Beato Marcos de Aviano Cristofori, religioso presbítero
fecha: 13 de agosto
n.: 1631 - †: 1699 - país: Austria
canonización: B: Juan Pablo II 27 abr 2003
hagiografía: Vaticano
n.: 1631 - †: 1699 - país: Austria
canonización: B: Juan Pablo II 27 abr 2003
hagiografía: Vaticano
En Viena, en Austria, beato Marcos de
Aviano (Carlos Domingo) Cristofori, presbítero de la Orden de los Hermanos
Menores Capuchinos, el cual, sapiente predicador de la palabra de Dios, se
interesó admirablemente por los pobres y enfermos, solicitando a los poderosos
de todo el mundo que antepusieran la fe y la paz a cualquier otra empresa o
interés.
Nació en Aviano el 17 de noviembre de 1631
en el seno de una familia acomodada. Fue bautizado ese mismo día con el nombre
de Carlo Domenico. Juntamente con sus diez hermanos, recibió en su pueblo natal
una buena formación espiritual y cultural, que se perfeccionó en los años
1643-1647 en el colegio de los jesuitas de Gorizia. Allí amplió su cultura
clásica y científica e intensificó su vida de piedad, participando en las
congregaciones marianas. El clima épico de guerra que se libraba por entonces
entre la República de Venecia y el Imperio turco influyó decisivamente en la
vida del joven Carlo. Impulsado por el deseo de dar su vida por la defensa de
la fe, abandonó el colegio de Gorizia y se dirigió a Capodistria. Allí,
agobiado por el hambre y las fatigas del viaje, llamó a la puerta del convento
de los capuchinos. El superior, además de darle comida y alojamiento, le
aconsejó que volviera cuanto antes a la casa de sus padres.
Durante la breve permanencia con los
capuchinos de Capodistria, iluminado por la gracia, descubrió que podía
realizar de modo diferente su vocación al apostolado y al martirio. Así,
decidió abrazar la austera vida capuchina. En septiembre de 1648 entró en el
noviciado de Conegliano y el 21 de noviembre de 1649 emitió la profesión
religiosa con el nombre de Marco de Aviano. Después de los estudios de
filosofía y teología, el 18 de septiembre de 1655 fue ordenado sacerdote en
Chioggia.
Destacó por su intensa oración y por su
fidelidad a la vida común, vivida en la humildad y el ocultamiento, y animada
por el celo y la observancia de las reglas y constituciones de la Orden. Desde
el año 1664, en el que obtuvo el «carné de predicación», dedicó todas sus
energías al apostolado de la palabra por toda Italia, principalmente en los
tiempos fuertes de Cuaresma y Adviento. También desempeñó cargos de gobierno:
en 1672 fue elegido superior del convento de Belluno, y en 1674 fue nombrado
director de la fraternidad de Oderzo.
El 8 de septiembre de 1676, fue enviado a
predicar al monasterio de San Prosdócimo, en Padua. Allí, por su oración y su
bendición, se curó instantáneamente la monja Vincenza Francesconi, que desde
hacía trece años yacía enferma en cama. También en Venecia, un mes después, se
verificaron acontecimientos extraordinarios parecidos, de forma que comenzó a
difundirse por doquier su fama de santidad y cobró más crédito su predicación.
Sin turbarse por ello, prosiguió con
sencillez su apostolado de la palabra. En especial, exhortaba a sus oyentes a
incrementar su vida de fe y su vivencia cristiana, a arrepentirse de sus
pecados y hacer penitencia. La noticia de sus milagros y curaciones extraordinarias
hizo que fuera cada vez más requerida su presencia, especialmente por reyes y
soberanos. En sus últimos veinte años de vida tuvo que realizar, por obediencia
a sus superiores de la Orden o a la Santa Sede, fatigosos viajes apostólicos
por toda Europa.
Mantuvo una relación especial con el
emperador Leopoldo I de Austria, a cuya corte tuvo que dirigirse catorce veces,
sobre todo en los meses de verano. Participó activamente en la cruzada
anti-turca en calidad de legado pontificio y de misionero apostólico.
Contribuyó de manera decisiva a la liberación de Viena del asedio turco, el 12
de septiembre de 1683. De 1683 a 1689 tomó parte en las campañas militares de
defensa y liberación de Buda, el 2 de septiembre de 1686, y de Belgrado, el 6
de septiembre de 1688. Favorecía la armonía dentro del ejército imperial,
exhortaba a todos a una auténtica conducta cristiana y asistía espiritualmente
a los soldados. En los años siguientes realizó una gran actividad para
restablecer la paz en Europa, sobre todo entre Francia y el Imperio, y para
promover la unidad de las potencias católicas con vistas a la defensa de la fe,
siempre amenazada por los turcos.
