «maestro de una falsa religión»; un sacerdote chino que sobornó a los carceleros para entrar a la prisión, dijo que el cuerpo del padre Juan Gabriel era una masa informe de llagas y heridas, abiertas hasta mostrar los huesos en algunos sitios. El 11 de septiembre de 1840, casi un año después de su captura, san Juan Gabriel Perboyre, descalzo y con unos calzones desgarrados bajo la roja camisola de los condenados, fue estrangulado junto con otros cinco criminales comunes. Se le enterró al lado de otro mártir lazarista, el padre Francisco Regis Clet, quien también sería canonizado. En China se celebra la fiesta de el 7 de noviembre, la fecha más próxima a la de su beatificación en 1889. San Juan Gabriel fue canonizado el 2 de junio de 1996 por SS. Juan Pablo II.

El asesinato de Juan Gabriel Perboyre dio al gobierno británico la ocasión para insistir sobre el cumplimiento a una cláusula del Tratado de Nanking, firmado en 1842, donde se acuerda que las autoridades chinas no debían ocuparse de procesar y castigar a un misionero extranjero que fuese detenido, sino entregarlo al cónsul de la nación a que perteneciera el reo, en la ciudad más próxima al lugar de la captura.

En 1853 apareció, de autor anónimo, la obra «Le Disciple de Jésus», que es una biografía muy completa y bien escrita de san Juan Gabriel; ver también la biografía del padre Huonder, Der selige Johann Gabriel Perboyre; la de L. Castagnola, Missionario martire (1940) y la de A. Chatelet, J. G. Perboyre, martyr (1943). Asimismo se encontrarán valiosos datos en Les Martyrs, vol. X de Leclercq y en varios trabajos de A. Launay que tratar de las misiones en China.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI



San Patiens de Lyon

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San Patiens  
Obispo de Lyon (Francia). En la serie de calamidades que azotaron a las Galias durante un período que abarcó buena parte del siglo V, Dios favoreció a sus servidores al enviarles a este santo prelado que les sirvió de consuelo y de apoyo   Alrededor del año 450, fue elevado a la sede episcopal de Lyon.
La devastadora incursión de los Godos en Borgoña provocó una época de hambre, durante la cual, San Patiens, por cuenta propia, alimentó a millares, gracias a la providencia, que siembre le daba ciento por uno, multiplicando sus caudales maravillosamente a fin de que siempre hubiera lo suficiente con qué construir iglesias, repararlas y socorrer a los pobres, "en cualquier rincón de las Galias que estuvieran".
El santo era calificado como un hombre virtuoso y justo, activo, ascético y misericordioso y era muy admirado por su celo apostólico y su gran caridad hacia los pobres. Gracias a su solicitud pastoral y a sus sermones, numerosos herejes se convirtieron, sobre todo amos y señores de Lyon que por aquel entonces, favorecían decididamente la herejía de los arrianos y aún había algunos obispos en las diócesis que no estaban libres de aquellos errores.
Cuando la diócesis de Chalon-sur-Saòne quedó envuelta en la confusión y la discordia por la muerte de su Obispo, San Eufronio de Autun invitó a San Patiens para que le ayudase en la pacificación de la comarca y en la terminación del escándalo. Por orden de San Patiens, uno de los sacerdotes de su clero, llamado Constancio, escribió la "Vida de San Germano de Auxerre", la que el autor dedicó a su obispo.
Se desconoce la fecha exacta de su deceso pero al parecer, ocurrió alrededor del año 480.







Señor, tú que colocaste a San Patiens en el número de los santos pastores y lo hiciste brillar por el ardor de la caridad y de aquella fe que vence al mundo, haz que también nosotros por su intercesión, perseveremos firmes en la fe y arraigados en el amor y merezcamos así participar de su gloria. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.




