lunes, 7 de septiembre de 2015

San Juan Nicomedia - Santa Carísima de Aquitania - Beata Eugenia Picco - San Clodoaldo de Nogent 07092015

San Juan Nicomedia

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San Juan, mártir, Nicomedia, 303




Santa Carísima de Aquitania

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En Albi, de Aquitania, santa Carísima, virgen de vida recluida.


Beata Eugenia Picco

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 Es cierto que el influjo positivo de la familia hacia la fe ha suscitado numerosas vocaciones a lo largo de los siglos. Pero no es una condición sine qua non para ello. Eugenia, que nació en Crescenzago, Milán, Italia, el 8 de noviembre de 1867, era hija de un matrimonio desestructurado. Su padre José Picco, ciego, fue un destacado músico de la prestigiosa Scala de Milán. Y su madre, Adelaida del Corno, se dejó llevar por la debilidad, que no fue precisamente su esposo, y se entregó en brazos de la fama y oropeles rindiendo culto a la vanidad y al fulgor del dinero. Incansable viajera, buscando tal vez una felicidad que se le resistía y que no encontraría nunca en la forma de vida disipada que solía llevar, no dudaba en dejar a la pequeña con sus abuelos. Primeramente, salía para acompañar a su marido, pero cuando un día regresó a casa sin él (desaparecido misteriosamente en el transcurso de un viaje a Rusia), continuó con sus desmanes. Y Eugenia se vio obligada a soportar al nuevo compañero de su madre, con el que ésta tuvo tres hijos más, y a escuchar todo lo estoicamente que le fue posible los reproches maternos porque soñaba para ella un futuro como artista, además de sufrir los inconvenientes creados por su amante.
Sin duda ninguna, éste no era el ambiente propicio para que se forjara una vocación. «Peligros y ocasiones tanto en casa como afuera», diría Eugenia después. Y es que su pasión adolescente, incontenible a sus 14 años, se volcó en un muchacho joven. Era hermosa y elegante; su atractivo se completaba con sus dotes para la música. Desenvuelta y libre iba y venía inmersa en la farándula. Por fortuna, una profesora, Giuseppina Allegri, experta en los conflictos que surgen a estas edades, se ocupó de ella. Debió apreciar los nobles sentimientos que poseía y orientó sus pasos a quienes podían ayudarla espiritualmente. Allegri le presentó a la religiosa María Virginia Pizzetti. La beata se convenció de la certeza de las palabras de Pizzetti: era Jesús el que obraba en su interior; nadie más. La presencia divina que latía en su corazón, aún sin estar familiarizada con ella todavía, le alentaba a orar creyendo y esperando recibir una respuesta tanto en la capilla de las hermanas ursulinas del Sagrado Corazón como en la basílica milanesa de San Ambrosio. Una noche de particular sufrimiento, en la primavera de 1886, a través de una imagen que pendía sobre la pared bajo la cual tenía su cama, en medio de su oración se sintió llamada a vivir la santidad.
Tenía casi 20 años y la invitación de Dios era para ella un torrente de bendiciones. Pensaba que su verdadero hogar sería la Congregación de las Pequeñas Hijas de los Sagrados Corazones de Jesús y de María, sita en Parma. Una Orden a la que se encaminó por sugerencia de las ursulinas que consideraron más oportuno que se integrase en esa fundación, valorando el hecho de que ello le permitiría escapar del ambiente asfixiante que le rodeaba en Milán. Para llevar a cabo su empeño, en agosto de 1887 tuvo que huir de su domicilio. Agustín Chieppi, artífice de esa Obra creada en 1865 junto a Anna Micheli, la acogió paternalmente. Se hizo cargo de su sufrimiento y de las circunstancias en las que había tenido que vivir. Y en agosto del año siguiente comenzó el noviciado. Profesó en presencia del fundador en 1891 y emitió votos perpetuos en 1894. El resto de su vida lo destinó a cumplir la voluntad de Dios con espíritu generoso, fiel, humilde… Ella misma sintetizaba su anhelo, diciendo: «Como Jesús ha escogido el pan, algo tan común, así debe ser mi vida, común... accesible a todos y, al mismo tiempo, humilde y escondida, como lo es el pan».
Impartió música, canto y francés a las alumnas del colegio de la Congregación. Después le encomendaron sucesivas misiones. Fue maestra de novicias, archivista, secretaria general y consejera. En 1911 fue elegida superiora general, oficio que desempeñó hasta el fin de sus días. Logró que su gobierno fructificase por su caridad, prudencia y fidelidad al carisma de su fundador. Su sostén fue la oración y la Eucaristía. En el decurso de la Primera Guerra Mundial se volcó en curar a los heridos acogidos por la comunidad en la casa madre. Pero allí acudían también los que estaban ingresados en hospitales. Ellas enseñaban a los hijos de los reclutados en el frente ya que estos muchachos no podían recibir formación. Los que nada poseían, los niños, los que nadie estimaba hallaron en Eugenia una madre. Era extraordinariamente sensible al dolor del prójimo. Seguro que en esos días aciagos, de tanto sufrimiento, recordó vivamente las palabras que les dirigía su fundador: «Tenéis que estar listas para ir hasta los campos de batalla». «Las Pequeñas Hijas tienen que estar listas a donar la última gota de su sangre para los hermanos».
Todo en Eugenia fue una suma de mortificación, obediencia e inocencia evangélicas. Supo sobrenaturalizar lo ordinario con religiosa maestría. Muchos le confiaban sus cuitas, buscaban su consejo y salían fortalecidos. Fue una gran formadora. No tuvo buena salud, y aún se debilitó más con las privaciones y sacrificios. En 1919, año en el que fue reelegida superiora general, a causa de la tuberculosis ósea se le amputó el pie derecho, un episodio dramático que acogió serenamente. Mons. Conforti, prelado de Parma, le aconsejó paternalmente: «No se gobierna con los pies, sino con la cabeza». Ciertamente. Lo que antes era ir y venir quedó «reducido», si así puede decirse, a la ofrenda en estricta oración. Nada más fecundo que ello. Las secuelas no le abandonaron y murió el 7 de septiembre de 1921. Fue beatificada el 7 de octubre de 2001 por Juan Pablo II. En su homilía recordó que «ante el sufrimiento, con los inevitables momentos de dificultad y desasosiego que entraña […], supo transformar la experiencia del dolor en ocasión de purificación y crecimiento interior».




