Santas Perpetua y Felicidad, mártires
fecha: 7 de marzo
fecha en el calendario anterior: 6 de marzo
†: 203 - país: África Septentrional
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
fecha en el calendario anterior: 6 de marzo
†: 203 - país: África Septentrional
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Memoria
de santa Perpetua y santa Felicidad, mártires, que en tiempo del emperador
Septimio Severo fueron detenidas en Cartago, junto con otros catecúmenos.
Perpetua, matrona de unos veinte años, era madre de un niño aún lactante,
mientras que Felicidad, su esclava, estaba entonces embarazada, por lo cual,
según las leyes, no podía ser torturada hasta que diese a luz. Llegado el
momento, en medio de los dolores del parto se alegró de ser expuesta a las
fieras, y así, con rostro alegre, pasaron las dos de la cárcel al anfiteatro,
como partiendo hacia el cielo.
oración:
Señor, tus santas mártires Perpetua y Felicidad, a
instancias de tu amor, pudieron resistir al que las perseguía y superar el
suplicio de la muerte; concédenos, por su intercesión, crecer constantemente en
nuestro amor a ti. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina
contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
Amén (oración litúrgica).
Aunque
los elogios de Perpetua y Felicidad, que se celebran litúrgicamente, están
separados de los del resto del grupo, la hagiografía es, naturalmente, para
todos ellos: Perpetua, Felicidad, Sátiro, Saturnino,
Revocato y Secundino.
Las
actas del martirio de santa Perpetua, santa Felicitas y sus compañeros,
constituye uno de los más grandes tesoros hagiológicos que han llegado hasta
nosotros. En el siglo IV, se acostumbraba leer públicamente esas actas en las
iglesias de África. El pueblo les profesaba una estima tan grande, que san
Agustín se vio obligado a publicar una protesta para evitar que se las
considerara en plano de igualdad con la Sagrada Escritura. Se trata de un
documento puramente humano, como es natural, pero que conserva en forma
singularmente vivida las palabras de las dos mártires.
Durante
la persecución emprendida por el emperador Severo, fueron arrestados en Cartago
cinco catecúmenos, el año 205. Eran éstos Revocato, Felicitas (su compañera de
esclavitud, que estaba embarazada desde hacía varios meses) Saturnino,
Secundino y Vibia Perpetua. Esta última tenía veintidós años de edad, era
esposa de un hombre de buena posición y madre de un pequeñín. Sus padres y dos
de sus hermanos vivían aún, en tanto que el tercero de sus hermanos llamado
Dinócrates, había muerto a los siete años de edad. A estos cinco prisioneros se
unió Sátiro, quien les había instruido en la fe y se negó a abandonarles. El
padre de Perpetua, de quien ella era la hija predilecta, era un pagano ya
bastante entrado en edad; su madre era probablemente cristiana, lo mismo que
uno de sus hermanos, y el otro era todavía catecúmeno. Los prisioneros fueron
puestos bajo vigilancia en una casa particular. Perpetua narra así sus
sufrimientos: «Yo estaba todavía con mis compañeros. Mi padre, que me quería
mucho, trataba de darme razones para debilitar mi fe y apartarme de mi
propósito. Yo le respondí:
-Padre, ¿no ves ese cántaro o jarro, o como quieras llamarlo?... ¿Acaso puedes llamarlo con un nombre que no lo designe por lo que es?
-No, replicó él.
-Pues tampoco yo puedo llamarme por un nombre que no signifique lo que soy: cristiana.
Al oír la palabra 'cristiana', mi padre se lanzó sobre mí y trató de arrancarme los ojos, pero sólo me golpeó un poco, pues mis compañeros le detuvieron... Yo di gracias a Dios por el descanso de no ver a mi padre durante algún tiempo... En esos días recibí el bautismo y el Espíritu me movió a no pedir más que la gracia de soportar el martirio. Al poco tiempo, nos trasladaron a una prisión, donde yo tuve mucho miedo, pues nunca había vivido en tal oscuridad. ¡Qué horrible día! El calor era insoportable, pues la prisión estaba llena. Los soldados nos trataban brutalmente. Para colmo de males, yo tenía ya dolores de vientre. Entonces Tercio y Pomponio, los dos santos diáconos que nos llevaban los sacramentos, pagaron a los soldados para que nos trasladasen, durante algunas horas, a un rincón menos malo de la prisión y nos diesen algún alivio. Todos los hombres se alejaron un poco y yo amamante a mi hijito, que estaba muy débil por falta de alimento. Manifesté a mi madre la pena que esto me causaba, alenté a mi hermano y encargué a los dos que cuidaran a mi hijito. Me daba mucha pena verlos sufrir por mí. Durante varios días estuve muy abatida; por fin conseguí que me permitiesen que mi niño se quedase conmigo en la prisión; esto me quitó la principal de mis preocupaciones, con lo cual recobré inmediatamente la salud, de suerte que la cárcel empezó a parecerme un palacio, en el que estaba yo más feliz que en cualquier otra parte.
-Padre, ¿no ves ese cántaro o jarro, o como quieras llamarlo?... ¿Acaso puedes llamarlo con un nombre que no lo designe por lo que es?
-No, replicó él.
-Pues tampoco yo puedo llamarme por un nombre que no signifique lo que soy: cristiana.
Al oír la palabra 'cristiana', mi padre se lanzó sobre mí y trató de arrancarme los ojos, pero sólo me golpeó un poco, pues mis compañeros le detuvieron... Yo di gracias a Dios por el descanso de no ver a mi padre durante algún tiempo... En esos días recibí el bautismo y el Espíritu me movió a no pedir más que la gracia de soportar el martirio. Al poco tiempo, nos trasladaron a una prisión, donde yo tuve mucho miedo, pues nunca había vivido en tal oscuridad. ¡Qué horrible día! El calor era insoportable, pues la prisión estaba llena. Los soldados nos trataban brutalmente. Para colmo de males, yo tenía ya dolores de vientre. Entonces Tercio y Pomponio, los dos santos diáconos que nos llevaban los sacramentos, pagaron a los soldados para que nos trasladasen, durante algunas horas, a un rincón menos malo de la prisión y nos diesen algún alivio. Todos los hombres se alejaron un poco y yo amamante a mi hijito, que estaba muy débil por falta de alimento. Manifesté a mi madre la pena que esto me causaba, alenté a mi hermano y encargué a los dos que cuidaran a mi hijito. Me daba mucha pena verlos sufrir por mí. Durante varios días estuve muy abatida; por fin conseguí que me permitiesen que mi niño se quedase conmigo en la prisión; esto me quitó la principal de mis preocupaciones, con lo cual recobré inmediatamente la salud, de suerte que la cárcel empezó a parecerme un palacio, en el que estaba yo más feliz que en cualquier otra parte.
«Mi
hermano me dijo un día:
-Hermana, ahora gozas de gran favor en el cielo; pide a Dios que te dé a conocer si te espera el martirio o la libertad.
Yo sabía que Dios no podía dejar de escucharme porque yo sufría por su causa y le dije, llena de confianza:
-Mañana te daré la respuesta de Dios, Hermano.
Oré, pues, a Dios, y su respuesta fue la siguiente: Vi una escalera de oro, extraordinariamente larga, que ascendía hasta el cielo, pero tan estrecha, que solo una persona podía subir. A ambos lados había toda clase de armas colgadas: espadas, lanzas, garfios, puñales. Se hallaban dispuestas de tal modo, que quien subía descuidadamente, sin mirar hacia arriba, recibía inmediatamente una multitud de heridas. Al pie de la escalera había un inmenso dragón, que acechaba a los qué querían subir y trataba de impedirles que lo hicieran. El primero en subir fue Sátiro, quien se había entregado espontáneamente por nosotros, pues él nos había instruido en la fe y se hallaba ausente en el momento en el que nos hicieron prisioneros. Al llegar a lo alto de la escalera, Sátiro se volvió y me dijo:
-Perpetua, aquí te espero; pero cuídate de que no te muerda el dragón.
