jueves, 21 de mayo de 2015

Espiritualidad de la Liberación (Capítulo segundo 3ª parte) (Pedro CASALDÁLIGA y José María VIGIL)

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EN CONTEMPLACIÓN

Nuestro pueblo es universalmente, profundamente, efusivamente religioso. Chorrea religión por todas partes. Y ahí es evidente la herencia indígena y la herencia negra, como también la bien o mal traída herencia ibérica.
Sería imposible encontrar en regiones enteras de América Latina un sólo ateo. El secularismo es, evidentemente, un fenómeno foráneo y espúreo, lo cual no significa que no se dé en sectores determinados, en capas de población determinadas. Incluso el comunismo ateo ha tenido que doblarse ante esa religiosidad.
Esa religiosidad arranca de una especie de connaturalidad para descubrir el misterio y vivir en él y apelar al mismo. El Espíritu y los «espíritus» forman parte de la cosmovisión de la mitología y de la cotidianeidad: el nacimiento y la muerte, el cultivo de la tierra, los viajes, las bendiciones y los castigos se palpan. La explicación más inmediata y espontánea es siempre «sobrenatural», mítica.
La ecología no es una moda ni una necesidad o previsión de sobrevivencia. La tierra es la madre, es santa, es la diosa, «Pacha Mama»… La Naturaleza es la gran casa «natural» de la familia humana. Aquí la ecología es lo que etimológicamente significa la palabra: la «oikos» (la casa), aunque no tan «logía»: no un estudio racional, sino una vivencia. Los indígenas achacan al blanco el placer de la caza por la caza92.
Nuestro pueblo vive en un «realismo mágico». Las grande novelas latinoamericanas, que ya se han impuesto como un prototipo de novelística universal, propio, diferente, recogen ese realismo mágico en figuras, familias, o pueblos que han pasado a ser paradigmáticos: Macondo.
Las fuerzas telúricas son como la sangre, el aliento, el alma de la Madre Tierra. El agua se bebe como besándola, y es un elemento ritual constante, como lo es el fuego. Los animales también -pájaros, peces-, sus gritos, sus vuelos, su presencia, su sangre… son elementos de sacralidad, de culto.
Nuestro pueblo vive la contextualidad geológica como las paredes, el suelo, la techumbre, esta gran casa que la naturaleza es. Los ríos, inmensos, las cordilleras, altísimas, la floresta, indescifrable, la misma variedad de fauna y flora, y los más diversos climas que se dan en el continente, configuran el cuerpo geocultural de la Patria Grande como un ser de una exuberante vitalidad.
Las imágenes de divinidades indígenas o afras o de santos cristianos, incluso las fotografías de los ancestrales, las típicas fotografías familiares, en las casas de nuestros pueblos, no son simplemente imágenes o fotos, de madera o de yeso o de cartón. Son, como en el oriente cristiano, «iconos habitados», inhabitados. Han incorporado la presencia de esos dioses, esos santos, esos familiares.
No hay duda de que la macro urbanización, la supratecnificación de la vida moderna también en nuestros países latinoamericanos va amortiguando esa capacidad de contemplación y esa connaturalidad con la Naturaleza. Sin embargo, creemos que nosotros todavía llegamos a tiempo. El primer mundo ya está de vuelta, y reclama desesperadamente la presencia de la naturaleza y sus secretos respetados y su pureza primigenia, en las aguas, en el aire, en la floresta. Nosotros tenemos aún mucha naturaleza pura. Como los propios pueblos indígenas han dicho repetidamente a los sucesivos conquistadores y depredadores, ellos, los indígenas, salvan la naturaleza, no sólo para sí, sino también para el blanco. Los organismos indigenistas, antropológicos o pastorales, han podido afirmar, con toda razón, que los indígenas son los especialistas y los guardianes naturales de la ecología, así como los indígenas, los negros y los mestizos de nuestra Patria Grande lo son de la religión y del misterio.
92 La famosa carta del cacique Seattle a Franklin Pierce, Presidente de EEUU contestándole sobre su oferta de compra de una gran parte de su territorio. Cfr «Agenda latinoamericana’93».
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SOLIDARIDAD

La solidaridad, en su valorización actual, en su macroecumenicidad, y en la floración de gestos creativos, concretos, permanentes, es un producto típicamente latinoamericano, y hasta más concretamente, centroamericano. En Centroamérica, y dentro Centroamérica Nicaragua, El Salvador y Guatemala, han puesto la solidaridad a la orden del día de la Historia y a la orden del día en la Iglesia.
Los varios nombres que el amor ha ido recibiendo a lo largo de los siglos, confluyen hoy en esta palabra93 de tan fuerte contenido: solidaridad. Que significa reconocimiento, respeto, colaboración, alianza, amistad, ayuda. Y más. Es la ternura eficaz y simultáneamente colectiva. «La ternura de los pueblos», como dijo la poetisa Gioconda Belli. Un modo de ayudarse mutuamente diferentes grupos humanos, pero haciéndose crecer mutuamente. Porque la solidaridad supone el reconocimiento de la identidad del otro. Supone la estimulación de la independencia y de la alteridad de las comunidades que se vinculan. Sólo se puede ser solidario con aquel a quien se reconoce otro y libre, e igual. Por eso han crecido simultáneamente en América Latina la autoctonía, la liberación y la solidaridad. Y los procesos de liberación han provocado espontáneamente mucha solidaridad, diaria, y con frecuencia heroica.
Un imperio, una transnacional, la burguesía… podrán dar limosnas; nunca podrán hacer solidaridad, a no ser que se conviertan, traicionándose a sí mismos.
