3
0ctubre.
Día 2.
Estoy en Santa Terezinha. Y en los días de la hermana luminosa de Lisieux. Leo
«Les mains vides» de C. de Meester. Y la presencia ejemplar y estimulante de
Teresa me acompaña de nuevo.
Las
noticias del País son más o menos dramáticas. Don Adriano, de Nova
Iguaçu, fue secuestrado, golpeado, humillado. La extrema derecha amenaza a
otros obispos, con la muerte incluso.
Es, otra vez, quizás más que nunca, hora de martirio.
Estos
días me siento como acariciado por el Espíritu. Anteayer pedí especialmente -y
será esta una petición normal en adelante- «la caridad, el testimonio de vida y
de palabra, la contemplación y el martirio»...
Todo
es posible aún. Y Dios quiere dar. Sus manos están llenas para compensar
nuestras manos vacías.
Dice
Teresa:
«Au
soir de cette vie, je paraîtrai devant Vous les mains vides... Lorsque je
paraîtrai devant mon Epoux Bien-Aimée je n'aurai que mes désirs à Lui
presenter».
Aquella
palabra también de Teresa que siempre me ha confortado tanto:
«Le
Bon Dieu ne saurait inspirer des désirs irréalisables...», es verdadera.
Nuestro Dios es el Dios de la Promesa fiel. Su Gracia es una vocación que El
mismo cumple en nosotros misericordiosamente: Dios es Amor eficaz. Jesucristo
es la garantía cierta, el «sí» de Dios».
«Día
7. Hemos
tenido estos días -4, 5, 6-, y en la acogedora soledad de la colina de la
iglesia, el Encuentro Indigenista de la Prelatura. Con la participación de
cuatro indios Tapirapé. Ha sido muy familiar y muy concreto. Y tengo la
esperanza de haber dado un paso decisivo en el atendimiento a los indios
Karajá. Es una utopía, sí. O sea, es Esperanza. Los Karajá son nuestros
hermanos más marginados, aquí. Por eso nos debemos más a ellos».
«Día
16 Diamantino.
Ha sido una semana de sangre y de testimonio. Otra vez. Tres meses después de
la muerte del P. Rodolfo, y dentro de nuestro Regional del CIMI, el P. João
Bosco PENIDO BURNIER, que nos compañó en el Encuentro de Santa Terezinha,
moría, víctima de una bala y de la Justicia. En Ribeirão Bonito. Cuando
él y yo reclamábamos de la Policía por los malos tratos a que ella estaba
sometiendo a dos pobres mujeres del lugar.
Cayó
a mis pies.
Su
sangre fecundó nuestro suelo, nuestra vida, el futuro de nuestra Iglesia, de
este Pueblo del sertão -indios, posseiros, peones-.
Esta
muerte ha despertado la conciencia de la Iglesia nacional. Espero que sea de un
modo profundo y duradero.
Yo
me he sentido muy próximamente afectado. Quizás el martirio está más cerca que
nunca.
Que
el Espíritu de Jesús nos llene de una alegre decisión de testimonio».
Transcribo el relato que escribí para
el Boletín del CIMI, noviembre de 1976:
«Muerte y testamento del
P. João Bosco»
Encuentro
indigenista
Como
coordinador del Regional del CIMI, en el nordest del Mato Grosso, el P. João
Bosco vino a la Prelatura de São Félix, para acompañarnos en el Encuentro
Indigenista anual de la Prelatura. Fue durante los días 4, 5 y 6 de octubre. En
SantaTerezinha, MT. En aquella Santa Terezinha de los posseiros, de la Codeara
y del P. Francisco Jentel...
Ya
en su venida el Padre realizaba así un viejo sueño de infancia: ver el
Araguaia, el gran Araguaia de las leyendas y narraciones, decía él. De São
Félix a Santa Terezinha viajó de «voadeira», por el Beroká de los Karajá,
durante unas seis horas. Bajo una lluvia imponente en el último trecho, en un
verdadero bautismo de Araguaia.
El
Encuentro fue en la vieja casa, en la vieja iglesia del «morro»,
herencia de los misioneros dominicos de la Prelatura de Conceição.
Participamos, además de los miembros del Equipo Pastoral de la Prelatura
directamente dedicados al servicio del Indio, otros miembros del mismo Equipo,
y cuatro indios Tapirapé. (Y sus esposas y niños también nos acompañaron en la
libre participación que es de derecho).
