Santa Luisa de Marillac, viuda y
fundadora
fecha: 15 de marzo
n.: 1591 - †: 1660 - país: Francia
canonización: B: Benedicto XV 9 may 1920 - C: Pío XI 11 mar 1934
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
n.: 1591 - †: 1660 - país: Francia
canonización: B: Benedicto XV 9 may 1920 - C: Pío XI 11 mar 1934
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
En
París, en Francia, santa Luisa de Marillac, viuda, que con el ejemplo y la
dedicación formó el Instituto de Hermanas de la Caridad, para ayuda de los
necesitados, y completó así la obra delineada por san Vicente de Paúl.
patronazgo: patrona de los
trabajadores sociales y de las viudas.
Al
moderno lector debe parecerle extraño que esta valiente mujer, esposa y nadre
antes de consagrar su viudez al servicio de Dios, fuera mejor conocida por sus
contemporáneos como Mademoiselle Le Gras (señorita Le Gras), cuando no era ese
su apellido de soltera, sino el de su esposo. El título de Madame, sin embargo,
sólo se daba en la Francia del siglo XVII a las grandes señoras de la alta
nobleza y, Luisa de Marillac, aunque bien nacida y casada con un importante
oficial al servicio de la reina, no pertenecía a la jerarquía de aquellos a
quienes podía darse ese cumplido. Su padre, Luis de Marillac, fue hacendado de
rancio abolengo y sus tíos, después de haber alcanzado fama, fueron aún más
celebrados en la historia como las trágicas víctimas de los resentimientos del
cardenal Richelieu. Luisa, nacida en 1591, perdió a su madre desde temprana
edad, pero tuvo una buena educación, gracias, en parte, a los monjes de Poissy,
a cuyos cuidados fue confiada por un tiempo, y en parte, a la instrucción
personal de su propio padre, que murió cuando ella tenía poco más de quince
años. Luisa había deseado hacerse hermana capuchina, pero el que entonces era
su confesor, capuchino él mismo, la disaudió de ello a causa de su endeleble
salud. Finalmente, se le encontró un esposo digno: Antonio Le Gras, hombre que
parecía destinado a una distinguida carrera y que ella aceptó complacida. En
sus doce años de matrimonio tuvieron un hijo y fueron muy felices siempre, a
excepción del período en que Antonio estuvo gravemente enfermo y ella lo cuidó
con esmero y completa dedicación. Desgraciadamente, Luisa sucumbió a la
tentación de considerar esta enfermedad como un castigo por no haber mostrado
su agradecimiento a Dios, que la colmaba de bendiciones, y estas angustias de
conciencia fueron motivo de largos períodos de dudas y aridez espiritual. Tuvo,
sin embargo, la buena fortuna de conocer a san Francisco de
Sales, quien pasó algunos meses en París, durante el año 1619.
De él recibió la dirección más sabia y comprensiva. Pero París no era el hogar
del santo aunque confió a Luisa al cuidado espiritual de su discípulo favorito,
Mons. Le Camus, arzobispo de Belley, las visitas de san Francisco a la capital
fueron cada vez más raras.
Un
poco antes de la muerte de su esposo, Luisa hizo voto de no contraer matrimonio
de nuevo y dedicarse totalmente al servicio de Dios. Después, tuvo una extraña
visión espiritual en la que sintió disipadas sus dudas y comprendió que había
sido escogida para llevar al cabo una gran obra en el futuro, bajo la guía de
un director a quien ella no conocía aún. Antonio Le Gras murió en 1625, pero ya
para entonces Luisa había conocido a «monsieur Vincent», como le decían al
santo sacerdote conocido por nosotros como san Vicente de
Paul, quien mostró al principio cierta renuencia en ser su
confesor, pero al fin consintió. San Vicente estaba en aquel tiempo organizando
sus «Conferencias de Caridad», con el objeto de remediar la espantosa miseria
que existía entre la gente del campo. Con su maravilloso tacto y su incansable
celo, pudo contar con la ayuda de un grupo de damas, al que llamó «Dames de
Charité», y se formaron asociaciones en muchos centros, que indudablemente
hicieron mucho bien. Sin embargo, la experiencia mostró que si este trabajo iba
a realizarse sistemáticamente y a desarrollarse en el mismo París, se
necesitaba una buena organización y un gran número de cooperadores. Las
aristócratas damas de la caridad, a pesar de su celo, no podían disponer de más
tiempo, a causa de sus propias obligaciones y, en muchos casos, no contaban con
la fortaleza física para soportar las exigencias que se les reclamaban. A fin
de poder alimentar y atender a los pobres, cuidar a los niños abandonados y
tratar con hombres de baja estofa, resultaron auxiliares más útiles, por regla
general, las gentes de humilde condición, acostumbradas a soportar penalidades.
