
Beato Darío Acosta Zurita, presbítero y mártir
En Veracruz, México, beato Darío Acosta Zurita, presbítero y mártir.
Nació el 13 de diciembre de 1908, (el acta de nacimiento dice que el 20) en Naolinco, Veracruz, hijo del Sr. Leopoldo Acosta y de la Sra. Dominga Zurita. Fue bautizado en la iglesia parroquial de San Mateo Apóstol, el 23 de diciembre, con el nombre de Ángel Darío. El ambiente familiar era cristiano y sencillo y su infancia transcurrió tranquila. Su padre se desempeñaba como carnicero, era trabajador y honrado. Su madre, mujer cristiana y de gran fortaleza, supo transmitir la fe con su ejemplo y se preocupó de que recibiera una buena instrucción cristiana. Recibió la primera Comunión a la edad de seis años y posteriormente el sacramento de la Confirmación.
Desde niño conoció las limitaciones y los sacrificios, ya que en las revueltas armadas por la revolución, su padre perdió el ganado que poseía y los medios económicos necesarios para el sostenimiento de su familia, enfermó de gravedad y al poco tiempo falleció. La joven viuda tuvo que hacer frente a la situación de extrema pobreza en que quedó. Darío la ayudó en el sostén de sus cuatro hermanos.
Desde pequeño, se distinguió por su carácter noble, tranquilo y reflexivo, dócil y servicial, bondadoso y responsable, sociable y extrovertido, cariñoso con su madre. Fue muy notable su atractivo por las cosas de la Iglesia, gozaba ayudando de acólito y manifestaba una devoción especial y una piedad firme.
Mons. Guízar y Valencia realizó una visita a Naolinco en busca de vocaciones para su Seminario y Darío asistió invitado por unos amigos, experimentando con toda certeza el llamado de Dios a la vocación sacerdotal; pero al final del preseminario, el Obispo no lo seleccionó entre los elegidos porque estaba todavía muy chico y por considerar que su madre viuda lo necesitaba, por ser en su familia el mayor de los hijos varones. Por ese motivo, Darío manifestó profunda tristeza y su madre, con gran generosidad y empeño, buscó el apoyo del Sr. Cura Miguel Mesa, y llevó a su hijo a Jalapa con el Sr. Obispo, para suplicarle que lo recibiera en su Seminario, logrando que lo aceptara; primero como alumno externo; y al poco tiempo, que le consiguiera una beca, por su excelente aprovechamiento y óptima conducta.
Eran tiempos difíciles para la Iglesia por la revolución y las continuas luchas por el poder que asolaban el país, y Mons. Guízar decidió trasladar su Seminario a la ciudad de México. Darío se ganó muy pronto la simpatía de sus superiores y condiscípulos, por su carácter ecuánime y caritativo, su dedicación al estudio y sólida piedad. Darío tenía fama de ser un excelente deportista, le gustaba mucho el fútbol y fue el capitán del equipo por varios años. Tenía un carácter bondadoso y servicial.
Fue ordenado sacerdote el 25 de abril de 1931, de manos del Excmo. Sr. Guízar y Valencia y cantó su primera Misa el día 24 de mayo, en la ciudad de Veracruz. Fue notable la honda emoción que lo embargó durante su ordenación sacerdotal y su primera Misa. El 26 de mayo, Mons. Guízar lo nombró vicario cooperador de la parroquia de la Asunción, en la ciudad de Veracruz, donde se desempeñaba como párroco el Sr. Cango. Justino de la Mora. También estaban ahí de vicarios el P. Rafael Rosas y el P. Alberto Landa.
