miércoles, 20 de mayo de 2015

Espiritualidad de la Liberación (Capítulo segundo 2ª parte) (Pedro CASALDÁLIGA y José María VIGIL)

LA PATRIA GRANDE

América Latina -el Continente y sus islas70- ha sido capaz de autodefinirse como ningún otro continente lo ha hecho a lo largo de la historia. Ningún otro continente se siente tanto a sí mismo, como éste. La continentalidad a que parece tender el mundo en intereses y defensas se anticipó en América Latina hace muchos lustros, pero más desinteresadamente.
La muchas patrias que hacen «el» Continente son incluso una sola Patria, la Patria Grande. Hablando más indígenamente y hasta más afroamericanamente también, sería la Matria Grande. Porque nuestras culturas primigenias, su vinculación con Dios y con la tierra, son muy destacadamente maternales y matriarcales71.
Todos los latinoamericanos medianamente legítimos, sienten el Continente como una especie de hogar común. Frente a la geopolítica mortal del imperio -de las sucesivas naciones dominadoras, o de las actuales corporaciones transnacionales-, en América Latina ha ido surgiendo la conciencia y hasta la estructuración de la geopolítica vital, de la intersolidaridad de todo el Continente.
Hay, entre nosotros, un fuerte sentido de consanguinidad por el que hacemos nuestros, como automáticamente, los héroes, los mártires, los artistas, los militantes, las Causas liberadoras, de cualquier rincón, de cualquier ángulo del Continente.
«Somos continentalidad en la opresión y en la dependencia. Hemos de serlo también en la liberación, en la autoctonía, en la alternativa social, política, eclesial.
Siento la latinoamericanidad como un modo de ser que la nueva conciencia acumulada -de pueblos hermanos oprimidos y en proceso de liberación- nos posibilita y nos exige. Un modo de ver, un modo de compartir, un modo de hacer futuro. Libre y liberador. Solidariamente fraterno. Amerindio, negro, criollo. De todo un Pueblo, hecho de Pueblos, en esta común Patria Grande, tierra prometida -prohibida hasta ahora- que mana leche y sangre. Una especie de connaturalidad geopolítico-espiritual que nos hace vibrar juntos, luchar juntos, llegar juntos. Es mucho más que una referencia geográfica: es toda una historia común, una actitud vital, una decisión colectiva»72.
Eso no significa que esta conciencia y esta vivencia sean tan universal y tan ya definitivamente adquiridas. Brasil por ejemplo reconoce que se ha sentido con frecuencia poco latinoamericano y que no ha expresado muy habitualmente su latinoamericanidad. Y los demás países latinoamericanos reconocen que han mirado a Brasil como diferente y distante, y le han reprochado pretensiones hegemónicas. Las dos primeras grandes lenguas imperiales que nos impusieron, el castellano y el portugués, nos han dividido bastante. En todo el Continente las rencillas y hasta guerras entre hermanos, en años anteriores, acentuaron o exasperaron las diferentes divisiones. Hemos llegado a hacer guerra por un partido de fútbol…
Sin embargo, las tres últimas décadas -¡siempre esas tres últimas fecundísimas décadas!- de dictaduras militares, por un lado, y de revoluciones populares por otro; de ejércitos y escuadrones de la muerte o de mártires y luchadores por la vida, nos han unificado. Grandes campañas de contestación a las dictaduras, de búsqueda de los desaparecidos, de defensa de la amnistía, de promoción de los derechos humanos y, más últimamente, de convenios y estructuras de cooperación
70 De una vez por todas deberíamos entendernos y hacer que nos entiendan cuando hablamos de «América Latina». Ni era América, ya lo sabemos; ni es sólo ni principalmente «Latina». Pero éste es ya el nombre conocido. Mientras no logre imponerse otro nombre mejor, como algunos sueñan, «América Latina» significa toda Nuestra América, la Patria Grande, nuestro Continente y sus islas. Por otra parte, ha de quedar claro que «América» no significa «esa parte de América que son los Estados Unidos de América del Norte», que Estados Unidos no es toda la América del Norte y que los ciudadanos de Estados Unidos no son «los americanos» sino los «estadounidenses», unos americanos más.
71 El nombre antiguo y nuevo de Abia Yala que muchos grupos indígenas proponen, lleva en su raíz esa significación: tierra virgen madre fecunda…
72 P. CASALDALIGA, en VARIOS, Conflicto y unidad latinoamericana, edit. Praxis, México 1989, contraportada.
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educacional, pastoral y hasta económica, van acentuando la vivencia de familia de los diferentes pueblos y culturas diferentes que formamos esta Patria Grande.
Una de las características de la conciencia creciente y vivenciada de esa latinoamericanidad hace que cada vez más se deteste, en los sectores conscientes de la Patria Grande, los gobiernos o las figuras lacayas, y los programas político-económicos o socio-culturales servilmente sometidos.