Yo le respondí:
-En el nombre de Jesucristo, no me morderá.
Al punto, el dragón apartó su cabeza, como si me tuviese miedo, y la colocó sobre el primer escalón, de suerte que para dar el primer paso tuve que pisarle la frente. Seguí subiendo y vi un gran jardín, en cuyo centro se hallaba un hombre alto y de cabello blanco, vestido de pastor, ordeñando sus ovejas; alrededor había millares de personas vestidas de blanco. El hombre levantó la cabeza, fijó en mí sus ojos y me dijo: 'Bienvenida, hija mía'. Y me llamó y me dio unos quesos; yo los tomé en mis manos y me los comí; y todos los que nos rodeaban decían 'Amén'. Desperté al oír esa palabra y mi boca tenía todavía un aroma muy agradable. Inmediatamente conté lo sucedido a mi hermano y ambos comprendimos que nos esperaba el martirio y renunciamos a toda esperanza de este mundo.
-Hermana, ahora gozas de gran favor en el cielo; pide a Dios que te dé a conocer si te espera el martirio o la libertad.
Yo sabía que Dios no podía dejar de escucharme porque yo sufría por su causa y le dije, llena de confianza:
-Mañana te daré la respuesta de Dios, Hermano.
Oré, pues, a Dios, y su respuesta fue la siguiente: Vi una escalera de oro, extraordinariamente larga, que ascendía hasta el cielo, pero tan estrecha, que solo una persona podía subir. A ambos lados había toda clase de armas colgadas: espadas, lanzas, garfios, puñales. Se hallaban dispuestas de tal modo, que quien subía descuidadamente, sin mirar hacia arriba, recibía inmediatamente una multitud de heridas. Al pie de la escalera había un inmenso dragón, que acechaba a los qué querían subir y trataba de impedirles que lo hicieran. El primero en subir fue Sátiro, quien se había entregado espontáneamente por nosotros, pues él nos había instruido en la fe y se hallaba ausente en el momento en el que nos hicieron prisioneros. Al llegar a lo alto de la escalera, Sátiro se volvió y me dijo:
-Perpetua, aquí te espero; pero cuídate de que no te muerda el dragón.
Yo le respondí:
-En el nombre de Jesucristo, no me morderá.
Al punto, el dragón apartó su cabeza, como si me tuviese miedo, y la colocó sobre el primer escalón, de suerte que para dar el primer paso tuve que pisarle la frente. Seguí subiendo y vi un gran jardín, en cuyo centro se hallaba un hombre alto y de cabello blanco, vestido de pastor, ordeñando sus ovejas; alrededor había millares de personas vestidas de blanco. El hombre levantó la cabeza, fijó en mí sus ojos y me dijo: 'Bienvenida, hija mía'. Y me llamó y me dio unos quesos; yo los tomé en mis manos y me los comí; y todos los que nos rodeaban decían 'Amén'. Desperté al oír esa palabra y mi boca tenía todavía un aroma muy agradable. Inmediatamente conté lo sucedido a mi hermano y ambos comprendimos que nos esperaba el martirio y renunciamos a toda esperanza de este mundo.
«Poco
después corrió el rumor de que nos iban a juzgar. Mi padre vino desde la
ciudad, muy angustiado, con el intento de apartarme de mi resolución. Me dijo:
'¡Hija mía; apiádate de mis canas! Ten piedad de tu padre, si es que soy digno
de que me llames padre; apiádate de mí que te he educado y te he preferido
siempre a tus hermanos. No tienes nada que reprocharme. Piensa en tu madre y en
la hermana de tu madre; piensa sobre todo en tu hijo, que no podrá
sobrevivirte. Depón tu orgullo y no nos arruines, pues jamás podremos volver a
hablar como hombres libres, si te sucede algo'. Así habló mi padre, lleno de
amor por mí, besando mis manos y arrodillado delante de mí; estaba tan
conmovido, que ya no me decía 'hija' sino 'señora'. Esto me hizo sufrir, pues comprendía
que mi padre sería el único de los míos que no se regocijaría de mi martirio.
Le consolé como pude, diciéndole: 'Las cosas sucederán como Dios lo disponga,
pues estamos en sus manos y no en las nuestras'. Y mi padre partió muy
angustiado. Otro día, cuando estábamos comiendo, nos llamaron súbitamente a
juicio y nos condujeron a la plaza del mercado. La noticia se había extendido
rápidamente y había acudido una enorme multitud. Nos colocaron en una
plataforma frente al juez, que era Hilariano, el procurador de la provincia,
pues el procónsul acababa de morir. Todos los que fueron juzgados antes de mí
confesaron la fe. Cuando me llegó el turno, mi padre se aproximó con mi hijo en
brazos y, haciéndome bajar de la plataforma, me suplicó:
-Apiádate de tu hijo.
El presidente Hilariano se unió a los ruegos de mi padre, diciéndome:
-Apiádate de las canas de tu padre y de la tierna infancia de tu hijo. Ofrece sacrificios por la prosperidad de los emperadores.
Yo respondí:
-¡No!
-¿Eres cristiana? -me preguntó Hilariano, y yo contesté:
-Sí, soy cristiana.
Como mi padre persistiese en tratar de apartarme de mi resolución, Hilariano mandó que le echasen fuera y los soldados le golpearon con un bastón. Eso me dolió como si me hubiesen golpeado a mí, pues era horrible ver que maltrataran a mi padre anciano. Entonces el juez nos condenó a todos a las fieras y volvimos llenos de gozo a la prisión. Como mi hijo estaba acostumbrado al pecho, rogué a Pomponio que le trajese a la prisión, pero mi padre se negó a dejarle venir. Pero Dios dispuso las cosas de suerte que mi hijo no extrañó el pecho y a mí no me hizo sufrir la leche de mis pechos.»
-Apiádate de tu hijo.
El presidente Hilariano se unió a los ruegos de mi padre, diciéndome:
-Apiádate de las canas de tu padre y de la tierna infancia de tu hijo. Ofrece sacrificios por la prosperidad de los emperadores.
Yo respondí:
-¡No!
-¿Eres cristiana? -me preguntó Hilariano, y yo contesté:
-Sí, soy cristiana.
Como mi padre persistiese en tratar de apartarme de mi resolución, Hilariano mandó que le echasen fuera y los soldados le golpearon con un bastón. Eso me dolió como si me hubiesen golpeado a mí, pues era horrible ver que maltrataran a mi padre anciano. Entonces el juez nos condenó a todos a las fieras y volvimos llenos de gozo a la prisión. Como mi hijo estaba acostumbrado al pecho, rogué a Pomponio que le trajese a la prisión, pero mi padre se negó a dejarle venir. Pero Dios dispuso las cosas de suerte que mi hijo no extrañó el pecho y a mí no me hizo sufrir la leche de mis pechos.»
Según
parece, Secundino había muerto en la prisión antes del juicio. Antes de dictar
la sentencia, Hilariano había mandado azotar a Revocato y Saturnino y abofetear
a Perpetua y Felicitas. Se reservó a los mártires para los espectáculos que se
iban a ofrecer a los soldados durante las fiestas de Geta, a quien su padre,
Severo, había nombrado César cuatro años antes, en tanto que había nombrado
Augusto a su hijo Caracala.
Santa
Perpetua relata así otra de sus visiones: «Pocos días después, mientras estaba
yo orando, se me escapó el nombre de Dinócrates. La cosa me sorprendió mucho,
pues yo no estaba pensando en él. Al punto comprendí que debía orar por él y
así lo hice con gran fervor e insistencia. Esa misma noche tuve una visión. Vi
a Dinócrates salir, sudoroso y sediento, de un sitio muy oscuro en el que había
muchas personas; en su pálido rostro se veía la herida que tenía al morir.