El
Encuentro ventiló los temas de la Tierra, Escuela, Choque Cultural, Población
Circundante, Turismo (sobre todo, el Hotel Fluctuante), atendimiento a los
Karajá, Comunicación entre los Tapirapé y los Karajá vecinos. Bautismo y vida
cristiana...
En
un clima de total simplicidad y realismo.
El
P. João Bosco participó a sus anchas, expansivo, feliz. Contribuyendo con
oportunas acotaciones. Siempre en aquella su actitud de mediación, pero también
cada día más comprometido con la Causa Indígena, cada día más solidario con la
misión del CIMI. (Preocupado con que el CIMI fuese acogido en las Misiones
tales, con que el CIMI pudiese intervenir en tal área. Asumiendo el compromiso
de concretar tema, lugar, fecha, clima para el Encuentro Regional del CIMI en
el próximo año de 77...)
Se
sintió feliz, sobre todo, y emocionado, en la visita a la aldea Tapirapé, una
vez terminado el Encuentro. Fuimos para allá en el célebre «mondrongo» de las
Prelaturas de la Amazonia Legal, enfrentando ramas y puentes frágiles,
jugueteando con el grupo Tapirapé, sudando.
(Creo
que el P. Joao vino a São felix para expansionarse, para rezar, para morir.
Fueron muy intensos aquellos últimos días suyos!)
Era
el día 7 de octubre. Aquella noche de claro de luna -de ese claro de luna único
que tenemos allí, en el sertão- hubo una charla magnífica con los hombres
Tapirapé, según la costumbre de la tribu, echados o sentados sobre las esteras
de paja, en los troncos. (La casa central la «takana», había sido quemada, este
año, en homenaje ritual a uno de sus principales constructores, que había
fallecido).
El
P. João Bosco vibró con esa larga, sosegada, profunda conversación: el alma de
la aldea aflorando, y el Bautismo, otra vez, y lo que sería ser cristiano sin
dejar de ser indio, y la cultura de los indios y sus derechos... «Fue una
charla maravillosa, Pedro», repetía el P. João Bosco.
Aquella
tarde y la mañana siguiente visitó la aldea, conversó, se mezcló familiarmente
con los Tapirapé, recibió un collar de presente... Y celebramos, en la casa
humilde, igual, de las Hermanitas, una Misa conmovedora: «Yo te bendigo. Padre,
porque has escondido estas cosas a los sabios y prudentes y las has manifestado
a los pequeñuelos...». En el suelo, sobre las esteras de paja, antes de la
comida, una Eucaristía de testimonio indígena total.
Ribeirão
Bonito
El
Padre y yo regresamos a São Félix el día 8. Y allí permaneció él conmigo un día
más, porque yo necesitaba encaminar algunas providencias en la «curia». El día
11, a las 6 de la mañana, tomamos el «expresso» Xavante de la línea São
Félix-Barra do Garças y a la una de la tarde llegamos a Ribeirão Bonito, un
lugarejo, todavía área de la Prelatura, de mil y tantos habitantes.
Este
fue el último viaje consciente del P. João Bosco. Por la carretera iba
comparando la tierra, las haciendas, los hombres de la región, con la realidad,
igual y diversa, del área de Diamantino. El P. João Bosco era muy observador,
minucioso.
El
poblado celebraba las fiestas de Nuestra Señora. Aparecida, patrona del lugar.
Yo iba a Ribeirão Bonito para acompañar al Pueblo en esas fechas. Y este año
íbamos a decidir cómo construir la iglesia, pues el villarejo tiene apenas una
chabola, semiabierta, de barro y paja, para sus celebraciones.
El
P. João Bosco decidió pernoctar allí: conocería el personal del equipo que allí
trabaja y conocería al Pueblo. Al día siguiente proseguiría su viaje hacia
Barra, Cuiabá, Diamantino... y la lejana aldea de sus indios
Bakairi.
Sólo
que los planes de Dios eran otros.
Cuando
llegamos a Ribeirão, en seguida nos sentimos tocados por un cierto clima de
terror que flotaba sobre el lugar y sus alrededores. La muerte del soldado
Félix, de la Policía Militar, muy tristemente conocido hacía cinco años, en la
región, por sus arbitrariedades y hasta crímenes, y muerto en una última
provocativa arbitrariedad, trajo al lugar un gran contingente de policías, y
con ellos la represión arbitraria y hasta la tortura.
Así
y todo, el Pueblo celebraba las fiestas de la Patrona. Aquella tarde el P. João
Bosco acompañó al Pueblo, rezando y cantando, en la procesión al arroyo local
(de ahí el nombre de «Ribeirão Bonito») en donde se bendijo el agua del
Bautismo que iba a ser administrada al día siguiente. Y en esa procesión,
providencialmente, fueron filmadas las últimas escenas de la vida del P. João
Bosco.