Esta Patria Grande, más que una Patria ya hecha, es una Patria utópica. Lo mejor de lo que ha sido, lo mejor de lo que sueña, los mejores de ayer y de hoy, las luchas y martirios, las marchas y los cantos, han hecho de América Latina, por muchos títulos, el Continente de la Utopía. Somos la tierra de aquella «flor nuestra» defendida por el pueblo maya, somos el «Quilombo» de Zumbí, la «Patria Grande» de Bolívar, la «América Nuestra» de Martí y de Sandino, el «alma matinal» de Mariátegui, el «hombre nuevo» (y la mujer nueva) de Che Guevara, el «Gracias a la vida» de Violeta Parra, la «Cantata Sudamericana» de Mercedes Sosa, la utópica colectividad -con nombres luminosos y anónimas muchedumbres- de esos «500 años de Resistencia indígena, negra y popular», herencia de los ancestrales cincuenta mil años de historia «abiayálica»…
Bastaría con repasar los libros que aquí se han escrito y enumerar las revueltas y los encuentros, los manifiestos y las consignas que vienen borboteando a lo largo y a lo ancho de nuestra historia. Se trata, ciertamente, de una herencia específicamente indígena. Los grandes libros sagrados de nuestros Pueblos primigenios son verdaderas biblias de utopía humana y social; y el mito fundante del pueblo guaraní -«la búsqueda de la Tierra sin males-, con diferentes matices e intensidad, atraviesa la mitología y la ideología de antiguos y nuevos utópicos de Abia Yala/América Latina.
Esta característica de soñar utópicamente y de poner la utopía como programa de revolución, de partido y hasta de gobierno, nos ha sido censurada por los pragmáticos racionalistas del Primer Mundo. Y sin embargo esta utopía es el cimiento y el vuelo de los mejores procesos sociales que el Continente ha vivido. Hoy mismo, después de la caída de ciertas concretizaciones político-sociales que negaron su inspiración utópica inicial, solamente la Utopía, latinoamericanamente amada y defendida y proclamada, sostiene en el Continente organizaciones y experiencias tenazmente alternativas: frentes, partidos, movimientos, comités, prácticas comunales y de solidaridad; y, más específicamente en la Iglesia, la pastoral de frontera y de periferia.
No podemos renunciar nunca a la fuerza de horizonte y de alegría que la utopía trae consigo. Y hoy, más que nunca, en esta hora de decepciones y de «no va más de la historia», debemos cultivar, tanto en los jóvenes como en los adultos, en el Pueblo y en los dirigentes, los valores de una utopía tan nuestra como universal, tan «imposible» como irrenunciable. Siempre, desde luego, intentando ya hacer presentes en la realidad, paso a paso, mano a mano, los valores de la Utopía que se sueña. Dom Hélder Câmara, precursor y profeta, tradujo a Goethe y lo trajo a nuestra canción de «caminhada»: «sueño que se sueña a solas, / puede ser pura ilusión; / sueño que soñamos juntos / es señal de solución».
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ALEGRÍA Y FIESTA

El pueblo latinoamericano es un pueblo en fiesta, en danza, en canto. Lo festivo pasa por su vida entera73. Ni el hambre ni la lucha ni los desastres impiden que se organice una danza en la primera oportunidad y todos los llantos y todas las luchas se llevan cantando. Se pasa muy connaturalmente del sollozo a la carcajada. Las danzas prístinamente indígenas o negras, esparcidas por todo el Continente, se han entrecruzado con danzas más directamente venidas de España, de Portugal o de otros países de Europa, creando así un riquísimo tejido multicolor semejante a las mantas de las mujeres guatemaltecas. Cada país latinoamericano tiene, evidentemente, sus danzas propias nacionales. Y en las áreas más afro, ya es fama la capacidad de crear o de asimilar danzas nuevas. La religión, la antigua guerra, la cosecha o pesca, el amor y el nacimiento, la nostalgia y la muerte, en el mundo indígena, siempre venían y vienen acompañados de danzas y cantos característicos, con frecuencia prolongados noche adentro y hasta por varios días.
Pueblos enteros, en situación sumamente precaria, son alegres, ríen, cantan, danzan74. Y se ríen de sí mismos con mucha naturalidad. Saben no creerse demasiado importantes. Hacen de la alegría, muchas veces, una trinchera de resistencia frente a la desgracia o la humillación; y hasta frente a la muerte, con tanta frecuencia prematura, inevitable, plural, y que acaba haciéndose un ente familiar. Indios, negros y mestizos, habituados durante siglos a tener que convivir con señores y damas y capataces -o curas menos comunitarios-, han hecho de la resistencia pasiva un verdadero arte. Podrán decir «sí», o aceptar sin más una orden o un compromiso, ante la imposibilidad de decir un «no», por las consecuencias ya experimentadas que ese «no» traería consigo. Esa actitud, así como la festividad innata, pueden acabar siendo vicio. En brasileño, festividad significa con frecuencia alegría irresponsable.
Ha llamado mucho la atención a observadores internacionales en sus visitas, a Centroamérica por ejemplo, en las horas de represión, y de guerra, entre heridas y muerte, inseguridad y terror, ver a las muchedumbres bailando, cantando, riendo.