Dinócrates era mi hermano según la carne y había muerto a los siete años,
consumido por una terrible gangrena facial. Por él estaba yo orando; pero entre
los dos había un gran abismo, de modo que no podíamos aproximarnos. Cerca de él
había una fuente; pero el borde era bastante alto, de suerte que Dinócrates
tuvo que ponerse de puntas para poder beber. Pero ni en esa forma logró
alcanzar el agua, porque el borde era demasiado alto para él; al despertarme,
comprendí que mi hermano se hallaba en un sitio de sufrimientos. Sin embargo,
sentí una gran confianza en que podía ayudarle y pedí a Dios por él hasta el
día en que nos trasladaron a la prisión del cuartel, pues estábamos destinados
a luchar con las fieras, durante las fiestas que iban a celebrarse en el
cuartel en honor del cesar Geta. Yo seguí pidiendo día y noche por mi hermano,
con muchas lágrimas. Cuando se acercaba el día del martirio tuve una visión. Vi
el mismo sitio en que antes se hallaba mi hermano, pero ahora estaba lleno de
luz. Dinócrates estaba limpio, bien vestido y muy fresco; donde antes estaba la
herida del rostro, sólo había ahora una cicatriz; y el borde de la fuente le
quedaba ahora a la altura del pecho; el agua brotaba constantemente y sobre el
borde había una vasija de oro llena de agua. Dinócrates se acercó y empezó a
beber y el agua de la vasija no se agotaba. Dinócrates bebió hasta saciarse y
después se alejó, jugando como un niño. Yo desperté, segura de que ya no
sufría.
«Unos
cuantos días después, Pudente, el jefe de la prisión, empezó a mostrarnos
cierta consideración y a permitir que nos visitasen, pues se había dado cuenta
de nuestro gran poder. Poco antes del día de las fiestas, mi padre vino a
verme, abrumado de dolor, y comenzó a mesarse la barba, a echarse al suelo a
maldecir su ancianidad y a decir cosas que habrían conmovido al más duro de los
hombres. Yo sentí una gran compasión por él.
«La
víspera del día del martirio tuve otra visión. Vi al diácono Pomponio aproximarse
y llamar estruendosamente a la puerta de la prisión. Fui a abrirle y le
encontré vestido con una túnica sin ceñidor y calzado con unos zapatos muy
extraños. Pomponio me dijo: 'Perpetua, te estamos esperando; ven conmigo'.
Entonces me tomó por la mano y echamos a andar penosamente por un sendero
áspero y desagradable, hasta que llegamos al anfiteatro. Pomponio me condujo
hasta el centro del circo y me dijo: 'No tengas miedo; yo estoy contigo y
sufriré contigo'. Después se alejó. Yo levanté los ojos y vi una inmensa
multitud. Como yo sabía que estaba condenada a las fieras, me extrañó no ver
ninguna en la arena. Entonces apareció un desagradable egipcio con sus
servidores para luchar contra mí. Pero al mismo tiempo, apareció una tropa de
jóvenes que venían a defenderme. Cambiaron mis vestidos por los de un hombre y
me ungieron con aceite para el combate; y vi que el egipcio mordía el polvo
delante de mí. Entonces apareció un hombre tan alto, que su cabeza sobresalía
por encima del anfiteatro; estaba vestido con una túnica de púrpura sin ceñidor
y en el centro de su pecho colgaban dos listones; sus sandalias estaban
curiosamente tejidas con oro y plata; tenía un bastón como el de los jefes de
los atletas y en las manos llevaba una bandeja verde con manzanas de oro.
Ordenó a la multitud que se callara y dijo: 'Si el egipcio vence a Perpetua,
tendrá derecho a decapitarla con la espada; y si Perpetua vence al egipcio,
recibirá en premio esta bandeja'. Después de decir esto, se retiró. Y el
egipcio y yo empezamos a golpearnos. El egipcio trataba de tomarme por los
pies, pero yo no dejaba de golpearle el rostro con los talones; y empecé a
volar y a darle golpes por arriba. Viendo que la lucha iba decayendo, me froté
las manos. Logré tomarle la cabeza y hacerle caer de bruces; entonces puse el
pie sobre su rostro. La multitud lanzó grandes gritos, en tanto que mis
acompañantes cantaban salmos. Y yo me acerqué al jefe de los atletas, quien me
entregó la charola, me besó y me dijo: 'La paz sea contigo, hija mía'. Y yo me
aproximé triunfalmente a la Puerta de la vida. ["Porta sanavivaria",
ver el penúltimo párrafo de este artículo.] En ese mismo instante desperté.
Entonces comprendí que mi combate no iba a ser contra las fieras, sino contra
el demonio, pero que yo saldría victoriosa. Esto lo escribí hasta la víspera de
los juegos; lo que suceda en los juegos lo escribirá quien se sienta llamado a
ello.»
San
Sátiro nos dejó también escrita una visión que tuvo. Los ángeles le condujeron
junto con sus compañeros a un hermoso huerto, donde encontraron a los mártires
Jocundo, Saturnino y Artaxio, que habían perecido recientemente en la hoguera,
y a Quinto, que había muerto en la prisión. Después los llevaron los ángeles a
un palacio luminoso, donde se hallaba sentado un anciano de cabellos blancos y
rostro de joven, «cuyos pies no veíamos»; a derecha e izquierda del Anciano
estaban otros muchos ancianos que cantaban al unísono: «Santo, Santo, Santo».
Sátiro y sus compañeros se detuvieron ante el trono; «besamos al Anciano, quien
pasó su mano sobre nuestros rostros». [Cfr. Apocalipsis 7,17: «Y Dios secará
las lágrimas de sus ojos.»] «Y los otros ancianos nos dijeron: 'Levantaos'. Y
nos levantamos y les dimos el beso de la paz. Entonces los ancianos nos
dijeron: 'Id a luchar'. Sátiro dijo a Perpetua: 'Ya tienes todo lo que puedes
desear'. Perpetua replicó: 'Alabado sea Dios, que me dio la felicidad en el
mundo y me ha dado aquí una felicidad todavía mayor'.» Sátiro añade que al
salir, encontraron delante de la puerta a su obispo Optato y a un sacerdote
llamado Aspasio, que estaban solos y tristes. Ambos se postraron a los pies de
los mártires y les rogaron que les reconciliasen, pues habían tenido un pleito.
Cuando Perpetua se hallaba conversando con ellos, «bajo un árbol de rosas», los
ángeles ordenaron a los dos clérigos que se reconciliasen y dijeron a Optato
que acabase con los partidos en su iglesia. Sátiro añade: «Entonces empezamos a
reconocer a muchos mártires y nos dio fuerza un perfume indescriptible y
delicioso. Desperté con el alma llena de gozo».
Probablemente
un testigo presencial completó las actas. Felicitas tenía miedo de que se la
privase del martirio, porque generalmente no se condenaba a la pena capital a
las mujeres embarazadas. Todos los mártires oraron por ella y así dio a luz a
una hija en la prisión; uno de los cristianos adoptó a la niña. El alcalde de
la prisión, temiendo que los cautivos empleasen algún conjuro mágico para
escapar, les trataba rudamente y había prohibido todas las visitas; pero
Perpetua habló con él y a raíz de esa conversación, empezó a tratar mejor a los
prisioneros y permitió que recibiesen la visita de algunos de sus amigos. Por
otra parte, el carcelero Pudente, «que había llegado a la fe», hacía cuanto
podía por los mártires. La víspera del martirio se les ofreció, según la
costumbre, una comida pública llamada «la fiesta gratuita»; los prisioneros se
esforzaron por convertirla en un ágape o «fiesta de amor» y hablaron a todos
del juicio de Dios y del gozo con que iban al martirio. Su valor asombró a los
paganos y produjo numerosas conversiones.