San Clodoaldo de Nogent

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San Clodoaldo, presbítero
En la localidad de Nogent, territorio de París, también en la Galia, san Clodoaldo, presbítero, de estirpe regia, que, asesinados sus padres y hermanos y tutelado por su abuela, santa Clotilde, se hizo clérigo y renunció al reino terreno.
A la muerte de Clovis, rey de los francos, en el año 511, el reino se dividió entre sus cuatro hijos, de los cuales el segundo era Clodomiro. Trece años más tarde, éste pereció en una lucha contra su primo Gondomar, rey de Borgoña (el monarca que había asesinado anteriormente a san Segismundo de Borgoña), el que dejó tres hijos para que compartieran sus dominios. El más joven de estos hijos de Clodomiro era san Clodoaldo, un nombre que en francés se pronuncia Cloud, y cuyo nombre aparece en una ciudad grande llamada Saint-Cloud, cerca de Versalles. Los tres niños crecieron bajo los cuidados de su abuela, santa Clotilde, la viuda del rey Clovis, quien les dedicó toda su ternura y solicitud en su casa de París, mientras el reino era administrado por su tío Childeberto. Cuando Clodoaldo tenía ocho años, su tío fraguó una conspiración, junto con su hermano menor, Clotario de Soissons, para deshacerse de los tres príncipes a fin de quedarse con el reino. Un pariente de Childeberto fue enviado a la casa de Clotilde para exigirle que eligiera entre la alternativa de que sus hijos fueran asesinados, o bien recluidos para siempre en algún monasterio. El mensajero desvirtuó de tal manera la respuesta de la angustiada reina, que ésta apareció como si hubiese elegido la muerte de sus hijos, por lo que, sin pérdida de tiempo, Clotario cogió al mayor, Teobaldo y lo apuñaló. El segundo príncipe, Gunther, huyó aterrorizado a buscar refugio junto a su tío Childeberto, quien se hallaba temblando de miedo, conmovido por la brutal matanza y trató de protegerlo. Pero Clotario, ajeno a todo sentimiento de piedad, arrancó al niño de los brazos de Childeberto y lo mató también.