Desde su llegada a Veracruz, fue notable para la gente su fervor y bondad, su preocupación por la catequesis infantil y dedicación al sacramento de la reconciliación. En sus predicaciones había expresado: “La cruz es nuestra fortaleza en la vida, nuestro consuelo en la muerte, nuestra gloria en la eternidad. Haciendo todo por amor a Cristo crucificado, todo se nos hará más fácil. Si él sufrió tanto por nosotros en ella, es preciso que también nosotros suframos por Él”
El vendaval de la persecución rugía con gran violencia, y el párroco llamó en varias ocasiones a sus vicarios para manifestarles la gravísima situación en que se encontraba la Iglesia y el peligro constante que corrían sus vidas, por el simple hecho de ser sacerdotes, dejándoles en absoluta libertad de ocultarse, si así lo consideraban; o de irse a sus casas, si así lo deseaban. La respuesta que obtuvo de los tres fue siempre: “Estamos dispuestos a arrostrar cualquier grave consecuencia por seguir en nuestros deberes sacerdotales”. La disposición al martirio era manifiesta y constantemente renovada en aquellos días en que el perseguidor mostró todo su odio a Dios y a la Iglesia católica, al promulgar el decreto 197, Ley Tejeda, referente a la reducción de los sacerdotes en todo el Estado de Veracruz, para terminar con el “fanatismo del pueblo”, como lo había publicado unos días antes el gobernador, Adalberto Tejeda, en el diario El Dictamen, amenazando con la muerte a quienes no se sometieran. Además, de parte del gobernador, fue enviada a cada sacerdote una carta exigiéndoles el cumplimiento de esa ley. Al P. Darío le correspondió el número 759 y la recibió el 21 de julio.
El P. Darío era consciente del peligro que corría su vida, sin embargo, manifestó en todo momento una gran tranquilidad y una serena alegría.
El sábado 25 de julio de 1931, muy temprano, recibió el P. Darío la visita de su madre, que llegó a Veracruz en el momento en que su hijo celebraba la Eucaristía, a la que asistió conmovida y llena de gratitud. Era la primera vez que se veían después de su ordenación sacerdotal.
Ese mismo día, 25 de julio, era la fecha establecida por el gobernador para que entrara en vigor la inicua ley. Era un día lluvioso, y en la parroquia de la Asunción todo transcurría normal. Las naves del templo estaban repletas de niños que habían llegado de todos los centros de catecismo, acompañados por sus catequistas. Había también un gran número de adultos, esperando recibir el sacramento de la reconciliación. Eran las 6.10 de la tarde, cuando varios hombres vestidos con gabardinas militares entraron simultáneamente por las tres puertas del templo, y sin previo aviso comenzaron a disparar contra los sacerdotes. El P. Landa fue gravemente herido, el P. Rosas se libró milagrosamente, al protegerse en el púlpito y el P. Darío, que acababa de salir del bautisterio, en donde había bautizado a un niño, cayó acribillado por las balas asesinas, bañado en su propia sangre, cayó muerto instantáneamente, alcanzando a exclamar: “¡Jesús!”.
Todo era confusión y caos, gritería de los niños y de las personas mayores, que de manera atropellada, trataban de refugiarse bajo las bancas o corrían buscando la puerta de salida. Al escuchar los disparos, salió de la sacristía el Sr. Cura de la Mora pidiendo que a él también lo mataran, pero los asesinos ya habían huido. El Sr. Cura se acercó para darle los últimos auxilios al P. Darío. El cadáver fue conducido a la Cruz Roja para seguir los procedimientos legales.
fuente: Conferencia del Episcopado Mexicano
San Cristóbal de Licia
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San Cristóbal, mártir
En Licia, san Cristóbal, mártir.
patronazgo: patrono de los transportistas, especialmente de los que trabajan en el río y la montaña, de los marineros, constructores de puentes, peregrinos, viajeros, conductores, chóferes, aeronautas, porteadores, mineros, carpinteros, sombrereros, tintoreros, encuadernadores, orfebres, cazadores de tesoros, comerciantes de frutas, jardineros, atletas, de los niños; para proteger contra la peste, la enfermedad, la epilepsia, la muerte súbita, incendio y daños por agua, sequías, tormentas, tormentas eléctricas, granizo, problemas en los ojos, dolor de muelas, heridas.
Aunque apenas puede dudarse de que existió en la antigüedad un mártir de nombre Cristóbal, a ello se reduce en la práctica todo lo que sabemos de él. Quizás por su nombre, que significa «el que lleva a Cristo», se fue tejiendo en torno a él una leyenda, tan famosa en Oriente como en Occidente, que tomó su forma definitiva al fin de la Edad Media. Reproducimos ese relato legendario extrayéndolo de lo que transmite en el siglo XIII la «Leyenda Dorada», del beato Jacobo de la Vorágine, que ha sido el principal vehículo por el que se consolidó en la memoria popular los «hechos» de este santo. De ella procede la creencia de que, quien mira una imagen de san Cristóbal no sufrirá daño alguno. Por ello se acostumbraba poner en las puertas de las iglesias grandes estatuas del santo, para que todos los que entraban en ellas viesen su imagen. San Cristóbal era, en la antigüedad, el patrono de los viajeros y los cristianos le invocaban contra las tempestades, las plagas y los peligros del mar. En la actualidad, el santo es muy popular como patrono de los conductores de automóviles. La primitiva leyenda no hablaba de que san Cristóbal se hubiese dedicado a buscar un amo, ni de que hubiese pasado su vida transportando a los que querían cruzar el río; pero sí menciona su estatura gigantesca y su apariencia imponente y cuenta que su cayado había florecido en la tierra. También atribuye gran importancia al incidente de Aquilina y Nicea y describe todas las torturas a las que Cristóbal fue sometido antes de morir. El Martirologio Romano afirma que fue martirizado en Licia, sin que pueda especificarse ni un solo dato más.
