viernes, 18 de marzo de 2016

CURSO “EL HOMBRE NUEVO” (EN LA VIDA ME TOCA CONSTRUIRME, RECREARME, DESDE MÍ MISMO) (HN-09)

EN LA VIDA  ME  TOCA  CONSTRUIRME,  RECREARME,  DESDE  MÍ  MISMO  (HN-09)

Ya hemos visto, en el resumen anterior, cómo San Mateo nos decía: Lo fundamental es que os convirtáis; y así, donde se produzca vuestra conversión interior, se implantará el Reino de Dios.

            Ahora vamos a pasar al Evangelio de San Juan. Pero antes debemos recordar que este Evangelio lo escribió Juan –persona longeva– en el año 100 de nuestra era, cuando hacía unos 70 años que Jesús ya había muerto; y lo escribió para una segunda o tercera generación de cristianos, que no habían tenido contacto ni con Jesús ni con los abuelos de aquella primera hora. Es decir para unos cristianos –como nosotros ahora– un tanto lejanos de Jesús, que nunca le habían visto y que titubeaban; a los que había que contarles –como ocurre también con nosotros– las grandes verdades. Añadamos, para completar el escenario, que a comienzos del siglo II ya había quienes negaban la humanidad de Cristo (queriendo reafirmar su divinidad) y esto significaba un problema más para la Iglesia de aquellos tiempos.

Pues bien, Juan –que se dirige a unos cristianos reticentes a creerse lo que no habían visto– les dice, en el capítulo 14: Los discípulos estaban reunidos en comunidad cuando se apareció Jesús, y todos creyeron menos Tomás; que no estaba y no vio... A la semana siguiente Tomás, que ya estaba con toda la comunidad, dijo: “Si no meto la mano en el costado... no creo”. (En actitud tan incrédula como los destinatarios de esta Escritura, y como los que dicen hoy no creer porque no pueden tocar a Dios). Pero “cuando Jesús se hizo presente”, Tomás quedó desarmado y no tuvo más remedio que confesar: “Señor mío y Dios mío”. También Tomás, en el verso 6 de Juan, le dice a Jesús: “Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo vamos a conocer el camino?” Pregunta magistral de Tomás: un apóstol aparentemente incrédulo pero que –para el evangelista San Juan– es el modelo de cristiano; pues creyó, a pesar de no estar ni haber visto al principio. ¿Ven la intención?  Jesús vive en la comunidad; y aquellos que piden meter la mano y tocarle para creer, es porque “todavía no han visto que está en los demás”. A Jesús “se le ve” en la comunidad. Por tanto, y como le pasó a Tomás, en cuanto percibamos su presencia en la comunidad –y sin necesidad de tocarle– haremos un acto de fe: diremos algo equivalente al “Señor mío y Dios mío”.

Tomás hace este acto de fe sobre el caminar de Jesús (en el capítulo 14 y verso 6 aludido de San Juan) cuando dice: “Señor no sabemos adónde vas, ¿cómo vamos a saber el camino?” A lo que Jesús contesta: “Yo soy el camino, y la verdad y la vida...”, con lo que Jesús además de tranquilizarles continúa precisándoles aún más esta respuesta: “Yo soy el camino, y la verdad y la vida, y nadie llega al Padre sino por mí”. Pero, ¿sabemos realmente cómo es el camino de Jesús? Pues sí, lo sabemos, pero no tanto por lo que predicó Jesús sino por su forma de ser; por su forma divina y humana de ser.  
O sea que, si caminamos a hombros de Jesús llegaremos al Padre.  Pero, ¿qué es caminar sobre Jesús; sobre este Jesús-camino que, siendo verdad y vida, era y supo llegar a ser Hombre y Dios a la vez? Este caminar significa que, si te metes por la realidad hombre-Dios llegarás al Padre; llegarás a Dios. Todo encuentro con Dios empieza por Jesús, pues Jesús es el primero de los hermanos. Todo encuentro con Dios, empieza por toparte primero con los hermanos: “Quien dice que conoce a Dios y no ama a su hermano está mintiendo” (1ªJn. 4, 20). El camino se hace y pasa por la comunidad, pasa por nuestro amor al hermano. Aunque todo esto se seguirá desarrollando, vamos a agrupar ahora las bases de nuestra reflexión: Al irme convirtiendo –al hacer en cada momento lo nuevo y mejor que sepa, al “remozarme” cada día– voy haciendo mi camino; y precisamente mi camino hacia Dios. Hacia ese Dios que, aún estando ya en mí, voy encontrándolo a lo largo de toda mi vida y gracias a los pasos que él va dando conmigo (gracias al resonar de sus pasos dentro de todas mis circunstancias); y esto antes de verle al final, ya ido, como cuenta Moisés. Toda mi conversión sucede, al “convertirme cada día” dentro de la relación con mis hermanos también convertidos; y es así cómo se crea y surge el amor en la comunidad. Precisamente este amor, el del encuentro con Jesús en el hermano, es el que nos llevará hasta el Padre.