Dos
mujeres, sobre todo, doña Margarita y doña Santana, estaban sufriendo en la
Comisaría, impotentes, y bajo torturas, esa represión inhumana: un día sin
comer ni beber, de rodillas, brazos en cruz, agujas en la garganta y debajo de
las uñas...
Eran
más de las seis de la tarde, y sus gritos se oían desde la calle: «¡No me
golpeen!» Decidí ir a la Comisaría, para interceder por ellas. Un muchacho de
la Misión quiso acompañarme. Temí por él y no se lo permití. El P. João Bosco,
que estaba leyendo, rezando, como leyó y rezó mucho durante esos días que
convivió con nosotros en la Prelatura, se empeñó en acompañarme.
La
oscuridad que se acercaba, la arena en la calle, el terror perceptible en el
aire, en el silencio, nos acompañaron.
Cuando
llegábamos al terreno de la pequeña Comisaría local, cercado de alambre, el
cabo Juraci salía. Posiblemente nos vio llegar. Volvió, pocos minutos después,
con el cabo Messías y dos soldados; los tres últimos, de uniforme. En una
camioneta del «Bracinho» -edecán de la Policía, según el calificativo del
Pueblo del Ribeirão- dirigida en aquel momento por su hijo, de 12 años,
Genivaldo Pedro Nunes.
La
camioneta paró al lado de la Comisaría. Y los policías nos esperaron en
hilera, con actitud agresiva. Pasamos la cerca de alambre que iba a ser también
cerco de muerte. Yo me presenté como el obispo de São Félix, dando la mano a
los soldados. El P. João Bosco se presentó también.
Y
tuvimos aquel diálogo, de tal vez tres o cinco minutos. Sereno de nuestra
parte; con insultos y amenazas, incluso de muerte, por parte ellos. Cuando el
P. João Bosco dijo a los policías que denunciaría a sus superiores las
arbitrariedades que estaban practicando, el soldado Ezy Ramaltho Feitosa saltó
hasta él -tres metros apenas- dándole una bofetada fortísima en el rostro.
Inútilmente intenté cortar ahí el imposible diálogo: «João Bosco, vámonos...».
El soldado, seguidamente, descargó también en el rostro del Padre un golpe de
revólver y, en un segundo gesto fulminante, el tiro fatal, en el cráneo.
Sin
un ay, el mártir -el mártir, sí- cayó, tieso; pensé que
muerto. El aire se congeló, y la noche. Me incliné sobre el
herido, lo llamé, respondió. El cabo Juraci comentó, tal vez aliviado, tal vez
irresponsable: «Fue un tiro para asustarle...». Y aún quiso explicarme el
hecho, con triste superioridad de suboficial: «¡Soldado..!»
Pedí
el coche, pedí que me ayudasen a cargar en él al herido. Dos de los policías,
efectivamente, me ayudaron. Y el niño conductor y yo llevamos al Padre al
dispensario que la Prelatura tiene en el lugar, a 300 metros apenas de la
comisaría.
El
Dr. Luis y la Hermana Beatriz, enfermera, ambos de nuestro equipo, intentaron
hacer lo imposible. Y todos nosotros, allí presentes, y el pueblo, los hombres
sobre todo, acompañamos, ansiosos, solidarios. El Pueblo comentaba con palabras
gravísimas: «Si fuera uno de nosotros, uno está acostumbrado, es cosa de cada
día...; pero un Padre... ¡Esa policía se está hundiendo mucho!...».
Aquella
noche, se suspendió el acto de la Novena, con Misa, a la Patrona, para mayor
seguridad. de todos, en primer lugar. Y se pidió al Pueblo que volviese a sus
casas, para rezar, a esperar.
En
la primera limpieza de la sangre, coagulada, en el parietal derecho,
aparecieron hilachas de la masa encefálica. «Pronóstico reservado, Pedro...»,
me dijo, angustiado, el Dr. Luis.
¿Qué
hacer? Salir de noche para un lugar con recursos, en ese caso significaría
viajar unas 15 horas, hasta Goiânia. La Policía, por otra parte, según el
comentario del Pueblo, nos estaría esperando al acecho, en la carretera de
Barra do Garças, que es también el camino de Goiânia.
Hasta
las 10 de la noche, imaginábamos poder llamar, por la radio local, alguna
avioneta, para la madrugada siguiente.