La solidaridad en América Latina, con este nombre concreto, escrito, cantado, gritado, a veces heroicamente, de pobre para pobre, de perseguido para perseguido, arriesgando o incluso dando la propia vida -porque son muchos los mártires de la solidaridad, del Continente o en el Continente, y ser solidario en América Latina ha supuesto y aún supone mucha veces una vocación a la marginación, a la cárcel y a la muerte- es el tejido desinteresado de objetivos comunes, afinidad innata, correlación de sangre, de cultura, de utopía, necesidad de completarse y de coenfrentar luchas iguales. La adhesión efectiva a la causa del otro, que se hace también causa propia. Ser solidario aquí, en América Latina, es luchar juntos por la liberación de todos.
Entre nosotros, solamente es solidario aquel que hace del derecho del hermano o de la hermana un deber suyo, copracticando la liberación.
Hasta etimológicamente, «solidaridad», de «in solidum», significa un entrar conjuntamente en el desafío y en la esperanza, o un sumergirse en él y en ella colectivamente.
La solidaridad es la caridad política.
Como Juan Pablo II ha dicho, «la paz es fruto de la solidaridad»94, porque es la complementación de la justicia. A donde la justicia no llega, hace hincapié de llegar la solidaridad.
La solidaridad tiene la ventaja de no haber sido aún profanada por un uso frivolizado, como la caridad, ni ha sido reducida a sectores confesionales o momentos publicitarios de quince días de ayuda. Por eso decimos que transborda las fronteras de los credos, que es macroecuménica y que apunta a las causas y pretende la continuidad.
No ha sido todavía profanada la solidaridad, aunque siempre cabe el peligro de que una solidaridad no suficientemente politizada, pueda acallar la mala conciencia de la justicia o del derecho de personas, grupos, países o sistemas. Como la caridad nunca debió ni debe sustituir a la justicia, la solidaridad no deberá sustituir nunca al verdadero derecho internacional, al derecho de los pueblos, ni a los deberes de un verdadero «orden» internacional.
En estos últimos años creemos se han multiplicado de tal manera en América latina las vivencias personales, grupales, institucionales, de solidaridad que no hay estatuto, manifiesto o celebración latinoamericanos, merecedores de este adjetivo -en lo cultural, en lo político o en lo religioso-, que no proclamen explícitamente la solidaridad, convocando a gestos concretos. Hasta el punto de que ser latinoamericano consciente y militante equivale a ser solidario.
Sin olvidar que la solidaridad va y viene, que es «dada y recibida». América Latina se ha dado a sí misma y ha suscitado en el mundo y de él ha recibido mucha solidaridad. Porque ha tenido o sigue teniendo la oportunidad dramática de hacer y recibir solidaridad, bajo las dictaduras militares o los gobiernos pseudodemocráticos, en el trasiego de perseguidos políticos y refugiados, asumiendo
93 Cfr J. M. VIGIL, Solidaridad, nuevo nombre de la caridad, en Entre lagos y volcanes, DEI/CAV,San José/Managua 1991, 173-181.
94 Sollicitudo Rei Socialis 39.
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conjuntamente campañas contra la tortura y los desaparecimientos, por los derechos humanos y frente a la permanente dominación del Norte imperial-liberal, apoyando procesos de liberación incluso en otros continentes y propiciando la creación de innumerables comités de solidaridad en los países del primer mundo95.
En la celebración de la firma del Acuerdo de Paz entre el FMLN y el Gobierno de El Salvador, un gran cartel emocionado rezaba así: ««¡Gracias, Solidaridad Internacional!».
Como hay un internacionalismo mortífero del poder, del lucro y del mercado, está el internacionalismo vivificador de la solidaridad. Un militante sandinista y delegado de la Palabra testimoniaba bellamente: «la Solidaridad internacionaliza el amor». Y sostiene la esperanza de unos y otros, como escribía, veinticuatro horas antes de ser fusilado, en el Chile del golpe militar, el sacerdote obrero Juan Alsina: «Si nosotros nos hundimos, es algo de vuestra esperanza lo que se hunde. Si de las cenizas asumimos la vida de nuevo, es algo que nace de nuevo en vosotros»96
La solidaridad, que es ya un patrimonio nuestro, sellado incluso por la sangre de millares de hermanos y hermanas, habrá de seguir siendo para todos los hijos e hijas de la Patria Grande una consigna vital, horizonte mayor y programa diario.
En América Latina la solidaridad es una herencia de sangre. El común martirio continental nos ha hecho intersolidarios. Cada mártir latinoamericano se ha transformado en una bandera de solidaridad. Al día siguiente del martirio emblemático de «san Romero de América» Mons Méndez Arceo fundaba el Secretariado Internacional de Solidaridad Mons. O. A. Romero
«Una Iglesia (o una organización) solidaria tiene la ‘nota’ identificadora de su autenticidad: la persecución», afirma el Secretariado Internacional M. O. A. Romero.
La solidaridad no es compasión -a no ser que a la compasión le devolvamos el sentido original de padecer con- sino comunión de compromiso. Tampoco es limosna, sino comunión de bienes. (Secretariado Internacional M. O. A. Romero).
«América Latina es mucho más que una canción para ciertas horas nostálgicas: es un drama de familia, una misión ardiente que llevamos entre manos, una herencia intransferible a responsabilidades ajenas, una memoria de martirios innumerables, nuestro propio futuro indivisible. O nos salvamos continentalmente o continentalmente nos hundimos. Muchas patrias y muchas etnias, pero una sola casa solariega. Hasta ahora han logrado dividirnos para vencernos: con el español y el portugués, con los tratados y las fronteras, con las varias cruces y las diferentes espadas, con las seguridades nacionales y la geopolítica hemisférica.
En nuestra América Latina una Iglesia, un partido político, un sindicato, un gremio, una asociación cultural, que no viva la solidaridad continental como algo constitutivo de su propio ser y de su quehacer se niega el porvenir y se vende prostituidamente.
Nicaragua somos todos nosotros. Todos somos Chile y Paraguay. Todos somos Haití. Todos somos la Amerindia raíz o la Afroamérica. Los millares de menores abandonados o las mujeres o los obreros y campesinos a quienes en nuestro continente se les prohíbe ser ellos mismos en libre dignidad autóctona, por el sistema, por los Estados, por el Imperio, por la desnaturalizadora cultura de importación.
