Santos Antonio Primaldo y casi ochocientos compañeros, mártires
fecha: 14 de agosto
†: 1480 - país: Italia
otras formas del nombre: Antonio Grimaldi, Mártires de Otranto
canonización: Conf. Culto: Clemente XIV 14 dic 1771 - C: Francisco 12 may 2013
hagiografía: Sandro Magister (chiesa.espressonline.it)
†: 1480 - país: Italia
otras formas del nombre: Antonio Grimaldi, Mártires de Otranto
canonización: Conf. Culto: Clemente XIV 14 dic 1771 - C: Francisco 12 may 2013
hagiografía: Sandro Magister (chiesa.espressonline.it)
En Otranto, en la Apulia, santos
mártires en número de casi ochocientos, que, conminados a renegar de su fe
durante una incursión de soldados otomanos, fueron exhortados por el beato
Antonio Primaldo, un anciano tejedor, a perseverar en la fe de Cristo, y
obtuvieron así la corona del martirio al ser decapitados.
Antonio Primaldo es el único del que ha
sido trasmitido el nombre. Los otros compañeros suyos de martirio son
ochocientos desconocidos pescadores, artesanos, pastores y agricultores de una
pequeña ciudad, cuya sangre, hace cinco siglos, fue esparcida sólo porque eran
cristianos.
La ejecución en masa tiene un prólogo, el
29 de julio de 1480. Son las primeras horas de la mañana: desde las murallas de
Otranto comienza a distinguirse en el horizonte haciéndose cada vez más visible
una flota compuesta de 90 galeras, 15 mahonas y 48 galeotas, con 18 mil
soldados a bordo. La armada es guiada por el bajá Agometh; quien está a las
órdenes de Mahoma II, llamado Fatih, el Conquistador, o sea el sultán que en
1451, apenas a los 21 años, había ascendido a jefe de la tribu de los otomanos,
que a su vez se había impuesto sobre el mosaico de los emiratos islámicos un
siglo y medio antes.
En 1453, guiando un ejército de 260 mil
turcos, Mahoma II había conquistado Bizancio, la «segunda Roma», y desde ese
momento cultivaba el proyecto de expugnar la «primera Roma», la Roma verdadera,
y de transformar la basílica de San Pedro en establo para sus caballos.
En junio del 1480 juzga maduro el tiempo
para completar la obra: quita el asedio a Rodi, defendida con coraje por sus
caballeros, y dirige la flota hacia el mar Adriático. La intención es tocar
tierra en Brindisi, cuyo puerto es amplio y cómodo: desde Brindisi proyecta
ascender por Italia hasta alcanzar la sede del papado. Pero un fuerte viento
contrario obliga las naves a tocar tierra 50 millas más al sur, y a desembarcar
en una localidad llamada Roca, a algunos kilómetros de Otranto.
Otranto era -y es- la ciudad más oriental
de Italia. La importancia de su puerto la había hecho asumir el rol de puente
entre oriente y occidente, consolidado en el plano cultural y político por la
presencia de un importante monasterio de monjes basilianos, el de san Nicola en
Casole, del que hoy restan un par de columnas en el camino que conduce a Leuca.
Cuando desembarcaron los otomanos, la
ciudad pudo contar con una guarnición de sólo 400 hombres armados, y para esto
los capitanes de la guarnición se apresuraron a pedir ayuda al rey de Nápoles,
Ferrante de Aragón, enviándole una misiva.
Circundado por el asedio, el castillo,
dentro de cuyas murallas se habían refugiado todos los habitantes del barrio,
el bajá Agometh, a través de un mensajero, propone que se rindan con
condiciones ventajosas: si no resisten, los hombres y las mujeres serán dejados
libres y no recibirán ninguna injuria. La respuesta llega de uno de los
notables de la ciudad, Ladislao De Marco: hace saber que si los asediantes
quieren Otranto deberán tomarla con las armas.