Agonía
de mártir
Entre
tanto, el P. João Bosco vivía, consciente y generoso, su agonía de mártir, fuerte,
sufrido, en oblación. Invocó varias veces el nombre de Jesús. Ofreció varias
veces su sufrimiento por los Indios, por el Pueblo. Por el Pueblo de nuestra
Prelatura, por el Pueblo de su Prelatura de Diamantino. Se acordó del CIMI, de
don Tomás Balduino, su presidente. Lamentó con nostalgia conmovedora: «Siento
no haber tomado nota de lo que los indios (Tapirapé) conversaron...». Recibió
la Unción, de mis manos, lúcido y fervoroso. En latín, porque él rezaba en
latín su breviario, hasta el último día. Le recordé, una y otra vez, que al día
siguiente era la fiesta de Nuestra Señora Aparecida, y él asentía y ofrecía de
nuevo su dolor.
Apretaba
mi mano, la mano del P. Máximo. Bromeó con éste, aún. Nunca quiso escupir en el
suelo o en la pared -ni a pedido del médico-, siempre comedido en sus gestos.
Su
última palabra inteligible fue la palabra, de Pablo -«He acabado mi carrera»- o
la palabra del propio Jesús -«¡Todo está consumado!»-. Intentó incorporarse y
dijo, solemne: «¡Don Pedro, hemos acabado nuestra tarea!».
Después,
ya más de las diez, noche y expectativa adentro, en una camioneta escoltada por
un coche amigo, el médico, la Hermana y yo salimos, con el padre, bajo el
suero, respirando él como un motor cansado, por la carretera de São Félix, por
la desastrosa carretera del Xingú, en busca de un taxiaéreo de la «Taxi-Aéreo
Goiâs» que sabíamos pernoctaba en una hacienda. Fueron cuatro horas de mortal
ansiedad. El P. João Bosco fue santificando, con el resto de su vida, ofrecida
al viento de la noche y a Dios, aquellas carreteras, aquellas haciendas, donde
tantas vidas humanas, anónimas, sufrieron y fueron sacrificadas. Fue aquel un
vía crucis de Redención por los caminos de la Amazonia Legal, por las tierras
de los indios, de los posseiros, de los peones.
A
las cinco de la madrugada, cuando la luz todavía intentaba delimitar el
horizonte, volamos hacia Goiânia, hacia el Instituto Neurológico de la Avenida
T. Todo era inútil, médicamente. El P. João Bosco estaba con el cerebro ya
«muerto», en estado de vasoplegía.
La
noticia corrió por Goiânia, por el País, por el extranjero. Don Fernando, la
CNBB, los Padres Jesuitas, el CIMI, la familia Burnier, la Prensa...
Y
todos sentimos luego que aquella vida inmolada se tornaba testimonio y
conmoción. Era un misionero entre los indios quien moría, y moría para libertar
de la tortura a dos pobres mujeres del Pueblo del interior.
Al
otro día, la capilla ardiente y, sobre todo, la Misa, en la catedral de
Goiânia, expresarían magníficamente ese valor de testimonio, ese martirio de
Caridad y por la Justicia. Y esa comunión de la Iglesia del Centro Oeste (Mato
Grosso y Goiâs) y de tantos lugares del Brasil.
Diamantino
y São Félix, particularmente, con Guiratinga -el triángulo misionero del
Nordeste del Mato Grosso- quedábamos como sellados por una alianza de
compromiso y de testimonio.
La
vida nace de la muerte
En
Diamantino, donde el P. João Bosco fue sepultado, por derecho incuestionable de
Misión, el Pueblo participó de la Misa y del entierro con una fe expansiva,
victoriosa. Un editorialista de «O Estado de São Paulo» no iba a entender por
qué se presentaban en la iglesia las camisas del Padre manchadas de sangre, ni
por qué se traducía «remisión» por «Liberación» -que es para nosotros, una
remisión plena-. El Pueblo es quien entiende de sus mártires... Tampoco
entendía bien esa historia aquel terrateniente que comentaba, esa misma noche,
en el hotel: «Esos padres... imaginan que... ¡Sólo tienen peones con
ellos!...».
Un
periodista lloró, en la Misa, cuando alguien dijo que «la Libertad se compra
con la sangre y la Vida nace de la muerte». El sí que entendió.
Los
padres Jesuitas divulgaron un óptimo documento que, entre otras lecciones de
humildad y de compromiso, agradece a los indios, a los posseiros y a los
peones, porque educaron al P. João Bosco en el Evangelio. Esos Jesuitas también
entendieron.