El
día del martirio, los prisioneros salieron de la cárcel como si fuesen al
cielo. Abrían la marcha los hombres; detrás de ellos iba Perpetua «cuyos ojos
brillaban de tal modo, que hacían bajar las miradas de los circunstantes»,
junto con Felicitas, «la cual se sentía muy dichosa al pasar de manos de la
partera a las del verdugo para recibir, después de sus dolores, la purificación
de un segundo martirio». A las puertas del anfiteatro, los guardias intentaron
hacer que los hombres revistiesen las túnicas de los sacerdotes de Saturno y
las mujeres el vestido consagrado a Ceres; pero Perpetua se resistió tan
vigorosamente, que los guardias acabaron por dejarles entrar en la arena con
sus propios vestidos. La multitud, furiosa al ver la valentía de los mártires,
pidió a gritos que les azotaran; así pues, cada uno de ellos recibió un
latigazo al pasar frente a los gladiadores. Saturnino había pedido que le
echasen encima diferentes fieras para que su corona fuese más gloriosa; de
acuerdo con su deseo, él y Revocato tuvieron que hacer frente primero a un
leopardo y luego a un oso. Por su parte, Sátiro, que tenía mucho miedo a los
osos, hubiese querido que un leopardo acabase rápidamente con él. Le echaron un
jabalí, que se volvió contra el domanor y le mordió, de suerte que éste murió
pocos días después, en cambio, a Sátiro sólo le arrastró por la arena. Entonces
los guardias ataron al mártir y le pusieron frente a un oso; pero éste no quiso
salir de su jaula y hubo que dejar el martirio de Sátiro para más tarde. Esto
le proporcionó la oportunidad de hablar con Pudente, el carcelero, que se había
convertido. Sátiro le animó, diciéndole:
-Ya ves que, como lo había yo deseado y predicho, ninguna fiera se ha atrevido a tocarme. Cree firmemente. Mira: la próxima vez me van a echar a un leopardo que acabará conmigo de una sola mordida.
Así sucedió; un leopardo saltó sobre él y le dejó cubierto de sangre en un instante. La multitud daba alaridos y gritaba: '¡Ahora sí está bien bautizado!' El mártir, ya agonizante, dijo a Pudente:
-¡Adiós! Conserva la fe, acuérdate de mí, y que esto sirva para confirmarte y no para confundirte.
Y, tomando el anillo del carcelero, lo mojó en su propia sangre, lo devolvió a Pudente y murió. Así fue a esperar a Perpetua, como ésta lo había predicho.
-Ya ves que, como lo había yo deseado y predicho, ninguna fiera se ha atrevido a tocarme. Cree firmemente. Mira: la próxima vez me van a echar a un leopardo que acabará conmigo de una sola mordida.
Así sucedió; un leopardo saltó sobre él y le dejó cubierto de sangre en un instante. La multitud daba alaridos y gritaba: '¡Ahora sí está bien bautizado!' El mártir, ya agonizante, dijo a Pudente:
-¡Adiós! Conserva la fe, acuérdate de mí, y que esto sirva para confirmarte y no para confundirte.
Y, tomando el anillo del carcelero, lo mojó en su propia sangre, lo devolvió a Pudente y murió. Así fue a esperar a Perpetua, como ésta lo había predicho.
Perpetua
y Felicitas fueron arrojadas a una vaca salvaje. La fiera atacó primero a
Perpetua, quien cayó de espaldas; pero la mártir se sentó inmediatamente, se
cubrió con su túnica desgarrada y se arregló un poco los cabellos para que la
multitud no creyese que tenía miedo. Después fue a reunirse con Felicitas, que
yacía también por tierra. Juntas esperaron el siguiente ataque de la fiera;
pero la multitud gritó que con eso bastaba; los guardias las hicieron salir por
la Puerta Sanavivaria, que era por donde salían los gladiadores victoriosos. Al
pasar por ahí, Perpetua volvió en sí de una especie de éxtasis preguntó si
pronto iba a enfrentarse a las fieras. Cuando le dijeron lo que había sucedido,
la santa no podía creerlo, hasta que vio sobre su cuerpo y sus vestidos las
señales de la lucha. Entonces llamó a su hermano y al catecúmeno Rústico y les
dijo:
-Permaneced firmes en la fe y guardad la caridad entre vosotros; no dejéis que los sufrimientos se conviertan en piedra de escándalo.
Entre tanto, la veleidosa muchedumbre pidió que las mártires compareciesen nuevamente; así se hizo, con gran gozo de las dos santas. Después de haberse dado el beso de paz, Felicitas fue decapitada por los gladiadores. El verdugo de Perpetua, que estaba muy nervioso, erró el primer golpe, arrancando un grito a la mártir; ella misma tendió el cuello para el segundo golpe, «Tal vez porque una mujer tan grande... sólo podía morir voluntariamente».
-Permaneced firmes en la fe y guardad la caridad entre vosotros; no dejéis que los sufrimientos se conviertan en piedra de escándalo.
Entre tanto, la veleidosa muchedumbre pidió que las mártires compareciesen nuevamente; así se hizo, con gran gozo de las dos santas. Después de haberse dado el beso de paz, Felicitas fue decapitada por los gladiadores. El verdugo de Perpetua, que estaba muy nervioso, erró el primer golpe, arrancando un grito a la mártir; ella misma tendió el cuello para el segundo golpe, «Tal vez porque una mujer tan grande... sólo podía morir voluntariamente».
En
1907, el P. Delattre descubrió y restauró una antigua inscripción en la
basílica Majorum de Cartago. En dicha basílica habían sido enterrados los
cuerpos de los mártires, según lo dice expresamente Víctor Vítense, un obispo
africano del siglo V que había visitado la tumba. El contenido de la
inscripción es el siguiente: «Aquí reposan los mártires Sátiro, Saturnino,
Revocato, Secundino, Felicitas y Perpetua, quienes sufrieron en las nonas de
marzo». Sin embargo, no es posible afirmar con toda certeza que esa inscripción
sea precisamente la de la losa sepulcral de los mártires. Estos mártires
aparecen en todos los calendarios y martirologios antiguos, como por ejemplo en
el calendario filocaliano de Roma (354 d.C.) y en el calendario sirio,
redactado probablemente en Antioquía, a fines del siglo IV.
Naturalmente
existe una literatura muy amplia sobre las actas de las santas Felicitas y
Perpetua. Los principales textos griegos y latinos se encuentran en la edición
de Armitage Robinson, Texts and Studies, vol. I, pte. 2. Entre las traducciones
inglesas, citaremos la de R. W. Muncey, The Passion of St. Perpetua, (1927), y
E. C. E.Owen, Some Acts of the Early Martyrs (1927). Pero la mejor obra es la
de W. H. Shewring, The Passion of Perpetua and Felicity (1931), con un texto
latino y una introducción excelente. Actualmente se ha abandonado casi del todo
la teoría de que el texto primitivo era el griego, traducido posteriormente al
latín. Ningún autor admite la curiosa hipótesis de Hilgenfeld de que las actas
fueron originalmente redactadas en lengua púnica. Muchos historiadores, entre
los que se cuenta el P. Adhémar d´Ales, se inclinan a creer que Tertuliano fue
el editor de las actas. Una de las razones en que se apoya esta teoría es que
en las actas aparecen las huellas de las doctrinas y la fraseología
montanistas; pero, como lo ha demostrado Delehaye, esas huellas son ligerísimas
y no bastan para identificar las actas con cualquier especie de doctrinas
heréticas. Ver Delehaye. Les Passions des martyrs et les genres littéraires
(1921), pp. 63-72, Cf. Monceaux, Histoire Littéraire de l´Afrique chrétienne I,
pp. 70-96, y A. J. Masón, Historie Martyrs, (1905), pp. 77-106.
fuente: «Vidas
de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
accedida 11138 veces
ingreso
o última modificación relevante: ant 2012
Estas
biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una
fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia
completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor,
al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel)
y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.org/lectura/santoral.php?idu=793
Santos Sátiro, Saturnino, Revocato y
Secundino, mártires
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hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
También
en Cartago, pasión de los santos Sátiro, Saturnino, Revocato y Secundino, que
en la misma persecución bajo Septimio Severo, el último de ellos murió en la
cárcel, mientras que los demás, maltratados por varias bestias, terminaron
degollados tras darse el ósculo de la paz.