En nuestra América Latina -en la Patria Grande entera- la solidaridad es la continentalidad entera asumida como un desafío común de liberación. Ser cada uno solidario aquí es luchar juntos por la liberación de todos».
P. CASALDALIGA, A Solidariedade da Libertação na América Latina, en VARIOS, A Solidariedade nas práticas de libertação na América Latina, CDHAL, editorial FTD, São Paulo 1987, pág 45
95 «En 1989 existían 2500 comités locales de solidaridad con Nicaragua en todo el mundo, la mayoría de ellos en EEUU, Europa, Canadá y América Latina, pero también en Africa, Asia y Oceanía». Ana Patricia ELVIR, secretaria general del Comité Nicaragüense de Solidaridad con los Pueblos, de Managua.
96 Miguel JORDA, Juan Alsina, un mártir de hoy, Ediciones CESOC, Santiago de Chile 1991, pág. 232.
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FIDELIDAD RADICAL

La militancia, como la constancia, no puede ser sólo para los «momentos altos». Exige necesariamente una continuidad en esa militancia, una continuidad que podemos llamar fidelidad.
«Fidelidad» ya es prácticamente la traducción de la constancia al asumir una Causa, al entrar en un proceso, al defender a los oprimidos. De hecho, en América Latina, los sectores comprometidos, los grupos que llamaríamos militantes, han dado prueba, están dando prueba, y la han dado sobre todo en estas últimas décadas, de esa fidelidad radical.
Por un lado, las diversas campañas -podemos recordar, por ejemplo las madres de la plaza de mayo, los varios organismos en busca de los desaparecidos, las campañas a favor de la Causa Indígena, de la conquista de la tierra, campañas a favor de los presos políticos, campañas de amnistía, de los procesos judiciales que se exigen frente a las barbaridades del ejército, de los escuadrones de la muerte…- todas esas campañas han demostrado, contra viento y marea, en circunstancias políticas e incluso judiciales muy adversas, una terquedad digna de estas Causas, que son realmente las mejores.
Muchos de ellos, militantes, abogados, líderes, indígenas, campesinos, sociólogos, agentes de pastoral… han ido en esa constancia hasta la muerte. En ese sentido han vivido una militancia hasta el fin.
Por otro lado, podríamos decir que a medida que avanzamos en todas estas campañas -toda esta militancia en América Latina-, sobre todo a medida en que el Continente se ha hecho más consciente y ha desbordado la preocupación más explícita o más exclusivamente socioeconómica, y ha descubierto con mayor vitalidad y emergencia lo étnico-cultural, ha crecido también en fidelidad a las raíces de las propias culturas, de los orígenes. Se puede decir, sin exagerar, que de un modo global, en términos públicos y sistematizados, nunca como en estos 20 o 30 años, ni la Causa Indígena ni la Causa Negra habían estado tan a la orden del día, así, de un modo público y reconocido, con agrado o desagrado, por amigos o enemigos. Por lo menos las Causas están ahí, los derechos están ahí.
Esta fidelidad radical, que recobra las raíces y las pone a la luz del día y exige conversión a esas raíces, que defiende a los sectores marginados, prohibidos, callados, y que se arriesga hasta la muerte, ha sido posiblemente la mejor contribución a la superación (a la superación hasta la renuncia) de posiciones excesivamente ideologizadas que ignoraban esos otros sectores. Les ha obligado a ir a una fidelidad más ancha. Ha habido renuncia a viejas posiciones… Los comités, las comandancias, los organismos… han tenido que abrirse.
Por otra parte se ha dado también la superación de los cansancios típicos. Sabemos que es relativamente fácil pedir heroísmo a unos poquísimos héroes, nacidos como predestinados. Es muy difícil pedir heroísmo a multitudes o a pueblos enteros. Y sin embargo todos hemos vivido, en la propia América Central, en los otros países del Continente al sur, en la época de las dictaduras, en esos movimientos por la tierra, por la vivienda… una superación de cansancio bastante significativa. Porque las políticas oficiales y hasta los resultados inmediatos eran muy contrarios. Y sin embargo se ha demostrado una constancia ejemplar.
También se ha dado la superación de muchas «prudencias». La propia tradición familiar, en algunos sectores, la tradición religiosa en otros, la prepotencia de las oligarquías o de las hegemonías legales, políticas, jurídicas… venían manteniendo a nuestro pueblo en una situación de discreción, de segundo plano, de silencio. En estos últimos años yo creo que esa fidelidad radical ha ayudado a superar esas «prudencias». En Brasil, por ejemplo, se ha llegado a vivir de un modo bastante explícito, de un modo incluso proclamado, escrito, por juristas, por obispos… que lo que vale, la primera y la última palabra no es de «lo legal», sino de «lo legítimo». A eso nos referimos al hablar de la superación de ciertas prudencias.
Después, cada vez más, en esa militancia y en la fidelidad a esas raíces se ha ido superando aspectos que podrían ser más de gheto, de grupos, de intereses particulares, y las Causas, las grandes Causas, han pasado a ser la bandera, en muchos de esos grupos militantes. Ha llamado la atención, por ejemplo, cómo esos grupos indígenas que iniciaron su campaña alternativa a la conmemoración de los 500 llamándola inicialmente «campaña indígena», poco a poco han llegado a la conclusión de que ha de ser una campaña «indígena, negra y popular».
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Ha sido interesante también cómo los sindicatos y los partidos tuvieron que ir llegando a un diálogo, a un acuerdo: el sindicato no lo es todo, no lo es todo el partido; se complementan. Y tanto el sindicato como el partido han tenido que entablar el diálogo con el movimiento popular, que es más ancho, a veces más diluido, pero que abarca a sectores de intereses, o de personas, que el sindicato o el partido no alcanzarían.
