Santa Coleta Boylet, virgen
fecha: 6 de marzo
†: 1447 - país: Bélgica
otras formas del nombre: Colette, Nicolette Boillet
canonización: B: Clemente VIII 1604 - C: Pío VII 24 may 1807
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
†: 1447 - país: Bélgica
otras formas del nombre: Colette, Nicolette Boillet
canonización: B: Clemente VIII 1604 - C: Pío VII 24 may 1807
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
En
Gante, en Flandes, santa Coleta Boylet, virgen, quien durante tres años llevó
una austerísima vida encerrada en una pequeña casa junto a la iglesia, y
después, tras profesar en la Regla de san Francisco, recondujo muchos
monasterios de Clarisas a la forma primitiva de vida, insistiendo
principalmente en el espíritu de pobreza y de penitencia.
patronazgo: patrona de los
funcionarios y los carpinteros, contra los dolores de cabeza, los problemas
oculares, la fiebre y la infertilidad; para pedir un parto seguro.
refieren a este santo: San Juan de
Capistrano
Todas
las instituciones humanas, por excelentes que sean, pueden degenerar fácilmente
después de la muerte de sus fundadores o de sus sucesores inmediatos. Para
sobrevivir, tienen que conservar el primitivo ideal o bien someterse a una
reforma para recuperarlo. Todas las órdenes religiosas han tenido altibajos,
períodos de gran actividad y de eclipse. La obra principal de santa Coleta fue
precisamente la reforma de una de las familias religiosas más austeras: las
clarisas. La influencia de la santa sobre su orden fue inmensa. Una de las
ramas, la de las coletinas, le debe su nombre.
Coleta
era hija de un humilde carpintero de la abadía de Corbie, en Picardía. Su
nombre de bautismo era Nicoleta, pues sus padres eran muy devotos de san
Nicolás de Mira. Coleta, como la llamaban todos, era muy hermosa y atractiva,
pero su corta estatura preocupaba mucho a su padre. La joven pidió a Dios que
la hiciese crecer y su oración fue escuchada. De joven, llevaba en su casa la
vida de un ermitaño, entregada a la oración y al trabajo manual. Sus padres le
dejaban en plena libertad, seguros de que la dirigía el Espíritu divino. A
pesar del retiro en que vivía la joven, su hermosura empezó a llamar la
atención de todos. Viendo en esto un obstáculo para su vida espiritual, Coleta
pidió a Dios que le quitase toda belleza. Se cuenta que su rostro se volvió tan
pálido y delgado, que las gentes apenas podían reconocerla, pero la bondad y
modestia de la santa, conservaron todo su encanto.
Tanto
el padre como la madre de Coleta murieron cuando la joven tenía diecisiete
años. La dejaron al cuidado del abad de Corbie. La santa pasó algún tiempo en
el convento, distribuyó entre los pobres su reducida herencia e ingresó en la
Tercera Orden de San Francisco. El abad de Corbie le cedió una pequeña ermita,
junto a la iglesia. La fama de la austeridad de Coleta se extendió y las gentes
acudían para encomendarse a sus oraciones y pedirle consejo, hasta que Coleta
decidió no recibir más visitas, y durante tres años vivió en absoluto silencio.
Sin duda que, durante ese período, Coleta reflexionó mucho sobre el estado de
su orden y habló de ello con su confesor, Fray Enrique de Baume, pues éste soñó
que Coleta tenía entre las manos un ramo de hojas de vid sin ningún fruto, pero
los racimos aparecieron en cuanto la santa arrancó algunas hojas. También
Coleta tuvo varias visiones, en una de las cuales el mismo san Francisco se le
apareció y le mandó que restableciese entre las clarisas la primitiva
observancia. Coleta se sentía sin valor suficiente para ello; pero recibió una
señal del cielo, pues durante tres días estuvo sorda y durante otros tres
estuvo ciega. Alentada por su director, abandonó su retiro en 1406 y fue a
exponer su misión en uno o dos conventos; pero pronto comprendió que para tener
éxito necesitaba poseer autoridad. Descalza y vestida con un pobre hábito,
Coleta partió a Niza a ver a Pedro de Luna, a quien el pueblo francés reconocía
entonces como papa con el nombre de Benedicto XIII (aunque luego quedó
históricamente como antipapa). Éste la recibió con mucho afecto, confirmó su
profesión en la Orden de Santa Clara, la nombró superiora de todos los
conventos de clarisas que reformase o fundase y llegó hasta extender su misión
a la Orden de San Francisco. Por otra parte, nombró a Enrique de Baume
asistente de la santa.