Al embajador se le ordena no regresar más,
y cuando llega el segundo mensajero con la misma propuesta de que se rindan, es
atravesado por las flechas. Para despejar toda equivocación, los capitanes
toman las llaves de las puertas de la ciudad y en modo visible, desde una
torre, las lanzan al mar, en presencia del pueblo. Durante la noche, buena
parte de los soldados de la guarnición se descuelga de los muros de la ciudad
con sogas y escapa. Para defender Otranto quedan sólo sus habitantes.
El asedio que sigue es un martilleo: las
bombardas turcas derriban la ciudad, centenares de gruesas piedras (muchas son
todavía hoy visibles por las calles del centro histórico de la ciudad). Después
de quince días, al amanecer del 12 de agosto, los otomanos concentran el fuego
contra uno de los puntos más débiles de las murallas, abren una brecha,
irrumpen en las calles, masacran a quien se le ponga a tiro, llegan a la
catedral, en la cual muchos se han refugiado. Derriban la puerta y se esparcen
en el templo, alcanzan al arzobispo Stefano, que estaba con los atuendos
pontificales y con el crucifijo en mano. A ser intimado de no nombrar más a
Cristo, ya que desde aquel momento mandaba Mahoma, el arzobispo responde
exhortando a los asaltantes a la conversión, y por esto se le corta la cabeza
con una cimitarra.
Así lo cuenta Saverio de Marco en la
«Compendiosa historia de los ochocientos mártires de Otranto» publicada en el
1905:
«En número de cerca ochocientos fueron presentados al bajá que tenía a su lados a un cura miserable, nativo de Calabria, de nombre Giovanni, apostata de la fe. Este empleó su satánica elocuencia con el fin de persuadir a los cristianos que, abandonando a Cristo abrasaran el islamismo, seguros de que la buena gracia de Agometh, quien los habría dejado con vida, con el sostenimiento y todos los bienes de los que gozaban en la patria; en caso contrario serían todos asesinados. Entre aquellos héroes hubo uno de nombre Antonio Primaldo, sastre de profesión, avanzado de edad, pero lleno de religión y de fervor. Este respondió a nombre de todos: 'Todos queremos creer en Jesucristo, Hijo de Dios, y estar dispuestos a morir mil veces por Él'».
«En número de cerca ochocientos fueron presentados al bajá que tenía a su lados a un cura miserable, nativo de Calabria, de nombre Giovanni, apostata de la fe. Este empleó su satánica elocuencia con el fin de persuadir a los cristianos que, abandonando a Cristo abrasaran el islamismo, seguros de que la buena gracia de Agometh, quien los habría dejado con vida, con el sostenimiento y todos los bienes de los que gozaban en la patria; en caso contrario serían todos asesinados. Entre aquellos héroes hubo uno de nombre Antonio Primaldo, sastre de profesión, avanzado de edad, pero lleno de religión y de fervor. Este respondió a nombre de todos: 'Todos queremos creer en Jesucristo, Hijo de Dios, y estar dispuestos a morir mil veces por Él'».
Agrega el primero de los cronistas,
Giovanni Michele Laggetto, en la «Historia de la guerra de Otranto del 1480»
transcrita de un antiguo manuscrito y publicada en 1924:
«Y volteándose a los cristianos Primaldo dijo estas palabras: ‘Hermanos míos, hasta hoy hemos combatido en defensa de nuestra patria y para salvar la vida y por nuestros gobernantes terrenos; ahora es tiempo de que combatamos para salvar nuestras almas para el Señor, el cual habiendo muerto por nosotros en la cruz conviene que muramos nosotros por Él, permaneciendo seguros y constantes en la fe, y con esta muerte terrena ganaremos la vida eterna y la gloria del martirio’. A estas palabras comenzaron a gritar todos a una sola voz con mucho fervor que querían mil veces morir con cualquier tipo de muerte antes que renegar de Cristo».