En ese sentido se va cada vez más a las Causas. Los partidos siempre han tenido la tentación de hacer de sí mismos su propio objetivo, su fin, así como los sindicatos; (aunque también lo pueden hacer los movimientos populares). Parece que, cada vez más, no sólo teóricamente sino también en la práctica, se va buscando las Causas, las grandes Causas.
Y todas esas campañas, esa resistencia que a veces se ha dado en largos años de prisión, de silencio, de clandestinidad, de marginalidad… ha impreso una característica en la sociedad civil, en los sectores de educación, de reforma agraria, de reforma urbana, en la vida de las iglesias incluso, ha inyectado una actitud de rebelde fidelidad. La fidelidad a las Causas, la fidelidad a las propias fes incluso, y al mismo tiempo una capacidad de rebeldía que fundamentalmente exigía lo alternativo, lo complementario, frente a los programas y a las actitudes más oficiales, más conservadores.
También, una característica de esa fidelidad radical en la militancia ha sido, es, lo que en Brasil se llama «dar a volta por cima». Es interesante ver cómo en la misma Nicaragua después de la derrota electoral, o en Brasil, después de que Lula no consiguiera ser elegido presidente, y en muchas derrotas menores, en la lucha por la tierra, por la vivienda, por la salud, por la educación, los grupos populares se rehacen. Se diría que en América Latina frente a ese cansancio, incluso a ese nihilismo o neonihilismo que se percibe en tantos sectores del Primer Mundo, hay una gran capacidad de cicatrización. Se vuelve muy fácilmente a la vida y a la lucha.
Se podría hacer un examen de los documentos (protestas, manifestaciones, declaraciones de solidaridad…): siempre, la última palabra, la palabra de orden es la esperanza. Concretamente, la vivencia que se tiene de nuestros mártires es una vivencia sumamente positiva: «la sangre de los mártires fructifica…». La expresión de Romero sintetiza la esperanza de unos y otros, de cristianos y no cristianos: «resucitaré en la lucha de mi Pueblo».
Se habló del «cansancio de los buenos». Lo dijo Pío XII. Jesús dijo que los hijos de las tinieblas son más astutos, quizá más constantes, que los hijos de la luz. Y nosotros hemos vivido en estos últimos ultimísimos años una especie de cansancio, de autoconfesión de derrota preconizada, por causa de la caída de las ideologías, de las utopías, del socialismo real… Sin embargo es interesante ver los boletines, manifiestos, congresos, encuentros… Hay una gran preocupación de retomar la utopía. Hay una expresión que usamos mucho en la pastoral indígena y que ha sido reproducida en muchos documentos de América Latina: «reorganizar la esperanza». Frente a toda esa situación de claudicación, de desánimo, de renuncia a lo utópico, se reorganiza la esperanza. Recordemos la vieja expresión: «somos soldados derrotados de una Causa invencible»
En esa militancia y en esa fidelidad, se ha ido descubriendo cada vez más que la fidelidad ha de ir dándose en todos los sectores de la vida. Con frecuencia se daba una fidelidad, hasta fanática incluso, a los principios del partido, a las órdenes de la comandancia. Y, a lo peor, en la fidelidad dentro de la propia familia, o en la fidelidad en el control de las propias pasiones, se claudicaba. De alguna manera se caía en aquella incoherencia de los militantes burgueses, del «descanso del guerrero», de la doble moral.
Esta fidelidad integral llega a poner la Causa por encima de la vida personal. Vale más la fidelidad que la propia vida. «Navegar es preciso. Vivir no es preciso»97. Aquello de «vencer o morir», o «libertad o muerte», se ha traducido de mil modos, a veces sin slogans tan brillantes. Y son decenas de millares -hombres, mujeres, adultos y hasta niños- que en este Continente han dado la vida por la Causa, por las Causas.
El martirio se ha hecho como connatural. A ninguno de los militantes se le ha ocurrido pensar que no podía llegar al punto de dar la vida. Muchos de ellos incluso lo han proclamado. Las «muertes anunciadas», se han multiplicado por millares aquí entre nosotros. La mayor parte de los militantes mayores -desde luego los guerrilleros, pero también en los sectores del derecho, del sindicato, de la
97 «Navegar é preciso / viver não é preciso» (Chico Buarque), lema de la Escuela Marítima de Sagres (Portugal), que pasó a ser en Brasil canto de militancia en la época de la dictadura militar.
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política, de los derechos humanos, de la pastoral, incluso los militantes del arte- saben que andan por ahí arriesgando la vida. Salir a cantar con una guitarra ha supuesto durante muchos años riesgos de muerte, o denunciar en un tribunal, o firmar un manifiesto…
En Brasil se suele decir «marcados para morir». La muerte en América Latina ha pasado a ser una marca generalizada. Aquellas marcas del Apocalipsis han llegado a ser marca de todo un pueblo. Todo el pueblo latinoamericano que tiene conciencia y voluntad de defender la Causa de la Liberación, las propias raíces de identidad, la alteridad, que lucha por los derechos humanos, es un pueblo marcado para una muerte anunciada, en cierta medida por lo menos.
Y esos mártires se convierten en motivo nuevo de fidelidad. Muchas calles, barrios, instituciones… llevan el nombre de los mártires. Se ha hecho habitual ya celebrar fechas, hasta el punto de que el calendario, en América Latina, en estos últimos años se ha marcado de rojo en casi todos los días. Cada día hay uno o varios mártires.
