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Las
últimas vivencias son éstas:
Otro misionero, muy del CIMI y muy
amigo de nuestra Iglesia, que fue misionero en la nostálgica Viana de Don
Hélio, el P. Alfonso De Caro, acaba de morir, el día 15 de mayo, ahogado
-reciente de Eucaristía- en la confluencia de los ríos Acre y Purús, allá en la
Iglesia hermana que pastorea Don Moacyr Grechi.
Se
está celebrando en Brasilia -en medio de los muchos interrogantes que flotan,
estos días, en el aire enrarecido de la capital- la «Comisión Parlamentaria de
Investigación», la CPI de la Tierra; sacando a la luz pública la
problemática de la tierra que se vive en el País. Yo habré de prestar
declaración el día 15 de junio. El mismo día en que la vieja España va a votar
Gobierno, por primera vez después de cuarenta años. Por fin, parece, está
queriendo amanecer la Libertad sobre los montes y llanuras de la adusta Patria.
Los
estudiantes, estos días -gloriosos utópicos de siempre,
primeros siempre en las alvoradas- han salido a la calle (o han hecho
calle de su campus), organizando varias manifestaciones masivas, en las
principales capitales del Brasil, reclamando: «Libertades democráticas»,
«Amnistía a los presos políticos», «Fin de torturas», «Inmediata liberación de
los obreros y estudiantes presos»... Algunos se han solidarizado con Tomás y
conmigo. También un día la Libertad amanecerá sobre esta nueva Patria, verde y
amarilla, que uno ha hecho suya, definitivamente.
El
Festival Internacional de Nancy -igualmente ahora en mayo- que pretende
ensayar un nuevo Diálogo Euro-Latinoamericano, me había convidado a participar.
Naturalmente me limité a escribirles una carta. Si iba, quizás no podría
volver. Pero en esa carta les decía todo mi apoyo a esa iniciativa
descolonizadora y fraterna. «Mentes y corazones» están mudando, en muchos
sectores de las metrópolis del Colonialismo.
En
junio, bajo la dirección del Secretariado de Misiones del CELAM y con la ayuda
-incómoda, para algunos, del CIMI- vamos a tener, en Manaus, un Encuentro
Indigenista Panamazónico, el primero, y en el cual participarán
representantes del Brasil, Bolivia, Colombia, Ecuador, Perú, Venezuela. El
encuentro quiere enfrentar de un modo global la problemática de la Pastoral
Indigenista. De un modo continental también.
Yo espero que sea un clarinazo para las responsabilidades
indigenistas de la próxima Asamblea Episcopal Latinoamericana, en 1978.
Medellín se olvidó (!) de los 30 millones de indios de América Latina, a pesar
de la lúcida postura con que miró y asumió el Continente.
Espero asimismo que esa próxima Asamblea
Episcopal Latinoamericana no sea un retroceso frente a Medellín -¡ya tan
lejano!-. Hay un difuso malestar en torno al CELAM. Hay, también en algún alto
dirigente del CELAM, un persistente prejuicio contra Medellín. ¡No vamos
a provocar un aborto en retrospectiva de aquel Medellín pentecostal que todavía
no hemos asimilado!
Esa
Asamblea Episcopal de 1978 deberá reasumir Medellín y completarlo
dinámicamente; deberá oír las bases de la Iglesia de Latinoamérica y
comprometerse de verdad con el Pueblo de esta Patria Grande, sometida hoy a
tantas dependencias, víctima casi toda ella de Regímenes de fuerza y de la
arbitraria idolatría de la Seguridad Nacional. América Latina espera una
actitud limpia y consecuente de sus obispos. Ellos verán cómo responden a esa
expectativa continental. Sería tan necesario no olvidar, en esa hora clave, que
sólo se evangeliza a partir de la Encarnación!
Y
hablando aún de la Iglesia de América Latina, quiero anotar aquí también la
presencia estimulante de un libro, ya internacional, que me está acompañando
estos días. Muy oportuno para sentir con la Iglesia del Tercer Mundo.
(Ahora ya no basta «sentir con la Iglesia», así, en general, como en los tiempos
del santo Padre Ignacio de Loyola). Hablo del libro, estadístico y profético,
de Walber Bullmann, A Terceira Igreja e o Terceiro Mundo, editado aquí
en el Brasil con ese título.
Hay
una Iglesia del Tercer Mundo -Asia, África, América Latina, Oceanía- que debe
ser reconocida como diferente y autóctona, en fuerza de la misma Catolicidad. Y
debe, ella misma, asumir libremente su identidad original y lanzarse a cumplir
su misión, sin complejos, sin mimetismos, dentro del propio mundo; como debe
coadyuvar corresponsablemente en la común Misión, dentro de las otras dos
Iglesias -la primera, del Oriente, la segunda, de Europa y Estados Unidos-.
Muchas
veces he pensado que la peculiar Misión de esta Iglesia del Tercer Mundo sería,
aquí, entre sus Pobres y allá, para los ricos:
-
denunciar la miseria que oprime, y
-
anunciar la Pobreza que libera.
Acabo
de participar en la Misa de la novena del Espíritu Santo. Está llegando Pentecostés.
Es, hace veinte siglos, el Tiempo del Espíritu. Y hay que creer en El con una
abierta confianza.
El
nos penetra como un aceite derramado en nuestros corazones y es su Unción la
que nos hace cristianos, ungidos en el Ungido.
El
nos lleva, en Iglesia, como un vendaval o como una brisa, pero siempre en el
ímpetu salvífico de su Paz.
El
pueblo cantaba la envolvente melodía y yo cantaba, Pueblo también, con toda mi
necesitada Fe:
-«A
nós descei. Divina Luz,
e em nossas almas acendei
o
amor de Jesus!»
Jesús
decía a sus apóstoles, nos decía:
«Recibiréis
la Fuerza de lo alto y seréis mis testigos, empezando por Jerusalén, hasta los
últimos confines de la Tierra...». (Hch, 1,8).
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