Pero sobre todo, se necesitaba la supervisión y la dirección de alguien que
infundiera absoluto respeto y que tuviera, a la vez, el tacto suficiente para
ganarse los corazones y mostrarles el buen camino con su ejemplo.
A
medida que fue conociendo más profundamente a «mademoiselle Le Gras», san
Vicente descubrió que tenía a la mano el preciso instrumento que necesitaba.
Era una mujer decidida y valiente, dotada de clara inteligencia y una
maravillosa constancia, a pesar de la debilidad de su salud y, quizá lo más
importante de todo, tenía la virtud de olvidarse completamente de sí misma por
el bien de los demás. Tan pronto como san Vicente le habló de sus propósitos,
Luisa comprendió que se trataba de una obra para la gloria de Dios. Quizás
nunca existió una obra religiosa tan grande o tan firme, llevada al cabo con
menos sensacionalismo, que la fundación de la sociedad que fue conocida al
principio con el nombre de «Hijas de la Caridad» (Filies de la Charité) y que
ahora se ha ganado el respeto de los hombres de las más diversas creencias en
todas las partes del mundo. Solamente después de cinco años de trato personal
con Mlle. Le Gras, «monsieur Vincent», que siempre tenía paciencia para esperar
la oportunidad enviada por Dios, mandó a esta alma devota, en mayo de 1629, a
hacer lo que podríamos llamar una visita a «La Caridad» de Montmirail. Esta fue
la precursora de muchas misiones similares y, a pesar de la mala salud de la
señorita, tomada muy en cuenta por san Vicente, ella no retrocedió ante las
molestias y sacrificios. Poco a poco, al multiplicarse las actividades tanto en
los suburbios de París como en el campo, se hizo sentir la necesidad de
colaboradores más robustos. Había muchas jóvenes y viudas de la clase campesina
que estaban prontas a dar su vida por tal obra, pero eran a menudo ásperas y
del todo ignorantes. Fue necesaria la instrucción y una dirección llena de
tacto para obtener mejores resultados. Las energías de san Vicente estaban
extremadamente agotadas y carecía de tiempo por tener que dedicarlo todo,
necesariamente, a su sociedad de sacerdotes misioneros. Más aún, la mayor parte
del trabajo de las «caridades» tenía que ser hecho por mujeres y, para
organizar y supervisar esa labor, se requería una mujer que estuviera
familiarizada con los instrumentos que se debían utilizar.