Se trata pues de fidelidad hasta la muerte, y de fidelidad a los muertos. Es evidente que un sindicato, una organización, un pueblo, que se olviden de aquellos que dieron la vida por las Causas que esa entidad está defendiendo, ya no merece sobrevivir. Perdió la memoria, perdió el derecho. Sería algo parecido a lo que dijo Jesús: «los padres de ustedes mataron y ustedes les levantan monumentos». Aquí sería: ustedes les levantaron monumentos, pero en una hora menos propicia se olvidaron de ellos, o incluso destruyeron los monumentos. A veces, por querer vivir más tranquilos, estamos tentados de quitar de delante de los ojos lo que nos perpetúa su memoria. Y como dice el refrán: «ojos que no ven, corazón que no siente». Quitado de la vista, pronto se va de la memoria. Y borrado de la memoria, pronto se va de la conciencia y de la vida.
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MILITANCIA/COMUNITARIEDAD/«TEIMOSÍA»
Militancia
La militancia es fundamentalmente una actitud de servicio en el horizonte de las grandes Causas de nuestro Pueblo. Un servicio que tiene en cuenta la situación de los pueblos y sus procesos históricos. Un servicio que valoriza las organizaciones de los mismos pueblos, sus reivindicaciones, y que entra en la reivindicación de todo lo que sea justicia, igualdad, identidad, alteridad, proyecto de la nueva sociedad. No es sólo disponibilidad, servicio. Es servir «organizadamente». Un servicio a las grandes Causas del Pueblo, a sus luchas, a sus reivindicaciones. Es un servir político, revolucionario incluso. El militante es capaz de ir percibiendo constantemente el clamor del Pueblo, sus reivindicaciones, y está dispuesto a entrar en su marcha, en sus procesos, en sus luchas concretas98.
«Militancia», como palabra, suena a «militar», evidentemente. Pero nosotros sabemos que las «armas» del pueblo son normalmente otras, y que son muchas más. Unas veces podrá ser una huelga, una marcha callejera, una recogida de firmas, una declaración, un ayuno, una reivindicación de los derechos humanos conculcados, un trabajo paciente de concientización, una vigilia… Otras veces consistirá en adelantarse incluso a una necesidad que un grupo humano, un barrio, quizá no sabe formular… Y, evidentemente, reclamará para todos, de un modo u otro, la participación en el partido, en el sindicato, en el movimiento popular…
Ser militante implica disponibilidad. De un auténtico militante -él o ella- se supone que está siempre dispuesto: a cualquier hora, a cualquier llamada, para las reuniones de emergencia, para los programas de urgencia, para trabajos extra… Militante es aquél que está siempre disponible para trabajar por el Pueblo.
El militante siempre está con la guardia montada. Siempre está alerta. No duerme. No se le pasan las cosas. Tiene una fina sensibilidad para detectar los intereses del pueblo, los desafíos, los peligros, las oportunidades, el Kairós… allí por donde otros pasan desapercibidos. Tiene siempre despierto un sexto sentido que todo lo procesa desde la óptica de la Causa. El militante está siempre «al acecho».
El militante es capaz de asumir riesgos. No es de los que buscan seguridad, de los que no se mueven si no es por remuneración económica, de los que no ponen en juego nada de sí mismos, de los que nada hacen gratuitamente, «por amor al arte» (por amor puro a la Causa). El militante pone en juego -y a veces con mucho riesgo- su tiempo, su paz, su futuro, su progreso personal, su derecho al descanso, su economía personal, la seguridad de su vida a veces… y todo ello, por ayudar al crecimiento de conciencia del Pueblo, por defender los derechos del Pueblo, por ser intransigente con la injusticia, siempre «por la Causa».
Al mismo tiempo, el militante es capaz de contagiar a otros esa misma actitud, ese mismo espíritu: de «servicialidad estructurada», de servicio «organizado», de combatividad en las luchas del movimiento popular, de entrega a la Causa, de entusiasmo maduro. El militante irradia mística, contamina a los demás con su apasionada entrega, chorrea esperanza. Provoca una actitud militante en los demás. Contagia militancia. Porque ésta no es un activismo, sino un talante, un «espíritu» que brota de lo más hondo de la persona.
El militante sostiene a los compañeros, sostiene la esperanza del pueblo. «A pesar de». Contra toda esperanza. No se decepciona ante la «increíble inercia de lo real» (Guardini). Porque la motivación de su lucha no es el éxito conseguido, sino la utopía, el espíritu que le inspira.
El militante, si sabe superar la tentación de vanguardismo o de sustitución del Pueblo, no debe tener miedo de su propia actitud de frontera, o incluso de vanguardia. Evidentemente, el militante no es masa. La militancia supone un cierto liderazgo. Por eso también es importante que cada militante sepa en qué áreas, en qué esferas, en que momentos está siendo convocado su espíritu militante, su capacidad de militante. Debe tener la creatividad necesaria para adelantarse, para abrir camino.
98 Cl. BOFF, Os pobres e suas práticas de libertação, en PIXLEY-BOFF, Opção pelos pobres, Vozes, Petrópolis 1987, págs. 230-247
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Comunitariedad
Como se trata de una militancia que es servicio al pueblo y a sus organizaciones, es evidente que se trata de una militancia muy comunitaria. En América Latina ha crecido mucho esta sensibilidad, corrigiendo vanguardismos, caudillismos, a veces incluso caudillismos revolucionarios no tan oportunos, superados ya gracias a Dios. La militancia exige un gran sentido de comunidad. Un sentido de comunidad que lleva a valorizar la organización del pueblo, a estimularla. El militante debe saber retirarse, o por lo menos ponerse en segundo plano en el momento oportuno. Y debe hacer hincapié en no querer cobrar sus méritos de iniciador, de líder, de «primero».
Para esa militancia, siempre en guardia, humilde, auténticamente servicial, con espíritu comunitario y con voluntad de organización, se necesita una gran capacidad de renuncia (que, en términos más cristianos, llamaríamos «ascética»). Los mismos revolucionarios latinoamericanos, los mejores, -podemos pensar en líderes indígenas como Tupac Katari, el negro Zumbi de Brasil, Sandino, el Che Guevara…- han tenido esa gran capacidad de renuncia. Los guerrilleros salvadoreños tienen aquel famoso poema: «si quieres entrar aquí…renuncia a todo interés personal». Esa capacidad de renuncia, esa «ascesis» se manifestará en el dormir, en el comer, en el servicio concreto en las menudencias de la vida de cada día, en la capacidad de continuar siempre sin pasar factura de reconocimiento de los propios méritos, en el desprendimiento personal, en el distanciarse incluso de lo más lógico y legítimo, como la familia… Seguramente en este sentido decía el Che que «el matrimonio es el sepulcro de los revolucionarios».