Aunque
los elogios de Perpetua y Felicidad, que se celebran litúrgicamente, están
separados de los del resto del grupo, la hagiografía es, naturalmente, para
todos ellos: Perpetua, Felicidad, Sátiro, Saturnino,
Revocato y Secundino.
Las
actas del martirio de santa Perpetua, santa Felicitas y sus compañeros,
constituye uno de los más grandes tesoros hagiológicos que han llegado hasta
nosotros. En el siglo IV, se acostumbraba leer públicamente esas actas en las
iglesias de África. El pueblo les profesaba una estima tan grande, que san
Agustín se vio obligado a publicar una protesta para evitar que se las
considerara en plano de igualdad con la Sagrada Escritura. Se trata de un
documento puramente humano, como es natural, pero que conserva en forma
singularmente vivida las palabras de las dos mártires.
Durante
la persecución emprendida por el emperador Severo, fueron arrestados en Cartago
cinco catecúmenos, el año 205. Eran éstos Revocato, Felicitas (su compañera de
esclavitud, que estaba embarazada desde hacía varios meses) Saturnino,
Secundino y Vibia Perpetua. Esta última tenía veintidós años de edad, era
esposa de un hombre de buena posición y madre de un pequeñín. Sus padres y dos
de sus hermanos vivían aún, en tanto que el tercero de sus hermanos llamado
Dinócrates, había muerto a los siete años de edad. A estos cinco prisioneros se
unió Sátiro, quien les había instruido en la fe y se negó a abandonarles. El
padre de Perpetua, de quien ella era la hija predilecta, era un pagano ya
bastante entrado en edad; su madre era probablemente cristiana, lo mismo que
uno de sus hermanos, y el otro era todavía catecúmeno. Los prisioneros fueron
puestos bajo vigilancia en una casa particular. Perpetua narra así sus
sufrimientos: «Yo estaba todavía con mis compañeros. Mi padre, que me quería
mucho, trataba de darme razones para debilitar mi fe y apartarme de mi
propósito. Yo le respondí:
-Padre, ¿no ves ese cántaro o jarro, o como quieras llamarlo?... ¿Acaso puedes llamarlo con un nombre que no lo designe por lo que es?
-No, replicó él.
-Pues tampoco yo puedo llamarme por un nombre que no signifique lo que soy: cristiana.
Al oír la palabra 'cristiana', mi padre se lanzó sobre mí y trató de arrancarme los ojos, pero sólo me golpeó un poco, pues mis compañeros le detuvieron... Yo di gracias a Dios por el descanso de no ver a mi padre durante algún tiempo... En esos días recibí el bautismo y el Espíritu me movió a no pedir más que la gracia de soportar el martirio. Al poco tiempo, nos trasladaron a una prisión, donde yo tuve mucho miedo, pues nunca había vivido en tal oscuridad. ¡Qué horrible día! El calor era insoportable, pues la prisión estaba llena. Los soldados nos trataban brutalmente. Para colmo de males, yo tenía ya dolores de vientre. Entonces Tercio y Pomponio, los dos santos diáconos que nos llevaban los sacramentos, pagaron a los soldados para que nos trasladasen, durante algunas horas, a un rincón menos malo de la prisión y nos diesen algún alivio. Todos los hombres se alejaron un poco y yo amamante a mi hijito, que estaba muy débil por falta de alimento. Manifesté a mi madre la pena que esto me causaba, alenté a mi hermano y encargué a los dos que cuidaran a mi hijito. Me daba mucha pena verlos sufrir por mí. Durante varios días estuve muy abatida; por fin conseguí que me permitiesen que mi niño se quedase conmigo en la prisión; esto me quitó la principal de mis preocupaciones, con lo cual recobré inmediatamente la salud, de suerte que la cárcel empezó a parecerme un palacio, en el que estaba yo más feliz que en cualquier otra parte.
-Padre, ¿no ves ese cántaro o jarro, o como quieras llamarlo?... ¿Acaso puedes llamarlo con un nombre que no lo designe por lo que es?
-No, replicó él.
-Pues tampoco yo puedo llamarme por un nombre que no signifique lo que soy: cristiana.
Al oír la palabra 'cristiana', mi padre se lanzó sobre mí y trató de arrancarme los ojos, pero sólo me golpeó un poco, pues mis compañeros le detuvieron... Yo di gracias a Dios por el descanso de no ver a mi padre durante algún tiempo... En esos días recibí el bautismo y el Espíritu me movió a no pedir más que la gracia de soportar el martirio. Al poco tiempo, nos trasladaron a una prisión, donde yo tuve mucho miedo, pues nunca había vivido en tal oscuridad. ¡Qué horrible día! El calor era insoportable, pues la prisión estaba llena. Los soldados nos trataban brutalmente. Para colmo de males, yo tenía ya dolores de vientre. Entonces Tercio y Pomponio, los dos santos diáconos que nos llevaban los sacramentos, pagaron a los soldados para que nos trasladasen, durante algunas horas, a un rincón menos malo de la prisión y nos diesen algún alivio. Todos los hombres se alejaron un poco y yo amamante a mi hijito, que estaba muy débil por falta de alimento. Manifesté a mi madre la pena que esto me causaba, alenté a mi hermano y encargué a los dos que cuidaran a mi hijito. Me daba mucha pena verlos sufrir por mí. Durante varios días estuve muy abatida; por fin conseguí que me permitiesen que mi niño se quedase conmigo en la prisión; esto me quitó la principal de mis preocupaciones, con lo cual recobré inmediatamente la salud, de suerte que la cárcel empezó a parecerme un palacio, en el que estaba yo más feliz que en cualquier otra parte.
«Mi
hermano me dijo un día:
-Hermana, ahora gozas de gran favor en el cielo; pide a Dios que te dé a conocer si te espera el martirio o la libertad.
Yo sabía que Dios no podía dejar de escucharme porque yo sufría por su causa y le dije, llena de confianza:
-Mañana te daré la respuesta de Dios, Hermano.
Oré, pues, a Dios, y su respuesta fue la siguiente: Vi una escalera de oro, extraordinariamente larga, que ascendía hasta el cielo, pero tan estrecha, que solo una persona podía subir. A ambos lados había toda clase de armas colgadas: espadas, lanzas, garfios, puñales. Se hallaban dispuestas de tal modo, que quien subía descuidadamente, sin mirar hacia arriba, recibía inmediatamente una multitud de heridas. Al pie de la escalera había un inmenso dragón, que acechaba a los qué querían subir y trataba de impedirles que lo hicieran. El primero en subir fue Sátiro, quien se había entregado espontáneamente por nosotros, pues él nos había instruido en la fe y se hallaba ausente en el momento en el que nos hicieron prisioneros. Al llegar a lo alto de la escalera, Sátiro se volvió y me dijo:
-Perpetua, aquí te espero; pero cuídate de que no te muerda el dragón.
Yo le respondí:
-En el nombre de Jesucristo, no me morderá.