Leyenda áurea de san Cristóbal
Cristóbal se llamaba Réprobo antes de su bautismo. Pero con el sacramento recibió el nombre de Cristóbal, que significa portador de Cristo, porque había de llevar a Cristo de cuatro modos: sobre los hombros, en el cuerpo por la penitencia, en la mente por la devoción, y en la boca por la confesión de la fe y la predicación.
Cristóbal pertenecía a la tribu de Canaán. Era increíblemente alto y su rostro infundía miedo. La anchura de sus espaldas era de doce codos. Las historias cuentan que, cuando vivía en la corte del rey de Canaán, decidió partir en busca del más grande príncipe de este mundo y entrar a su servicio. Tan lejos fue Cristóbal, que llegó a la corte de un gran rey, que tenía fama de ser el mayor del mundo. Guando el monarca le vio, le tomó a su servicio y le alojó en su palacio. En una ocasión, un bardo cantó delante del soberano una canción en la que mencionaba frecuentemente al demonio. Como el rey era cristiano, hacía la señal de la cruz cada vez que oía mentar al diablo, y al ver aquello Cristóbal, se preguntaba maravillado qué significaba esa señal y por qué la hacía el soberano. Tanto se interesó por aquel misterio, que acabó por interrogar a su amo. Como el rey rehusó revelarle el significado de la señal, Cristóbal le suplicó y aun le amenazó con abandonar su servicio si no obtenía una respuesta. Entoces el rey le respondió: «Siempre que oigo mentar al diablo tengo miedo de que ejerza su poder sobre mí y el signo de la cruz me protege contra sus acechanzas». Entonces Cristóbal dijo al rey: «¿De modo que temes al diablo? Eso quiere decir que el diablo tiene más poder y es mayor que tú. Yo creía que tú eras el príncipe más poderoso del mundo. Así pues, te encomiendo a Dios, porque en este momento me voy a buscar al diablo para servirle».
Cristóbal partió de la corte del rey y se apresuró a buscar al diablo. Pasando por un desierto, vio una gran comitiva de caballeros. El más cruel y horrible de ellos se acercó a Cristóbal y le preguntó a dónde iba. Cristóbal le respondió: «Voy a buscar al diablo para servirle». Y el caballero le dijo: «Yo soy el que buscas». Cristóbal se alegró mucho al saberlo e inmediatamente le prometió servirle lealmente y tenerle por señor hasta la muerte. Un día que iban por un camino real, encontraron una cruz plantada al borde. En cuanto el diablo vio la cruz, echó a correr lleno de miedo y condujo a Cristóbal a través de un desierto para alejarse de la cruz y, luego de dar un rodeo volvieron a tomar el camino real. Cristóbal, muy asombrado, preguntó al diablo por qué había abandonado el camino real y le había conducido a través de un desierto tan árido. Pero el diablo no quería responderle. Entonces Cristóbal le dijo: «Si no me respondes, abandonaré tu servicio». Viéndose obligado a contestarle, el diablo le dijo: «Hubo un hombre llamado Cristo que fue crucificado. Y siempre que veo una cruz tengo miedo y me echo a correr». Cristóbal declaró: «Eso quiere decir que Cristo es más grande y más poderoso que tú. Veo, pues, que me he esforzado en vano por encontrar al Señor más poderoso del mundo. En este mismo momento abandono tu servicio. Prosigue tu camino, porque yo me voy en busca de Cristo».