Beatos mártires

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Ciento catorce víctimas inmoladas a la pasión antirreligiosa, entre ellas 95 recibieron el 17 de octubre de 1926 los honores de la beatificación, pudiéndose establecer así, en todo su horror y en toda su gloria, el balance de la matanza hecha el 2 de septiembre de 1792 a los sacerdotes encerrados en el convento de los carmelitas de París.
 Eran todos refractarios al juramento exigido por la Asamblea Legislativa al dar la constitución civil del clero, solemnemente condenada el 12 de julio de 1790 por el papa Pío VI: se les llamaba los no juramentados.
 Una serie de medidas vejatorias habían sido tomadas contra ellos: pérdida de su cargo, prohibición de cumplir con su ministerio; deportación, en fin, para muchos de ellos que no habían podido refugiarse a tiempo en países hospitalarios, como lo fue entonces España, arrestos en masa con la intención bien señalada de desembarazarse de ellos definitivamente.
 La Comune de París, particularmente violenta en estos días de guerra en las fronteras, encarceló a 160 en el convento de carmelitas, vacío de sus huéspedes habituales. Los primeros detenidos llegaron el 11 de agosto de 1792. Tenían por delante veintidós días antes de su glorioso sacrificio.
 Convendría hacer aquí la composición de lugar donde se desarrollaron las escenas atroces que vamos a narrar.
 El convento de carmelitas, que subsiste todavía englobado en el conjunto de edificios del instituto o universidad católica de París, había sido construido en 1611 en una casa de campo del noble Nicolás Vivían, jefe de la cámara de cuentas. Esta finca había sido comprada por los padres. Estaba situada en la esquina de la calle llamada ahora Camino de Vaugirard y de la calle Cassett, no lejos de Luxemburgo y de la iglesia de San Sulpicio,
 Reducida en una gran parte de sus jardines por el urbanismo moderno, la universidad católica, y con ella el ilustre convento carmelitano, se extienden actualmente sobre un largo trozo de la calle de Assas, de trazado reciente.
 Los padres carmelitas llegados así a París pertenecían a la admirable reforma de la Orden carmelitana, comenzada por Santa Teresa de Avila Y San Juan de la Cruz. Se sabía que al principio los carmelitas españoles no habían podido seguir a Francia a las religiosas —entre las cuales se encontraba Ana de Jesús y Ana de San Bartolomé— a las que había llevado Bérulle. Fueron religiosos franceses, pero de la rama reformada por España, los que en 1611 vinieron a establecerse en París. En 1613 se comenzaba a construir el convento y la iglesia, que en 1620 estaba abierta al culto. Más de un detalle: las ventanas que dan al coro, por ejemplo; más aún, una pintura representando a Teresa y a su hermano Rodrigo en los Cuatro Postes, recuerdan la influencia española. La vida carmelitana se desenvolvió, durante más de un siglo, en este convento, que contaba entonces, en 1789, 64 religiosos. Estos, hacia 1790, abandonaron los lugares al comité del distrito. Después de haber sido sucesivamente prisión y baile campestre, el convento desafecto era de nuevo un lugar de prisión cuando fueron dados los decretos contra los sacerdotes no juramentados. Volvamos, pues, a los prisioneros de "los carmelitas".
 Poco a poco organizaron como pudieron una vida en común de lo más edificante. Alojados miserablemente en la iglesia conventual, tenían, sin embargo, el derecho de pasearse una hora por la mañana y una hora por la tarde en los vastos jardines del monasterio. Al fondo de estos jardines se encontraba un pequeño oratorio, llamado desde entonces capilla de los mártires y destruido por razones urbanísticas en 1867. Allí pasaban largas horas en oración y muchos recibieron el golpe mortal. El señor Cussac, sacerdote de San Sulpicio, pudo hacerse con las actas de los mártires y leía cada día un pasaje a sus hermanos, que se preparaban así a una muerte próxima. Recitaban el breviario, oraban constantemente, siguiendo el consejo del Maestro y cuando el municipio quitó todo lo que en la iglesia servía al culto, hicieron una cruz de madera hacia la cual pudiesen volver sus miradas.
 Sin embargo, el procurador síndico de la Comune, Manuel, intentaba hacerles creer que iban a ser objeto de una medida de deportación. Algunos alimentaban así una secreta esperanza de liberación, pero los más perspicaces se encargaban, de desilusionarlos. El primero de septiembre, con el fin de estar preparados a toda eventualidad decidieron rehusar de nuevo al juramento si les fuese exigido éste como precio de liberación, y habiéndose confesado los unos a los otros, esperaron la voluntad y la hora de Dios.
 Esta había llegado, porque el ministro de justicia, Danton, era ahora encargado de ejecutar una reciente orden de la Coriune, que disponía nada menos que la ejecución, si fuese posible discreta, de los rehenes de los carmelitas. Los sicarios de Maillard, bandidos de los cuales muchos no eran franceses, se encargaron de hacerla espectacular.
 El 2 de septiembre, habiendo sido cambiada la guarda de los prisioneros y eliminados los honrados guardas nacionales, una atmósfera de muerte posó sobre los prisioneros... Después de la comida fueron autorizados, sin embargo, aunque con algún retraso, a dar su paseo habitual: eran las tres y media y ya habían comenzado las matanzas en otras prisiones de París.
 Pero apenas habían franqueado la pequeña escalinata que comunicaba la capilla con los jardines cuando una primera banda de asesinos, armados de pistolas, picos y sables, penetró en el convento seguida de cerca por los saqueadores que Maillard acababa de utilizar en la prisión de la Abadía. Rápidamente fue forzada la guardia y los asesinos desplegaron como olas rugientes por los jardines. Varios sacerdotes caen bajo los primeros golpes: una estela señala todavía, cerca de un pequeño estanque rodeado de bancos de piedra, testigos del drama, el lugar donde cayó el abate Giraud, dispuesto a recitar su breviario. Otros se refugian en el oratorio y se ponen a rezar. Un cierto número de detenidos, entre los más ágiles, llegan a escalar los muros del parque y buscan su salvación en las casas vecinas.
 Tres obispos se encontraban encerrados con los sacerdotes no juramentados: monseñor Francisco José de la Rochefoucauld, obispo de Beauvais, es gravemente herido y conducido con su hermano Pedro Luis, obispo de Saintes, a la capilla: Los dos perecieron en el último acto de la tragedia. Monseñor du Lau, arzobispo de Arlés hace frente a los asaltantes, después de haber "agradecido a Dios el morir por una tan bella causa" —dice a su vicario general—, avanza hacia los asesinos. "Yo soy el que buscáis —respondió a los que le llamaban a gritos—: el arzobispo de Arlés". Y cayó acribillado a golpes...
 Detrás de él perecieron los sacerdotes refugiados en el oratorio. La sangre corrió. Los cuerpos sembraron el jardín apacible, testigo de tantas angustias y oraciones...
 Entonces es cuando interviene Maillard. La matanza no sigue el plan que había trazado para enmascarar la iniquidad. De lo alto de una ventana, que se llama todavía "la ventana de Maillard", da la orden de llevar a los sanos y a los heridos a la iglesia, a fin de proceder a un simulacro de tribunal, a una hipócrita parodia de justicia.
 En el pequeño corredor que une hoy el salón de actos del instituto católico y los jardines se prepara una mesa; se colocan las listas. Maillard y el comisario Violette hacen desfilar de dos en dos a los que ya han condenado a morir. Una pregunta sobre el juramento. Una respuesta, siempre la misma: ellos rehúsan. Entonces son empujados hacia este pabellón que habían franqueado horas antes. Acribillados a golpes caen sobre las gradas: Hic ceciderunt, está escrito en la base de estas losas gastadas, desde lo alto de las cuales, en nuestros días, el obispo rector del instituto católico arenga paternalmente a los jóvenes sacerdotes estudiantes del seminario de los carmelitas el día de su ordenación sacerdotal. Lección de fidelidad y de perseverancia dada de este modo, a los sucesores de los mártires.
 Son las seis de la tarde. La matanza ha terminado. Los tristes héroes del drama van a hacer francachela en una pieza donde aún se ven, conservadas bajo el cristal, las largas huellas de sangre dejadas por sus armas depositadas a lo largo del muro: es Ia "sala de las espadas". A la efímera victoria de los amos de la Comune, corresponde en el cielo la victoria sin fin de los que ellos han asesinado.
 Algunos cadáveres fueron arrojados a una fosa común en el cementerio de Vaugirard. Los otros fueron amontonados en un pozo situado detrás del oratorio, donde tantos habían perecido.
 Sus huesos están piadosamente conservados en la cripta de la iglesia de los carmelitas, donde se les puede fácilmente venerar al lado de una estatua de la Virgen, llamada Nuestra Señora de los Mártires, que debía encontrarse en el oratorio donde ellos la habían invocado con tanta frecuencia.
 Es allí donde el peregrino de lejanos lugares de Francia gustará retirarse para recogerse ante los restos y los nombres de los 95 confesores caídos por la defensa de la fe el 2 de septiembre de 1792.
 Varias diócesis de Francia han puesto en esta fecha, en su propio, la fiesta y el oficio de los Mártires "de los Carmelitas".