De
esta suerte, en 1633, fue necesario establecer una especie de centro de
entrenamiento, o noviciado, en la calle que entonces se conocía como
Fosses-Saint-Victor. Allí estaba la vieja casona que Mlle. Le Gras había
alquilado para sí misma después de la muerte de su esposo, donde dio
hospitalidad a los primeros candidatos que fueron aceptados para el servicio de
los pobres y enfermos; cuatro sencillas personas cuyos verdaderos nombres
quedaron en el anonimato. Estas, con Luisa como directora, formaron el grano de
mostaza que ha crecido hasta convertirse en la organización mundialmente
conocida como las Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paul. Su expansión
fue rápida. Pronto se hizo evidente que convendría tener alguna regla de vida y
alguna garantía de estabilidad. Desde hacía tiempo, Luisa había querido ligarse
a este servicio con voto, pero san Vicente, siempre prudente y en espera de una
clara manifestación de la voluntad de Dios, había contenido su ardor. Pero en
1634, el deseo de la santa se cumplió. San Vicente tenía completa confianza en
su hija espiritual y fue ella misma la que redactó una especie de regla de vida
que deberían seguir los miembros de la asociación. La substancia de este
documento forma la médula de la observancia religiosa de las Hermanas de la
Caridad, hasta la fecha. Aunque éste fue un gran paso hacia adelante, el
reconocimiento de las Hermanas de la Caridad como un instituto de monjas,
estaba todavía lejos. El mismo san Vicente insistía en que él nunca había
soñado en fundar una orden religiosa; era Dios el que lo había hecho todo.
Estas pobres almas, como él a menudo las llamaba, no debían considerarse más
que como mujeres cristianas que dedicaran sus energías al servicio de los
pobres enfermos. «Vuestro convento -decía- será la casa de los enfermos;
vuestra celda, un cuarto alquilado; vuestra capilla, la iglesia parroquial;
vuestro claustro, las calles de la ciudad o las salas del hospital; vuestro
encierro, la obediencia; vuestra reja, el temor de Dios; vuestro velo, la santa
modestia». En la actualidad, la blanca cofia y el hábito azul al que sus hijas
han permanecido fieles durante cerca de 300 años, llaman inmediatamente la
atención en cualquier muchedumbre. Este hábito es tan sólo la copia de los
trajes que antaño usaban las campesinas. En las aldeas de Normandía y Bretaña,
las cofias de lino blanco de las mujeres del campo eran muy semejantes a las
que llevan las Hermanas de la Caridad. San Vicente, enemigo de toda pretensión,
se opuso a que sus hijas reclamaran siquiera una distinción en sus vestidos
para imponer ese respeto que provoca el hábito religioso.
No
fue sino hasta 1642, cuando permitió a cuatro miembros de su institución hacer
votos anuales de pobreza, castidad y obediencia y, solamente 13 años después,
aunque esta dilación se debió principalmente a causas políticas y accidentales,
el cardenal de Hetz, arzobispo de París, obtuvo de Roma la formal aprobación
del instituto y colocó a las hermanas definitivamente bajo la dirección de la
propia congregación de sacerdotes de san Vicente. Mientras tanto, las buenas
obras de las hijas de la caridad se habían multiplicado aceleradamente. Los
pacientes del Hotel Dieu, gran hospital público de París, habían quedado bajo
su cuidado, en muchos aspectos. El trato brutal que se daba a los niños
abandonados, había llevado a san Vicente a organizar una casa para niños
expósitos y, a pesar de la ignorancia de los mismos miembros pertenecientes a
la organización, se vieron obligadas a encargarse de la educación de aquellas
criaturas. En el desarrollo de todas estas obras, Mlle. Le Gras soportaba la
parte más pesada de la carga. Había dado un maravilloso ejemplo en Angers, al
hacerse cargo de un hospital terriblemente descuidado. El esfuerzo había sido
tan grande, que a pesar de la ayuda enorme que le prestaron sus colaboradores,
sufrió una severa postración, que fue diagnosticada erróneamente como un caso
de fiebre infecciosa. En París había cuidado con esmero a los afectados durante
una epidemia y, a pesar de su delicada constitución, había soportado la prueba.