Después de mucho caminar y preguntar dónde podría encontrar a Cristo, Cristóbal llegó a la morada de un ermitaño del desierto. El ermitaño le habló de Cristo, le instruyó diligentemente en la fe y le dijo: «El Rey a quien buscas exige de ti el servicio de ayunar frecuentemente». Cristóbal le respondió: «Pídeme otra cosa, pues yo soy incapaz de ayunar». El ermitaño replicó: «Entonces tienes que velar y hacer mucha oración». Y Cristóbal respondió: «No sé lo que es hacer oración, de suerte que tampoco puedo obedecer este mandato». Entonces el ermitaño le dijo: «¿Conoces el río profundo de peligrosa corriente en el que han perecido muchas gentes?» Cristóbal respondió: «Sí, lo conozco muy bien». El ermitaño replicó: «Como eres muy alto y erguido y tus músculos son muy fuertes, debes irte a vivir a la orilla de ese río y transportar sobre tus hombros a cuantos quieran atravesarlo. Ese servicio agradará sin duda al Señor Jesucristo, a quien tú buscas. Espero que Él se te mostrará algún día». Cristóbal partió hacia el río y se construyó una morada en la orilla. Para vadear el río empleaba un enorme palo a manera de cayado, y transportaba sin cesar a toda clase de gente de una orilla a otra. Y ahí vivió muchos días, trabajando como hemos dicho.
Cierta noche cuando dormía en su choza, oyó la voz de un niño que le llamaba: «Cristóbal, ven a transportarme». Cristóbal se despertó y salió, pero no vio a nadie. Volvió a entrar en su morada y oyó, por segunda vez, la misma voz; inmediatamente acudió, pero no encontró a nadie. Al oír el llamado por tercera vez, Cristóbal salió a buscar detenidamente y encontró, a la orilla del río, a un niño que le pidió amablemente, que le transportase a la otra orilla. Cristóbal subió al niño en sus hombros, tomó su cayado y empezó a vadear la corriente. Pero las aguas empezaron a subir y el niño pesaba como el plomo. Cuanto más avanzaba Cristóbal, más crecía la corriente y más pesado se hacía el niño, de suerte que Cristóbal tuvo miedo de perecer ahogado. Sin embargo, con gran esfuerzo pudo llegar a la otra orilla. Entonces dijo al pequeño: «Niño, me has puesto en un grave peligro. Me pesabas como si cargase el mundo sobre mis hombros. ¡Nunca había soportado un peso tan grande como el tuyo, que eres tan pequeño!» Y el niño respondió: «No te maravilles por ello, Cristóbal. No has cargado al mundo, pero llevaste sobre los hombros al Creador del mundo. Yo soy Jesucristo, el Rey a quien sirves con tu trabajo. Y, para que sepas que digo la verdad, planta tu cayado junto a tu casa, y yo te prometo que mañana tendrá flores y frutos». Dicho esto, desapareció el niño. Cristóbal plantó su cayado y, cuando se levantó a la mañana siguiente, el palo seco era como una palmera llena de hojas, de flores y de dátiles.
Cristóbal fue entonces a la ciudad de Licia. Como no entendía el idioma de los habitantes, pidió al Señor que le ayudase y Dios le concedió el entendimiento de aquella lengua extraña. Mientras Cristóbal hacía su oración en alta voz, las gentes que lo observaban juzgaron que estaba loco y lo dejaron en paz. Cuando Cristóbal empezó a entender el idioma de los habitantes de Licia, se cubrió el rostro y escuchó lo que se hablaba. Así se enteró de lo que sucedía en la ciudad y sin tardanza, se dirigió al sitio en que los jueces condenaban a muerte a los cristianos y les reconfortó en Cristo. Entonces, los magistrados le abofetearon. Cristóbal les dijo: «Si no fuese cristiano, me vengaría de esta injuria». En seguida plantó su cayado en la tierra y pidió al Señor que lo hiciese florecer y fructificar para convertir al pueblo. Y así sucedió inmediatamente, y se convirtieron ocho mil hombres. Entonces, el rey envió a dos caballeros para que trajesen prisionero a Cristóbal. Los caballeros encontraron a Cristóbal en oración y no se atrevieron a comunicarle la orden del rey. El monarca envió entonces a otros dos caballeros, los cuales se arrodillaron a orar con Cristóbal. Cuando éste terminó su oración, preguntó a los caballeros: «¿Qué buscáis?» Cuando los caballeros vieron el rostro de Cristóbal, le dijeron: «El rey nos ha enviado para que te llevemos prisionero». Cristóbal les dijo: «Si yo quisiera no podríais llevarme prisionero». Los caballeros replicaron: «Si quieres quedar libre, vete pronto y