
Juan Soreth
Presbítero. En 1440, fue nombrado provincial de la Orden del Carmelo en Francia y, en 1451, fue elegido superior general. El P. Soreth estableció en todas las provincias que visitó uno o dos conventos de estricta observancia de las constituciones y permitió que todos los frailes que lo desearan pudiesen trasladarse a dichos conventos. Para ayuda de sus súbditos publicó en 1462 una edición revisada de las constituciones. Fundó también varios conventos de religiosas carmelitas. Emprendió esa actividad en 1452, cuando varias comunidades de "beguinas" de los Países Bajos pidieron la anexión a la Orden del Carmelo. El primero de tales conventos fue el de Gueldre, en Holanda, al que siguieron los de Lieja, Dinant, Huy, Namur, Vilvorde y otros más. A fines de siglo, el movimiento se había extendido ya a Italia y España. El beato murió en Angers, el 25 de julio de 1471. El proceso de beatificación de la Beata Francisca de Ambroise renovó, en 1863, la memoria del P. Soreth, y la Santa Sede confirmó su culto en 1865.
Oremos
Concédenos, Señor todopoderoso, que el ejemplo del Beato Juan Soreth nos estimule a una vida más perfecta y que cuantos celebramos su fiesta sepamos también imitar sus ejemplos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.
San Charbel Makhluf
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San Charbel Makhluf
Nombre libanés de etimología desconocida (1820-1898) Presbítero. Nació en Biqa Kafra, población cercana a Beirut, Líbano; fue bautizado con el nombre árabe de Youssef, en español, José (del hebreo, "Dios acrecentará"). Su padre murió en 1831 y su madre, Brígida, contrajo nuevas nupcias en 1833 con Lahhoud Ibraim, quien trató a los hijos de Brígida con amor excepcional. Lahhoud cursó estudios teológicos y recibió el diaconado. Youssef cursó sus estudios en la escuela parroquial de. Biqa Kafra. Desde pequeño mostró su preferencia por acercarse a Dios en la soledad y el silencio del campo, cuando cuidaba del rebaño familiar. A menudo se retiraba a una gruta para rezar. Su devoción a María Santísima fue célebre. Pese a la insistencia de sus familiares, el joven Youssef ya definía su vocación sacerdotal y la castidad como ofrenda de pureza al Señor. En 1851, sin avisar a sus familiares, se encamina al monasterio de Nuestra Señora de Mayfouq, donde profesa en la vida monástica adoptando el nombre de Charbel, en honor a un santo monje maronita del siglo IV. Continúa sus estudios sacerdotales en el monasterio de San Marón, en Annaya. Cursa estudios de filosofía y teología en el convento de San Cipriano en Kfifan, al norte de Líbano (1853-1859); siempre destaca por su recogimiento y humildad. Tuvo como maestro al sacerdote maronita san Nematallah Al Hardini (14 de diciembre), conocido como el Santo de Kfifan. Recibe la ordenación sacerdotal en 1859, en la residencia de la sede patriarcal de Bkerke, Monte Líbano. Ejerce su ministerio en el monasterio de Annaya, donde sólo vive dieciséis años, ya que solicita a sus superiores permiso para retirarse a la vida eremítica; al aceptar su propuesta, ingresa en la ermita de San Pedro y San Pablo, cercana al monasterio. Se distingue por su proverbial silencio, su dedicación al estudio de las Sagradas Escrituras, su fervor al rezar y su amor al Santísimo Sacramento y a María. En su celda reinaba el espíritu de pobreza: un cántaro con agua, una piedra como silla, por cama el suelo sobre una piel de cabra y una tabla por almohada en donde dormía a lo sumo tres horas. Vestía gastado hábito, aun en invierno. En el convento trabajaba en los viñedos y en las más humildes tareas. Manifestó el don de conocer conciencias, recordando a los fieles sus pecados. Entregó su alma al Creador en el citado monasterio. En su sepulcro, su cuerpo permanece incorrupto, sin la rigidez habitual, y ocurren prodigios de luz. Canonizado en 1977 por Pablo VI (1963-1978). Primer santo oriental desde el siglo XIII. Llamado "el último de los grandes ermitaños". Iconografía: con el hábito de los sacerdotes maronitas y la cabeza baja, símbolo de humildad.