Nuestro pueblo no es cartesiano. Parte de los fenómenos naturales, está fuera del reloj (noche, día, sol, luna, la tierra y los ciclos de su fecundidad, son sus horas y sus señales… Pueblo de hechos, de lugares, de fechas, de símbolos… muy concretos, muy materiales. Es un pueblo «sacramental», apegado a los signos que se pueden besar, llevar, tocar. La misma naturaleza es cuasi-sacramental. Esto se percibe también de un modo emblemático en su religiosidad, y en la religiosidad indígena aún persistente. Y en el sincretismo como forma de resistencia.
Los formalismos oficiales, en el trato, en la política, en la religión, en la industria, en el comercio… fácilmente son ridiculizados. La literatura popular y la literatura más intelectual, el cine y el humor gráfico de América Latina andan llenos de esa ridiculización.
El teatro y la capacidad de escenificar es como espontáneo. El sociodrama es una expresión normal, enteramente connatural en cualquier fiesta, en la educación popular, en la liturgia y hasta en planificaciones de militancia partidaria, sindical, guerrillera.
Se ha repetido, con estadísticas en la mano, que América Latina es un Continente joven. Pero no lo es sólo por la edad de sus mayorías, sino por el espíritu que anima a nuestros Pueblos. San Antonio María Claret, arzobispo de Santiago de Cuba y acuchillado en Holguín por los negreros, precursor de innumerables experiencias de la promoción humana integral, captó muy bien, hasta para la evangelización, esta característica de nuestra América llamándola «la viña joven».
73 Cl. BOFF, A cultura da gratuidade nos meios populares, en Opção pelos pobres, Vozes, Petrópolis 21987, págs. 244-247.
74 He aquí como define el antropólogo Morley a los mayas modernos después de una estancia de varias decenas de años entre ellos: «son gente jovial, burlona y amiga de divertirse, y su carácter risueño y amistoso causa la admiración de todos los extraños que entran en contacto con ellos. El espíritu de competencia no está fuertemente desarrollado…»; en La civilización maya, FCE, México 1947, p. 48
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Podría llamarse también el Continente musical. La quena de los Andes o la marimba de Mesoamérica o el atabaque negro de Brasil y mil instrumentos y ritmos traducen y acompañan en cadencias la marcha cultural e histórica de este Continente.
La fiesta no tiene horas circunscritas. Se vive en un cierto «estado de fiesta» que se conjuga, con una lógica fuera de códigos y prejuicios, con el trabajo, con el dolor, con la oración. Entre nosotros, ser responsable nunca significa, si se es castizo, ser encorsetado o adusto.
Hasta ahora, en la montaña, en el campo, a orillas de los grandes ríos o en los pueblos y ciudades menores, todavía se vive la vida al aire libre en muchas manifestaciones sin pudores mojigatos y con un compartir de vecindario, envidiado por los grandes centros urbanos ya «desnaturalizados», o por visitantes de culturas más introvertidas o sofisticadas.
La fiesta, además, es una expresión plural de encuentro y comunicación, de mitos y memoria, de comida y bebida, de fe y sensualidad, de utopía y sátira. ¿Quién podría viviseccionar mecánicamente un carnaval en Rio de Janeiro o una concentración mexicana en la plaza de Guadalupe? Muchas velas mortuorias, en casi todos nuestros países, provocan un choque cultural para quien no sea capaz de comprender la amalgama de luto y fiesta, de bebida y creencia, de muerte y vitalidad que esas celebraciones conllevan.
Creemos que todos estos carismas de alegría y fiesta son un verdadero don de los dioses lares de esta Patria, múltiple y una, y sería una verdadera traición a la herencia de nuestros mayores y una negación de nuestro propio espíritu no seguir cultivando esa característica. Debemos estar tan alerta frente a la invasión cultural y a la mecanización de la vida y al consumismo interesado y a la homogeneización «macdonalizadora», como frente al imperialismo de las armas y de la política. El macroimperio transnacional utiliza más fundamentalmente la cultura que el dinero y las armas. Los indígenas, violentados por los primeros conquistadores y por misioneros compulsivos, lo han expresado con dramática verdad. Ellos lo han dicho de la Biblia impuesta75. Con cuánta razón podríamos decirlo todos también de esa red de medios de comunicación al servicio del tal imperio76: «de día asesina el cuerpo, de noche -en la inconsciencia- mata el alma».
La alegría, tanto como la utopía, es un rasgo esencial del espíritu latinoamericano.
75 Máximo Florwa, del Movimiento Indio de Kollasuyo (aymara), Emmo Valeriano, del Partido Indio (aymara) y Raimundo Reynaga, del Movimiento Indio TupacKatari (keshwa), en la visita de Juan Pablo II a Perú en 1985. Ver eltexto en la «Agenda Latinoamericana’92», pág. 57.