Los frecuentes viajes, impuestos por sus obligaciones, habrían puesto a prueba
la resistencia de un ser más robusto; pero ella estaba siempre a la mano cuando
se la requería, llena de entusiasmo y creando a su alrededor una atmósfera de
gozo y de paz. Como sabemos por sus cartas a san Vicente y a otros, solamente
dos cosas le preocupaban: una era el respeto y veneración con que se le acogía
en sus visitas; la otra era la ansiedad por el bienestar espiritual de su hijo
Miguel. A pesar de sus muchas ocupaciones, nunca lo olvidó. El mismo san
Vicente vigiló a Miguel y estaba convencido de que el joven era un hombre
cabal, pero con cierta inestabilidad de carácter. No tenía vocación para el
sacerdocio, como su madre había esperado, pero contrajo matrimonio y parece que
llevó una vida buena y edificante hasta el fin. Acudió con su mujer y su hijo a
visitar a su madre en su lecho de muerte y ella los bendijo con ternura. En el
año de 1660, san Vicente contaba ochenta años y estaba ya muy débil. La santa
habría dado cualquier cosa por ver una vez más a su amado padre, pero este
consuelo le fue negado. Sin embargo, su alma estaba en paz; el trabajo de su
vida había sido maravillosamente bendecido y ella se sacrificó sin queja
alguna, diciendo a las que la rodeaban que era feliz de poder ofrecer a Dios
esta última privación. La preocupación de sus últimos días fue la de siempre,
como lo dijo a sus abatidas hermanas: «Sed empeñosas en el servicio de los
pobres ... amad a los pobres, honradlos, hijas mías, y honraréis al mismo
Cristo». Santa Luisa de Marillac murió el 15 de marzo de 1660; y san Vicente la
siguió al cielo tan sólo seis meses después. Fue canonizada en 1934.
No
existe fuente más valiosa para la biografía de santa Luisa que la vida de san
Vicente de Paul por el Padre P. Corte, junto con la correspondencia y los
discursos del santo que habían sido recolectados y publicados por la diligencia
del mismo cuidadoso compilador. Hay que darle cierto valor a la Vie de Mlle. Le
Gras que fue sacada a la luz por M. Gobillon, en 1676, y a otras tres de fecha
más reciente: la de la condesa de Richemont, en 1882; la de Monseñor Baunard,
en 1898.
fuente: «Vidas
de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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Estas
biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una
fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia
completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor,
al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel)
y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.org/lectura/santoral.php?idu=892
San Clemente María Hofbauer, religioso
presbítero
fecha: 15 de marzo
n.: 1751 - †: 1820 - país: Austria
canonización: B: León XIII 29 ene 1888 - C: Pío X 20 may 1909
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
n.: 1751 - †: 1820 - país: Austria
canonización: B: León XIII 29 ene 1888 - C: Pío X 20 may 1909
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
En
Viena, en Austria, san Clemente María Hofbauer, presbítero de la Congregación
del Santísimo Redentor, que trabajó admirablemente por la propagación de la fe
y la reforma de la disciplina eclesiástica. Preclaro tanto por su ingenio como
por sus virtudes, impulsó a entrar en la Iglesia a no pocos varones
prestigiosos en las ciencias y en las artes.
patronazgo: patrono de
Viena.
A
san Clemente María Hofbauer se le llama algunas veces el segundo fundador de
los redentoristas, porque fue el primero en establecer la Congregación de San
Alfonso María de Ligorio al norte de los Alpes. Él, más que ningún otro,
provocó la caída del «josefinismo», que trataba a los eclesiásticos como
funcionarios del Estado y sujetos al poder secular. Nació en 1751, en Moravia,
y fue bautizado con el nombre cristiano de Juan. Era el noveno de doce hijos de
un ganadero y carnicero que había cambiado su apellido eslavo de Dvorak por el
equivalente alemán Hofbauer. Desde pequeño, anhelaba llegar a ser sacerdote,
pero la pobreza se interponía en su camino y, a la edad de quince años, se
ganaba la vida como aprendiz de panadero; más tarde, fue empleado en la panadería
del monasterio premonstratense de Bruck, donde su abnegación durante una época
de hambre, le ganó la simpatía del abad, que le permitió asistir a las clases
de latín en la escuela anexa a la abadía. Después de la muerte del abad, el
santo vivió como un solitario, hasta que el edicto del emperador José en contra
de los ermitaños lo obligó a desempeñar otra vez su antigua ocupación, esta vez
en Viena. Dos veces hizo peregrinaciones a Roma, desde esa ciudad, en compañía
de su amigo Pedro Kunzmann y, en la segunda ocasión obtuvieron permiso del
obispo Chiaramonti, de Tívoli (después papa Pío VII) para establecerse como
ermitaños en su diócesis. Sin embargo, pocos meses después, se le ocurrió que
su trabajo debía ser el de un misionero, no el de un solitario, y en
consecuencia regresó a Viena. Un día, después de haber ayudado la misa en la
Catedral de San Esteban, se ofreció a conseguir un carruaje para dos damas que
se habían refugiado en el vestíbulo cuando llovía, y este casual servicio lo
llevó a realizar el deseo de su corazón, ya que las dos damas descubrieron que
no tenía los medios para seguir los estudios para el sacerdocio y se ofrecieron
a pagárselos, no sólo a él, sino también a su amigo Tadeo Hübl. Como la
Universidad de Viena estaba infectada por la enseñanza racionalista, regresaron
a Roma y allí experimentaron la atracción hacia los redentoristas y ambos
pidieron ser admitidos en el noviciado.