Oremos
Señor te pedimos que nos concedas el espíritu de oración, humildad y penitencia que concediste al monje libanés san Charbel Makhluf, para que te sirvamos con ferviente corazón. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
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Santa Cristina Bolsena
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Santa Cristina, virgen y mártir
fecha: 24 de julio †: s. inc. - país: Italia canonización: pre-congregación hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
En Bolsena, ciudad de la Toscana, santa Cristina, virgen y mártir.
La leyenda de esta mártir de Occidente puede resumirse así: Cristina pertenecía a la familia romana de los Anejos. Desde muy joven, se convirtió al cristianismo y destrozó las imágenes de oro y plata de los dioses lares que había en la casa de sus padres y vendió los fragmentos para repartir el producto entre los pobres. Lleno de cólera, el padre golpeó a su hija, le ató al cuello una piedra y la arrojó al lago de Bolsera, que estaba junto a su casa. Pero Cristina se salvó milagrosamente de perecer ahogada y su padre la denunció como cristiana, de suerte que debió comparecer ante los magistrados. El juez, cuando la joven rehusó renegar de su fe, la condenó a morir. Cristina quedó ilesa en un pozo lleno de serpientes venenosas y, luego de permanecer cinco días en un horno encendido, salió sana y salva. Entonces el juez le mandó cortar la lengua y la hizo morir atravesada por las flechas. El martirio tuvo lugar en la época de Diocleciano.
Santa Cristina fue antiguamente muy popular en el Occidente, pero más tarde se confundió su leyenda con la de santa Cristina de Tiro, tan popular como ella en el Oriente. Para identificar a ambas santas, se inventó la historia de la translación de las reliquias de Cristina de Tiro a Bolsena (aunque las reliquias de santa Cristina de Roma se hallan, según se dice, en Palermo). Según otra versión, citada por Alban Butler, el martirio de la santa occidental tuvo lugar «en Tiro, que era una ciudad que antiguamente estaba en una isla en el lago de Bolsena que fue más tarde cubierta por las aguas» (sic!).
La leyenda de la Cristina de Oriente, que es una colección de milagros absurdos, dice que la santa fue encarcelada por haberse negado a ofrecer sacrificios a los dioses. Cuando su madre fue a la prisión con el propósito de persuadirla a que abjurase de la fe, Cristina la rechazó y, como hija de Dios, se negó a reconocerla por madre. El juez la condenó a ser desgarrada con garfios; la joven cogió uno de los garfios y lo arrojó a la cara del juez. Los verdugos encendieron una hoguera para quemarla; pero el viento dispersó las llamas de la pira y produjo otros incendios en los que perecieron muchos hombres, dejando intacta a la mártir. Cristina fue entonces arrojada al mar; Cristo descendió personalmente del cielo a bautizarla «en el nombre de Dios, mi Padre y de su Hijo, que soy yo, y del Espíritu Santo», y san Miguel Arcángel la llevó ilesa a la costa. Esa misma noche, murió el juez que había condenado a Cristina. El substituto la condenó a morir en un caldero de aceite y pez hirvientes, en el que se encargaron de sumergirla cuatro hombres; pero la santa encontró muy agradable la tortura de la que, por supuesto, salió indemne. Entonces, los verdugos le rasuraron la cabeza y la condujeron desnuda por las calles de la ciudad hasta el templo de Apolo. Tan pronto como entró Cristina, la estatua del dios cayó al suelo y se hizo pedazos. Entonces murió el segundo juez. El tercero la condenó a ser arrojada a un foso de serpientes; pero de nuevo, los reptiles se abstuvieron de tocar a Cristina y atacaron en cambio al encantador, a quien la mártir se encargó de resucitar. Cuando el juez mandó que le fueran cortados los pechos, manó de las heridas leche en vez de sangre. Aunque se le había cortado ya la lengua, Cristina podía hablar sin dificultad. Cuando se la arrancaron la arrojó a la cara del juez, quien quedó tuerto. Finalmente la santa alcanzó la palma del martirio gracias a que una flecha le atravesó el corazón.
La identidad de la leyenda de las dos santas es cosa probada. En realidad no sabemos nada sobre Cristina de Bolsena. El hecho de que su fiesta se celebre en la fecha de hoy, procede sin duda de una confusión con Cristina de Tiro, de la que heredó también la absurda leyenda. Es muy dudosa la existencia de una mártir llamada Cristina relacionada en alguna forma con la ciudad de Tiro. Pero no carece de fundamento la tradición que sostiene que en Bolsena fue martirizada una doncella llamada Cristina, a la que se profesaba gran devoción. Las excavaciones llevadas a cabo en Bolsena han probado la existencia de una especie de catacumba en la que había un santuario dedicado a la santa. Como se comprenderá, esto es lo único verdaderamente cierto que podemos decir sobre la santa.