76 El 71% de las emisiones televisivas difundidas en las ciudades y los pueblos de los 122 países del Tercer Mundo son producidas en EEUU, en Japón y, en menor medida, en Rusia y Brasil. El 65% de o todas las informaciones difundidas en el mundo provienen de EEUU. Cuatro agencias de información -dos estadounidenses, una inglesa y una francesa- controlan el 86% de las informaciones difundidas en el año 1986. ZIEGLER, en La victoria de los vencidos, citado por T. CABESTRERO, En lucha por la paz, Sal Terrae, Santander 1991, pág. 46.
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HOSPITALIDAD Y GRATUIDAD

Cada vez más, el primer mundo se caracteriza, en general, y muchas veces hasta se define, como un mundo frío, cerrado sobre sus propias cosas, en sus particulares intereses. Quizás parte de eso se explique por una cultura urbana más antigua, creciente y sofisticada. Grandes sectores del Tercer Mundo, y muy concretamente nuestra América Latina, por el contrario, son y son vistos como gentes hospitalarias, cordiales, efusivas.
Ciertamente habría que distinguir entre zonas y zonas. El indígena del altiplano, por ejemplo, es, en muchos aspectos, el pueblo del silencio. En todo caso, la efusividad y la hospitalidad son una característica cultural-social de la Patria Grande. Entre nosotros hay una gran capacidad de acoger al que llega, al que pasa… Las puertas de las casas se abren fácilmente. En el mundo rural sobre todo es inconcebible negar comida o cobijo. La misma paternidad o maternidad adoptivas, tan frecuentes, los hijos e hijas «de criação», de crianza, son un testimonio. Llama por eso mismo mucho más la atención el fenómeno reciente de menores abandonados o maltratados, en ciertos conglomerados urbanos que la modernidad y la pobreza han provocado en algunas áreas del Continente.
Impresiona ver, sobre todo en el interior, cómo se acoge incluso a personas «marcadas», o que conllevan un riesgo para el anfitrión: asesinos que huyen, perseguidos políticos, guerrilleros, prostitutas… Esta herencia cultural se ha visto enormemente violentada en las ciudades, al tener que cerrar puertas y ventanas y construir muros y rejas. Lo normal era que «a corazones abiertos, puertas y ventanas abiertas». Saludarse entre desconocidos, hablar en voz alta en lugares públicos (vecindario, comercio, autobuses, salas…) todavía es normal aquí. La vida interior y los secretos de familia están fácilmente a flor de palabra, de risa, de canto. El secreto no se nos da muy bien.
La familia es extensiva, fruto del mundo tribal, indígena o negro. Y el compadrío y comadrío, no sólo de nombre, sino vivido con realismo y hasta las últimas consecuencias, es un fenómeno muy nuestro. En muchos lugares, ser compadre o comadre tiene tanta o más fuerza que ser hermano o hermana de sangre.
Nuestro pueblo no es interesado ni eficacista. El mundo indígena nos ha dejado, y vive aún, la actitud no de la compraventa, sino del intercambio, la «economía del don»; si bien es verdad que la táctica usada por «sertanistas» o contactadores de indios en la llamada o «pacificación» o «amansamiento», ha provocado en ciertos grupos aborígenes excrecencias extrañas de pedir regalos.
La gratuidad es un rasgo fundamental del espíritu latinoamericano. «Gracias a la vida, que me ha dado tanto», cantaba Violeta Parra. Siempre, «gracias a Dios» que nos lo ha dado todo, dice nuestro Pueblo.
Se ha acusado fácilmente a nuestros pueblos de indolentes y, por eso mismo, de condenados a la ineficacia y a la miseria. De esa supuesta indolencia se podrían dar muchas explicaciones: genéticas y climáticas, de precariedad socioeconómica, de desnutrición, de enfermedades crónicas, de desgastes físicos generacionales. Sin embargo, se ha de reconocer que hay mucho de espiritual, de consciente, y de asumido en esta actitud que no contabiliza, que no acumula, que da y recibe, se da y acoge, que vive al día sin ansiedades y sabe amanecer diariamente, que ha aprendido a creer en el futuro y hasta a soñar con él.
Los abrazos, los besos, la confidencia efusiva, el calor de la acogida, las mutuas invitaciones cruzadas, son como muy connaturales en gran parte de la población del Continente. Las amistades tienen mucho de apasionado; se hacen familia misma.
La contestación que el Pueblo latinoamericano y también muchos de sus teóricos hacen a una economía rigurosamente planificada o a una estructuración matemática de la vida, arranca de esa voluntad de vivir libres y espontáneos, de ir creando y de experimentar lo nuevo y alternativo. La migración, en América latina, es un mal muchas veces, y ha llegado a ser incluso una verdadera epidemia social de trastornos y consecuencias incalculables. Dom Pablo Evaristo Arns, arzobispo de São Paulo y por eso mismo buen conocedor del asunto, llegó a calificar la migración y sus consecuencias como el mayor desafío pastoral de la Iglesia brasileña. Y sin embargo el ir y venir de un Estado a otro, el habitar a lo largo de la vida en muy diferentes lugares, tiene también su valor de desarraigo frente a una localización fatal. Ser peregrino y mudar de lugar es un hábito muy nuestro.