Al punto, el dragón apartó su cabeza, como si me tuviese miedo, y la colocó sobre el primer escalón, de suerte que para dar el primer paso tuve que pisarle la frente. Seguí subiendo y vi un gran jardín, en cuyo centro se hallaba un hombre alto y de cabello blanco, vestido de pastor, ordeñando sus ovejas; alrededor había millares de personas vestidas de blanco. El hombre levantó la cabeza, fijó en mí sus ojos y me dijo: 'Bienvenida, hija mía'. Y me llamó y me dio unos quesos; yo los tomé en mis manos y me los comí; y todos los que nos rodeaban decían 'Amén'. Desperté al oír esa palabra y mi boca tenía todavía un aroma muy agradable. Inmediatamente conté lo sucedido a mi hermano y ambos comprendimos que nos esperaba el martirio y renunciamos a toda esperanza de este mundo.
-Hermana, ahora gozas de gran favor en el cielo; pide a Dios que te dé a conocer si te espera el martirio o la libertad.
Yo sabía que Dios no podía dejar de escucharme porque yo sufría por su causa y le dije, llena de confianza:
-Mañana te daré la respuesta de Dios, Hermano.
Oré, pues, a Dios, y su respuesta fue la siguiente: Vi una escalera de oro, extraordinariamente larga, que ascendía hasta el cielo, pero tan estrecha, que solo una persona podía subir. A ambos lados había toda clase de armas colgadas: espadas, lanzas, garfios, puñales. Se hallaban dispuestas de tal modo, que quien subía descuidadamente, sin mirar hacia arriba, recibía inmediatamente una multitud de heridas. Al pie de la escalera había un inmenso dragón, que acechaba a los qué querían subir y trataba de impedirles que lo hicieran. El primero en subir fue Sátiro, quien se había entregado espontáneamente por nosotros, pues él nos había instruido en la fe y se hallaba ausente en el momento en el que nos hicieron prisioneros. Al llegar a lo alto de la escalera, Sátiro se volvió y me dijo:
-Perpetua, aquí te espero; pero cuídate de que no te muerda el dragón.
Yo le respondí:
-En el nombre de Jesucristo, no me morderá.
Al punto, el dragón apartó su cabeza, como si me tuviese miedo, y la colocó sobre el primer escalón, de suerte que para dar el primer paso tuve que pisarle la frente. Seguí subiendo y vi un gran jardín, en cuyo centro se hallaba un hombre alto y de cabello blanco, vestido de pastor, ordeñando sus ovejas; alrededor había millares de personas vestidas de blanco. El hombre levantó la cabeza, fijó en mí sus ojos y me dijo: 'Bienvenida, hija mía'. Y me llamó y me dio unos quesos; yo los tomé en mis manos y me los comí; y todos los que nos rodeaban decían 'Amén'. Desperté al oír esa palabra y mi boca tenía todavía un aroma muy agradable. Inmediatamente conté lo sucedido a mi hermano y ambos comprendimos que nos esperaba el martirio y renunciamos a toda esperanza de este mundo.
«Poco
después corrió el rumor de que nos iban a juzgar. Mi padre vino desde la
ciudad, muy angustiado, con el intento de apartarme de mi resolución. Me dijo:
'¡Hija mía; apiádate de mis canas! Ten piedad de tu padre, si es que soy digno
de que me llames padre; apiádate de mí que te he educado y te he preferido
siempre a tus hermanos. No tienes nada que reprocharme. Piensa en tu madre y en
la hermana de tu madre; piensa sobre todo en tu hijo, que no podrá
sobrevivirte. Depón tu orgullo y no nos arruines, pues jamás podremos volver a
hablar como hombres libres, si te sucede algo'. Así habló mi padre, lleno de
amor por mí, besando mis manos y arrodillado delante de mí; estaba tan
conmovido, que ya no me decía 'hija' sino 'señora'. Esto me hizo sufrir, pues
comprendía que mi padre sería el único de los míos que no se regocijaría de mi
martirio. Le consolé como pude, diciéndole: 'Las cosas sucederán como Dios lo
disponga, pues estamos en sus manos y no en las nuestras'. Y mi padre partió
muy angustiado. Otro día, cuando estábamos comiendo, nos llamaron súbitamente a
juicio y nos condujeron a la plaza del mercado. La noticia se había extendido
rápidamente y había acudido una enorme multitud. Nos colocaron en una
plataforma frente al juez, que era Hilariano, el procurador de la provincia,
pues el procónsul acababa de morir. Todos los que fueron juzgados antes de mí
confesaron la fe. Cuando me llegó el turno, mi padre se aproximó con mi hijo en
brazos y, haciéndome bajar de la plataforma, me suplicó:
-Apiádate de tu hijo.
El presidente Hilariano se unió a los ruegos de mi padre, diciéndome:
-Apiádate de las canas de tu padre y de la tierna infancia de tu hijo. Ofrece sacrificios por la prosperidad de los emperadores.
Yo respondí:
-¡No!
-¿Eres cristiana? -me preguntó Hilariano, y yo contesté:
-Sí, soy cristiana.
Como mi padre persistiese en tratar de apartarme de mi resolución, Hilariano mandó que le echasen fuera y los soldados le golpearon con un bastón. Eso me dolió como si me hubiesen golpeado a mí, pues era horrible ver que maltrataran a mi padre anciano. Entonces el juez nos condenó a todos a las fieras y volvimos llenos de gozo a la prisión. Como mi hijo estaba acostumbrado al pecho, rogué a Pomponio que le trajese a la prisión, pero mi padre se negó a dejarle venir. Pero Dios dispuso las cosas de suerte que mi hijo no extrañó el pecho y a mí no me hizo sufrir la leche de mis pechos.»
-Apiádate de tu hijo.
El presidente Hilariano se unió a los ruegos de mi padre, diciéndome:
-Apiádate de las canas de tu padre y de la tierna infancia de tu hijo. Ofrece sacrificios por la prosperidad de los emperadores.
Yo respondí:
-¡No!
-¿Eres cristiana? -me preguntó Hilariano, y yo contesté:
-Sí, soy cristiana.
Como mi padre persistiese en tratar de apartarme de mi resolución, Hilariano mandó que le echasen fuera y los soldados le golpearon con un bastón. Eso me dolió como si me hubiesen golpeado a mí, pues era horrible ver que maltrataran a mi padre anciano. Entonces el juez nos condenó a todos a las fieras y volvimos llenos de gozo a la prisión. Como mi hijo estaba acostumbrado al pecho, rogué a Pomponio que le trajese a la prisión, pero mi padre se negó a dejarle venir. Pero Dios dispuso las cosas de suerte que mi hijo no extrañó el pecho y a mí no me hizo sufrir la leche de mis pechos.»
Según
parece, Secundino había muerto en la prisión antes del juicio. Antes de dictar
la sentencia, Hilariano había mandado azotar a Revocato y Saturnino y abofetear
a Perpetua y Felicitas. Se reservó a los mártires para los espectáculos que se
iban a ofrecer a los soldados durante las fiestas de Geta, a quien su padre,
Severo, había nombrado César cuatro años antes, en tanto que había nombrado
Augusto a su hijo Caracala.
Santa
Perpetua relata así otra de sus visiones: «Pocos días después, mientras estaba
yo orando, se me escapó el nombre de Dinócrates. La cosa me sorprendió mucho,
pues yo no estaba pensando en él. Al punto comprendí que debía orar por él y
así lo hice con gran fervor e insistencia. Esa misma noche tuve una visión. Vi
a Dinócrates salir, sudoroso y sediento, de un sitio muy oscuro en el que había
muchas personas; en su pálido rostro se veía la herida que tenía al morir.
