Beato Miguel Ludovico Brulard | |
Beato Miguel Ludovico Brulard, presbítero y mártir
En una nave anclada ante la costa de Rochefort, en Francia, beato Miguel Ludovico Brulard, presbítero de la Orden de los Carmelitas Descalzos, mártir, el cual, durante la Revolución Francesa, por ser sacerdote fue encerrado en dicha nave en condiciones inhumanas, muriendo en ella consumido por la enfermedad.
Miguel Luis Brulard fue bautizado en la parroquia de San Bartolomé, de Chartres, el día 11 de junio de 1758, y ése parece ser el día mismo de su nacimiento en una familia de clase media. Se decidió primero por la vocación eclesiástica y estudió teología en la Universidad de París, pero luego optó por la vida conventual e ingresó en 1772 en el convento de los carmelitas descalzos de Charenton. No se saben otros detalles de su vida en el Carmelo, salvo el que era sacerdote, antes de la Revolución Francesa. Llegada ésta y suprimidos los conventos, volvió a su casa paterna, donde procuró llevar una vida de religioso todo cuanto le era posible, viviendo con gran recogimiento austeridad y piedad. Se negó a seguir las directrices religiosas de la Revolución y a prestar el juramento de Libertad-Igualdad.
Fue arrestado en 1793 y destinado a la deportación, partiendo de Chartres para Rochefort con otros nueve eclesiásticos en fecha anterior al 5 de mayo de 1794, en que ya estaba en Rochefort y fue sometido a registro. Embarcado en Les Deux Associés, dio un alto ejemplo de espíritu de sacrificio, de espiritualidad y de paciencia, procurando en sus conversaciones no hablar sino del destino eterno que aguarda a los fieles del Señor, mereciendo que sus compañeros de padecimientos lo tuvieran por un verdadero ángel. El hambre y los padecimientos redujeron su cuerpo a la mayor delgadez, sin que él exhalase una queja, y murió de una pulmonía en la noche del 25 de julio de 1794, siendo enterrado en la isla de Aix. Fue beatificado por Juan Pablo II el 1 de octubre de 1995.
fuente: «Año Cristiano» - AAVV, BAC, 2003
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Santa María del Carmen Sallés | |||||||
Santa María del Carmen Sallés y Barangueras, virgen y fundadora
En Madrid, capital de España, santa María del Carmen Sallés y Barangueras, virgen, fundadora de la Congregación de las Hermanas de la Inmaculada Concepción, para la educación de mujeres piadosas e incultas.
Cuando vino al mundo Carmen Sallés y Barangueras, en abril de 1848, nadie lo tomó en cuenta. Era el año del Manifiesto comunista. Un acontecimiento social y político de primera magnitud. Incluso en su ciudad natal, Vic, pasó inadvertido. Allí toda la atención se la llevó La muerte de Jaime Balmes, filósofo y escritor de gran relieve.
La vida de Carmen Sallés no iba a ser fácil. Desde niña apuntaba hacia caminos particulares y difíciles, rompiendo los designios de sus padres que la encarrilaban al matrimonio. Ella abrigaba un propósito personal que fue tomando cuerpo en sus años jóvenes. Sentía por dentro una inclinación religiosa. Con el tiempo supo que aquello era el germen imparable de una vocación de entrega a los caminos de Dios y del prójimo.
Caminos claros e inciertos a la vez. ¿Por dónde tirar? Entró primero en las Adoratrices. Contenta pero no satisfecha, pasó a las Dominicas. Le tiraba el camino de la educación. Lo llevaba hincado en el alma. ¿Cuál iba a ser su lugar en la Iglesia? Junto con su tendencia a la educación humana y religiosa, su vocación se decantaba hacia la dignificación de la mujer. Soñaba con hacer algo que favoreciera la feminidad. Algo que sumara cultura y religiosidad; que educara, que formara, adelantándose a otros influjos. Incluso algo que preservara. Educar consiste en anticiparse, era el estribillo que le rondaba por la cabeza. Y pensaba siempre en la Inmaculada, preservada y preparada por Dios para una gran misión. Tan sublime y tan femenina a la vez. Lo suyo, lo de Carmen Sallés, apuntaba a un feminismo sin aspavientos. Era, en realidad, un feminismo a lo divino.
Con la plenitud de la edad le alcanzó a Carmen la plenitud de su decisión. Tenía un ideal claro y algunas compañeras -Emilia, Remedios, Candelaria- con quienes ponerse a la tarea. Abriría con ellas un nuevo camino en la Iglesia. Al servicio de Dios y con especial dedicación a la promoción integral de la mujer. Pero ¿hacia dónde dirigir sus pasos? Inició una dura peregrinación. Consultas y tanteos. Ilusiones y sinsabores. Un buen día, descartadas otras bazas, dijo a sus compañeras con clara decisión: Será en Burgos. Allí Dios proveerá.
Queriéndolo o sin quererlo, Carmen Sallés se había metido por los caminos de Teresa de Jesús. En Burgos, en 1582, había dejado Teresa su última fundación. Cómo el Señor guió hacia allí sus pasos y cómo sostuvo a la fundadora, lo cuenta la madre Teresa en el capítulo 31 de Las fundaciones. No era mal augurio empezar justo donde Teresa terminó. De momento, en octubre de 1892 Carmen Sallés y las suyas estaban arrodilladas ante el Cristo de Burgos. Era lo primero que se le había ocurrido también a Teresa de Jesús.
Con el respaldo del arzobispo Manuel Gómez Salazar nacería enseguida la Congregación de Religiosas Concepcionistas Misioneras de la Enseñanza. Fecha, el 15 de octubre de 1892, fiesta litúrgica de santa Teresa. No podía ser de otra manera. La aprobación oficial del arzobispo llegaría poco después. El día de la Inmaculada Concepción. Cuando las primeras Concepcionistas, con su hábito blanco y azul, salieron de casa para ir a la catedral, en Burgos había nevado copiosamente. ¡Qué amasijo de curiosas y providenciales coincidencias! ¡Todo quedaba entre Teresa de Jesús y la Inmaculada Concepción!
Desde Burgos inició Carmen Sallés los caminos de sus muchas fundaciones. Orientándolas a la educación pero coincidentes en muchos perfiles -posadas y carretas incluidas- con los viejos caminos fundacionales de Teresa. Carmen iba abriendo noviciados y escuelas o colegios. Segovia, El Escorial, Madrid, varios lugares de la Mancha, de Cáceres, de Navarra. Cuando le llegó la hora, el 25 de julio de 1911, su congregación de Concepcionistas estaba consolidada y presente en buena parte de la geografía española. Luego vendría la expansión por el ancho mundo. Siempre en pie de servicio alegre y comprometido. Brasil, Japón, Venezuela, Estados Unidos, Italia, República Democrática del Congo, República Dominicana, Guinea Ecuatorial, Corea, Filipinas y México testimonian hoy que los caminos de Carmen Sallés -caminos de santidad personal orientados a Dios y de servicio al prójimo en el campo de la educación- eran de alcance universal.
Su beatificación en 1998 por Juan Pablo II y canonización por Benedicto XVI en 2012 certifican la ejemplaridad de su vida y de sus virtudes. Su santidad probada y atractiva. La validez eclesial de su testimonio y de su herencia. ¡Quién iba a decirlo en Vic aquel 9 de abril de 1848!
fuente: Alfa y Omega
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