Santa Teodora Egipto

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Generalmente los santos y santas son presentados como personajes extremadamente dotados de cualidades poco asequibles al común de los mortales. Teodora no es precisamente una de esas. Pese a lo débil que es la documentación histórica de que se dispone, el comienzo de su santidad parte de un acontecimiento nada santificable como es el adulterio.
Fue una mujer casada que vivía en Egipto y de costumbres irreprochables. Un joven enamorado de sus bondades se sintió rechazado en sus pretensiones impuras hasta que recurrió a una hechicera que con pócimas y palabras llevó a Teodora a consentir en la infidelidad.
La tristeza consecuente al pecado la llevó a la determinación de hacer penitencia de por vida.
Tomó ropas de hombre y pidió, suplicando, la admisión en un monasterio. Bajo el nombre de Teodoro admiró a todos con la aspereza de sus mortificaciones.
Pero no acaba aquí su historia. Una ventera del lugar acusa calumniosamente al falso monje de ser el padre del hijo que había tenido con un viajero.
Y aquí aparece el rasgo de generosidad. Teodora no quiso negarlo, es expulsada del monasterio, cuida en las soledades del niño alimentándolo con leche de cabra, mientras que las inclemencias del tiempo a la intemperie curten su piel y mudan su semblante.
Pasados unos años, suplica de nuevo la entrada en el monasterio donde se le admite con la condición de no abandonar su celda. Sólo a la muerte de la penitente se descubre su condición.
Se cuenta en esta especie de novela ejemplar que el niño que ella cuidó llegó con el tiempo a ser abad del monasterio.




 
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