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Entré
en 1976 por la puerta de una sala de cirujía. El día 6 de enero, fiesta de la
Luz, por ser la Epifanía del Señor, fui operado de catarata en el ojo
izquierdo. Por la mano experta del Dr. Durval, de Goiânia. Con ello conseguí
unos días de reposo y de oración, al abrigo de la siempre fraterna acogida de
los Claretianos de la avenida Paranaíba. Escuché radio a destajo. La BBC,
particularmente, que ya le es familiar a uno. Y pude hacer un balance de la
música (y de las necedades) que le proporcionan al Pueblo tantas emisoras de
Radio y de Televisión...
De esa catarata guardo el recuerdo de un poema que
escribí, ya viendo nubladamente, en el mes de agosto anterior, camino de
Meruri, acompañado de cuatro indios Tapirapé y rumiando polvo, preocupaciones y
carretera, al sol empañado por la humareda rojiparda de las «queimadas» del
Latifundio:
OJOS NUEVOS
Entonces
veré el sol con ojos nuevos
y
la noche y su aldea reunida;
la
garza blanca y sus ocultos huevos,
la
piel del río y su secreta vida.
Veré
el alma gemela de cada hombre
en
la entera verdad de su querencia;
y
cada cosa en su primer nombre
y
cada nombre en su lograda esencia.
Confluyendo
en la paz de Tu Mirada,
veré,
por fin, la cierta encrucijada
de
todos los caminos de la Historia
y
el reverso de fiesta de la Muerte.
¡Y
cebaré mis ojos en Tu Gloria,
para
ya siempre más ver, verme y verte!
Para
Semana Santa escribí otro «auto sacramental sertanejo», sobre la Pasión y
Muerte del Indio entre nosotros: «Paixão e Morte de Txetxuiâ». Txetxuiâ
es el modo fonético con que los Tapirapé hablan de Jesús...
La
pasión del Indio -su Pasión- se hacían cada día más presentes en mi vida.
El
día 16 de mayo la Comisión Pastoral de la Tierra publicaba un documento
enérgico apelando en favor de los posseiros de Cascalheira y Ribeirão
Bonito, tantas veces acorralados por la arbitrariedad de los terratenientes
invasores y de la policía y últimamente bajo la acción, todavía no descifrada,
de Erlane Penalva, mitad ladrón, mitad instrumento de fuerzas mayores.
El propio Dr. Francisco de Barros Lima, un día presidente de nuestra
inquisición policial y ahora jefe de la policía Federal en el Estado de Goiás,
me decía más tarde que Penalva «nos había tratado mal a todos: a los posseiros,
al obispo, a la policía...».
Ninguna
autoridad entre tanto se preocupó de cortarle los pasos, a pesar de la
publicidad que el caso Penalva tuvo.
Llegó
el mes de julio. Y en Meruri -la entrañable aldea de los indios Bororo- se hizo
una histórica «Alianza en la sangre», entre el Indio y la Misión.
A
las 11 de la mañana del día 15 de julio, la Colonia Indígena de Meruri, al este
de Mato Grosso, fue atacada por 62 fazendeiros armados, cuyas tierras están
dentro de la reserva Bororo que empezara a ser demarcada por la FUNAI, la
antevíspera.
El
P. Rodolfo Lunkenbein, misionero salesiano, de 37 años de edad, y el
indio Simão Cristino fueron muertos, otros cuatro Bororo quedaron heridos. Uno
de los atacantes también murió, alcanzado por una bala perdida de sus
propios compañeros («Movimento», julio de 1976, n.° 56).
Aquel
mismo día 15 yo había escrito una carta al P. Rodolfo y a su compañero, el buen
P. Ochoa, colocando en mayúscula el nombre de RODOLFO, por una inconsciente
distracción que iba a ser profética. Aquel hombre, alemán, generoso, alto de
cuerpo y de espíritu, limpio en sus ojos de chiquillo azules y abierto siempre
en sonrisa, iba a sellar, el primero, los compromisos asumidos en la I Asamblea
Misionera Indigenista de Goiânia.
Ya
el Misionero no moría «matado» por el Indio, como en las antiguas historias.
Moría por el Indio, amado en la totalidad de su ser y de sus derechos, no visto
apenas como un alma que salvar. Moría por la Tierra del Indio que estaba siendo
invadida, demostrando así saber muy bien cómo, según el Parlamento Indio de San
Bernardino, de octubre de 74, «el indio es la propia tierra».
