martes, 5 de mayo de 2015

LA MUERTE QUE DA SENTIDO A MI CREDO 2 (PEDRO CASALDÁLIGA)

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Entré en 1976 por la puerta de una sala de cirujía. El día 6 de enero, fiesta de la Luz, por ser la Epifanía del Señor, fui operado de catarata en el ojo izquierdo. Por la mano experta del Dr. Durval, de Goiânia. Con ello conseguí unos días de reposo y de oración, al abrigo de la siempre fraterna acogida de los Claretianos de la avenida Paranaíba. Escuché radio a destajo. La BBC, particularmente, que ya le es familiar a uno. Y pude hacer un balance de la música (y de las necedades) que le proporcionan al Pueblo tantas emisoras de Radio y de Televisión...
De esa catarata guardo el recuerdo de un poema que escribí, ya viendo nubladamente, en el mes de agosto anterior, camino de Meruri, acompañado de cuatro indios Tapirapé y rumiando polvo, preocupaciones y carretera, al sol empañado por la humareda rojiparda de las «queimadas» del Latifundio:


OJOS NUEVOS

Entonces veré el sol con ojos nuevos
y la noche y su aldea reunida;
la garza blanca y sus ocultos huevos,
la piel del río y su secreta vida.

Veré el alma gemela de cada hombre
en la entera verdad de su querencia;
y cada cosa en su primer nombre
y cada nombre en su lograda esencia.

Confluyendo en la paz de Tu Mirada,
veré, por fin, la cierta encrucijada
de todos los caminos de la Historia

y el reverso de fiesta de la Muerte.
¡Y cebaré mis ojos en Tu Gloria,
para ya siempre más ver, verme y verte!