«Teimosia»
Y, claro, no se trata de una militancia que sea «flor de un día», o para una experiencia juvenil, o para una época de la vida como trabajador social o como internacionalista, por ejemplo. Ni sólo para momentos de entusiasmo: se trata de una militancia que vaya acompañada de lo que en Brasil se llama «teimosia»99, es decir, una cierta terquedad, una gran constancia, un auténtico aguante…
Solamente teniendo cuadros de verdaderos militantes en el movimiento popular, en los partidos, en cualquier tipo de revolución que merezca el adjetivo de «popular», esos movimientos, esos partidos y esas revoluciones tendrán eficiencia.
En ciertos momentos se ha rechazado en América Latina determinadas experiencias, con razón, porque algunos de sus militantes tuvieron sólo «momentos altos» de militancia. Les faltó esa terquedad, esa «teimosia», esa capacidad de renuncia, o ese saber renunciar a un protagonismo -legítimo en ciertos momentos-, en favor de la comunitariedad, de la organización.
Todos recordamos figuras históricas de militantes del pasado. Pero también, sin duda, todos conocemos militantes modelo en nuestro propio entorno, hoy, aquí y ahora. Sabemos distinguir perfectamente quiénes tienen auténtico «espíritu de militancia»: por su disponibilidad permanente, por su desinterés personal, porque se nota que no trabajan «por un salario», porque no trabajan simplemente para «cumplir», porque están transidos de amor a la Causa, porque contagian pasión y esperanza, porque no pretenden figurar, porque siempre están en guardia… Porque son en verdad «militantes», en una palabra que puede decirlo todo.
Como es una militancia no al servicio de un partido sino una militancia al servicio del pueblo (y sabemos que el pueblo sólo deja de ser masa y se hace Pueblo cuando se organiza), desde el principio la militancia ha de ser una militancia «en vistas a», «al servicio de» un pueblo organizable, de un pueblo que se organiza, o que ya está organizado. Si no, tendríamos solamente militantes francotiradores, quizá geniales, pero aislados. Estamos hablando de una militancia que puede ejercerse, evidentemente, en campos muy variados: en un partido, en el movimiento popular, con una organización determinada…
Pero nos referimos en todo caso a una militancia que al mismo tiempo tenga siempre presente esta intención. Porque para nosotros, por ejemplo, un partido no sería auténticamente «popular» si no tuviera como Causa el Pueblo. Si un partido hace de sí mismo su propio objetivo, incurre en el mismo pecado que la Iglesia cuando hace de sí misma su propia causa. Tampoco puede olvidarse nunca que «la» Causa del Pueblo son muchas Causas, entrelazadas, y a veces en conflicto entre sí. En la defensa de la tierra, por ejemplo, pueden cruzarse el derecho primero de los indígenas con la necesidad de los labradores. En el mundo del trabajo pueden chocar intereses encontrados de las diferentes categorías o sectores; muchas veces los trabajadores del campo y los trabajadores de la ciudad no acaban de sentirse «los trabajadores» en solidaridad de luchas. Y en cualquier ámbito de la lucha popular, los derechos, las peculiaridades, las reivindicaciones de la mujer deben atenderse como es de justicia y de
99 Palabra brasileña que significa tesón, constancia, perseverancia, aguante. Es más «sensata» que la palabra castellana «terquedad», y tiene una connotación militante.
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compañerismo, sin caer en la fácil tentación machista que todavía ronda a muchos compañeros (hombres) de militancia.
La militancia en partido, en sindicato o en organización deberá tener la disciplina explícita que esos organismos exigen: debo respetar el programa, incluso el cronograma. No puedo ser un francotirador. Si estoy en un partido o sindicato, en un una organización popular, es evidente que debo tener más disciplina que si milito simplemente en un movimiento popular de masas más espontáneo… Porque si estoy en un partido o sindicato acepto sus leyes, sin negar la necesidad de una participación adulta y crítica en los mismos. Todo eso es también espiritualidad. Sabemos precisamente que algunos, incluso algunos más o menos grandes o célebres, fallaron porque no supieron respetar la disciplina. Otros dejaron de ser grandes al romper la disciplina por vanidad, por protagonismo…
No hay que dejar de señalar los límites de la militancia en un partido: no se puede absolutizar el partido. Hay que ponerlo siempre al servicio del pueblo… Pero al mismo tiempo saber someterse a las leyes, a los programas, a los cronogramas del partido. Porque la eficacia del partido dependerá de la fidelidad de los militantes a las propias causas y leyes del partido.
Las izquierdas en América Latina en los últimos años han reconocido que hubo partidos, movimientos, incluso ciertas revoluciones excesivamente vanguardistas, o hasta un poco caudillistas, y que de ciertos partidos en sí mismos se hizo una causa100. La idolatría del partido y el narcisismo del partido imposibilitaron que el partido supiera servir realmente al pueblo y que se pudieran contagiar los mismos ideales, la misma fuerza, a números cada vez mayores, que es lo que debería haber interesado…

APÉNDICE: PARA UNA CONSIDERACIÓN CRISTIANA DE LA MILITANCIA.

El fundamento teológico y cristológico de la militancia estaría en aquella palabra-actitud de Jesús que le llevó a confesar que «no he venido a ser servido, sino a servir».
Los profetas fueron militantes esforzados, aunque muchos de ellos fueron llamados en las horas del miedo («que yo no soy capaz», «que no sé hablar»…). Recordaríamos el centinela de Isaías, esa actitud de estar alerta.