nosotros diremos al rey que no te hemos encontrado». Pero Cristóbal respondió: «No será así, sino que iré con vosotros». Entonces Cristóbal convirtió a los caballeros a la fe y les pidió que le atasen las manos a la espalda y le llevasen a la presencia del rey. Cuando el monarca vio a Cristóbal, sintió tan gran temor que se cayó del trono y sus servidores le ayudaron a levantarse. Entonces el rey preguntó al prisionero su nombre y su país de origen. Cristóbal respondió: «Antes de mi bautismo me llamaba Réprobo y ahora me llamo Cristóbal que significa "portador de Cristo"; antes de mi bautismo era yo cananeo y ahora soy cristiano». El rey replicó: «Tienes un nombre absurdo, porque das testimonio de Cristo, un hombre que fue crucificado y no pudo salvarse, de suerte que tampoco podrá defenderte a ti. ¿Por qué te niegas a sacrificar a los dioses, maldito cananeo?» Cristóbal respondió: «Con razón te llamas Dagnus, pues eres la ruina del mundo y discípulo del demonio. Tus dioses han sido hechos por manos de hombres». Y el rey le dijo: «Tú te educaste entre bestias salvajes; por ello hablas un idioma salvaje y dices palabras que los hombres no entienden. Si ofreces sacrificios a los dioses, te colmaré de regalos y honores; pero si te niegas, te destruiré y aplastaré con horribles penas y torturas». Como Cristóbal se negase a ofrecer sacrificios a los dioses, el rey le encarceló. También mandó decapitar a los caballeros que había enviado a buscarle y se habían convertido al cristianismo.
En seguida, envió al calabozo de Cristóbal a dos hermosas mujeres, llamadas Nicea y Aquilina y les prometió ricos presentes si conseguían hacer pecar a Cristóbal. Al ver a las mujeres, Cristóbal se arrodilló a hacer oración. Pero, como ellas empezasen a abrazarle, Cristóbal se levantó y les dijo: «¿Qué queréis? ¿Para qué habéis venido?» Las mujeres, asustadas de la santidad que se reflejaba en el rostro de Cristóbal, le dijeron: «Hombre de Dios, apiádate de nosotras para que creamos en el Dios que tú predicas». Al enterarse de aquella conversión, el rey mandó que trajesen a su presencia a las mujeres y les dijo: «Os habéis dejado engañar. Pero juro por mis dioses que, si no les ofrecéis sacrificios, pereceréis al punto de mala muerte». Y las mujeres respondieron: «Si quieres que ofrezcamos sacrificios, manda limpiar la plaza y ordena que todo el pueblo se reúna en ella». Cuando quedó cumplida la orden del rey, las mujeres entraron en el templo y, enredando sus guirnaldas en el cuello de los ídolos, los derribaron y los hicieron pedazos. En seguida dijeron a los presentes: «Id a buscar a los médicos y a las brujas para que curen a vuestros dioses». Entonces el rey mandó ahorcar a Aquilina y colgarle de los pies una pesada roca para que se desgarrasen los miembros. Cuando Aquilina murió y pasó al Señor, su hermana Nicea fue arrojada a una hoguera, pero salió de ella totalmente ilesa. Entonces los verdugos le cortaron la cabeza y así murió.
Cristóbal compareció de nuevo ante el rey, quien ordenó que le golpeasen con varillas de hierro, que le colocasen sobre la cabeza una cruz de hierro al rojo vivo, que le sentasen sobre una silla de hierro y encendiesen fuego debajo de ella y que vertiesen sobre el mártir pez hirviente. Pero el asiento se derritió y Cristóbal se levantó sin una sola herida. Viendo esto, el rey mandó que le atasen a una gran estaca y que cuarenta arqueros disparasen sus flechas contra él. Pero ninguno de los arqueros pudo dar en el blanco, porque las flechas se desviaron en el aire y no tocaron a Cristóbal. El rey, creyendo que Cristóbal había sido atravesado por las flechas, le dirigió la palabra; entonces una de las flechas cambió súbitamente de dirección y fue a clavarse en el ojo del rey. Cristóbal le dijo: «Tirano, yo voy a morir mañana. Haz un poco de lodo con mi sangre, úngete con él el ojo y así recobrarás la vista». Entonces el rey mandó que le cortasen la cabeza. Cristóbal hizo su oración, y el verdugo lo decapitó. Tal fue el martirio de Cristóbal. Entonces el rey hizo un poco de lodo con su sangre, se lo puso en el ojo, y dijo: «En el nombre de Dios y de Cristóbal». E inmediatamente quedó curado. El rey creyó entonces en Dios y mandó que fuesen decapitados todos los que blasfemasen de Dios o de san Cristóbal.