«Y volteándose a los cristianos Primaldo dijo estas palabras: ‘Hermanos míos, hasta hoy hemos combatido en defensa de nuestra patria y para salvar la vida y por nuestros gobernantes terrenos; ahora es tiempo de que combatamos para salvar nuestras almas para el Señor, el cual habiendo muerto por nosotros en la cruz conviene que muramos nosotros por Él, permaneciendo seguros y constantes en la fe, y con esta muerte terrena ganaremos la vida eterna y la gloria del martirio’. A estas palabras comenzaron a gritar todos a una sola voz con mucho fervor que querían mil veces morir con cualquier tipo de muerte antes que renegar de Cristo».
Agometh decreta la condena a muerte de
todos los ochocientos prisioneros. A la mañana siguiente estos son conducidos
con sogas al cuello y con las manos atadas a la espalda, a la colina de la
Minerva, pocos cientos de metros fuera de la ciudad. Sigue escribiendo De
Marco:
«Repitieron todos la profesión de fe y la generosa respuesta dada antes; por ello el tirano ordenó que se procediese a la decapitación y, antes que a los otros, fuese cortada la cabeza al viejo Primaldo, que le resultaba muy odioso, porque no dejaba de hacer de apóstol entre los suyos, más aún, antes de inclinar la cabeza sobre la roca, afirmaba a sus compañeros que veía el cielo abierto y los ángeles animando; que se mantuvieran fuertes en la fe y que mirasen el cielo ya abierto para recibirlos. Dobló la frente, se le cortó la cabeza, pero el cuerpo se puso de pie: y a pesar de los esfuerzos de los asesinos, permaneció erguido inmóvil, hasta que todos fueron decapitados. El prodigio evidentemente estrepitoso habría sido una lección para la salvación de aquellos infieles, si no hubieran sido rebeldes a la luz que ilumina a todo hombre que vive en el mundo. Un solo verdugo, de nombre Berlabei, valerosamente creyó en el milagro y, declarándose en alta voz cristiano, fue condenado a la pena del palo».
«Repitieron todos la profesión de fe y la generosa respuesta dada antes; por ello el tirano ordenó que se procediese a la decapitación y, antes que a los otros, fuese cortada la cabeza al viejo Primaldo, que le resultaba muy odioso, porque no dejaba de hacer de apóstol entre los suyos, más aún, antes de inclinar la cabeza sobre la roca, afirmaba a sus compañeros que veía el cielo abierto y los ángeles animando; que se mantuvieran fuertes en la fe y que mirasen el cielo ya abierto para recibirlos. Dobló la frente, se le cortó la cabeza, pero el cuerpo se puso de pie: y a pesar de los esfuerzos de los asesinos, permaneció erguido inmóvil, hasta que todos fueron decapitados. El prodigio evidentemente estrepitoso habría sido una lección para la salvación de aquellos infieles, si no hubieran sido rebeldes a la luz que ilumina a todo hombre que vive en el mundo. Un solo verdugo, de nombre Berlabei, valerosamente creyó en el milagro y, declarándose en alta voz cristiano, fue condenado a la pena del palo».
Su culto como beatos fue autorizado en
1771. Luego del reconocimiento -ya en nuestros días- de un milagro obrado por
intercesión de este grupo de mártires, quedó expedito el camino a la
canonización, que fue realizada en 2013 por SS Francisco.
Nota de ETF: hemos seleccionado el
material hagiográfico que se encontraba en el artículo original, mucho más
extenso, un deplorable panfleto pseudo-político-religioso.
fuente: Sandro Magister (chiesa.espressonline.it)
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ingreso o última modificación relevante: ant 2012
Estas biografías de santo son propiedad de
El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo
como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino
que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía,
referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.org/lectura/santoral.php?idu=2862
can.: B: Juan Pablo II 18 jun 1989
país: Italia - n.: 1786 - †: 1859
país: Italia - n.: 1786 - †: 1859
En Coriano, de la
Emilia, beata Isabel Renzi, virgen, la cual, fundadora de las Maestras Pías de
la Dolorosa, puso todo su empeño en que las niñas pobres recibieran una
formación humana y catequética en la escuela.
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