El único que escapó fue Clodoaldo, que fue llevado a toda prisa lo más lejos posible para que viviese oculto en Provenza. Childeberto y Clotario compartieron el fruto de su espantoso crimen, y Clodoaldo no hizo ningún intento para recuperar el reino cuando llegó a la mayoría de edad. Ya había visto bastante de lo que era la política para despreciarla, lo mismo que las vanaglorias del mundo y, voluntariamente, se retiró desde muy joven a la celda de un ermitaño. Al cabo de algún tiempo de vida solitaria, se puso bajo la dirección y la disciplina de san Severino, un eremita que vivía cerca de París; después pasó a Nogent, en las riberas del Sena, donde construyó su ermita en el lugar donde ahora se encuentra la ciudad de Saint-Cloud. El santo no se dio tregua en la tarea de instruir a las gentes de toda la comarca circunvecina y terminó sus días en Nogent, alrededor del 560, cuando no tenía más de treinta y seis años de edad.

Por un juego de palabras en su nombre, puesto que Cloud se pronuncia igual que "clou", que significa clavo, al santo se le venera en Francia como patrón de los fabricantes de clavos. Disgustado, con toda razón, por la monstruosa brutalidad de la política merovingia, ilustrada por el asesinato de los hijos de Clodomiro, Alban Butler agrega la siguiente reflexión de Pico della Mirandola, humanista del siglo XV: «Algunos piensan que la mayor felicidad de un hombre en este mundo es gozar de las dignidades y poderes y vivir entre las riquezas y esplendores de una corte. Vosotros sabéis que ya he tenido mi parte de todo esto; pero os aseguro que mi alma ya no puede encontrar verdadera satisfacción más que en el retiro y la contemplación. Estoy convencido de que si los cesares pudiesen hablar desde sus tumbas, declararían que Pico es más feliz en su soledad que ellos lo fueron en el gobierno del mundo; y si los muertos pudiesen volver a la vida, eligirían los dolores de una segunda muerte antes que arriesgar su salvación de nuevo en los puestos públicos».

B. Krusch en Monumenta Germaniae Historica, Scriptores Merov., vol. II, pp. 350-357, la misma que, en fecha anterior editó Mabillon con los bolandistas. Pero como esa biografía admite que su nacimiento no se remonta más allá del siglo nueve, los datos proporcionados por san Gregorio de Tours y reproducidos en Acta Sanctorum son más dignos de crédito. El libro «Saint Cloud: prince, moine, prétre» (1922) de J. Legrand, es una historia muy agradablemente escrita y con todos los datos necesarios.

fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
 
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En la localidad de Nogent, territorio de París, también en la Galia, san Clodoaldo, presbítero, de estirpe regia, que, asesinados sus padres y hermanos y tutelado por su abuela, santa Clotilde, se hizo clérigo renunciando al reino terreno.
San Clodoaldo, París, 560. Llamado Saint Cloud por los franceses, fue nieto de Santa Clotilde y le educó esta santa reina. Cuando los reyes de París y Soissons invadieron los estados del rey de Neustria, el joven Cloud se refugió en la celda de un solitario, San Severino, que moraba en las cercanías de París. En 551 el pueblo pidió que le ordenasen de sacerdote: se reunieron después en torno de su celda muchos discípulos y les dio una regla. que él observó puntualmente muchos años. Falleció el 560.
(c. 522- c. 560) Príncipe merovingio. Tercer hijo de Clodomiro, después de la muerte de su padre logró escapar a la matanza en que perecieron sus hermanos, ordenada por sus tíos para apoderarse del reino de Orleans. Consagrado a la vida religiosa, fundó el monasterio de Novientum, en la actualidad Saint-Cloud.



Abbé L. Jaud, Vie des Saints pour tous les jours de l'année, Tours, Mame, 1950.












 
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