En el Dictionnaire d'Archéologie chrétienne et de Liturgie, vol. II, artículo Bolsena, hay una reseña sobre las pruebas arqueológicas. Pennazi, Vita e martirio... della gloriosa S. Cristina (1725), resume las diferentes versiones de la leyenda. Cf. también Delehaye, Origines du culte des martyrs, pp. 181, 320; y Lexikon für Theologie und Kirche, vol. II, cc. 923-924.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Oremos
Concédenos, Señor, un conocimiento profundo y un amor intenso a tu santo nombre, semejantes a los que diste a Santa Cristina de Bolsena, para que así, sirviéndote con sinceridad y lealtad, a ejemplo suyo también nosotros te agrademos con nuestra fe y con nuestras obras. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.
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San Balduíno de Rieti
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San Balduíno, abad
En Rieti, ciudad de la Sabina, san Balduino, abad, discípulo de san Bernardo en el monasterio de Claraval, que fue enviado por el mismo san Bernardo a esta ciudad para fundar y regir el cenobio de San Mateo de Montecchio.
Hijo de Berardo X, conde de Marsi, y hermano de Reinaldo, abad de Montecassino, hecho cardenal por Inocencio II en 1138, Balduino se hizo monje en Clairvaux bajo la guía y el magisterio de san Bernardo. En 1130, éste le invitó a presidir el antiguo monasterio de San Mateo, situado cerca del lago de Montecchio, a una hora de distancia de Rieti. Aquí Balduino encontró muchas dificultades que, sin embargo, maduraron sus méritos. San Bernardo lo consoló y corrigió con la Epístola CCI, escrita posiblemente al año siguiente. Murió en 1140, y fue sepultado en al catedral de Rieti, quizás por su cohermano Dodón, que era obispo de la ciudad. Su memoria se rodeó de veneración, y el culto surgió desde el principio como testimonio de su vida santa, y de la riqueza de gracia y milagros con los que Dios lo glorificó.
Sus reliquias se conservan bajo la mesa del altar de mármol de la capilla llamada «De las Gracias»; pero la cabeza se guarda en un busto de plata que representa al beato, y en las grandes solemnidades se expone en el altar mayor de la misma catedral, junto a otros relicarios. En 1701, la Sagrada Congregación de Ritos, aprobó el oficio del beato con lecciones históricas, colecta propia, y misa del común de abades. En Rieti y en la diócesis su fiesta se celebra el 21 de agosto, y el mismo día lo recuerdan los Bolandistas, en Acta Sanctorum. Los Cistercienses celebran su oficio el 24 de julio, y en el Menologio Cisterciense se lo conmemoral el 15 del mismo mes; otros inscriben su "dies natalis" (el día de su muerte) el 2, el 10, o el 11 de agosto.
Balduino es habitualmente llamado Abad de San Pastor, porque la abadía de San Mateo, expuesta a las enfermedades provocadas por la contaminación de las aguas subterráneas, fue trasladada junto a la iglesia de San Pastor, próxima al Contigliano, en el territorio de Greccio. En 1255 -más de cien años después de la muerte del beato- se inauguró la nueva abadía de San Pastor, cuya fama oscureció la de la originalmente llamada de San Mateo, de la cual era sucedánea.
Traducido con escasos cambios, de un artículo de Balduino Bedini, en Enciclopedia dei santi. La concesión en 1701 de misa y oficio en su honor puede tomarse como una aprobación de culto, aunque no hay propiamente hablando una bula específica de confirmación. Al igual que en otros casos, aunque tradicionalmente se lo llame santo, su culto es local, y por tanto equivalente al de beato.
fuente: Santi e Beati
Beata Cristina de Brabante
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Beata Cristina «la Admirable», virgen
En el convento de Saint-Trond, en Brabante, beata Cristina, llamada la «Admirable», porque en ella, la mortificación del cuerpo y el éxtasis místico en el Señor obró admirables maravillas.