En mayo de 1699 emprendió su último viaje
hacia la capital del Imperio. Su salud, ya frágil, se deterioró cada vez más,
hasta el punto de que tuvo que interrumpir toda actividad. El 2 de agosto
recibió en el convento la visita de la familia imperial y, a continuación, la
de los más ilustres personajes de Viena. Diez días después, el nuncio
apostólico le llevó personalmente la bendición apostólica del Papa Inocencio
XII. Recibió los últimos sacramentos y renovó su profesión religiosa. Murió el
13 de agosto de 1699, apretando entre sus manos el crucifijo, asistido por sus
augustos amigos el emperador Leopoldo y la emperatriz Eleonora. Fue beatificado
por SS Juan Pablo II el 27 de abril de 2003.
fuente: Vaticano
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ingreso o última modificación relevante: ant 2012
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San Benildo Romançon, religioso
fecha: 13 de agosto
n.: 1805 - †: 1862 - país: Francia
canonización: B: Pío XII 4 abr 1948 - C: Pablo VI 29 oct 1967
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
n.: 1805 - †: 1862 - país: Francia
canonización: B: Pío XII 4 abr 1948 - C: Pablo VI 29 oct 1967
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
En el lugar de Sangues, cerca de
Puy-en-Vélay, también en Francia, san Benildo (Pedro) Romançon, del Instituto
de Hermanos de las Escuelas Cristianas, que dedicó su vida a la formación de
los jóvenes.
En la fértil llanura de Limagne, que forma
parte del departamento francés de Puy-de-Dóme, hay una pequeña ciudad llamada
Thuret. En la hermosa iglesia románica de dicha población, que data del siglo
XII, fue bautizado el día mismo de su nacimiento, 13 de junio de 1805, Pedro
Romançon, segundo hijo de un matrimonio acomodado del lugar. El niño hizo su
primera comunión doce años más tarde y al mismo tiempo fue confirmado por el
obispo de Clermont. Pero ya antes, desde los seis años, Pedro había empezado a
frecuentar la escuela, donde se distinguió por su piedad e inteligencia. Un día,
cuando se hallaba en Clermont con su padre, quedó fascinado al ver a un monje
vestido con hábito negro y con una capa que flotaba al viento. Su padre le
explicó que era un miembro de la Congregación de los Hermanos de las Escuelas
Cristianas, fundada en Reims por san Juan Bautista de la Salle para la
educación de la juventud, especialmente de los más pobres. Tal respuesta
impresionó a Pedro, quien algún tiempo más tarde confesó a sus padres que
quería ingresar en la congregación. Estos no se opusieron a las tímidas
insinuaciones de Pedro, que poco a poco fueron haciéndose más insistentes y,
cuando los hermanos de las escuelas cristianas abrieron un colegio en Riom, le
enviaron ahí a terminar sus estudios.
Pedro se sintió desde el primer día como
en su casa y, a los catorce años, pidió ser admitido como aspirante en la
congregación. Sin embargo, aunque gozaba de excelente reputación en el colegio,
se le rechazó por ser joven. Pedro tuvo, pues, que esperar dos años más y
entonces obtuvo la admisión. Para probar la vocación de Pedro, su padre le
amenazó con decapitarle si abandonaba la casa paterna. El joven replicó
plácidamente: «Si quieres hacerlo, hazlo. Con ello sólo cambiaré los bienes
terrenos por los eternos». Finalmente. en el otoño de 1820, partió al noviciado
de Clermont-Ferrand, con la bendición de sus padres. En el año que siguió, su
vocación se confirmó de tal suerte. que su director no tuvo reparo en decir:
«Este hermano tan joven serán un día una de las glorias de nuestra
congregación». Al tomar el hábito, Pedro había recibido el nombre de Benilde
(el autor de este artículo no consiguió descubrir ningún santo de ese nombre.
Pero el Martirologio Romano menciona el 15 de junio a una mujer martirizada por
los moros de Córdoba, llamada Benildis o Benilda).
Cuando terminó el noviciado, sus
superiores le enviaron al colegio de Riom a hacer sus primeras armas en el arte
de la enseñanza. En los años siguientes, le encontramos en diversas casas de la
congregación, ejerciendo, además del oficio de maestro, el de cocinero y otros
más. Apenas dos años después de su profesión, fue nombrado superior del colegio
de Billom en Puy-de-Dóme. Uno de sus discípulos afirmó más tarde: «El hermano
Benilde era bueno como un ángel y tenía cara de santo. Era un magnífico profesor,
un tanto estricto, pero siempre justo. Solía preocuparse especialmente de los
menos aplicados y nos alentaba al trabajo. Sus discípulos hacían buen papel y
conocían al dedillo el catecismo».
El hermano Benilde desempeñó con tal
acierto su cargo que, en 1841, cuando tenía treinta y seis años, fue enviado a
fundar y dirigir un nuevo colegio en Saugues (Alto Loira). Allí iba pasar el
resto de su vida. La ciudad recibió con entusiasmo a los hermanos y no tardó en
rogarles que inaugurasen también una serie de cursos nocturnos para adultos.