Cuando
enterrábamos, bajo el calor del Mato Grosso, casi al medio día, el
cuerpo-semilla del P. João Bosco Penido Burnier, misionero y mártir, junto a la
alambrada -símbolo de todas las cercas del Latifundio que oprimen el Pueblo de
nuestra Amazonia- Dios puso una señal en el cielo: el arco iris ciñó de Gloria
y de Paz la nube oscura que flotaba entre el sol y la tierra, en aquella hora.
El
Pueblo planta la Cruz y derriba la cárcel. Como es de tradición en el Brasil, el
Pueblo de Ribeirão Bonito, Cascalheira y alrededores quiso celebrar la Misa del
7° dia por el querido difunto P. João.
Convidaron
a las otras comunidades de la Prelatura, con un folleto que presentaba dos
manos traspasadas, con las sogas rompiéndose, las rejas al fondo y esta palabra
de Jesús: «Ven, bendito de mi Padre, porque yo estaba preso y tú me
visitaste».
La
Misa fue el día 19 de octubre, en la choza-capilla del lugar; y los textos, los
cantos y las expresiones espontáneas del Pueblo manifestaron muy al vivo
lo que aquella Misa significaba:
«Estamos
aquí hoy... para celebrar la pasión y muerte del P. João Bosco, en la esperanza
y en la Fe de la Resurrección en Jesucristo».
«Hemos
venido también para manifestar nuestra unión y nuestro deseo de Liberación».
«Que
nuestra presencia sea una protesta silenciosa contra los opresores, los
explotadores, representados por la policía, responsable de tantas injusticias y
tanto sufrimiento del Pueblo».
«Que
esta celebración nos haga más conscientes de nuestra propia fuerza..., de que
somos nosotros y sólo nosotros que conseguiremos nuestra libertación”.
«Que
la sangre derramada por el P. João Bosco nos comprometa en esta jornada».
Y
cantaban: «Resucité, aleluya, y aún estoy con vosotros, aleluya!»
Y
luego: “¡Gloria a Cristo que saca a su Pueblo de la esclavitud!».
Se
leyó también el Éxodo (2, 23-25 y 3,7-10): los gritos del Pueblo que
subían hasta Dios y la decisión que el Señor toma de libertarlo.
Y
una Carta del Pueblo del lugar a los Cristianos:
«Hermanos, aquí en nuestro lugar, la Pasión y
Muerte de Cristo se ha hecho presente y se ha renovado en el Padre João...
Como
le sucedió a Jesucristo, el P. João fue muerto porque defendía la verdad, la
justicia y la libertad.
Él
era una espina en los pies de los poderoso y opresores. Por eso encontraron el
modo de hacerlo callar: lo asesinaron.
Como
decía Lourenço, indio Bororo, cuando asesinaron al P. Rodolfo, en Meruri: «Las
armas son el argumento de los cobardes».
Esta
muerte no es aislada. En otras partes del Brasil, obispos, sacerdotes,
políticos, estudiantes, obreros y labradores son presos, torturados y muertos
por la misma causa: la causa de la Justicia, la causa del Pueblo.
Pero
la muerte no es el fin. La muerte es paso para la Vida. Y esta muerte nos hace
despertar...
...Tenemos
un compromiso. Un compromiso con nuestra liberación...
...Hay
que tener fe y creer que todos somos personas, que todos somos iguales. No hay
que tener miedo delante de la fuerza de los grandes. Nosotros somos fuertes.
¡El Pueblo unido tiene a Dios consigo!»
Como
Evangelio, se leyeron estos versículos de Juan (15,12-13; 18): «Dijo Jesús: Mi
mandamiento es éste: amaos los unos a los otros como yo os he amado. El mayor
amor que uno puede tener por sus amigos es dar la propia vida por ellos. Si el
mundo os odia, recordad que primero me odió a mí. Coraje: Yo he vencido al
mundo».
Después
de las lecturas, el celebrante, P. Máximo Paredes, convidó al Pueblo a
expresarse. Y el Pueblo habló; con una lúcida pasión:
«Hay
un gran silencio ahora, pero durante estos días no hemos vivido en silencio y
paz delante de una muerte tan injusta».
«El
P. João murió en lugar nuestro, porque no tuvimos el coraje de ir juntos hasta
allí».
«Es
hora de saber de qué lado uno está: si del lado del Pueblo o del lado de los
"tiburones"».
«Hemos
despertado con esta muerte. No podemos seguir aguantando, apaleados como
perros».