Dinócrates era mi hermano según la carne y había muerto a los siete años,
consumido por una terrible gangrena facial. Por él estaba yo orando; pero entre
los dos había un gran abismo, de modo que no podíamos aproximarnos. Cerca de él
había una fuente; pero el borde era bastante alto, de suerte que Dinócrates
tuvo que ponerse de puntas para poder beber. Pero ni en esa forma logró
alcanzar el agua, porque el borde era demasiado alto para él; al despertarme,
comprendí que mi hermano se hallaba en un sitio de sufrimientos. Sin embargo,
sentí una gran confianza en que podía ayudarle y pedí a Dios por él hasta el
día en que nos trasladaron a la prisión del cuartel, pues estábamos destinados
a luchar con las fieras, durante las fiestas que iban a celebrarse en el
cuartel en honor del cesar Geta. Yo seguí pidiendo día y noche por mi hermano,
con muchas lágrimas. Cuando se acercaba el día del martirio tuve una visión. Vi
el mismo sitio en que antes se hallaba mi hermano, pero ahora estaba lleno de
luz. Dinócrates estaba limpio, bien vestido y muy fresco; donde antes estaba la
herida del rostro, sólo había ahora una cicatriz; y el borde de la fuente le
quedaba ahora a la altura del pecho; el agua brotaba constantemente y sobre el
borde había una vasija de oro llena de agua. Dinócrates se acercó y empezó a
beber y el agua de la vasija no se agotaba. Dinócrates bebió hasta saciarse y
después se alejó, jugando como un niño. Yo desperté, segura de que ya no
sufría.
«Unos
cuantos días después, Pudente, el jefe de la prisión, empezó a mostrarnos
cierta consideración y a permitir que nos visitasen, pues se había dado cuenta
de nuestro gran poder. Poco antes del día de las fiestas, mi padre vino a
verme, abrumado de dolor, y comenzó a mesarse la barba, a echarse al suelo a
maldecir su ancianidad y a decir cosas que habrían conmovido al más duro de los
hombres. Yo sentí una gran compasión por él.
«La
víspera del día del martirio tuve otra visión. Vi al diácono Pomponio
aproximarse y llamar estruendosamente a la puerta de la prisión. Fui a abrirle
y le encontré vestido con una túnica sin ceñidor y calzado con unos zapatos muy
extraños. Pomponio me dijo: 'Perpetua, te estamos esperando; ven conmigo'.
Entonces me tomó por la mano y echamos a andar penosamente por un sendero
áspero y desagradable, hasta que llegamos al anfiteatro. Pomponio me condujo
hasta el centro del circo y me dijo: 'No tengas miedo; yo estoy contigo y
sufriré contigo'. Después se alejó. Yo levanté los ojos y vi una inmensa
multitud. Como yo sabía que estaba condenada a las fieras, me extrañó no ver
ninguna en la arena. Entonces apareció un desagradable egipcio con sus
servidores para luchar contra mí. Pero al mismo tiempo, apareció una tropa de
jóvenes que venían a defenderme. Cambiaron mis vestidos por los de un hombre y
me ungieron con aceite para el combate; y vi que el egipcio mordía el polvo
delante de mí. Entonces apareció un hombre tan alto, que su cabeza sobresalía por
encima del anfiteatro; estaba vestido con una túnica de púrpura sin ceñidor y
en el centro de su pecho colgaban dos listones; sus sandalias estaban
curiosamente tejidas con oro y plata; tenía un bastón como el de los jefes de
los atletas y en las manos llevaba una bandeja verde con manzanas de oro.
Ordenó a la multitud que se callara y dijo: 'Si el egipcio vence a Perpetua,
tendrá derecho a decapitarla con la espada; y si Perpetua vence al egipcio,
recibirá en premio esta bandeja'. Después de decir esto, se retiró. Y el
egipcio y yo empezamos a golpearnos. El egipcio trataba de tomarme por los
pies, pero yo no dejaba de golpearle el rostro con los talones; y empecé a
volar y a darle golpes por arriba. Viendo que la lucha iba decayendo, me froté
las manos. Logré tomarle la cabeza y hacerle caer de bruces; entonces puse el
pie sobre su rostro. La multitud lanzó grandes gritos, en tanto que mis
acompañantes cantaban salmos. Y yo me acerqué al jefe de los atletas, quien me
entregó la charola, me besó y me dijo: 'La paz sea contigo, hija mía'. Y yo me
aproximé triunfalmente a la Puerta de la vida. ["Porta sanavivaria",
ver el penúltimo párrafo de este artículo.] En ese mismo instante desperté.
Entonces comprendí que mi combate no iba a ser contra las fieras, sino contra
el demonio, pero que yo saldría victoriosa. Esto lo escribí hasta la víspera de
los juegos; lo que suceda en los juegos lo escribirá quien se sienta llamado a
ello.»
San
Sátiro nos dejó también escrita una visión que tuvo. Los ángeles le condujeron
junto con sus compañeros a un hermoso huerto, donde encontraron a los mártires
Jocundo, Saturnino y Artaxio, que habían perecido recientemente en la hoguera,
y a Quinto, que había muerto en la prisión. Después los llevaron los ángeles a
un palacio luminoso, donde se hallaba sentado un anciano de cabellos blancos y
rostro de joven, «cuyos pies no veíamos»; a derecha e izquierda del Anciano
estaban otros muchos ancianos que cantaban al unísono: «Santo, Santo, Santo».
Sátiro y sus compañeros se detuvieron ante el trono; «besamos al Anciano, quien
pasó su mano sobre nuestros rostros». [Cfr. Apocalipsis 7,17: «Y Dios secará
las lágrimas de sus ojos.»] «Y los otros ancianos nos dijeron: 'Levantaos'. Y
nos levantamos y les dimos el beso de la paz. Entonces los ancianos nos
dijeron: 'Id a luchar'. Sátiro dijo a Perpetua: 'Ya tienes todo lo que puedes
desear'. Perpetua replicó: 'Alabado sea Dios, que me dio la felicidad en el
mundo y me ha dado aquí una felicidad todavía mayor'.» Sátiro añade que al
salir, encontraron delante de la puerta a su obispo Optato y a un sacerdote
llamado Aspasio, que estaban solos y tristes. Ambos se postraron a los pies de
los mártires y les rogaron que les reconciliasen, pues habían tenido un pleito.
Cuando Perpetua se hallaba conversando con ellos, «bajo un árbol de rosas», los
ángeles ordenaron a los dos clérigos que se reconciliasen y dijeron a Optato
que acabase con los partidos en su iglesia. Sátiro añade: «Entonces empezamos a
reconocer a muchos mártires y nos dio fuerza un perfume indescriptible y
delicioso. Desperté con el alma llena de gozo».
Probablemente
un testigo presencial completó las actas. Felicitas tenía miedo de que se la
privase del martirio, porque generalmente no se condenaba a la pena capital a
las mujeres embarazadas. Todos los mártires oraron por ella y así dio a luz a
una hija en la prisión; uno de los cristianos adoptó a la niña. El alcalde de
la prisión, temiendo que los cautivos empleasen algún conjuro mágico para
escapar, les trataba rudamente y había prohibido todas las visitas; pero
Perpetua habló con él y a raíz de esa conversación, empezó a tratar mejor a los
prisioneros y permitió que recibiesen la visita de algunos de sus amigos. Por
otra parte, el carcelero Pudente, «que había llegado a la fe», hacía cuanto
podía por los mártires. La víspera del martirio se les ofreció, según la
costumbre, una comida pública llamada «la fiesta gratuita»; los prisioneros se
esforzaron por convertirla en un ágape o «fiesta de amor» y hablaron a todos
del juicio de Dios y del gozo con que iban al martirio. Su valor asombró a los
paganos y produjo numerosas conversiones.