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Lo femenino marca no sólo la vida familiar germinal, diríamos, sino toda la vida de las familias, aun disgregadas y ya con los miembros adultos. La madre, en América Latina, es la jefa espiritual, cordial, confidencial de la casa. El proverbial machismo latinoamericano, que no es ni más ni menos que el que hay en otras partes del mundo, no ha podido ofuscar esa presencia bienhechora, enternecedora, de la madre…
Las relaciones de trabajo, cuando no se han sometido ya a los férreos mecanismos de las grandes industrias, importadas o controladas totalmente desde el exterior, fácilmente se viven también a un nivel de compañerismo, pese a los tradicionales capataces («feitores») de los ingenios de azúcar y demás dueños o dirigentes de empresas modernas, que en América Latina se ven obligados a adaptarse a esas relaciones más cercanas. El reloj, continúa siendo en gran parte bastante «cósmico»77, y los acontecimientos, las fiestas, los percances de unos u otros, modifican con cierta connaturalidad los horarios, los programas y las previsiones. Todo, en última instancia, favorece esa actitud de gratuidad que el Primer Mundo, supertecnificado, tan altivamente excomulga… o tanto añora.
Muchos europeos/as, o nacidos en el Primer Mundo en general, después de vivir o trabajar en América Latina se sienten incapaces de readaptarse a los fríos esquemas de vida y de trabajo primermundistas. Las mismas Iglesias han tenido que adaptarse y las que no lo hacen encuentran una resistencia innata a códigos o imposiciones muy petrificadas.
No debemos permitir que la «cultura adveniente» nos arranque estos carismas de nuestra espiritualidad latinoamericana. Y toda política o movimiento social, verdaderamente nuestros, aún pretendiendo la modernización legítima, la transformación económica y la planificación empresarial, han de salvar a toda costa nuestra gratuidad y nuestra hospitalidad sin sacrificarlas a los ídolos del individualismo, del eficacismo y del lucro. Habrán de saber conjugar esos carismas latinoamericanos con la modernización legítima, la transformación económica y la organización empresarial. Punto de examen para políticos y otros dirigentes populares. Punto de examen para cada latinoamericano o latinoamericana que quieran crecer legítimos.
77 En todo el Continente solemos matizar cuando queremos marcar esa flexibilidad no cartesiana: «hora nica, paraguaya, brasileira…»
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OPCIÓN POR EL PUEBLO

Irrupción de los pobres. Opción por el Pueblo
El fenómeno de mayor importancia que se ha registrado en América Latina en los últimos decenios y que ha marcado más profundamente su hora espiritual es, sin duda alguna, la emergencia de los pobres. La existencia de los pobres como realidad masiva y fundamental era, sin duda, un fenómeno multisecular en el Continente. Su emergencia, su toma de conciencia, su puesta en pie, su conversión en nuevo sujeto histórico, es el elemento más determinante que caracteriza el espíritu latinoamericano.
Se habló en aquellos años de «irrupción» de los pobres. Se quería expresar con ello que se trataba de una realidad que se alzaba, incontenible78, que avanzaba, inexorable, que se imponía, suave pero firmemente. Los pobres irrumpieron en el Continente. A todos los niveles de la sociedad: economía, política, cultura, opinión pública, religión… Ningún aspecto de la realidad escapó a su desafío79.
Se ha ido reconociendo después, cada vez más, que la opción por los pobres, para no ser discriminadora o reductivamente privilegiadora, ha de ser opción por las mayorías. La «lógica de las mayorías» ha de mantenerse como criterio y como juicio en todo programa político o social, así como en las acciones de solidaridad y de transformación. No se trata de la inercia de las mayorías, sino de sus necesidades, y de su ritmo. Porque no queremos desvalorizar la vocación del pobre activo y organizado, el «pobre con espíritu», ya que «cuando los pobres incorporan espiritualmente su pobreza, cuando toman conciencia de lo injusto de su situación y de las posibilidades y aun de la obligación real que tienen frente a la miseria y a la injusticia estructural, se convierten de sujetos pasivos en activos, con lo cual multiplican y fortalecen el valor salvífico-histórico que les es propio»80. Lo que el filósofo y teólogo mártir Ellacuría dice del profetismo evangélico de los pobres vale también de su dinamismo sociopolítico.
La situación, no obstante, ha cambiado mucho en la actualidad. La «irrupción», que parecía incontenible, ha sido frenada por la recomposición de los movimientos conservadores, por el avance del neoliberalismo, por la «avalancha del capital contra el trabajo», del Norte contra el Sur81.
Si secularmente fue la clase de los poderosos la que detentó el protagonismo histórico de la sociedad latinoamericana como un sujeto único y sin rival, a partir de los últimos decenios los pobres tomaron conciencia de su ser y reclamaron una participación histórica, constituyéndose en nuevo sujeto histórico82. La masa amorfa de los pobres, toma conciencia de su ser, se organiza, y se constituye en Pueblo, nuevo sujeto histórico. Y esto, en continuidad con una gran tradición de este Continente: quizá en ningún otro ha habido tal trayectoria de rebeldía, de revueltas, palenques («quilombos»), resistencia (¡500 años!), revoluciones…
78 En 1968 Medellín afirmaba: «un sordo clamor brota de millones de hombres, pidiendo a sus pastores una liberación que no les llega de ninguna parte» (14, 2). Once años después Puebla añadía: «El clamor pudo haber sido sordo en ese entonces. Ahora es claro, creciente, impetuoso y, en ocasiones, amenazante» (88).