R. Hindringer, en Lexikon für Theologie and Kirche, vol. V, cc. 934-936, y H. F Rosenfeld, Der hl. Christophorus (1937), discuten los interesantes problemas relacionados con el santo. No cabe duda de que existió un san Cristóbal, cuyo culto era tan popular en Oriente como en Occidente. En Acta Sanctorum pueden verse varias recensiones griegas y latinas del texto de la leyenda primitiva (julio, vol. VI ). Cf. igualmente Analecta Bollandiana, vol. I, pp. 121-148 y vol. X, pp. 393-405; y H. Usener, Acta S. Marinae et S. Christophori. Entre los manuscritos del Museo Británico hay un texto sirio de la leyenda de San Cristóbal (Addit. 12, 174). Acerca de San Cristóbal en el arte, cf. Künstle, Ikonographie, vol. II, pp. 154-160, y Drake, Saints and their Emblems. Cuadros. La iconografía del santo es inmensa, sólo dos muestras:
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
A ti acudimos, san Cristóbal, para que nos acompañes a los largo de la vida y nos alcances poder llegar al fin de cada día con salud bienestar y gracia de Dios. Tú llevaste sobre tus hombros al Niño Jesús, que así quiso premiarte por tus servicios ofrecidos a todos quienes te pedían ayuda en el camino. Ya que eres abogado de los que están en camino, y especialmente de los conductores, rogamos tu intercesión para que nos asistas en el viaje y nos obtengas del Señor, el bien de regresar felices y agradecidos a nuestros hogares. Amén.
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San Cucufate de Barcelona
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San Cucufate, mártir
En Barcelona, ciudad de la Hispania Tarraconense, san Cucufate, mártir, que, herido con espada durante la persecución desencadenada por el emperador Diocleciano, subió victorioso al cielo.
Que Barcelona ponga su confianza en el célebre Cugat(el nombre catalán de Cucufate), escribía Prudencio en su Peristéphanon (IV, 33) y, el Martirologio Hieronymianum anuncia en el 15 y en el 16 de febrero: «En España, en la ciudad de Barcelona, el nacimiento al cielo de san Cucufate». Desde la Edad Media su fiesta se celebra el 25 de julio. La hagiografía, como sucede casi siempre, adorna las vidas de los santos con múltiples fantasías, por lo que se debe tener cuidado de no dar un crédito absoluto a los relatos de algunos mártires célebres.
Parece que Cucufate era originario de Scilla, no lejos de Cartago, en el África. Para escapar a la persecución de Diocleciano, se fue a España, pero lo aprehendieron en Barcelona y le condujeron ante el prefecto Daciano. Después de torturado con diversos suplicios, fue decapitado.
En Valles, diócesis de Barcelona, existió desde el siglo VIII una abadía llamada Colgat, dedicada a San Cucufate. Se decía que allí reposaba el cuerpo del mártir y que la cabeza había sido llevada a Francia. Este monasterio fue suprimido en 1835.
Fulrad, abad de Saint-Denis, consiguió reliquias de san Cucufate y las depositó en uno de los monasterios que él había fundado en Alsacia, llamado La Celle-de-Fulrad y que cambió su nombre por el del santo. En 835, el abad Hilduino hizo transportar dichas reliquias a la gran iglesia de Saint Denis. Así, la devoción a este santo se extendió por los alrededores de París. Cerca de Rueil, en medio del bosque, existe un precioso estanque con el nombre de san Cucufate. Según el abad Debeuf, existió en otro tiempo una capilla donde se guardaron sus reliquias hasta el siglo XVIII; «desde hace mucho -dice el abad-, el lugar casi está en ruinas por falta de cuidado y todo lo cubre la hierba. Sin embargo, no deja de haber peregrinaciones a ese lugar ni de encenderse velas». El pueblo la llama Saint Quiquenfant. Muchos otros lugares que llevan el nombre de san Cucufate han sido deformados en Guinefant, Couat, Cophan, etc...