Insistamos, dada la importancia del tema: Si he tomado la decisión de ser cristiano y de hacer en cada momento lo mejor que sepa, pues esto es convertirme (o sea, no hacer lo que hice ayer sino lo mejor que sepa hacer hoy, y no como creía ayer sino como he de creer hoy), entonces, ¿qué cabe esperar de este “dar la vuelta” a mi vida al irme convirtiendo?  Si esta conversión la hago en contacto con mis hermanos, nacerá la Comunidad; o sea una “comunidad convertida” que, al cantar, gozar, reír y estar llena de esperanza, será la levadura del mundo nuevo; irá haciendo nacer el Reino de Dios. En efecto, esta es la glorificación del Hijo (Jn 12, 23), pero en tanto que esto ocurre (dice San Juan en el verso siguiente): “el grano de trigo que no cae en la tierra y muere se queda solo, pero si muere en ella conlleva mucho fruto”.
La muerte, transformadora del grano de trigo, es una ley básica de la vida que ya los persas y chinos respetaban muy bien 600 años antes de Cristo. Y esta ley de vida es coherente con el predicar de Jesús; ya que al ser este un hombre total, lo que predica nunca es una superposición o un añadido al hombre de verdad. En efecto, cuando Jesús invita a la conversión no está proponiendo una corona o un sombrero para que el enano humano sea un poco más alto, ni tampoco propone añadir más pisos a nuestro edificio; porque la “metanoia” se produce realmente en nuestro interior, en el cogollo del hombre. La verdadera conversión sucede en las profundidades del hombre, y Jesús nos enseña a mirar hacia esa  profundidad: Si yo me convierto realmente y mi hermano también se convierte, y si los dos –dándonos las manos y llenos de esperanza– vamos cantando hacia una vida nueva, estaremos construyendo un mundo nuevo. Insistamos: la conversión no es hacia algo del exterior sino hacia la misma ley interior de la vida; porque Cristo no añade nada nuevo al hombre, simplemente profundiza e interioriza en cada uno acompañándole hacia...  Por eso Cristo, metiéndose la mano en su cogollo de Hombre, es capaz de decirle a toda pareja convertida: si queréis hacer de vuestro mundo un mundo que cante y que espere como vosotros dos, es fundamental que entendáis esta ley de la vida humana. Ley que dice: Solamente se recoge cuando se siembra –cuando entierras tu simiente en tu surco– y cuando el grano enterrado se pudre y muere; sólo así llegará la cosecha. Es ley de vida: para “vivir” hay que morir, y las primeras muertes que percibo son las mías; pues si yo hoy estoy aquí es porque no estoy donde estaba ayer, porque el de ayer ha muerto; porque si fuera el de ayer no estaría aquí, estaría muerto. El de ayer ya no existe y mañana seré otro, pero lo seré a expensas del de ayer. El hombre va siendo el que debe ser gracias a los muertos que va enterrando: si hemos conseguido llegar donde estamos es gracias a los muertos que llevamos dentro. Si hoy tenemos una cultura, es gracias a los abuelos que enriquecieron el humus de la vida –o de la caverna– donde nosotros hemos crecido. “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, no da fruto” (Jn. 12, 24). Damos frutos en función de los muertos que tenemos dentro. Cuanto más uno ha sido capaz de desprenderse de sí mismo –de convertirse y de darse– a lo largo de la vida, más nuevo es. Esta es la ley de la vida: el que se convierte una vez al día tiene 365 muertos dentro al cabo del año, pero si uno se convierte en cada minuto de su vida, los muertos son a miles. Cuanto más muertos tienes en ti, más vivo estás. “El grano de trigo que no muere no da fruto”, y por eso un hombre que dice tener ya los graneros llenos y querer vivir de ellos ése es estéril; pues deja estériles, al no sembrar, las semillas del granero personal. En cambio, el hombre que no solo tenga para sí las reservas (o sus cualidades) sino que las comparta y camine cada día buscando, con los demás, éste vivirá de verdad. Este mensaje es de Cristo, pero es una ley de la vida humana: el hombre se enriquece interiormente en la medida en que es capaz de renunciar. Sin embargo, nosotros seguimos pensando que si tenemos unos padres adinerados, ¿para qué más aventuras? La verdad es que si no abandonas ese freno mental acomodaticio y repasas agradecido tus muchas oportunidades anteriores, no podrás convertirte ni seguir a Jesús. También el jubilado ha de seguir caminando, pues en caso contrario terminará con muchos “huecos”; fruto de la no-eclosión de aquellas semillas suyas que siguen esperando a que se las siembre en su surco.

Volvamos a la conversión: En la vida, tendemos normalmente a sembrar para recoger frutos y comérnoslos –quedándonos todo–; y esto es precisamente lo que no hay que hacer con la conversión, porque hay que volver a sembrar toda la cosecha. Yo siembro, y si la simiente muere en el surco me dará una espléndida cosecha; pero esta cosecha de conversión, una vez recogida, debo sembrarla toda otra vez para que se expanda así toda la conversión en el mundo. El hombre no puede inmovilizar  –quedarse con– parte de la conversión que logra, pues toda tiene que seguir caminando. Y como “Él es el Camino” no puedes quedarte con nada de la cosecha en tu granero, pues no puedes pretender que lo que es parte del camino no haga camino. Desde el momento en que nazco de mi madre, me toca a mí ir construyéndome, re-creándome, desde mí mismo. En cada momento entierro toda la cosecha de mi circunstancia, y de ahí mi renacer en todo momento: cosecha vivificante, porque también la de mañana la enterraré toda de nuevo. En realidad, de lo que se trata es de ser fieles a cada llamada de la historia, a cada desafío exterior; pues la respuesta que yo dé es la que puede, o no, convertirme. Pero, para convertirme mis respuestas deben implicar algún enterramiento de mí mismo: por ejemplo, morir a cosas o personas que uno quiere. O también, cuando decimos: yo había proyectado que mi familia fuera ideal pero, tal y como está la juventud de hoy, todos mis hijos me han salido al revés. ¡Ahí tienes una ocasión de renacer!, pues seguro que sale cosecha de un grano que se pudre en un surco húmedo y oscuro. Pero esto solo lo entiende profundamente el cristianismo de verdad. Quizás lo que nos haga más falta ahora sea una inmensa conversión, para así poder entender y manejar como hombres nuevos los múltiples retos actuales.

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