«Todos
juntos somos fuertes».
«El
P. João murió porque defendió la libertad de dos mujeres del Pueblo. Es bueno
recordar que por esta misma causa el obispo y el personal de la Misión son
llamados comunistas y subversivos».
«Gente,
luchamos por lo que es nuestro. No debemos tener miedo. Somos fuertes, juntos».
«El
P. João no murió, él cotinúa vivo entre nosotros..»..
Y
luego cantaron: «Creemos, Señor, que has de salvar a tu Pueblo». Y, en el
ofertorio: «ofrendamos al Señor un mundo nuevo, el futuro de su
Pueblo». Y, en la comunión: «No hay mayor prueba de amor que dar
la vida por el hermano». Y, al final de la Misa: «Somos un Pueblo de
gente, -somos el Pueblo de Dios. -Queremos tierra en la Tierra; -ya tenemos
tierra en el Cielo».
Después
de la Misa, las mujeres que habían sido torturadas convidaron al Pueblo a rezar
un rosario por el P. João y luego, siguiendo la costumbre cristiana del Pueblo,
se llevó una gran Cruz, de madera de «candeia», incorruptible, al lugar del
asesinato. En procesión, con velas encendidas y una lámpara de gas en las manos
del celebrante, llenando la noche de destellos y de un religioso silencio de
oración.
Llegando
al lugar del martirio, se plantó, honda, la cruz. La inscripción de la tablilla
decía elocuentemente: «Aquí el día 11-X-1976 fue asesinado por la policía el
P. João Bosco, por defender la Libertad».
De
pronto el silencio se rompió y el Pueblo volvió a expresarse, incisivo:
«Ellos
pueden sacar esta cruz, pero nosotros no olvidaremos, pondremos otra».
«Esta
cárcel sólo ha servido para prender y maltratar a gente pobre: posseiros y
peones. Nunca se vio en ella un rico».
«Mañana,
si un hermano nuestro es preso injustamente, ¿tendremos el coraje de venir
aquí todos como hoy, para libertarlo?»
«La
cruz representa nuestra liberación; esta cárcel representa la persecución, la
tortura, el asesinato y todo lo que nos aterroriza».
«Entre
la Cruz y la cárcel, es mejor echar la cárcel».
Varios
de los presentes declararon que ya habían sido presos allí injustamente y que
allí habían sido maltratados.
Fue
entonces cuando el Pueblo -dice la relación de «Alvorada», el 21 de octubre de
1976- decidió abrir las puertas de la cárcel para que jamás nadie fuese allí
preso y maltratado, injustamente. Y el Pueblo todo participó con mucha ira y
sed de justicia.
Quien
no podía destruir, animaba...
Todo
el Pueblo, allí reunido, centenares de personas, participó en la destrucción,
«con las manos, con palos, con piedras; fueron incluso a buscar hachas. Quien
no podía acercarse, aplaudía y gritaba animando».
«¿Será
eso violencia? (preguntó alguien y se respondió a sí mismo): Violencia es ellos
matar al Padre y quema nuestras casas».
Alguien,
en el Brasil y en el exterior, ha calificado ese gesto del Pueblo del Ribeirão
como de una pequeña «derribada de la Bastilla». Muchos han vibrado con ese
gesto. Porque eran muchedumbres del Pueblo, de los Pueblos, las que hablaban
por medio del Pueblo del Ribeirão.
Conste
que yo no estaba allí. Estaba en Goiânia y en Cuiabá, en los trámites de
entierro, proceso, escritos, subsiguientes a la muerte del P. João Bosco. Supe
de lo acontecido dos días después. Pero en la introducción del susodicho relato
de «Alvorada» expreso bastante claramente mis sentimientos acerca del suceso:
«...El
Pueblo ha hecho del P. João Bosco un mártir suyo. Y ha descubierto en la muerte
generosa del misionero una señal del Evangelio de la Liberación...
El
Pueblo celebró la Eucaristía, plantó la Cruz y derribó la
cárcel,todo en un solo gesto.
Se
podrá discutir la táctica de los gestos del Pueblo. Sin embargo, cuanto menos
tácticos, más espontáneos. Y acaso no tendrá el Pueblo sus gestos proféticos?
Los gestos del Pueblo son la voz del Pueblo y la voz del Pueblo
es la voz de Dios.
