Santa Sinclética, virgen
fecha: 5 de enero
†: s. IV - país: Egipto
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
†: s. IV - país: Egipto
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Elogio: En Alejandría de Egipto, santa
Sinclética, virgen, de quien se cuenta que llevó vida eremítica.
Existe un documento, una "Vida de
Santa Siclética", que fue utilizado ya por san Juan Clímaco (siglo VI), lo
que atestigua su antigüedad. Dicho texto fue atribuido durante siglos a san
Atanasio, lo que le dio también mucho prestigio. Sin embargo, aunque no fuera
-como hoy sabemos- correcta esta atribución, el anónimo autor parece haber
conocido a la santa personalmente. Lo que se cuenta allí puede resumirse como
sigue:
Santa Sincletica nació en Alejandría de
Egipto, de una rica familia de Macedonia. Su gran fortuna y belleza le
atrajeron numerosos pretendientes, pero Sinclética había consagrado su corazón
al Esposo celestial y para librarse de aquellos recurría a la fuga. Sin embargo
consideraba a su propio cuerpo como a su peor enemigo y se dedicó a domarlo con
ayunos y otras asperezas. Su mayor sufrimiento era verse obligada a comer más
frecuentemente de lo que deseaba. Sus padres la constituyeron heredera de toda
su fortuna, pues sus dos hermanos habían muerto y su única hermana era ciega y
estaba confiada a su custodia. Habiendo distribuido su fortuna entre los
pobres. Sinclética se retiró con su hermana a una cámara sepulcral abandonada,
que formaba parte de las posesiones de sus parientes. Allí se cortó los
cabellos, en presencia de un sacerdote, para mostrar su absoluto despego del
mundo, y renovó su consagración a Dios. A partir de ese instante, la oración y
las buenas obras constituyeron su principal ocupación; pero su total retiro,
que la ocultó a los ojos del mundo, nos ha dejado también a nosotros sin
noticias.
Numerosas mujeres acudían a ella en busca
de consejo. Si su humildad le hacía difícil instruir a otros, su caridad la
impulsaba a hacerlo. Sus palabras tenían un acento tan profundo de humildad y
de convencimiento, que impresionaban profundamente a sus oyentes. «¡Oh
-exclamaba Sinclética-, cuan felices seríamos si trabajáramos por ganar el
cielo y servir a Dios, como los mundanos trabajan por acumular riquezas y
bienes perecederos! En tierra arrostran a los bandidos y salteadores; en el mar
se exponen a los vientos y a las olas y sufren naufragios y calamidades; todo
lo intentan y a todo se atreven; en cambio nosotros, que servimos a un Señor
tan grande y esperamos un premio inefable, tenemos miedo de la menor
contradicción». Frecuentemente predicaba la humildad: «Un tesoro sólo
está seguro cuando está escondido; descubrirlo equivale a exponerlo a la
codicia del primero que venga y a perderlo; igualmente, la virtud sólo está
segura cuando permanece secreta, y quien la ostenta la verá disiparse como el
humo». Con estos y otros discursos exhortaba nuestra santa a la caridad, a
la vigilancia y a todas las virtudes.
A los ochenta años de edad, Sinclética
contrajo una intensa fiebre que le atacó los pulmones, al mismo tiempo que una
violenta gangrena le consumía los labios y las mandíbulas. Llevó su enfermedad
con increíble paciencia y resignación, a pesar de que en los últimos tres meses
el dolor no le dejaba reposo. Aunque la gangrena la había privado del uso de la
palabra, su paciencia era un sermón más eficaz que cualquier predicación. Tres
días antes de su muerte, Sinclética tuvo una visión en la que le fue revelada
la hora en que su alma abandonaría el cuerpo. Al llegar el momento previsto,
aureolada de una luz celestial y consolada con divinas visiones, Sinclética
entregó su alma a Dios, a los ochenta y cuatro años de edad.
En las colecciones de Apotegmas de los
Padres del Desierto se encuentran muchas sentencias de la santa.
La «Vita» puede verse en Acta Sanctorum, 5
de enero, tomo I, pág 242. En todas las recopilaciones de sentencias de los
Padres del Desierto figuran pensamientos de santa Sinclética, por ejemplo en esta
colección. El presente artículo reproduce con escasos
cambios el correspondiente del Butler-Guinea.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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ingreso o última modificación relevante: ant 2012
Estas biografías de santo son propiedad de
El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo
como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino
que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía,
referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.orgindex.php?idu=sn_56
San Deogracias de Cartago, obispo
fecha: 5 de enero
fecha en el calendario anterior: 22 de marzo
†: c. 458 - país: África Septentrional
otras formas del nombre: Deogratias, Diosgracias
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
fecha en el calendario anterior: 22 de marzo
†: c. 458 - país: África Septentrional
otras formas del nombre: Deogratias, Diosgracias
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Elogio: En Cartago, san Deogracias, obispo, que redimió a muchos cautivos
apresados por los vándalos, ofreciéndoles cobijo en dos grandes basílicas
dotadas de camas y esteras.
refieren a este santo: San Eugenio de
Cartago
Cuando Cartago fue asolada por los
vándalos, en el 439, los arrianos expulsaron al obispo Quodvultdeus y
lo abandonaron, junto con la mayor parte de sus clérigos, en un barco inundado
para que muriera. Sin embargo, la nave llegó con bien a Nápoles. Después de
catorce años, durante los cuales Cartago permaneció sin pastor, Genserico, a
instancias de Valentiniano, permitió la consagración de otro obispo. Fue este
un sacerdote llamado Deogracias quien, con su ejemplo y doctrina, fortaleció la
fe de su pueblo y logró ganarse el respeto, tanto de paganos, como de arrianos.
Dos años después de la consagración del
obispo, Genserico saqueó Roma y volvió al África con gran cantidad de cautivos.
Estos infortunados fueron distribuidos entre los vándalos y los habitantes de
la Mauritania, con absoluta arbitrariedad; los esposos fueron separados de sus
mujeres y los padres, de sus hijos. Para rescatarlos, Deogracias vendió lo cálices
de oro y plata y los ornamentos del altar, hasta que logró redimir a gran
número de familias. Como no había en Cartago casas suficientes para
acomodarlas, el obispo cedió un par de iglesias grandes, las acondicionó con
lechos y organizó un reparto diario de comida. Algunos de los espíritus más
ruines entre los arrianos, resintieron su actividad y le acechaban para
matarle, pero los planes fracasaron.
Consumido por sus esfuerzos, sin embargo,
Deogracias murió después de un episcopado de poco más de tres años y fue
profundamente llorado por sus fieles y por los exilados, que habían encontrado
en él un gran protector. Los cartagineses cristianos habrían despedazado su
cuerpo para guardar reliquias, pero fue enterrado secretamente mientras se
cantaban las oraciones públicas y así se evitó su profanación.
Víctor, obispo de Vita, en su Historia
Persecutionis Vandalicae, es la autoridad principal para lo que conocemos de
san Deogracias. Véase Acta Sanctorum, marzo, vol. III, pág 384.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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Estas biografías de santo son propiedad de
El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo
como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino
que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía,
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