El
mismo san Alfonso,
que aún vivía, se alegró mucho al saber que había unos recién llegados del
norte, previendo el establecimiento de su congregación en Austria. Los dos
amigos profesaron y se ordenaron en 1875. Juan Hofbauer, tenía entonces treinta
y cuatro años de edad; al recibir el sacramento, tomó el nombre de Clemente.
Éste y Tadeo fueron enviados en seguida a Viena, pero en vista de que el
emperador José II, no contento con la expulsión de los jesuitas, había ya
suprimido varios monasterios que pertenecían a diversas órdenes, resultaba
inútil pensar en hacer allí una nueva fundación. Sus superiores encargaron
entonces a Clemente que empezara una misión en la región de Courland y partió
hacia el norte, en compañía de Tadeo Hübl. En el camino, san Clemente encontró
a su viejo amigo Manuel Kunzmann, que seguía viviendo como ermitaño en Tívoli,
pero que andaba entonces en peregrinación. El encuentro parecía providencial.
Kunzmann, resolvió unirse a los dos misioneros como hermano lego, y así resultó
ser el primer novicio Redentorista admitido al norte de los Alpes. En Varsovia,
el nuncio papal puso a disposición de los viajeros la iglesia de San Benno.
Había en la ciudad varios miles de alemanes católicos que, desde la supresión
de la Compañia de Jesús, no habían vuelto a tener sacerdotes que hablaran
alemán. En su ansiedad por retener a los rcdentoristas, el nuncio escribió a
Roma y obtuvo que se postergara la misión en Courland, en vista del mucho
trabajo que había en Varsovia. Los misioneros empezaron su tarea en la mayor
pobreza: no tenían camas; Clemente y Tadeo dormían en una silla. Pidieron
prestados los utensilios para cocinar y, como el hermano lego no sabía nada de
cocina, Clemente se vio en la necesidad de ayudarlo. En los primeros días,
predicaban en las calles, pero cuando el gobierno prohibió los sermones al aire
libre, permanecieron en la iglesia de San Benno, que llegó a ser el centro de
una continua misión. Entre los años de 1789 y 1808, el trabajo realizado por
san Clemente y sus compañeros fue extraordinario. Se predicaban cinco sermones
cada día; tres en polaco y dos en alemán, puesto que, si bien el trabajo de san
Clemente estaba dedicado principalmente a los alemanes, él deseaba ayudar a
todos. La obra entre los polacos recibió gran impulso después de admitirse el primer
novicio polaco, Juan Podgorski. La iglesia de la Santa Cruz en los Campos fue
entregada a Clemente y atendida desde San Benno; numerosos protestantes fueron
atraídos a la Iglesia, y san Clemente tuvo especial éxito en la conversión de
los judíos.
Además
de este ministerio apostólico, el santo llevaba a cabo una gran obra social.