79 V. CODINA, La irrupción de los pobres en la teología contemporánea, en ID., De la modernidad a la solidaridad, CEP, Lima 1984. G. GUTIERREZ, La fuerza histórica de los pobres, Sígueme, Salamanca 1982, 243. R. MUÑOZ, Dios de los cristianos, Paulinas, Chile 1988, 39ss. Cfr también el «Documento Kairós Centroamericano» (1988), nºs 45ss.
80 I. ELLACURIA, Utopía y profetismo, en Mysterium Liberationis I, pág. 411.
81 En 1968 Medellín hablaba de la miseria en que vivía el Continente, como «una injusticia que clama al cielo» (1, 1). En 1979 Puebla constataba el deterioro creciente de la situación de postración del pueblo: «La situación se ha agravado en la mayoría de nuestros países» (487); «en los últimos años se advierte un deterioro creciente del cuadro político-social en nuestros países» (507). La década de los 80 es comúnmente conocida como «la década perdida». Por su parte, los sucesos del 89 y 90 son bien conocidos.
82 Sobre el concepto político de Pueblo, cfr VARIOS, Pueblo revolucionario, Pueblo de Dios, CAV, Managua 1987, p.16ss; también, GIRARDI, Sandinismo, marxismo, cristianismo, CAV, Managua, 21987, 138-141.
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La situación actual del Pueblo como sujeto es compleja. En ciertos espacios el movimiento popular como expresión de la conciencia y organización de las necesidades, reivindicaciones y esperanzas del mismo Pueblo y de sus aliados, ejerce conducción hegemónica. En otros el Pueblo está todavía sometido y explotado, o anestesiado, inerte. En otros está recomponiendo sus fuerzas, reacomodándose a las situaciones cambiantes, adoptando nuevos frentes y nuevas estrategias, en una línea muy fecunda de creatividad «alternativa». Ha habido sin duda desánimo y desmovilización en su seno, pero la emergencia del Pueblo como sujeto histórico es ya un paso irreversible para el futuro de Nuestra América.
La emergencia de este nuevo sujeto histórico se convierte en punto de referencia central dentro del talante latinoamericano. El Pueblo se convierte en el nuevo lugar social, tanto para el orden del conocimiento como para el nivel de la práctica transformadora.
La opción por el Pueblo como hermenéutica
La opción por el Pueblo nos lleva a un modo distinto de conocer y afrontar la realidad (ruptura epistemológica). Abandonamos la ingenuidad cultural que supone el no ser conscientes de la heterogeneidad de la sociedad. Al abandonar esta ingenuidad dejamos de pensar y sentir con los esquemas de la cultura dominante, que introyectaba en nosotros los puntos de vista y los intereses de los poderosos. La perspectiva de los pobres pasa a ser determinante en nuestro modo de pensar.
Esta espiritualidad viene a ser, así, una espiritualidad muy ubicada, ubicada concretamente en el «lugar social» de los pobres. Todos los elementos de la vida, de la cultura, de la política, de la sociedad, de la religión, etc., pasan, de la abstracción -o de una pretendida neutralidad- a una ubicación en el lugar social de los pobres. Es la respuesta a la pregunta por el «desde dónde», por el lugar que elegimos para mirar el mundo, para interpretar la historia y para ubicar nuestra praxis de transformación83. Ahora todo lo juzgamos desde el lugar social de los pobres84.
Asumimos la perspectiva de los oprimidos, pero no en cuanto tales85 -porque en cuanto oprimidos pasivos su punto de vista coincide con el interés de sus opresores-, sino en cuanto rebeldes86, es decir, en cuanto que han tomado conciencia de su situación, han superado su alienación tradicional, y se han constituido en sujetos históricos, en «pobres con espíritu» (Ellacuría). La opción por el Pueblo, en todo caso, quiere abarcar al pobre marginado, al que se va haciendo consciente, y al que se moviliza y lucha…
En la raíz de la asunción de este lugar social está la indignación ética que sentimos ante la realidad: el sentimiento de que la realidad de injusticia que se abate sobre los oprimidos es tan grave que merece una atención ineludible, la percepción de que la propia vida perdería su sentido si fuera vivida de espaldas a los pobres, la decisión insobornable de consagrar la propia vida de una u otra forma en favor del Pueblo, para erradicar la injusticia de la que es víctima…
En la medida en que descubrimos que las causas de la situación de los pobres se sitúan fundamentalmente en el plano de las estructuras de la sociedad, descubrimos la ineludible dimensión política de la realidad. Ampliando el horizonte descubrimos que existe también una dimensión geopolítica, en referencia a los conflictos internacionales que adversan la emergencia del Pueblo como sujeto también internacional.