El
día del martirio, los prisioneros salieron de la cárcel como si fuesen al
cielo. Abrían la marcha los hombres; detrás de ellos iba Perpetua «cuyos ojos
brillaban de tal modo, que hacían bajar las miradas de los circunstantes»,
junto con Felicitas, «la cual se sentía muy dichosa al pasar de manos de la
partera a las del verdugo para recibir, después de sus dolores, la purificación
de un segundo martirio». A las puertas del anfiteatro, los guardias intentaron
hacer que los hombres revistiesen las túnicas de los sacerdotes de Saturno y
las mujeres el vestido consagrado a Ceres; pero Perpetua se resistió tan
vigorosamente, que los guardias acabaron por dejarles entrar en la arena con
sus propios vestidos. La multitud, furiosa al ver la valentía de los mártires,
pidió a gritos que les azotaran; así pues, cada uno de ellos recibió un
latigazo al pasar frente a los gladiadores. Saturnino había pedido que le
echasen encima diferentes fieras para que su corona fuese más gloriosa; de
acuerdo con su deseo, él y Revocato tuvieron que hacer frente primero a un
leopardo y luego a un oso. Por su parte, Sátiro, que tenía mucho miedo a los
osos, hubiese querido que un leopardo acabase rápidamente con él. Le echaron un
jabalí, que se volvió contra el domanor y le mordió, de suerte que éste murió
pocos días después, en cambio, a Sátiro sólo le arrastró por la arena. Entonces
los guardias ataron al mártir y le pusieron frente a un oso; pero éste no quiso
salir de su jaula y hubo que dejar el martirio de Sátiro para más tarde. Esto
le proporcionó la oportunidad de hablar con Pudente, el carcelero, que se había
convertido. Sátiro le animó, diciéndole:
-Ya ves que, como lo había yo deseado y predicho, ninguna fiera se ha atrevido a tocarme. Cree firmemente. Mira: la próxima vez me van a echar a un leopardo que acabará conmigo de una sola mordida.
Así sucedió; un leopardo saltó sobre él y le dejó cubierto de sangre en un instante. La multitud daba alaridos y gritaba: '¡Ahora sí está bien bautizado!' El mártir, ya agonizante, dijo a Pudente:
-¡Adiós! Conserva la fe, acuérdate de mí, y que esto sirva para confirmarte y no para confundirte.
Y, tomando el anillo del carcelero, lo mojó en su propia sangre, lo devolvió a Pudente y murió. Así fue a esperar a Perpetua, como ésta lo había predicho.
-Ya ves que, como lo había yo deseado y predicho, ninguna fiera se ha atrevido a tocarme. Cree firmemente. Mira: la próxima vez me van a echar a un leopardo que acabará conmigo de una sola mordida.
Así sucedió; un leopardo saltó sobre él y le dejó cubierto de sangre en un instante. La multitud daba alaridos y gritaba: '¡Ahora sí está bien bautizado!' El mártir, ya agonizante, dijo a Pudente:
-¡Adiós! Conserva la fe, acuérdate de mí, y que esto sirva para confirmarte y no para confundirte.
Y, tomando el anillo del carcelero, lo mojó en su propia sangre, lo devolvió a Pudente y murió. Así fue a esperar a Perpetua, como ésta lo había predicho.
Perpetua
y Felicitas fueron arrojadas a una vaca salvaje. La fiera atacó primero a
Perpetua, quien cayó de espaldas; pero la mártir se sentó inmediatamente, se
cubrió con su túnica desgarrada y se arregló un poco los cabellos para que la
multitud no creyese que tenía miedo. Después fue a reunirse con Felicitas, que
yacía también por tierra. Juntas esperaron el siguiente ataque de la fiera;
pero la multitud gritó que con eso bastaba; los guardias las hicieron salir por
la Puerta Sanavivaria, que era por donde salían los gladiadores victoriosos. Al
pasar por ahí, Perpetua volvió en sí de una especie de éxtasis preguntó si
pronto iba a enfrentarse a las fieras. Cuando le dijeron lo que había sucedido,
la santa no podía creerlo, hasta que vio sobre su cuerpo y sus vestidos las
señales de la lucha. Entonces llamó a su hermano y al catecúmeno Rústico y les
dijo:
-Permaneced firmes en la fe y guardad la caridad entre vosotros; no dejéis que los sufrimientos se conviertan en piedra de escándalo.
Entre tanto, la veleidosa muchedumbre pidió que las mártires compareciesen nuevamente; así se hizo, con gran gozo de las dos santas. Después de haberse dado el beso de paz, Felicitas fue decapitada por los gladiadores. El verdugo de Perpetua, que estaba muy nervioso, erró el primer golpe, arrancando un grito a la mártir; ella misma tendió el cuello para el segundo golpe, «Tal vez porque una mujer tan grande... sólo podía morir voluntariamente».
-Permaneced firmes en la fe y guardad la caridad entre vosotros; no dejéis que los sufrimientos se conviertan en piedra de escándalo.
Entre tanto, la veleidosa muchedumbre pidió que las mártires compareciesen nuevamente; así se hizo, con gran gozo de las dos santas. Después de haberse dado el beso de paz, Felicitas fue decapitada por los gladiadores. El verdugo de Perpetua, que estaba muy nervioso, erró el primer golpe, arrancando un grito a la mártir; ella misma tendió el cuello para el segundo golpe, «Tal vez porque una mujer tan grande... sólo podía morir voluntariamente».
En
1907, el P. Delattre descubrió y restauró una antigua inscripción en la
basílica Majorum de Cartago. En dicha basílica habían sido enterrados los
cuerpos de los mártires, según lo dice expresamente Víctor Vítense, un obispo
africano del siglo V que había visitado la tumba. El contenido de la
inscripción es el siguiente: «Aquí reposan los mártires Sátiro, Saturnino,
Revocato, Secundino, Felicitas y Perpetua, quienes sufrieron en las nonas de
marzo». Sin embargo, no es posible afirmar con toda certeza que esa inscripción
sea precisamente la de la losa sepulcral de los mártires. Estos mártires
aparecen en todos los calendarios y martirologios antiguos, como por ejemplo en
el calendario filocaliano de Roma (354 d.C.) y en el calendario sirio,
redactado probablemente en Antioquía, a fines del siglo IV.
Naturalmente
existe una literatura muy amplia sobre las actas de las santas Felicitas y
Perpetua. Los principales textos griegos y latinos se encuentran en la edición
de Armitage Robinson, Texts and Studies, vol. I, pte. 2. Entre las traducciones
inglesas, citaremos la de R. W. Muncey, The Passion of St. Perpetua, (1927), y
E. C. E.Owen, Some Acts of the Early Martyrs (1927). Pero la mejor obra es la
de W. H. Shewring, The Passion of Perpetua and Felicity (1931), con un texto
latino y una introducción excelente. Actualmente se ha abandonado casi del todo
la teoría de que el texto primitivo era el griego, traducido posteriormente al
latín. Ningún autor admite la curiosa hipótesis de Hilgenfeld de que las actas
fueron originalmente redactadas en lengua púnica. Muchos historiadores, entre
los que se cuenta el P. Adhémar d´Ales, se inclinan a creer que Tertuliano fue
el editor de las actas. Una de las razones en que se apoya esta teoría es que
en las actas aparecen las huellas de las doctrinas y la fraseología
montanistas; pero, como lo ha demostrado Delehaye, esas huellas son ligerísimas
y no bastan para identificar las actas con cualquier especie de doctrinas
heréticas. Ver Delehaye. Les Passions des martyrs et les genres littéraires
(1921), pp. 63-72, Cf. Monceaux, Histoire Littéraire de l´Afrique chrétienne I,
pp. 70-96, y A. J. Masón, Historie Martyrs, (1905), pp. 77-106.
fuente: «Vidas
de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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ingreso
o última modificación relevante: ant 2012
Estas
biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una
fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia
completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor,
al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel)
y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.org/lectura/santoral.php?idu=794
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