
Beato Juan de Tossignano Tavelli, obispo
En Ferrara, ciudad de la Emilia, beato Juan de Tossiniano Tavelli, obispo, de la Orden de los Jesuatos
Generalmente se llama a Juan Tavelli «Juan de Tossignano», porque nació en esa población, cerca de Imola. Después de hacer sus estudios en la Universidad de Bolonia, ingresó en la congregación de los jesuatos («Gesuati») . El fundador de dicha congregación, consagrada al cuidado de los enfermos, había sido el beato Juan Colombani cuya biografía escribió Juan de Tossignano. Tradujo, además, al italiano algunos fragmentos de la Biblia, de las «Moralia» de san Gregorio y de los sermones de san Bernardo. A su pluma debemos ciertas obras de devoción, entre las que se cuenta un tratado sobre la perfección. En 1431 fue elegido obispo de Ferrara. Siete años más tarde, se llevó a cabo en su catedral cl concilio que el Papa Eugenio IV convocó, a instancias del emperador Juan VI Paleólogo, para unir las fuerzas de la Iglesia de Oriente con las de Occidente contra la amenaza del Islam; el obispo Juan hospedó al Papa, al emperador y al patriarca de Constantinopla hasta que el concilio se transladó a Florencia. Sus actividades no impidieron al prelado consagrarse con verdadera ternura al cuidado de su propia grey, la cual llegó a quererle mucho por su caridad y bondad. En 1444, el Beato Juan dedicó un cuantioso legado a la construcción de un hospital. Murió dos años más tarde. Su culto fue aprobado en 1748.
En Acta Sanctorum hay una biografía latina escrita por uno de los «Gesuati», junto con algunos otros documentos (julio, vol. V). Cf. también Analecta Bollandiana, vol. IV, pp. 31-41; y Ughelli, Italia sacra, vol. V, cc. 591-592.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Traslación de los tres magos
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Traslación de los tres magos
En Colonia, de la Lotaringia, traslación de los tres magos, que, sabios procedentes de Oriente, fueron a Belén para ofrecer dones y contemplar en un niño el misterio insondable del Unigénito.
En el Evangelio no se dice que los magos o sabios de oriente hayan sido tres; pero la tradición que lo afirma es muy antigua y se funda sin duda en las tres clases de dones que el Evangelio menciona. Algunos de los frescos más antiguos de las catacumbas, representan a tres reyes, pero otros representan a dos, cuatro y aun seis magos, probablemente por motivos artísticos. Algunos de los Padres, como Orígenes (Hom. in Genesim, XVI, 3), San Máximo de Turín y San León consideran como cosa probada que los magos eran tres. Tal vez en la determinación de este número influyó también el hecho de que frecuentemente se compara o se contrapone a los magos con los tres jóvenes que cantaron las alabanzas de Dios en el horno en llamas, a que se refiere el libro de Daniel (Dn 3).
En los frescos de las catacumbas, así como en los más antiguos grabados de los sarcófagos, se representa siempre a los magos con gorros frigios. La idea de que eran reyes se divulgó posteriormente y es posible que se originase en el salmo 72, 10: «Los reyes de Tarsis y de las islas ofrecerán presentes; los reyes de Arabia y de Saba llevarán regalos». Según parece, san Cesario de Arlés, que murió en el año 543, fue el primero en citar dicho salmo a este propósito (Migne, PL., vol. XXXIX, c. 2018) y, a partir del siglo VIII, los magos aparecen en todas las representaciones con la corona real. Más tarde, el pueblo cristiano dio nombres propios a cada uno de los tres. Un manuscrito de París, que data del siglo VIII, les llama «Bithisarea, Melchior y Gathaspa». En una miniatura del Codex Egberti (c. 990) aparecen dos nombres: «Pudizar» y «Melchias». A pesar de estas ligeras divergencias, no cabe duda de que de ahí se derivaron los nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar. En las pinturas posteriores de la Edad Media, uno de los magos es casi siempre un joven, otro de edad madura y el tercero muy anciano. La costumbre de representar a uno de los magos como hombre de la raza negra, data del siglo XV.
Según la leyenda, los restos de los magos reposan en la catedral de Colonia, en una capilla que constituye uno de los más bellos ejemplos del primor con que se trabajaba el metal en la Edad Media. No hay razón para dudar de que dichas reliquias sean las que fueron transladadas en 1164, de la basílica de San Eustorgio, en Milán, después de que Federico Barbarroja las regaló al arzobispo de Colonia. Pero la historia anterior de las reliquias es menos clara, por más que ya en el siglo IX, se las consideraba en Milán como las de los Reyes Magos. Se cuenta que habían sido transportadas de Constantinopla a Milán, probablemente en la época del emperador Zenón (474-491) ; pero ignoramos cómo se identificó a dichas reliquias con las de los magos y cómo fueron a dar a Constantinopla. Es indiscutible que en la Edad Media el culto de los magos era muy popular, sobre todo en Alemania. A su desarrollo contribuyeron las peregrinaciones a la catedral de Colonia y los «misterios» medievales, en donde los magos ocupaban un papel muy importante. Con frecuencia se les veneraba como los patronos de los viajeros.