Juan Bautista, centinela de las vigilias de la llegada del Reino en Jesús, sabe convocar sin ponerse en el centro («detrás de mí viene alguien que es antes que yo»: Jn 1, 30), da un impresionante testimonio de coherencia entre su vida y su predicación, sabe protagonizar una marcha de penitencia y conversión, sabe incluso retirarse en favor de Jesús cuando llega el momento oportuno («conviene que él crezca y yo mengüe», Jn 3, 30), denuncia sin rodeos la corrupción de los poderosos, y se mantiene militante hasta el final, hasta dar testimonio con su sangre.
Jesús mismo, cuando exige renunciar, cargar la cruz, estar dispuestos a dejar la propia vida en la tarea, etc., está exigiendo esa especie de militancia cristiana. Y pide que al mismo tiempo nos consideremos «siervos inútiles: no hicimos más lo que teníamos que hacer».
Ser cristiano es una militancia: vivir y luchar por la Causa de Jesús, el Reino. Ser militante, ser servidor del Reino… Es una militancia bastante profética, y al mismo tiempo ministerial… «El buen pastor da su vida por las ovejas. El asalariado no, porque a un asalariado no le importan las ovejas…» (Jn 10, 11-13).
En términos no sólo más cristianos sino explícitamente eclesiales, diríamos que todo lo que sea «diakonía» y «ministerio» sería una especie de «militancia pastoral», al servicio del Reino de Dios. Para que precisamente el pastor no sea un funcionario, para que no haya como «momentos de pastoral» o «servicios pastorales de fin de semana», sino una especie de actitud constante de «militancia pastoral». También se exigiría en términos cristianos esta acuidad de vista y de oído para saber cuándo uno debe provocar un gesto profético, cuándo uno debe exigir quizá a los propios pastores una sensibilidad concreta, una palabra necesaria, una presencia oportuna.
Se trataría siempre, en todo caso, de una militancia-por-el-Reino, «al acecho del Reino».
100 Aquí podríamos recordar las palabras de Enmanuel Mounier: habremos de luchar mucho para que nuestras ideas no se tornen dogmas pero se mantengan intactas.
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FIELES EN EL DÍA-A-DÍA

Un espíritu revolucionario siempre encuentra, de una manera u otra, la tensión entre utopía y realidad. La utopía es siempre tan u-tópica, tan «sin lugar aquí», tan en «otro lugar», que incluso se resiste a tomar lugar en nuestras vidas. Paradójicamente, es más fácil entregar la propia vida en un gesto heroico en aras de la utopía, que entregarla en la fidelidad diaria, en la oscuridad del anonimato y de las pequeñas cosas de cada día. Es más fácil amar las Grandes Causas a distancia, que encarnarlas en nuestro compromiso diario. Son más fáciles los grandes gestos solemnes de cara a la galería que la fidelidad a los pequeños detalles diarios vividos en la oscuridad de la cotidianeidad anónima.
«Es más fácil conquistar la libertad que administrarla cada día», decía Bolívar. Es más fácil ganar una revolución que continuarla con una mística sostenida en los años siguientes. Es más fácil una insurrección heroica que la «revolución diaria» en la sociedad y en cada una de nuestras vidas.
La espiritualidad liberadora no es un espíritu de libertinaje, de anarquía. Esa sería una falsa liberación. La nuestra es una espiritualidad disciplinada, incluso por causa de la Revolución a la que quiere servir. Se vive en el día a día. Disciplinada en los horarios: dando su tiempo a cada cosa, al trabajo, al descanso, a la convivencia, a la oración…
Cuanto más utópicos seamos, cuanto más impulso y potencia tenga nuestra mística, más necesitará de cauce, de márgenes, para no dispersarse derramadamente inútil…
Es imposible la autenticidad sin disciplina, sin autocontrol que vayan programando nuestra vida y sus actividades… Los mejores revolucionarios han sido ejemplo de disciplina y autocontrol. La libertad y la fiesta pueden ser fácilmente malentendidos, excedidos, extremados, indebidamente. Disciplina, orden, método, planificaciones, evaluaciones, fidelidad en lo menudo, constancia, tenacidad… son rasgos de nuestro espíritu. Es el «realismo» de las personas «auténtica y coherentemente utópicas».
«La utopía tiene su calendario». Afrontar el día a día es vivir en la realidad concreta de la lucha por las utopías, es tener la capacidad de soportar sin escándalos insuperables y sin cansancios derrotistas la miseria y la ruindad, presentes en todas las obras humanas cuando se ven de cerca en la arena de lo real, sin idealizaciones. Sólo tiene verdadera esperanza el que no se escandaliza ni se desanima ante el día a día.
La fidelidad en el día a día, en el plano individual, es también el sentido de coherencia personal, de la unidad de la vida personal, la superación de toda esquizofrenia de doble cara o doble moral.
La ascesis del control de sí101 , de la madurez psíquica, de la armonía de relacionamiento con los demás102 en los diversos círculos (familia, equipo de trabajo, movimiento popular, sindicato, compromiso político, en el trabajo pastoral, en la militancia sindical o política, en el ecumenismo, en el descanso, en el ocio…) se considera cada vez más hoy día como un requisito necesario para la veracidad personal de todo militante, para la autenticidad de toda persona, para la santidad de todo cristiano. Mantenerse abierto a la crítica y crecer en esta verdadera ascesis que es la crítica comunitaria, así como exigir de sí mismo la realización coherente de la democracia en el modo de trabajar y de convivir con el pueblo, con el propio equipo, etc., son verdaderas experiencias espirituales103.