Las constantes guerras habían dejado a las clases bajas sumidas en la miseria y
la condición de muchos niños era digna de compasión. Para ayudarlos, abrió un
orfanatorio cerca de la iglesia de San Benno y recogió limosnas para su
sostenimiento. En una de sus correrías para solicitar ayuda, un hombre que
jugaba a las cartas en una taberna contestó a su petición, escupiéndole en el
rostro. San Clemente, sin perturbarse, dijo: «Ese fue un obsequio personal para
mí, ahora, por favor, deme algo para mis niños pobres». El hombre que lo había
insultado llegó a ser después uno de sus penitentes regulares. Se fundó también
una escuela para niños, en tanto que confraternidades y otras asociaciones
ayudaban a asegurar la permanencia de la buena obra empezada. Como su comunidad
crecía, empezó a enviar fuera misioneros y a establecer casas en Courland, así
como en Polonia, Alemania y Suiza; pero todas ellas tuvieron que ser
eventualmente abandonadas, debido a las dificultades de la época. Después de
veinte años de intensa labor, san Clemente tuvo que dejar también su obra en
Varsovia, a consecuencia del decreto de Napoleón que suprimió las órdenes
religiosas. El año anterior, el santo había perdido a su amado amigo, el padre
Hübl, que murió de tifus, contraído cuando administraba los últimos sacramentos
a algunos soldados italianos. Un agente de la policía arriesgó su vida para
advertir a los Redentoristas que les amenazaba la expulsión. Así, pudieron
prepararse a recibir la notificación oficial, que llegó el 20 de julio de 1808.
Inmediatamente se entregaron a las autoridades, que les encarcelaron en la
fortaleza de Cüstrin, a orillas del Oder. Era tanta la influencia de los
Redentoristas entre los que los conocían, que a diario se formaban grupos,
dentro y fuera de la fortaleza, para oírles cantar los himnos, hasta que las
autoridades decidieron mandarlos lejos para que no hubiera tantas conversiones.
Se decidió que la comunidad se disolviera y que cada miembro regresara a su
país natal. Sin embargo, san Clemente determinó establecerse en Viena, con la
esperanza de fundar una casa religiosa allí, en caso de que se derogaran las
leyes de José II. Después de grandes dificultades, incluyendo otro encarcelamiento
en la frontera austríaca, logró llegar a la ciudad donde habría de vivir y
trabajar los últimos doce años de su vida.
Al
principio, trabajó oscuramente entre los italianos radicados en Viena; pero
poco después, el arzobispo lo nombró capellán de las monjas ursulinas y rector
de la iglesia adjunta a su convento. Allí tenía libertad para predicar, oír
confesiones y cumplir con todos sus deberes sacerdotales y bien pronto, desde
este centro, se inyectó nuevo vigor a la vida religiosa en Viena. Su confesionario
era materialmente asediado, no sólo por la gente pobre y sencilla, sino por los
ministros de Estado y profesores de la Universidad. Como uno de sus biógrafos
hace notar: «Por la simple fuerza de su santidad, él, un hombre a quien se
había negado la oportunidad de adquirir amplia cultura intelectual, tenía tal
ascendencia sobre la manera de pensar de sus contemporáneos, que fue
considerado como un oráculo de sabiduría por los que estaban a la cabeza del
movimiento intelectual, tanto en el mundo político como en el literario».
Fueron en realidad san Clemente María Hofbauer, sus amigos y sus penitentes,
entre los cuales se contaba el príncipe Luis de Baviera, los que impidieron en
el Congreso de Viena el intento de crear una Iglesia nacional alemana,
independiente del Pontífice romano. El santo se interesó especialmente en la
difusión de la buena literatura, pero quizá su obra cumbre fue el
establecimiento de un colegio católico que llegó a ser un don inestimable para
Viena, puesto que, además de proporcionar muchos sacerdotes y monjas, dio
seglares bien instruidos, que después ocuparon importantes cargos en todas las
carreras civiles. Durante toda su vida, san Clemente tuvo gran devoción por los
enfermos, a quienes consolaba con su palabra; se dice que visitó a dos mil
enfermos en su lecho de muerte. Los ricos y los pobres lo solicitaban y él
jamás desatendió un llamado. Tuvo especial amistad con los monjes católicos
armenios mequitaristas que llegaron a Viena; y en sus tratos con los
protestantes le ayudó mucho la idea de que, como escribió en una carta al padre
Perthes, en 1816, «si la Reforma en Alemania crece y se sostiene, no es
precisamente por los herejes y filósofos, sino por hombres que verdaderamente
ambicionaban una religión interior».