Ver Acta Sanctorum, 25 de julio, vol. VI, pp. 149-162. Biblioth. hag. lat., 1997 y 1998. Delehaye, Comm. martyrol, hieron, pp. 98-100 y 396; Origines du culte des martyrs, 1933, p. 367. Dom Felibien, Hist, de l'abbaye royal de St. Denis en France; 1706, pp. 53-89 y XXXVIII.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Santa Olimpíada de Nicomedia
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Santa Olimpíada, viuda
En Nicomedia, de Bitinia, tránsito de santa Olimpíada, que, habiendo enviudado cuando era aún joven, pasó el resto de su vida piísimamente en Constantinopla, entre las mujeres consagradas a Dios, sirviendo a los pobres. Permaneció siempre fiel a san Juan Crisóstomo, al que acompañó en su exilio.
Santa Olimpia -u Olimpíada-, a la que San Gregorio Nazianceno llama «la gloria de las viudas en la Iglesia oriental», fue para san Juan Crisóstomo lo que santa Paula fue para san Jerónimo. Olimpia pertenecía a una familia bizantina, tan rica como distinguida. Nació en el año 361. A la muerte de sus padres, su tío, el prefecto Procopio, se encargó de ella y, para gran gozo de la joven, confió su educación a Teodosia, hermana de san Anfiloquio. Era Teodosia tan extraordinaria que, según dijo san Gregorio a Olimpia, constituía un modelo de virtud, de suerte que encontraría en ella un espejo de todas las excelencias. Olimpia había heredado una cuantiosa fortuna y era hermosa y de carácter atractivo. Así pues, su tío no tuvo dificultad alguna en arreglar un matrimonio, agradable a ambas partes, entre ella y Nebridio, quien había sido un tiempo prefecto de Constantinopla. San Gregorio escribió disculpándose de no poder asistir al matrimonio a causa de su edad y mala salud, y envió a la novia un poema lleno de buenos consejos. Según parece, Nebridio era un hombre muy exigente; pero murió al poco tiempo. Inmediatamente, surgieron otros pretendientes a la mano de Olimpia, entre los que se contaban los personajes más distinguidos de la corte. El emperador Teodosio apoyaba la causa de Elpidio, un español que era pariente próximo suyo; pero Olimpia manifestó que estaba decidida a no volver a contraer matrimonio, diciendo: «Si Dios hubiese querido que siguiese yo casada, no se habría llevado a Nebridio». Teodosio siguió insistiendo, a pesar de todo. Como Olimpia no cediese, el emperador acabó por poner la fortuna de la joven en manos del prefecto de la ciudad, a quien constituyó tutor de Olimpia hasta que ésta cumpliese treinta años. El prefecto llegó hasta impedir a Olimpia que fuese a ver al obispo y acudiese a la iglesia. La santa escribió al emperador, quizá con demasiada dureza, que le agradecía la hubiese librado del cuidado de la administración de su fortuna, y que el favor sería completo si ordenaba que sus bienes fuesen distribuidos entre los pobres y la Iglesia. Impresionado por esa carta, Teodosio se informó de la vida que llevaba Olimpia y, el año 391, le devolvió la administración de sus bienes.
Entonces, santa Olimpia se ofreció a Nectario, obispo de Constantinopla, para recibir el diaconado, y se estableció en una espaciosa casa con cierto número de vírgenes que querían consagrarse a Dios. La santa se vestía sencillamente, vivía modestamente y era asidua en la oración y generosa en la caridad, hasta el grado de que san Juan Crisóstomo tuvo que aconsejarle en más de una ocasión que se moderase en la limosna, o más bien que fuese discreta en darla para socorrer a aquéllos que más necesitaban de su ayuda: «No fomentéis la pereza en quienes viven de vuestro dinero sin verdadera necesidad, porque eso sería como arrojar vuestro dínero al mar». El año 398, san Juan Crisóstomo sucedió a Nectario en la sede de Constantinopla. En seguida, tomó a santa Olimpia y su comunidad bajo su protección. Gracias a los consejos del obispo, las obras de beneficencia de santa Olimpia fueron extendiéndose. De su casa dependían un orfanatorio y un hospital; y, cuando los monjes que habían sido desterrados de Nitria llegaron a Constantinopla para apelar contra Teófilo de Alejandría, santa Olimpia se encargó de alojarlos y darles de comer. Entre los amigos de la santa se contaban san Anfiloquio, san Epifanio, san Pedro de Sebaste y san Gregorio de Nissa. Paladio de Helenópolis califica a Olimpia de «mujer extraordinaria», como «vaso precioso lleno del Espíritu Santo». Pero el amigo más íntimo y afectuoso de santa Olimpia era san Juan Crisóstomo, el cual, antes de partir al destierro el año 404, fue a despedirse de ella; fue necesario arrancar por la fuerza a Olimpia de los pies del santo para que le dejase partir.