Y
el Indio, en este caso el dulce y fiel SIMÃO, aquel que «nunca zangava», moría
por el Misionero. «Sólo para "acudir" al Padre», como decía el viejo
cacique Eugenio -Aidji Kuguri-, Simão moría y otros cuatro Bororo quedaban
heridos. Sólo para socorrer al Padre: «de manos limpias, de cuerpo limpio», que
«ni siquiera una navaja tenían consigo».
Yo
fui a Meruri, con Leo, tres días después. Nunca más olvidaré aquel otero
preciso en el azul, los grandes árboles temblando, el agua muda y las hojas en
revuelo, la plaza, casi colonial, al sol y su improvisada campana, las
Misioneras salesianas en blanca desolación y los Indios todos cantando en
aquella misa que celebramos por los Mártires, con un lamento indio que
sobrecogía, durante la comunión.
Puse
toda mi alma en aquella misa, palabra. Y entregué al cacique Eugenio el
báculo -mitad borduna, mitad remo- de pau-brasil que los indios Tapirapé me
habían ofrendado en mi consagración episcopal. Con ello yo les daba a los
Mártires, a los Bororo, a la Misión salesiana de Meruri, el mejor tesoro que yo
tenía.
Aquella
noche escribí en el «Livro de Presença» de la Misión:
Esta tarde hemos
celebrado, con la Muerte gloriosa de Cristo, la muerte gloriosa de Rodolfo y de
Simão; la sangre de Tereza, de Lourenço, de Zezinho y de Gabriel; la angustia y
solidaridad de Ochoa, de los Bororo, de los Misioneros Salesianos de Meruri.
El
15 de julio pasa a ser una fecha histórica en la Historia de la nueva Iglesia
Misionera. Rodolfo y Simão son otros dos mártires, perfectos en el amor, según
la Palabra de Cristo; el Indio ha dado la vida por el Misionero; el Misionero
ha dado la vida por el Indio.
Para
todos nosotros, indios y misioneros, esta sangre de Meruri es un compromiso y
una esperanza.
¡El
indio tendrá tierra! ¡El Indio será libre! ¡La Iglesia será india!
Con
un abrazo de la Iglesia indígena y sertaneja de São Félix...
Escribí
también, para la solemne misa funeral de la catedral de Goiânia una Letanía
penitencial, que reproduzco aquí porque expresa lo que siento acerca de la
culpa colectiva, la obstinada ignorancia, que nos toca reparar, como Sociedad y
como Iglesia, en nuestro comportamiento para con los Pueblos indígenas:
-
«Por todos los pecados de la antigua y de la nueva Colonización que están
aplastando, durante siglos, los Pueblos indígenas de nuestra América, os
pedimos perdón...
-
Por los pecados de la propia Iglesia, tantas veces instrumento del antiguo y
del nuevo colonialismo...
-
Por el orgullo y la ignorancia con que despreciamos la cultura de los Pueblos
indígenas, en nombre de una civilización hipócritamente llamada cristiana...
-
Por la
expoliación de las tierras del Indio y la destrucción de la naturaleza en que
él vive, causadas por el Latifundio y los intereses de las grandes empresas
nacionales o multinacionales, o por el turismo irrespetuoso...
-
Por la inhumana violencia con que pretendemos transformar las comunidades
indígenas en nuevas víctimas de nuestra civilización de lucro y de consumo, a
pretexto de una ilusoria integración...
-
Por la incapacidad en descubrir el «Verbo sembrado», las raíces de Evangelio,
en la vida simple y comunitaria de los Pueblos indígenas...
-
Por la falta de solidaridad de la conciencia nacional; por la falta de
honestidad o de eficiencia de las autoridades responsables; por la omisión de
la Iglesia; por todos los pecados del Pueblo brasileño contra los derechos de
nuestros hermanos indios...
-
Porque tantas veces pretendemos aislar el problema indígena del problema global
de todos los marginados del País, en la ciudad y en el campo...
-
Por la falta de vocaciones dispuestas a encarnarse, como Jesús, en la cultura,
en el martirio y en la esperanza de los Pueblos indígenas...
-
Por los que mataron a nuestros hermanos, Simão y Rodolfo, por los que encubren
este crimen, por todos los que matan, día tras día, al Indio, nuestro
hermano...
-
Por nuestra falta de esperanza en ese Mundo Nuevo que debemos construir, donde
todos los Pueblos seremos libres y hermanos, siendo vuestro Pueblo...
-
Perdón, Señor, perdón.
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