Cristina nació en Brusthem, población de la diócesis de Lieja, en 1150. Al cumplir los quince años, ella y sus dos hermanas mayores quedaron huérfanas. La familia pertenecía a la clase campesina. A los veintidós años, Cristina tuvo un ataque, probablemente de catalepsia y los vecinos la creyeron muerta y trasladaron el cuerpo de la joven en un féretro a la iglesia para una misa de réquiem. Súbitamente, después del «Agnus Dei», Cristina se irguió, saltó fuera del féretro «como un pájaro», según cuenta su biógrafo y quedó colgada en una de las vigas del techo. Todos huyeron al punto de la iglesia, excepto la hermana mayor de la beata, que dio ejemplo de recogimiento y permaneció inmóvil hasta que la misa terminó. Entonces, el sacerdote que la celebró, ordenó a Cristina que descendiese del techo (donde se había refugiado, según se dice, porque no podía soportar el hedor de los cuerpos humanos). La beata reveló que había estado realmente muerta, que había descendido al infierno, donde reconoció a muchos amigos, y también al purgatorio, donde encontró a otros conocidos. Finalmente, había ascendido al cielo, donde se le había puesto en la alternativa de permanecer ahí o retornar a la tierra a sacar del purgatorio, con sus oraciones y sufrimientos, a quienes había visto ahí. Eligió volver a la tierra y su alma había reanimado el cadáver en el preciso instante del «Agnus Dei».
Esto fue sólo el comienzo de una increíble serie de sucesos. Cristina se retiró a sitios muy remotos. Se encaramaba en los árboles, en las torres o en los acantilados y se escondía en los hornos para huir del hedor de los humanos. Podía manejar el fuego sin quemarse, entraba a las aguas heladas del río en lo más crudo del invierno sin sentir el frío y podía pasar, sin sufrir heridas, bajo una rueda de molino. Solía orar balanceándose en lo alto de una jaula o acurrucada por tierra en forma de pelota. No sin razón, las gentes la tenían por loca o «endemoniada» y varias veces la encerraron, pero Cristina se las arregló siempre para escapar. Cierta vez, un hombre logró echarle mano al darle un golpe en una pierna con tanta fuerza, que parecía haberle roto los huesos. Las gentes llevaron a la herida a casa de un cirujano de Lieja, quien vendó fuertemente la pierna y encadenó a la joven a una columna. Cristina escapó durante la noche. En otra ocasión, un sacerdote que no la conocía, asustado al ver su aspecto, se negó a darle la comunión; entonces la joven salió corriendo por las calles, se arrojó en el río Meuse y se echó a nadar hacia la otra orilla. Se vestía de andrajos, vivía de limosna y su conducta era verdaderamente sorprendente. Su biógrafo escribe, como si experimentase cierto sentido de tranquilidad, que después de que Cristina se encaramó a la pila baustismal de la iglesia de Wellen, «su conducta empezó a asemejarse más a la del resto de los hombres: se volvió menos inquieta y pudo soportar un poco mejor el hedor de los mortales».
Cristina pasó los últimos años de su vida en el convento de Santa Catalina de Saint-Trond, donde murió a los setenta y cuatro de edad. Aun en el convento no faltaban quienes la consideraban con el mayor respeto. Luis, el conde de Looz, la trataba como a una amiga, la recibía en su castillo, aceptaba sus reprensiones y en su lecho de muerte insistió en abrirle su conciencia. La beata María de Oignies le profesaba cierta admiración; la superiora del convento alabó la obediencia de Cristina y santa Lutgarda solía pedirle consejo.
Los extraños sucesos que hemos narrado no provienen de documentos posteriores. El cardenal Jacobo de Vitry, que los presenció, dio testimonio de ellos. El biógrafo de Cristina, Tomás de Cantimpré, O. P., era su contemporáneo y, si bien no la conoció personalmente, recogió el testimonio de quienes la habían conocido. Indudablemente que la biografía de Cristina contiene exageraciones, falsas interpretaciones y cierta manía de edificación, muy comunes entre los escritores de la época. En todo caso, la conclusión que se saca de dicha biografía es que Cristina de Brusthem constituía, simplemente, un caso patológico.
De todos los testimonios sobre Cristina el más autorizado es el que nos dejó el cardenal Jacobo de Vitry en su biografía de María de Oignies. Puede verse, junto con la biografía de Tomás de Cantimpré, en Acta Sanctorum, julio, vol. V.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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