Después de la partida del obispo, Olimpia compartió las amarguras de la persecución con todos sus amigos, pues todos estaban envueltos en ella. La santa compareció ante el prefecto de la ciudad, Optato, que era pagano, acusada de haber incendiado la catedral. En realidad, lo que querían los perseguidores era que la santa apoyase a Arsacio, el obispo usurpador; pero Olimpia dio muestras de ser muy superior a Optato y quedó libre por entonces. Durante el invierno, estuvo muy enferma y, en la primavera del año siguiente, fue desterrada y anduvo errante de ciudad en ciudad. A mediados del año 405, regresó a Constantinopla y compareció nuevamente ante Optato, quien la condenó a pagar una multa enorme por haber negado su apoyo a Arsacio. Ático, el sucesor de Arsacio, dispersó a la comunidad de viudas y vírgenes que la santa dirigía y acabó con todas sus obras de beneficencia. Las enfermedades, las más bajas calumnias y las persecuciones contra la santa se sucedieron unas a otras. San Juan Crisóstomo la alentaba y reconfortaba escribiéndole desde el destierro. Se conservan todavía diecisiete de sus cartas, que dejan ver los infortunios por los que atravesaron ambos santos. «Esta familiaridad con el sufrimiento debe regocijaros. Por haber vivido constantemente en la tribulación, habéis avanzado en el camino de las coronas y los laureles. Habéis sido con frecuencia víctima de enfermedades más crueles e insoportables que muchas muertes. En realidad, nunca habéis estado sana. Os habéis visto cubierta de calumnias, insultos e injurias, y las tribulaciones se han sucedido unas a otras sin interrupción. El llanto os es cosa familiar. Una sola de esas penas habría bastado para enriquecer vuestra alma». Y también: «Se necesita mucha paciencia para soportar el verse despojado de todo bien y desterrado a tierras malsanas, encadenado y prisionero, abrumado de insultos, burlas y menosprecios. Ni Jeremías con toda su serenidad hubiese podido soportar esas pruebas. Pero peor que estas pruebas, y peor que la pérdida de hijos muy queridos y aun que la muerte misma, es la mala salud que es el más terrible de los males, humanamente hablando». En otra carta escribe el santo: «No puedo dejar de llamaros bienaventurada. La paciencia y dignidad con que habéis soportado vuestras penas, la prudencia y sabiduría con que habéis sabido tratar los asuntos más delicados, y la caridad que os ha movido a arrojar un velo sobre la malicia de los que os persiguen, os han merecido un premio de gloria que, en adelante, os harán encontrar vuestros sufrimientos leves y pasajeros en comparación del gozo eterno».
Las cartas de San Juan Crisóstomo indican también que solía confiar a santa Olimpia misiones muy importantes. No sabemos dónde se hallaba la santa cuando supo que San Juan Crisóstomo había muerto en el Ponto, el 14 de septiembre de 407. Santa Olimpia murió en Nicomedia, el 25 de julio del siguiente año, poco después de haber cumplido los cuarenta años. Su cuerpo fue trasladado a Constantinopla, donde «llegó a ser tan famosa por su bondad, que todos la consideraban como un modelo y los padres esperaban que sus hijos se le asemejasen».
Las noticias que poseemos sobre esta noble viuda provienen de Paladio, de las cartas de San Juan Crisóstomo y de los escritos de algunos de sus contemporáneos. Pero existe también una biografía griega, que fue publicada por primera vez en Analecta Bollandiana, vol. XV (1896), pp. 400-423, junto con un relato de la traslación de las reliquias (ibid., vol. XVI, pp. 44-51), escrito mucho después por la superiora Sergia. Véase también el artículo de J. Bousquet, Vie d'Olympias la diaconesse, en Revue de l'Orient chrétien, segunda serie, vol. I (1906), pp. 225-250, y vol. II (1907), pp. 255-268.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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