83 El lugar social de los pobres se asume como una opción que implica: «primero, el lugar social por el que se ha optado; segundo, el lugar desde el que y para el que se hacen las interpretaciones teóricas y los proyectos prácticos; tercero, el que configura la praxis que se lleva y al que se pliega o subordina la praxis propia». Cfr I. ELLACURIA, El auténtico lugar social de la Iglesia, en VARIOS, Desafíos cristianos, Misión Abierta, Madrid 1988, p.78.
84 «Si la situación histórica de dependencia y dominación de dos tercios de la humanidad, con sus 30 millones anuales de muertos de hambre y desnutrición, no se convierten en el punto de partida de cualquier teología cristiana hoy, aun en los países ricos y dominadores, la teología no podrá situar y concretizar históricamente sus temas fundamentales (…). Por eso… ‘es necesario salvar a la teología de su cinismo’». H. ASSMANN, Teología desde la praxis de la liberación, Sígueme, Salamanca 1973, pág. 40
85 Aunque siempre debamos asumir también por solidaridad, y para despertarlos, las necesidades y los «derechos prohibidos» de los oprimidos inertes, es decir, de la masa.
86 G. GIRARDI, La conquista de América, ¿con qué derecho?, DEI, San José 1988, 12-13. ID, La conquista permanente, Nicarao, Managua 1992.
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Los agentes populares, los militantes políticos, los trabajadores sociales que han hecho esta opción por el Pueblo… han comprendido que este nuevo espíritu latinoamericano implica una ruptura pedagógica en su trabajo: reconocer a los pobres como sujetos de su propio destino, sumarse a su propio protagonismo, dejar de tratarlos como beneficiarios de una acción asistencial, dejar de vivir «para» los pobres para pasar a vivir «con» los pobres, en comunión de lucha y de esperanza, ayudando en todo caso a que sean ellos los gestores de su propio destino.
La espiritualidad latinoamericana está convencida de que el punto de vista de los pobres es el punto de vista privilegiado para observar el sentido de la vida y de la historia87. El punto de vista de los poderosos necesita inevitablemente enmascarar la realidad para justificarse. La realidad global no puede verse adecuadamente desde el punto de vista de los poderosos, desde la perspectiva del primer mundo88. Por eso, los pobres están llamados a cumplir un papel educativo de la conciencia mundial89, sobre todo de la conciencia de los pueblos que han sido secularmente y son todavía en la actualidad los opresores del tercer mundo.
Conversión al Pueblo
La opción por el Pueblo es una conversión al Pueblo. Es una opción de clase. Y por eso implica un desclasamiento en muchos casos, aunque no se agota en él. Y como tal es una opción política, porque sitúa a la persona en un puesto determinado de la correlación de fuerzas sociales. La incorpora como miembro activo de la sociedad.
A muchos la opción por el Pueblo les hace asumir conscientemente su propia clase social, incorporándose a ella como militantes conscientes y activos. Para otros, la opción por el Pueblo implica un desclasamiento, un abandono de su clase. Otros, finalmente, no abandonan su clase, sino que simplemente pasan a luchar por los intereses del Pueblo (traicionan a su clase sin abandonarla). No importa tanto dónde se está sino a favor de quién se lucha.
La conversión al Pueblo tiene también sus tentaciones: el vanguardismo y el «basismo». Por el vanguardismo caemos en el error de suplantar al Pueblo, dirigiéndolo como vanguardia a la que él debe plegarse y obedecer ciegamente; en nombre de la opción por el Pueblo se le somete a pasividad y obediencia; el sujeto histórico deja de ser sujeto. Por el basismo, al contrario, caemos en la obediencia ciega a cualquier opinión de la masa, tomada sin la debida cautela ni discernimiento, y sin ayudar a la misma masa en la autocrítica.
Para muchos latinoamericanos, creyentes y no creyentes, la emergencia de los pobres ha sido y es la realidad fundamental de nuestra hora histórica latinoamericana, y la opción por su Causa ha sido para ellos la opción fundamental de sus personas, de su proyecto vital90: «con los pobres de la tierra quiero yo mi suerte echar», cantamos con José Martí
87 G. GIRARDI, en J.M.VIGIL, Nicaragua y los teólogos, Siglo XXI Editores, México 1987, p. 151. Este diferente «punto de vista» de los pobres justifica una relectura de la historia, fenómeno actualmente en curso en América Latina, en torno por ejemplo a todo lo que significa Cehila a sus diferentes niveles. Respecto a la teología, cfr J. SOBRINO, Jesús desde América Latina, Sal Terrae, Santander 1982. 109: «La ubicación privilegiada del teólogo es el mundo de los pobres y la Iglesia de los pobres».