Dichos cursos fueron todo un éxito, y el gobierno condecoró por ellos al
hermano Benilde con una medalla de plata. Pero sin duda que el santo habría
apreciado aún más la alta opinión en que le tenían sus discípulos. Todavía se
conservan los testimonios de algunos de ellos; son tan detallados, que uno de
los discípulos hace notar que «el santo director» solía mandar que se abrieran
las ventanas mientras daba la clase. El hermano Benilde se distinguió sobre
todo como profesor de religión. Como él mismo escribió: «Mi vida es para el
apostolado. Si por negligencia mía estos niños no llegan a ser lo que deben, la
habré desperdiciado. Si muero enseñando el catecismo, moriré en mi verdadero
medio». A ese trabajo se había preparado con su vida personal y con un estudio
serio de la teología y las materias con ella relacionadas. Más de un testigo
hace notar que los discípulos solían escucharle embebidos y que les parecía que
el tiempo pasaba demasiado de prisa. El hermano Benilde terminaba siempre sus
clases con unas palabras de exhortación que brotaban del fondo de su corazón:
«El querido hermano Benilde hablaba con tal calor de las verdades eternas, que
jamás he podido olvidar lo que nos decía. Sus palabras nos llegaban al fondo
del alma y eran un motivo de remordimiento cuando obrábamos mal». Pero no sólo
se ganó el aprecio de sus discípulos, sino también el de los padres de éstos,
de las hermanas presentandinas, que dirigían la escuela de niñas y del clero de
la región. Uno de los vicarios de la parroquia escribió: «El hermano Benilde no
sólo adoraba a Dios como un ángel cuando iba a la iglesia a hacer oración, sino
siempre y en todas partes, aun cuando cultivaba sus verduras en el huerto».
El cariño entusiasta que el santo
profesaba a su congregación era una de sus características. En una ocasión en
que se hallaba en dificultades, exclamó: «No abandonaría la congregación,
aunque me viese reducido a comer cáscaras de patatas. Demasiado bien sé cuán
bondadoso ha sido Dios al llamarme a su servicio en ella». Jamás perdía la
oportunidad de alentar a un posible candidato, pero no se valía para ello de
consideraciones humanas: «¿Qué buscaba el candidato? ¿Una vida cómoda? La vida
en el colegio de Saugues no lo era ciertamente. ¿Las alabanzas de las gentes?
Los hermanos llevaban una existencia retirada y oculta. Pero si lo que quería
era su santificación personal y trabajar humilde y útilmente en la viña del
Señor, entonces ...» Un sacerdote que estuvo en la casa madre de los Hermanos
de las escuelas cristianas en París, cinco años después de la muerte del
hermano Benilde, encontró a treinta y dos novicios de Saugues y sus alrededores
y casi todos habían sido discípulos de Benilde.
En 1855, el hermano Benilde escribió a uno
de sus colegas: «He contraído una enfermedad que me tiene, por el momento, casi
todo el tiempo en cama. Estoy tan fatigado, tan exhausto, que apenas puedo
hablar. Cada día puede ser el último». Sin embargo, el hermano Benilde vivió
seis años más, hasta que contrajo una dolorosa enfermedad reumática. Sus
superiores le enviaron varias veces a hacer curas en Bagnols-les-Bains. El
párroco del lugar afirmaba que las visitas del beato a la población equivalían
a una misión. En enero de 1862, se agravó el estado del hermano Benilde. La
víspera del domingo de la Trinidad, insistió en acudir a la capilla al día
siguiente para la renovación actual de los votos y se despidió de sus
discípulos, diciendo: «Sé que pedís por mí y os lo agradezco, pero mi salud no
va a mejorar. Dios me llama a Sí y, si es misericordioso conmigo, podéis estar
seguros de que pediré por vosotros en el cielo». Hacia el 30 de julio, el santo
se arrastró una vez más hasta la capilla. «Es la última vez -dijo a su
acompañante-; pronto me llevaréis en hombros». Dos semanas más tarde, el 13 de
agosto de 1862, el hermano Benilde falleció, rodeado de sus hermanos.
El entierro se llevó a cabo el día de la
Asunción. Aunque la parroquia de Saugues era grande, ese día estaba llena a
reventar. La sepultura del santo se transformó inmediatamente en sitio de
peregrinación. En 1884, se puso en la nueva lápida: décedé en odeur de sainteté
(muerto en olor de santidad). No faltó quien murmurase de ello. No así el
canónigo Raveyre, antiguo vicario de la parroquia, el cual afirmó: «No me
extrañaría que la Iglesia le elevase un día al honor de los altares». Tenía
razón. En 1896, se inició el proceso en Le Puy, en 1948, se llevó a cabo en
Roma la beatificación de Benilde Romançon, y en 1967 tuvo lugar su
canonización.
Ver Le Vénérable Frére Bénilde (1928); y
G. Rigault, Un instituteur sur les autels (1947).
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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Estas biografías de santo son propiedad de
El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo
como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino
que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía,
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