Con
tales poderes, Coleta viajó de un convento a otro por Francia, Saboya y
Flandes. Al principio encontró una violenta oposición y se vio tratada de
fanática y hechicera; pero nada la afectó ni la hizo retroceder. Poco a poco fue
imponiéndose, sobre todo en Saboya, donde su reforma despertó mucha simpatía y
después en Borgoña, Francia, Flandes y España. El convento de las Clarisas
Pobres de Besançon fue el primero que aceptó la reforma, en 1410. La fama de
los milagros de la santa se extendió por todas partes. La duquesa de Borbón
escribía: «Me muero de ganas de ver a esa Coleta de la que tanto se habla, que
resucita a los muertos». El deseo de la duquesa se vio satisfecho y la santa
ejerció una influencia enorme sobre la familia de Borbón. Según parece, aquella
religiosa de humilde cuna impresionaba especialmente a los nobles de este
mundo, como Blanca de Ginebra, la duquesa de Nevers, Amadeo II de Saboya, la
princesa de Orange y el duque de Borgoña, Felipe el Bueno.
Se
cuenta que en 1429, Coleta conoció en Moulins a santa Juana de
Arco, quien pasó por ahí a la cabeza de un ejército para ir a
sitiar la Charité-sur-Loire. El encuentro de esas dos extraordinarias mujeres
de espíritu tan semejante, a pesar de que tenían misiones tan diferentes, debió
ser muy interesante, si es que tuvo lugar; pero en realidad no existe ninguna
prueba de que haya sido así. Un sitio muy relacionado con el nombre de santa
Coleta es la ciudad de Le-Puy-en-Vélay, donde existe todavía el convento que la
santa fundó, entre otros dieciséis, sin contar los que reformó, entre los que
hubo algunos monasterios de frailes franciscanos.
La
vida de actividad exterior de santa Coleta estaba sostenida por una vida
interior de oración. La santa tuvo una visión de la Pasión y muerte de Cristo.
Meditaba la Pasión todos los viernes, de las seis de la mañana a las seis de la
tarde, sin probar alimento ni bebida. En todas las épocas del año, pero
particularmente en la Semana Santa, entraba frecuentemente en éxtasis durante
la misa o durante sus oraciones en la celda. Una gran luz la rodeaba en esas
ocasiones y en su rostro se reflejaba un resplendor celestial. Sobre todo,
después de recibir la comunión era arrebatada en éxtasis, que duraban a veces
varias horas. En una de sus visiones apareció una multitud cuyos hombres y
mujeres, numerosos como los copos de nieve en una tempestad, caían en el
pecado. Desde entonces, oraba todos los días por la conversión de los pecadores
y por las almas del purgatorio. Según se cuenta, murió pidiendo por ellos y por
la Iglesia. Como su padre san Francisco, Coleta quería mucho a los animales,
sobre todo a los más indefensos y buenos; los corderos y las palomas acudían a
ella en cuanto aparecía y los pajarillos más tímidos volaban a comer en sus
manos. También amaba mucho a los niños; jugaba con ellos y les bendecía, como
lo había hecho Jesucristo.
Su
última enfermedad la sorprendió en Flandes, donde había fundado varios
conventos. Predijo su muerte, recibió los últimos sacramentos y descansó en el
Señor en el convento de Gante, a los sesenta y siete años de edad. Cuando el
emperador José II suprimió algunos de los conventos de las clarisas en Gante,
lus religiosas transladaron los restos de santa Coleta al convento de Poligny,
a cincuenta kilómetros de Besançon. La canonización tuvo lugar en 1807.
Aunque
han desaparecido muchos de los documentos del siglo XVI sobre la santa, no
faltan testimonios de sus contemporáneos y fuentes de primera mano. Según
parece, se ha perdido el relato que escribió Enrique de la Baume, que fue
durante treinta y tres años el confesor de Coleta, así como las memorias de
otro de sus guías espirituales, el P. Francisco Claret; pero todavía se
conserva la narración de su amiga e hija en religión, la hermana Perrine.
Poseemos, además, muchas de las cartas de la santa y las memorias, un tanto
desorganizadas, de Pedro de Vaux, quien fue su confesor durante los últimos
años. La duquesa Margarita de Borgoña, hermana de Eduardo IV de Inglaterra,
mandó hacer una hermosa copia del texto de Pedro de Vaux, con ricas miniaturas,
y la regaló al convento de las coletinas. La dedicatoria que escribió con su
propia mano en dicho ejemplar, fue la siguiente: «Vuestra leal hija Margarita
de Inglaterra; rogad por ella y por su salvación». El manuscrito se conserva
actualmente en el convento de las clarisas de Gante. El P. Ubaldo d'Alençon
publicó en 1911 una edición de la traducción latina que hicieron los
bolandistas de las biografías de la hermana Perrine y de Pedro de Vaux. Entre
las biografías modernas, se cuentan las de Bizouart, Germain, Pidoux, Imle y
Poirot. Ver también las interesantes notas del P. d'Alençon en Archivum
Franciscanum Historicum, vols. II y ni (1909-1910). Hay una admirable biografía
escrita por la Sra. Sainte-Marie Perrin (1923).
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