A pesar
de sus buenas obras y de su espíritu apostólico, san Clemente fue objeto de
frecuentes persecuciones por parte de los adictos al «Josefinismo», y la
policía lo vigilaba continuamente. Refería, en 1818, que «el pietismo y
fanatismo se estaban poniendo de moda. Sin embargo, el confesionario es el
factor de oposición que mantiene viva esta moda»; y parece en verdad que su
trabajo como confesor y director fue la principal fuente de influencia que hizo
de san Clemente Hofbauer «el apóstol de Viena». Una vez se le prohibió
predicar, y sus oponentes, después de fracasar en sus intentos ante el Congreso
de Viena, lo acusaron de ser un espía que informaba a Roma todo lo que se hacía
en el imperio. El canciller de Austria preguntó si podría ser expulsado, pero Francisco
I recibió tan buenos informes acerca de Clemente, dados por el arzobispo y por
el Papa Pío VII, que no solamente prohibió cualquier futura molestia a los
Redentoristas, sino que, en una entrevista con el santo, le habló
alentadoramente de las probabilidades de un reconocimiento legal de su
congregación. El santo había conseguido prácticamente sus dos principales
objetivos: la fe católica estaba en auge una vez más y su amada congregación
estaba a punto de ser firmemente arraigada en suelo alemán. Él no vivió para
ver realizadas sus esperanzas, pero estaba plenamente satisfecho. «Los asuntos
de la congregación no quedarán resueltos sino después de mi muerte», dijo.
«Solamente hay que tener paciencia y confianza en Dios. Apenas haya exhalado mi
último aliento, cuando ya tendremos casas en abundancia». La profecía iba
pronto a cumplirse. Ya cerca de su fin, en 1819, san Clemente sufría a causa de
varias enfermedades, pero trabajaba tan intensamente como siempre. El 9 de
marzo, insistió en ir caminando, a pesar de una tormenta de nieve, para cantar
una misa de Requiem por el alma de la princesa Jablonowska, que lo había
ayudado grandemente cuando estuvo viviendo en Varsovia. Estuvo a punto de
desmayarse en el altar y, al regresar a casa, cayó en cama, de donde no se
levantó más. Allí, seis días más tarde, exhaló el último suspiro en presencia
de muchos de sus amigos. Toda Viena se aglomeró en las calles para rendirle
homenaje, cuando su cuerpo fue llevado por doce de sus más queridos discípulos
a la catedral, a través de las grandes puertas, que solamente se abrían en las
ocasiones más solemnes. Fue canonizado en 1909.
Existen
excelentes biografías en alemán de A. Innerkofler, M. Meschler y M. Haringer,
pero la mejor es la de J. Hofer, Der heilige Klemens María Hofbauer: Ein
Lebensbild. (1921). Mucha información puede ser recogida de Life of St.
Alphonsus Liguori por Fr. H. Castle, y existen relatos ingleses por Fr. O. R.
Vassall Phillips y Fr. J. Carr. Ver también un artículo por W. C. Breintenfeld
en The Tablet, 5 de enero, 1952, pp. 7-9, y E. Hosp, Der hl. K. M. Hofbauer
(1951).
fuente: «Vidas
de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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ingreso
o última modificación relevante: ant 2012
Estas
biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una
fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia
completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor,
al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel)
y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.org/lectura/santoral.php?idu=893
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