El
juicio que hagamos de esos gestos y de esa voz dependerá de la distancia o de
la proximidad en que vivamos del sufrimiento, de la angustia y de la Esperanza
del Pueblo. Dependerá de la medida en que vivamos el Evangelio del Hijo de Dios
encarnado en la hora y en la historia de un pueblo, dentro de la Historia de la
Humanidad, y Muerto y Resucitado para transformar esa Historia en Misterio de
Salvación».
«Sin
odio al odio y sin miedo a la Libertad», añadía yo, «proseguiremos nuestro
camino, seguros del Amor que nos amó hasta el fin».
Otros,
sin embargo, se sintieron con miedo ante ese gesto de Libertad del
Pueblo. Y se organizó una aparatosa represión que iba desde los interrogatorios
formales hasta las insidias y las amenazas.
Lo
de menos era hacer justicia. Todo el mundo sabe cómo los torturadores del
Pueblo y el asesino del Padre se movieron a sus anchas y cómo, una vez presos,
tres de ellos, Ezy incluido, huyeron de la prisión, después de arreglar sus
maletas como quien prepara un viaje de vacaciones.
Ezy
continúa libre y el proceso está encallado. Como está prácticamente encallado
el proceso contra los asaltantes y asesinos de Meruri, del cual proceso han
sido dispensados los verdaderos responsables: João Mineiro, José Antonio
Miguez, Nonato Rocha. ¡Este incluso fue elegido alcalde, después, por el
Partido del Gobierno..!
La
Policía Federal que estuvo luego varios días en el Ribeirão, quería arrancar
del Pueblo el falso testimonio de mi presencia e intervención allí, por ocasión
de la Misa del 7.° día y la derribada de la cárcel. Pero el Pueblo -que se
presentó voluntariamente y en masa, para declarar- tuvo una declaración
invariable:
«Fuimos
todos nosotros, fue el Pueblo»
Yo
me acordé muchas veces, aquellos días, de la respuesta del Pueblo de
Fuenteovejuna, en el drama clásico español:
-«¿Quién
mató al Comendador?
-Fuenteovejuna,
señor.
-Y
quién es Fuenteovejuna?
-¡Todos
a una!»
El
Dr. Helio, presidente de la Investigación de la Policía Federal, quiso mostrar
la gravedad del acontecimiento como un hecho de ámbito nacional. El Pueblo fue
amenazado, entonces y después, muchas veces, en sus declaraciones, con la
venida de batallones enteros, de paracaidistas incluso...
Supimos
de la propia Nunciatura que el Presidente Geisel se había mostrado irritadísimo
con lo sucedido en Ribeirão Bonito, en el derribo de la cárcel-comisaría, y que
si se demostraba mi participación no habría fuerza que pudiese impedir mi
expulsión del Brasil.
Tres
policías, disfrazados de periodistas, pero mal disfrazados, quisieron cogerme
por la palabra, en Goiânia, mientras yo grapaba las «Alvorada» que llevarían a
los amigos del Brasil la noticia evangélica de aquella gesta popular. Ellos
fueron los primeros en recibir, de mis manos, el relato, aún palpitante.
Surgió
colectivamente una iniciativa, la mar de lógica. Había que construir la
iglesia de Ribeirão Bonito allí donde fue martirizado el P. João Bosco.
La
idea fue del Pueblo y todos la acogimos calurosamente. En el Brasil y fuera del
Brasil.
Menos
la Policía Militar del Mato Grosso.
Fue
ella quien arrancó la tablilla de la Cruz. Ella quien arrancó la Cruz con la
segunda tablilla, esta vez placa, de hierro. Y esa Cruz bendita ha pasado
semanas echada en el suelo de la Comisaría provisoria de Ribeirão. Y el Pueblo
ha visto cómo algunos policías la insultaban y hasta la escupían.
El
día 15 de abril visité en Cuiabá al Coronel Geraldo de Oliveira e Silva,
Comandante de la Policía Militar del Estado, para pedirle, en nombre del
Pueblo, permiso para construir la iglesia en el lugar del martirio del P. João
Bosco. El terreno es de la alcaldía. Y el alcalde de Barra do Garças, Sr.
Wilmar, no tenía el menor inconveniente. La policía disfrutaba apenas derecho
de «posse» o utilización de la Comisaría que el propio Pueblo había construido
allí.