Es también la ascesis de la armonía, del equilibrio: por no saber vivir armónicamente el día a día muchos militantes han destruido su familia, su afectividad, su equilibrio personal, su utopía política, y algunos militantes cristianos han destruido también su propia perspectiva de santidad…
La fidelidad real en el día a día implica la superación del autoengaño en que viven aquellos que sienten gran indignación ética ante las injusticias nacionales o mundiales, aquellos que sienten
101 Aquí las enseñanzas de la psicología transaccional: hacer que sea cada vez más el adulto el que controla en nosotros la situación, y no el niño o cualquiera de los otros muchos «yo» que nos habitan.
102 «Mea máxima poenitentia, vita communis», «mi mayor penitencia es la vida en común», decía san Juan Berchmans. «Dos son los problemas, dos: / los demás / y yo»: P. CASALDALIGA.
103 BARROS-CARAVIAS, Teologia da terra, Vozes, Petrópolis 1988, p. 416.
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profunda «compasión» para con los oprimidos lejanos, e incluso se comprometen generosamente en un determinado campo de trabajo donde se proyectan, pero simultáneamente no tienen sensibilidad de compasión hacia los más cercanos, no perciben sus propios deberes hacia los que les rodean en el propio círculo: la familia (esposa, esposo, hijos, padres, abuelos), la propia comunidad (el cuidado de las cosas colectivas, la participación responsable en los trabajos comunitarios, el no ser carga para los demás, la colaboración vecinal, la higiene, el cuidado del medio ambiente…), el prójimo real diario (los impuestos, las obligaciones fiscales, las leyes de tráfico…).
Ciertas vidas monásticas clásicas, ciertas formas de enclaustramiento, que tuvieron su valor en otras épocas, no siempre serían hoy la mejor manera de responder a la solidaridad humana y a las responsabilidades sociales. No basta con retirarse a la soledad para vivir con Dios y lidiar con el Diablo. Hay que afrontar el desafío del bien y del mal también en la solidaridad con los hermanos. (No negamos con esto la validez de vocaciones específicas para la contemplación radical, en solidaridad siempre, como vocaciones orantes, como testimonios de la trascendencia, hoy más necesarios que nunca, en medio de un mundo opaco e inmediatista…).
En el día-a-día es donde es más difícil superar las incoherencias personales, la contradicción entre la utopía, los ideales, la generosidad, los gestos nobles y heroicos por una parte, y por otra los egoísmos en la convivencia (matrimonial, familiar, comunitaria o de equipo de trabajo…), la corrupción, la falta de responsabilidad en lo pequeño, la debilidad en cosas tan humanas como la gula, la inmadurez sexual, el alcohol… En nuestra conducta en el día-a-día es donde se hacen patentes a los que nos rodean las propias actitudes fundamentales viciosas que nos pasan con frecuencia desapercibidas a nosotros mismos (afán de protagonismo, personalismo, orgullo, utilización de los demás, irresponsabilidad…).
La armonía personal pide la coherencia interior estructural de la persona: se trata de una profunda armonía y cohesión entre la opción fundamental de la persona, sus actitudes fundamentales, y sus actos concretos104. Sólo cuando hay coherencia entre estos tres planos se da armonía, autenticidad, veracidad en la persona. Y esto en todos los planos: individual íntimo, privado, familiar, vecinal, económico, militante, público… El testimonio sería la señal mayor de veracidad. El martirio sería el supremo signo de veracidad.
El utópico, el revolucionario, el santo marcado por el espíritu liberador, es coherente, lleva la fidelidad desde la raíz de su persona hasta los detalles mínimos que otros descuidan: la atención a los pequeños, el respeto total a los subordinados, la erradicación del egoísmo y del orgullo, el cuidado de las cosas comunes, la entrega generosa en los trabajos no remunerados, la honestidad para con las leyes públicas, la puntualidad, la atención a los demás en la correspondencia epistolar, la no acepción de personas, la insobornabilidad… La delicada fidelidad diaria es la mejor garantía de la veracidad de nuestras utopías. ¡Cuanto más utópicos, más cotidianos!
Dice un proverbio que «todo hombre tiene su precio», es decir, que a un precio u otro (por una cuota mayor o menor de dinero, poder, protagonismo, comodidad, sexo, fama, adulación…) toda persona acaba, un día cualquiera, cediendo, vendiendo su conciencia, su dignidad, su honestidad… La corrupción es una plaga mayor en nuestros países, a muchos niveles. Las denuncias y la impotencia ante la corrupción es un estribillo repetido hasta la saciedad en casi todos nuestros países. El hombre y la mujer nuevos, llenos de espíritu, son realmente insobornables aun en lo pequeño y en los días grises.
El día-a-día es el test más fiable para mostrar la calidad de nuestra vida y el espíritu que la inspira. Ahí es donde hay que hacer verdad aquellas consignas: «Ser lo que se es. Hablar lo que se cree. Creer lo que se predica. Vivir lo que se proclama. Hasta las últimas consecuencias y en las menudencias diarias»105.
Esta del día-a-día viene a ser una de las principales formas de «ascética» de nuestra espiritualidad. El heroísmo de lo diario, de lo doméstico, de lo rutinario, de la fidelidad hasta en los detalles oscuros y anónimos. La fidelidad en el día a día viene a ser uno de los principales criterios de autenticidad. Porque «no son los mismos los que tienen el mensaje de liberación y los que liberan realmente»106.
104 CASALDALIGA, P., El vuelo del Quetzal, Maíz Nuestro, Panamá, 127ss.
105 CASALDALIGA, P., Los rasgos del hombre nuevo, en VARIOS, Espiritualidad y liberación, DEI, San José de Costa Rica 1982.
106 Paul Evdokimov, Citado por Y. CONGAR, Entretiens d'automme, Paris, Cerf 1987.
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Dime cómo vives un día ordinario, un día cualquiera, y te diré si vale tu sueño del mañana.
La utopía no es quimera. Debe afrontar la «increíble inercia de lo real» (Guardini), «la insoportable levedad del ser» (Kundera).
El Kairós sólo se puede vivir en el kronos. En el kronos estalla, y se ha de ir acogiendo hoy, cada día..

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