88 «Las metrópolis están impedidas de tener esperanza: están amenazadas por los ‘stablishments’, que temen todo futuro que los niegue. Su tendencia es condicionar filosofías y teologías pesimistas, negadoras del hombre como ser de transformación. Por esto es que para pensar -y hay quienes piensan- fuera de este esquema, en las metrópolis, es necesario, primero, ‘hacerse’ hombre del Tercer Mundo». Cf P. FREIRE, Tercer Mundo y Teología, «Perspectivas de Diálogo» 50(1970)305.
«Si no os hacéis tercermundistas / no entraréis en el Reino de los Cielos. / Si no hacéis vuestro el Tercer Mundo / ni siquiera seréis Mundo humano. / No entraréis en el Reino / si no entráis en el Mundo». (P. CASALDALIGA).
89 G. GIRARDI, La conquista…, p. 13.
90 Por eso mismo, este espíritu ha sido y es para ellos una verdadera experiencia «religiosa», en el sentido señalado.
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PRAXIS

«Hay tiempos en los que la mejor manera de decir es hacer» (José Martí). Nosotros creemos que hay lugares donde la única manera de decir liberación -por ejemplo- es hacerla. Y deberíamos creer que, de alguna manera, en todos los tiempos y en todos los lugares la única manera de decir es hacer.
Todos los latinoamericanos y latinoamericanas que viven con espíritu, hacen de la praxis la verificación de sus ideales y de su destino. Aquí la ideología es militancia. La fidelidad a la creencia es ortopraxis, y la fe es amor. «Obras son amores».
Nuestro Continente, por no ser cartesiano, no es teórico. Por ser vivencial es práxico. Es una herencia indígena la «economía del don». No basta con decir la amistad o con dar el saludo. Hay que dar y darse. La hospitalidad latinoamericana que hemos presentado91 como una característica de la espiritualidad fundamental del Continente significa la donación de la casa entera, de la propia convivencia familiar, sin apelar a privacidades más o menos legítimas.
Ese talante ha venido influyendo decisivamente en la filosofía y en la religión del Continente. Por algo han nacido aquí la pedagogía y la teología de la liberación. Hasta el marxismo latinoamericano ha sido marcadamente contestatario de las ortodoxias políticas cuando se han mostrado ineficientes. Aquí las revoluciones no se teorizan, se hacen. Los proyectos son procesos. Muchos observadores y estudiosos se sienten admirados o desconcertados delante de ese inmediatismo práctico que nos caracteriza. El mismo espíritu creativo del Continente lleva a la experimentación, y hasta a la improvisación, pero en los hechos, en la praxis.
En la militancia política, sindical o pastoral, usando explícitamente o no la terminología, el triple juego de «ver, juzgar y actuar» viene connotando, en las últimas décadas, todo este proceso global de liberación. Muchos latinoamericanos -ellos y ellas- han dejado la profesión liberal, la cátedra, o hasta la familia, la parroquia o el convento, porque se sentían frustrados en una vida y en un servicio que «no hacían» la praxis concreta y urgente que la hora latinoamericana reclamaba. «Realizarse», entre nosotros, ha pasado a ser sinónimo de realizarse en la acción, en la praxis de unas obras concretizadas y transformadoras. Para nosotros, la «realización personal» exige realización social. En este sentido, los personalismos subjetivistas, y las fronteras de clase, de estado, de status… nos desazonan espiritualmente y hacen chirriar la contextura interpersonal y práxica de vecindario, de país o de mundo, que nuestra interrelacionalidad y nuestra praxicidad piden.
La «pedagogía del oprimido» sintetizada paradigmáticamete por Pablo Freire, y todo el trabajo de concientización de las masas o comunidades y grupos y líderes, viene realizándose en un vaivén de teoría y práctica, de acción y evaluación que aboca finalmente siempre, nuevamente, en la praxis.
Dime si «haces» y te diré si eres.
Repasemos, a esta luz y con este espíritu, el cronograma de nuestra vida personal y los programas de nuestra asociación u organismo. Si planificamos mucho y ejecutamos poco, traicionamos esta dinámica del alma continental, sobre todo hoy, cuando la frustración se apodera de tantos y cuando los dioses de este «eón» quieren convencernos de la ridícula inutilidad de las prácticas y de los procesos, más o menos alternativos, que los mejores de América Latina vienen sosteniendo. La historia sólo llega a su «final» allí donde ya no hay más utopía para seguir ni más amor para practicar.
En todo esto, justo es decir que América Latina no está al margen de esa nota dominante del pensamiento moderno universal tan fuertemente marcado por el primado de la praxis. El marxismo, concretamente, ha dado su aporte: no se trata de «interpretar» el mundo, sino de «transformarlo».
La filosofía del mundo moderno es, sin duda, una filosofía de la praxis. La técnica es su versión experimental. Y la contabilidad ha pasado a ser su referencia dogmática. De ahí, todos los riesgos y todos los pecados de un pragmatismo inmediatista y sin horizontes, ni de prójimo ni de futuro. Riesgos y pecados que nosotros deberemos evitar, en nuestra espiritualidad latinoamericana, para no caer ni en el activismo ni en el eficacismo. El desafío es conjugar la praxis con la contemplación, la gratuidad con la eficacia.
91 Cfr

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