El
Coronel Geraldo se cerró en banda, y negó rotundamente el tal permiso. Me dijo
que toda la Corporación policial le presionaba en ese sentido: a no ceder. Que
la Policía Militar del Estado había sido ofendida por muchos en la ciudad y en
el País, por la Prensa sobre todo, a raíz de la muerte del P. João Bosco. Que
él mismo había recibido innumerables cartas y telegramas llamándole «jefe de
asesinos»... Era un problema de «afirmación de la Policía», subrayó, no aceptar
que se construyera la iglesia en el lugar que el Pueblo quería. Yo siempre
entendí que la única manera de la Policía recuperarse un poco, frente a la
opinión pública, era precisamente aceptar. Pero ¡cada uno tiene su punto de
mira..! No hubo modo. Y me limité a decirle, para terminar:
-Entonces,
Sr. Coronel, el diálogo está cerrado. Vamos a dejar ese asunto para Dios y para
la Historia.
La
iglesia, naturalmente, se construirá. En otro lugar, no importa. Lo que
importa, en todo caso, es la Iglesia viva que se está construyendo sobre los
fundamentos de la sangre mártir.
Un
día el lugar del martirio del P. João Bosco Penido Burnier será respetado,
también públicamente. Cuando las autoridades sean otras y estén de verdad al
servicio del Pueblo... Aún veremos las flores y la gratitud crecer allí, en un
monumento. La memoria de los santos recupera sus derechos, más tarde o más
temprano. A la Historia me atengo.
Una
muerte vivida. Un clamor continental
Quiero
también recoger aquí unos fragmentos de la declaración que presté al periódico
goiano «O Popular», el día 14 de octubre de 76. En ella, con palabras mías,
reproduzco el pensamiento de muchos en torno a la muerte del P. João Bosco
Penido Burnier:
«La
muerte del P. João Bosco es un sacrificio más de la Iglesia misionera.
Sacrificio en el sentido positivo, cristiano, de la palabra. Esta tampoco fue
una muerte ni "morrida" ni matada, sino vivida. Una muerte asumida
por el Evangelio y por el Pueblo...
...Esta
muerte es también para mí una señal de la creciente oleada de la persecución
contra la Iglesia del Pueblo, en toda esta América Latina. Ninguno de nosotros
se siente muy lejos de la muerte, en esta hora.
En
todo caso es una muerte-martirio, es decir, un testimonio y un compromiso de fe
y de esperanza. Quien muere así da vida.
...Habremos
de hacer que esa sangre del Padre João Bosco no sea inútil. La sangre siempre
compromete.
...La
opinión de varios sectores de la Iglesia y de la población en general...
coincide en que no se puede minimizar el hecho considerándolo aislado o
eventual. Muchos hechos semejantes están sucediendo en este País y en aquella
región, concretamente, como también en toda América Latina.
Todos
ellos, de un lado, cuando envuelven a personas de la Iglesia alcanzan a
aquellos cristianos -obispos, sacerdotes o seglares- comprometidos por el
Evangelio con el Pueblo. De otro lado, todos esos hechos provienen de los
poderes -de la, política, del dinero, de las armas, del latifundio- interesados
en mantener ese mismo Pueblo en la secular dominación.
El
tiro podrá ser de un pistolero o de un soldado, pero ellos son apenas piezas de
un sistema inhumano de prepotencia y opresión...
...La
impunidad de esos sucesivos crímenes confirma esta opinión. Esos crímenes y esa
impunidad mantienen, por ahora, el Pueblo en un clima de terror e impotencia.
Sin embargo esos mismos crímenes y esa misma impunidad, un día, mañana,
provocarán una reacción del propio Pueblo que -hipócritamente- los poderosos
considerarán violenta, ilegal, subversiva.
Desde
un ángulo de fe y de verdadero compromiso con el Pueblo, la persecución y el
martirio no intimidan: esclarecen y confirman en la opción y comprometen más
seriamente en la trayectoria. Toda esta sangre no es muda y se está transformando
en un clamor continental por la Justicia y a favor de las justas
reivindicaciones y adquisición de todos sus derechos por parte del pueblo
indio, labrador, obrero».
(SEDOC,
diciembre 1976, 674-675)
«Octubre.
Día 19.
Debo añadir, a esa petición del día 2, "el don de la alegría".
América
Latina está pasando por el fuego y por la sangre. La Iglesia de América Latina
ha llegado a la hora del testimonio».
(Entre
los muchos nombres gloriosos que yo quisiera citar aquí, debo recordar, por lo
menos, a Mújica, a Héctor, a Angelelli; a mi paisano Joan Aisina, cuya
biografía en catalán -«Xile al cor»- yo prologué.)
«Día
12 de noviembre. La muerte del P. João Bosco, nuestro santo mártir,
entre otras cosas, ha transtornado nuestros programas. Los santos siempre transtornan».
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