Véase Hugo Kehrer, Die heiligen Drei Könige, en Literatur und Kunst (2 vols., 1909). Para la cuestión de la significación teológica de los Magos en relación a la Epifanía
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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Beata Luisa de Saboya
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Beata Luisa de Saboya, religiosa
En Orbe, lugar de Saboya, beata Luisa, religiosa, hija del duque beato Amadeo, que contrajo matrimonio con el príncipe Hugo de Châlon-Arlay, y después de su muerte abrazó con fidelidad y humildad la Regla de santa Clara, según la reforma de santa Coleta.
La muy encumbrada, poderosa, acaudalada e ilustre dama, Luisa de Saboya, señalada por Dios para convertirse en una humilde monja de las Clarisas Pobres, nació en el año de 1462, en cuna de oro, como se dice. Fue hija de Amadeo IX, duque de Saboya, y también beatificado; por parte de su madre, Yolanda, fue nieta del rey Carlos VII de Francia, sobrina del rey Luis XI y prima de santa Juana de Valois. El duque murió antes de que su hija cumpiese los nueve años, y la pequeña Luisa fue admirablemente educada por su madre. Desde muy temprana edad dio muestras de poseer cualidades espirituales extraordinarias. Catalina de Saulx, una de las damas de honor de Luisa, escribió sobre ella estas palabras: «Era tan dulce y generosa, bien dispuesta y amable, que despertaba el afecto de todos, que se dejaban llevar por su atractivo y conquistar por su encanto».
A la edad de dieciocho años, se casó con Hugo de Chálons, señor de Nozeroy, un hombre tan bueno como rico y poderoso, quien, de completo acuerdo con su mujer, impuso en su hogar una vida perfectamente cristiana. Tanto por ejemplo como por precepto, marido y mujer crearon un alto nivel de vida moral y material para todos los que moraban en sus tierras y dependían de ellos de alguna manera. En contraste con los palacios y residencias de los otros nobles acaudalados, la suntuosa casa de los de Chálons parecía un monasterio. Con especial empeño se combatía la costumbre de jurar o usar palabras groseras; la señora Luisa fue, sin duda, la primera ama de casa que tuvo una alcancía para los pobres, en la que todos los que vivían o visitaban su casa, tenían obligación de echar dinero, si se les iba la lengua y decían malas palabras. Luisa prodigó ampliamente su caridad hacia los enfermos y necesitados, hacia las viudas y los huérfanos y, especialmente hacia los leprosos.
Al cabo de nueve años de felicidad matrimonial, murió el esposo y como no hubo hijos, Luisa empezó a prepararse para su retiro de este mundo. Necesitó dos años para poner en orden sus asuntos y, durante este lapso, usó el hábito de los terciarios franciscanos, aprendió a decir los divinos oficios y se levantaba a la medianoche para rezar los maitines, Cada viernes se disciplinaba; distribuyó su fortuna, contradijo y desoyó las objeciones de sus parientes y amigos. Después, en compañía de sus dos damas de honor, Catalina de Saulx y Carlota de Saint-Maurice, fue admitida en el convento de las Clarisas Pobres de la ciudad de Orbe, cuyo monasterio había sido fundado por la madre de Hugo de Chálons y, en 1427, estaba ocupado por una comunidad de Santa Coleta. Luisa, que había sido un modelo de doncella, de esposa y de viuda, fue siempre una religiosa ejemplar. No obstante su elevada cuna, su humildad era sincera y natural: lavaba los platos, barría, ayudaba en la cocina, limpiaba los corredores y todo lo hacía bien y con gusto; con la misma sencillez y naturalidad, aceptó y desempeñó el puesto, cuando la eligieron abadesa. En este cargo, mostró especial solicitud en servir a los frailes de su orden, y cualquiera de ellos que llegase a hospedarse en el convento, era atendido a cuerpo de rey; la presencia de los padres y de los hermanos era como una bendición de Dios y nada podía faltar a los hijos del «buen padre san Francisco». A la edad de cuarenta y dos años, murió Luisa de Saboya y, en 1839, se aprobó el antiguo culto de esta sierva de Dios.
Catalina de Saulx escribió una biografía de Luisa de Saboya, a la que conoció bien por haber sido su dama de honor y haberla seguido al convento de Orbe. Este texto con anotaciones fue editado por A. M. Jeanneret (1860). Ver también a F. Jeunet y J. H. Thorin, Vie de la b. Louise de Savoie (1884) y cf. Revue des questions historiques, vol. XXI pp. 335-336. En Auréole Séraphique de Léon se menciona a la beata Luisa en el vol. VI, pp. 267-271. Hay un estudio de E. Fedelini, titulado Les bienheureux de la maison de Savoie (1925) en el que la beata Luisa tiene su lugar.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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