Para Semana Santa escribí otro «auto sacramental sertanejo», sobre la Pasión y Muerte del Indio entre nosotros: «Paixão e Morte de Txetxuiâ». Txetxuiâ es el modo fonético con que los Tapirapé hablan de Jesús...
La pasión del Indio -su Pasión- se hacían cada día más presentes en mi vida.
El día 16 de mayo la Comisión Pastoral de la Tierra publicaba un documento enérgico apelando en favor de los posseiros de Cascalheira y Ribeirão Bonito, tantas veces acorralados por la arbitrariedad de los terratenientes invasores y de la policía y últimamente bajo la acción, todavía no descifrada, de Erlane Penalva, mitad ladrón, mitad instrumento de fuerzas mayores. El propio Dr. Francisco de Barros Lima, un día presidente de nuestra inquisición policial y ahora jefe de la policía Federal en el Estado de Goiás, me decía más tarde que Penalva «nos había tratado mal a todos: a los posseiros, al obispo, a la policía...».
Ninguna autoridad entre tanto se preocupó de cortarle los pasos, a pesar de la publicidad que el caso Penalva tuvo.
Llegó el mes de julio. Y en Meruri -la entrañable aldea de los indios Bororo- se hizo una histórica «Alianza en la sangre», entre el Indio y la Misión.
A las 11 de la mañana del día 15 de julio, la Colonia Indígena de Meruri, al este de Mato Grosso, fue atacada por 62 fazendeiros armados, cuyas tierras están dentro de la reserva Bororo que empezara a ser demarcada por la FUNAI, la antevíspera.
El P. Rodolfo Lunkenbein, misionero salesiano, de 37 años de edad, y el indio Simão Cristino fueron muertos, otros cuatro Bororo quedaron heridos. Uno de los atacantes también murió, alcanzado por una bala perdida de sus propios compañeros («Movimento», julio de 1976, n.° 56).
Aquel mismo día 15 yo había escrito una carta al P. Rodolfo y a su compañero, el buen P. Ochoa, colocando en mayúscula el nombre de RODOLFO, por una inconsciente distracción que iba a ser profética. Aquel hombre, alemán, generoso, alto de cuerpo y de espíritu, limpio en sus ojos de chiquillo azules y abierto siempre en sonrisa, iba a sellar, el primero, los compromisos asumidos en la I Asamblea Misionera Indigenista de Goiânia.
Ya el Misionero no moría «matado» por el Indio, como en las antiguas historias. Moría por el Indio, amado en la totalidad de su ser y de sus derechos, no visto apenas como un alma que salvar. Moría por la Tierra del Indio que estaba siendo invadida, demostrando así saber muy bien cómo, según el Parlamento Indio de San Bernardino, de octubre de 74, «el indio es la propia tierra».
Y el Indio, en este caso el dulce y fiel SIMÃO, aquel que «nunca zangava», moría por el Misionero. «Sólo para "acudir" al Padre», como decía el viejo cacique Eugenio -Aidji Kuguri-, Simão moría y otros cuatro Bororo quedaban heridos. Sólo para socorrer al Padre: «de manos limpias, de cuerpo limpio», que «ni siquiera una navaja tenían consigo».
Yo fui a Meruri, con Leo, tres días después. Nunca más olvidaré aquel otero preciso en el azul, los grandes árboles temblando, el agua muda y las hojas en revuelo, la plaza, casi colonial, al sol y su improvisada campana, las Misioneras salesianas en blanca desolación y los Indios todos cantando en aquella misa que celebramos por los Mártires, con un lamento indio que sobrecogía, durante la comunión.
Puse toda mi alma en aquella misa, palabra. Y entregué al cacique Eugenio el báculo -mitad borduna, mitad remo- de pau-brasil que los indios Tapirapé me habían ofrendado en mi consagración episcopal. Con ello yo les daba a los Mártires, a los Bororo, a la Misión salesiana de Meruri, el mejor tesoro que yo tenía.
Aquella noche escribí en el «Livro de Presença» de la Misión:
Esta tarde hemos celebrado, con la Muerte gloriosa de Cristo, la muerte gloriosa de Rodolfo y de Simão; la sangre de Tereza, de Lourenço, de Zezinho y de Gabriel; la angustia y solidaridad de Ochoa, de los Bororo, de los Misioneros Salesianos de Meruri.
El 15 de julio pasa a ser una fecha histórica en la Historia de la nueva Iglesia Misionera. Rodolfo y Simão son otros dos mártires, perfectos en el amor, según la Palabra de Cristo; el Indio ha dado la vida por el Misionero; el Misionero ha dado la vida por el Indio.
Para todos nosotros, indios y misioneros, esta sangre de Meruri es un compromiso y una esperanza.
¡El indio tendrá tierra! ¡El Indio será libre! ¡La Iglesia será india!
Con un abrazo de la Iglesia indígena y sertaneja de São Félix...
Escribí también, para la solemne misa funeral de la catedral de Goiânia una Letanía penitencial, que reproduzco aquí porque expresa lo que siento acerca de la culpa colectiva, la obstinada ignorancia, que nos toca reparar, como Sociedad y como Iglesia, en nuestro comportamiento para con los Pueblos indígenas:
- «Por todos los pecados de la antigua y de la nueva Colonización que están aplastando, durante siglos, los Pueblos indígenas de nuestra América, os pedimos perdón...
- Por los pecados de la propia Iglesia, tantas veces instrumento del antiguo y del nuevo colonialismo...
- Por el orgullo y la ignorancia con que despreciamos la cultura de los Pueblos indígenas, en nombre de una civilización hipócritamente llamada cristiana...
- Por la expoliación de las tierras del Indio y la destrucción de la naturaleza en que él vive, causadas por el Latifundio y los intereses de las grandes empresas nacionales o multinacionales, o por el turismo irrespetuoso...
- Por la inhumana violencia con que pretendemos transformar las comunidades indígenas en nuevas víctimas de nuestra civilización de lucro y de consumo, a pretexto de una ilusoria integración...
- Por la incapacidad en descubrir el «Verbo sembrado», las raíces de Evangelio, en la vida simple y comunitaria de los Pueblos indígenas...
- Por la falta de solidaridad de la conciencia nacional; por la falta de honestidad o de eficiencia de las autoridades responsables; por la omisión de la Iglesia; por todos los pecados del Pueblo bra­sileño contra los derechos de nuestros hermanos indios...
- Porque tantas veces pretendemos aislar el problema indígena del problema global de todos los marginados del País, en la ciudad y en el campo...
- Por la falta de vocaciones dispuestas a encarnarse, como Jesús, en la cultura, en el martirio y en la esperanza de los Pueblos indígenas...
- Por los que mataron a nuestros hermanos, Simão y Rodolfo, por los que encubren este crimen, por todos los que matan, día tras día, al Indio, nuestro hermano...
- Por nuestra falta de esperanza en ese Mundo Nuevo que debemos construir, donde todos los Pueblos seremos libres y hermanos, siendo vuestro Pueblo...
- Perdón, Señor, perdón.




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